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Estamos tan seguros como el más débil de nuestra sociedad

El sentimiento de incertidumbre global nos muestra que la cultura triunfalista de la globalización económica encontró un obstáculo infranqueable en la fragilidad misma de la vida humana. El discurso dominante se ve cuestionado por un virus que nos recuerda que formamos parte de una naturaleza eclipsada por el resplandor del progreso. De repente, se abre ante nuestros pies un abismo entre el lejano mundo de hace algunas semanas y un presente y futuro sin certezas.

Blogs Blogs COVID-19 P369
Esta es una opinión

Un deportado guatemalteco sale de la Fuerza Aérea rumbo a su hogar.

Foto: Carlos Sandoval

Veníamos de un mundo afectado por una conflictividad creciente que hacía pensar en una guerra civil global o, como decía el Papa Francisco, en una guerra mundial a retazos. Era difícil pensar que ese mundo acelerado se pusieran entre paréntesis. De pronto y justo cuando la ultraderecha se hacía cargo de los desastres sociales de la globalización, pensamos que todo está colapsando y la salida de pasa por el fortalecimiento de los vínculos humanos. Las alternativas sociales, políticas y culturales son tan necesarias como una vacuna o una medicina capaz de parar el covid-19.

El problema fundamental el problema fundamental dos veces es que el riesgo de este colapso no le importaba a los que tienen el poder. 

Bastaba con oír a Greta y los adolescentes, y a miles de científicos y ver la pobreza y la desigualdad para saber que la humanidad está mal encaminada, que las pandemias son una amenaza constante, que el desarrollo tecnológico puede hacer redundantes a los seres humanos, que el reloj del cambio climático se acerca al punto de no retorno. 

Pero esta conciencia no se traduce en voluntad política para evitar el desastre. La razón económica de la globalización calcula ganancias en períodos cortos de tiempo.

En todo caso, el mundo de la globalización neoliberal se detuvo abruptamente y la humanidad se ve compelida a repensar sus caminos. No existe un algoritmo que sustituya a la reflexión en estos momentos. 

Es necesario, de nuevo, plantearnos las preguntas básicas acerca de la existencia humana. 

Y destaca la convicción de que necesitamos al Estado si se quiere alcanzar una sociedad que pueda responder a desafíos como el presente. Porque ante esta pandemia invisible estamos tan seguros como el más débil de nuestra sociedad. 

Aunque algunos sectores hablen de recuperar la economía, de regresar a la normalidad, lo que viene después puede ser, tiene que ser, algo muy diferente.

Vulnerabilidad global y desigualdad

La emergencia del covid-19 encuentra a las sociedades en un proceso de deterioro causado por una desigualdad abismal. 

La desigualdad crece a medida que el Estado pierde su función como aparato institucional destinado a realizar un pacto político entre seres humanos que, por otro lado, se han sabido siempre vulnerables. 

Parafraseando a Wolfgang Streeck, estábamos viviendo en una colectividad que no era una sociedad. 

Una riqueza sinsentido coexistía con la pobreza más indignante. 

En enero de 2020, Oxfam había denunciado que 2,153 individuos poseían tanta riqueza como el 60% más pobre de la población mundial. Algunos milmillonarios construían búnkeres para evitar cualquier evento apocalíptico, como si el aislamiento absoluto fuera la solución a los acertijos cruciales de la vida humana.

El coronavirus respondió que no. Tristemente falleció el presidente del Banco Santander de Portugal y está en cuidados intensivos el Primer Ministro de Reino Unido, el Trump británico que decía que no dejaría de estrechar manos y que era mejor dejar que todo el país se contagiara de covid-19.

El historiador alemán Walter Scheidel escribió en 2017 un libro en el que se argumentaba que las catástrofes constituyen el más poderoso nivelador de la desigualdad, que se fortalece en los períodos de estabilidad. Al historiador le faltó valorar las consecuencias, especialmente políticas, de las pandemias. Generan un proceso político que cuestiona las bases doctrinales que “explicaban” dicha desigualdad.

Lo que se debe enfatizar es que las catástrofes debilitan los pilares de una visión del mundo. 

Aparecen nuevas preguntas para las que las convicciones vigentes no tienen respuesta. 

Como lo decía el historiador Fernand Braudel, las catástrofes obligan a pensar de nuevo en el universo. 

Por eso, este tipo de tragedias suelen anteceder a las revoluciones. Las convicciones de una época se aflojan a partir de los cataclismos que afectan a la humanidad. El ser humano, ser reflexivo, transforma su sensibilidad y sus conceptos para poder enfrentarlos y comprenderlos. A pesar de que vivimos en tiempos fascistas, una situación de colapso ayuda a que la reflexión pueda socavar las certezas que nos impone nuestro tiempo y lugar. Cavilar sobre nuestro futuro es, ahora, una de las tareas políticas más importantes. 

La dirección de los cambios no está decidida

Ahora bien, nunca se puede estar seguro del signo orientativo de los cambios. 

Quizás no sea fácil imaginar que este año será uno de los más decisivos de la historia, precisamente por los peligros que plantea la supervivencia misma del ser humano. 

Y no existen respuestas fáciles, entre otras cosas porque estas no pueden plantearse en los mismos términos de un pasado reciente que parece tan lejano. La plutocracia, fiel a su naturaleza, tratará de regresar al pasado en el que se sentía tan cómoda. No hay que engañarse ni concebir falsas esperanzas. En esta crisis, los sectores poderosos de la sociedad actúan como siempre, como se puede comprobar en los detalles de los estímulos a la economía que han recetado algunos gobiernos, como es el caso del guatemalteco, con fondos para bolsones corruptos cuando no alcanza para mascarillas ni tests ni respiradores.

Estas maniobras chocan con quienes ven que su situación familiar empeora. 

Cuando los sistemas nacionales de salud colapsan ante una emergencia, se hace evidente que no es cierto que el Estado sea el problema y no parte de la solución. 

No se puede olvidar que el neoliberalismo puede ganar la partida. La tradicional inmovilidad del pensamiento de las élites guatemaltecas cuenta con poderosos órganos de opresión, cuya arma principal ha sido la precariedad inducida, pero en un ambiente tan volátil, esa ventaja puede ser contrarrestada por la conciencia de la propia vulnerabilidad y la certeza de que todos estamos cayendo.

En esta dirección, no es una buena idea subestimar a los enemigos, especialmente cuando estos se encuentran debilitados y pueden ver su final. El gobierno actual guatemalteco no es una entidad democrática y, a menos que las fuerzas de la ciudadanía no la hagan retroceder, no vamos a ir a ningún lado y desaprovecharemos la oportunidad de efectuar transformaciones democráticas que fueron destruidas hace más de medio siglo. 

Como muestra la alianza gubernamental del Congreso de Felipe Alejos, apoyada por el presidente Alejandro Giammattei, el Estado sigue cooptado. Las mafias que controlan el Estado guatemalteco piensan, siempre pensarán, que el futuro será tan bueno como el pasado. Y que esta será la oportunidad para salir con mayores fondos de la corrupción. 

La expansión de la crisis será un factor que ahondará aún más el descontento ciudadano. Ahora podemos sentir el guiño de las generaciones que impulsaron la Primavera de 2015. Como lo sabía Benjamin, existe una secreta complicidad entre las generaciones.

Para construir el nuevo Estado de Guatemala

La tarea de recuperar el Estado supone, por lo tanto, erradicar la macrocriminalidad estatal. El Estado no puede orientarse al bien común si su maquinaria institucional responde a las decisiones de los poderes que han cooptado el Estado, como la aprobación de la tercera ley de incentivos a la economía que terminará en los bolsillos de constructores y ‘plantadores de bosques’ –¿se aprobaron Q200 millones para el Programa de Incentivos Forestales de 2018! –

Mientras la gente no tiene qué comer y los autoempleos y empleos se desploman, los diputados aliados de Giammattei y de la Cámara de Industria querían 100 años de exoneración de impuestos. 

¿Hasta qué punto estos grupos pueden sobrevivir una serie de cambios que al parecer serán de orden global. Por ejemplo: ¿Cómo responderán estos poderes a un orden internacional que, al promover respuestas a futuros desafíos, vea que es necesario apuntalar financieramente a los estados? Este movimiento demandará esfuerzos por pensar un nuevo sistema económico mundial, el cual dejará sin argumentos a los grupos de poder de muchos países como el nuestro.

Recordemos que la Revolución de 1944 se gestó en el horizonte abierto por el final de la Segunda Guerra Mundial, en la época del desarrollo del ideal de los derechos humanos. 

¿Qué pasa si se avanza un trecho más en la constitucionalización global de los derechos humanos? ¿No será posible entonces ponerle obstáculos a la inversión depredadora que reduce las garantías estatales de los derechos humanos?

Es posible que la justicia y el bien común se constituyan en imperativos de la época que viene. 

La desigualdad, la precariedad y la vulnerabilidad no son recetas para un mundo seguro en el pleno sentido del término. 

Como lo señala Yuval Noah Harari, en un artículo en la revista norteamericana Time (30 de marzo de 2020), no se puede dejar a grandes sectores de la población alejadas de los sistemas de salud porque se pueden desencadenar problemas de salubridad globales. 

Una persona pobre, obligada a malvivir en las más precarias condiciones, puede abrir una brecha peligrosa para la salud mundial. 

Estamos tan seguros como el más débil de nuestra sociedad.

Parece evidente que esta crisis, aunque se resuelva de la manera más rápida, dejará conciencia de que al final somos seres humanos integrados comunitariamente entre nosotros mismos y con la naturaleza. 

La naturaleza, recordaremos, no es infinito inventario de recursos que pueden usarse para satisfacer los deseos más alucinantes. 

Tendremos la alternativa entre construir un mundo alternativo, respetuoso de la naturaleza, en el que todos quepamos, o uno en el que se imponga una sociedad de control, como puede suceder, si se recuerda la obsesión securitaria que electrizó al mundo después de la caída de las torres gemelas.

Como nada está escrito, es necesario construir un nuevo orden basado en la ética de los derechos humanos. 

Esta impone un Estado que protege garantías para todos y todas, pero a partir de la misma responsabilidad de los miembros de la sociedad. Ya no podemos seguir dominados por gente sin conciencia moral en una época en la cual tomamos mayor conciencia de nuestra interdependencia. Es necesario hacer cambios ahora, porque el mañana, el cual puede estar a la vuelta de la esquina, puede traer otras espantosas calamidades para la cual quizás ya no haya respuestas practicables. 

 

 


1. Walter Scheidel, The Great Leveller: Violence and the History of Inequality from the Stone Age to the Twenty-First Century, Princeton, Princeton University Press, 2017.

Jorge Mario Rodríguez
/

Jorge Mario Rodríguez ha sido profesor de filosofía. Su base ha sido la Universidad de San Carlos. Ha estudiado, trabajado y vivido en el extranjero por muchos años. Tiene una maestría en filosofía por Ohio University y un doctorado en filosofía por York University (Toronto). Considera que este es un tiempo de certezas evaporadas en el que la filosofía es sumamente importante.


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    Judas el Chiquito /

    08/04/2020 1:16 PM

    No ocurrirá ningún cambio trascendental, seguiremos haciendo mierda al mundo.
    Esta epidemia dentro de media generación solo será un recuerdo, una anécdota histórica, las otras generaciones venideras seguirán por la misma senda destructiva que la nuestra, eso sí, sufriendo sus propias tragedias, que vendrán y muchas...
    Tristemente la única o la más poderosa o la voz cantante de las éticas que rigen al mundo es la económica, eso tampoco cambiará, es más el statu quo creará anticuerpos después de esta tragedia viral y en este orden mundial los derechos humanos seguirán tan periféricos y secundarios como hasta ahora, la rienda seguirá en las mismas manos.
    No creo tampoco que "estamos tan seguros como el más débil de nuestra sociedad", de ser así hace tiempos hubiéramos desaparecido, y más en una sociedad como la chapina en la que lo que más abunda son los eslabones débiles.
    No nos nacerá la conciencia de nada, esto será una llamarada de tusa, al poco tiempo estaremos en las mismas, como ha sucedido en todas las tragedias naturales y sociales que durante milenios civilizatorios llevamos viviendo.
    Y por cierto el cambio climático siempre ha existido y existirá hasta que explote nuestro planeta, la tragedia en sí es el calentamiento global y la contaminación que producimos todos.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Luis Paraiso /

    07/04/2020 2:16 PM

    Tienen medios inmensos que ya están pensando en cómo no perder el control de la situación, pienso que dar alimentos a una populación en tiempos de pandemia es para evitar que se mueran en la puerta de los condominios o que comiencen los saqueos. Entiendo lo que usted dice y es esperanzador utópico quizás pero también quisiera que esto cambie. Siento en lo que usted dice la lentitud de la historia cuando esta urgencia nos lleva a un cambio violento.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

      Jorge Rodriguez /

      07/04/2020 2:31 PM

      Es un tiempo de preguntas angustiantes... me impresiona la violencia de los cambios. Gracias por el comentario.

      ¡Ay no!

      ¡Nítido!

    José Monroy ley /

    07/04/2020 1:28 PM

    Respecto a la empresa claro de San Pedro. Sacatepéquez Guatemala me deben un mes que viene siendo 2000 que no me pagan desde que empezó la crisis

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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