La Iglesia no quiere, pero nosotros asumimos nuestra sexualidad

Asumir la homosexualidad desde la culpa, tal como dicta la religión, implica sufrir. Tomar este camino es una decisión personal, pero todos debemos tener las oportunidades para llevar una vida plena.

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Esta es una opinión

Foto: Pixabay / Andrew Martin

Cuando mi orientación sexual era motivo de conflicto, vergüenza y culpa, busqué apoyo en uno de los sacerdotes de la parroquia a la que asistía. “Debés aceptarte como sos”, me dijo el cura, “pero el llamado es a vivir en castidad y asumir tu situación como una cruz”. Entonces empezó el tormento.

Asumir la orientación sexual como sufrimiento es una de las peores cosas que le puede pasar a alguien, pero es lo que manda la religión. Y con base en esto, y no en la laicidad que supone la democracia, está diseñada buena parte de esta sociedad. Este enfoque promueve que un hombre o una mujer homosexual se perciba como pecador, infeliz y con posibilidades de “curarse”.

Hay quienes ven en algunas declaraciones del papa Francisco una muestra de avance y cambio de la Iglesia católica en cuanto a la valoración de las personas homosexuales. “Si una persona es gay, ¿quién soy yo para juzgarlo?”, dijo el jerarca en julio 2013, como si la orientación sexual fuera motivo para juzgar a alguien.

Sin embargo, con ansias de encontrar un recoveco de cambio, se ignoran las declaraciones complementarias del papa en donde insistió en que la Iglesia (y por lo tanto Dios) rechaza los actos homosexuales. Exactamente lo que me dijo el cura.

El ejercicio de la sexualidad es uno de sus temas de mayor importancia, y para sus feligreses se constituye como un elemento crucial para el ejercicio de la fe. Así, establece al matrimonio como el único espacio permitido para el acto sexual, con la finalidad de la reproducción.

La postura institucional de la Iglesia sobre este criterio es contundente: “Todo acto genital humano debe mantenerse dentro del matrimonio”, señala la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe en su Declaración acerca de ciertas cuestiones de ética sexual. Fuera del matrimonio, cualquier tipo de acto sexual es considerado como una ofensa a la dignidad de esta institución y al valor de la castidad.

La Iglesia católica es escueta pero contundente en su reflexión sobre la homosexualidad. Dice en su Catecismo que esta orientación sexual “designa las relaciones entre hombres o mujeres que experimentan una atracción sexual, exclusiva o predominante, hacia personas del mismo sexo”.

Se observa en esta definición dos elementos importantes que tienen una repercusión importante para la vida de las y los homosexuales. En primer lugar, la institución religiosa reconoce los actos homosexuales, pero niega que pueda existir una persona homosexual.

Bajo esta lógica, considera a los actos homosexuales como depravaciones graves, una repulsa de Dios y contrarios a la ley natural porque, según señala el Catecismo, “cierran el acto sexual al don de la vida”. Además, considera que la homosexualidad puede ser deliberada y voluntaria o producto de una constitución patológica y, por lo tanto, una etapa transitoria y con posibilidad de cura.

Por ello la Iglesia manda a que las personas homosexuales vivan en castidad y con culpa. Para afianzar esta postura, compara la orientación sexual con la cruz. “Estas personas”, señala la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, “están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida, uniendo al sacrificio de la cruz del Señor sufrimiento y dificultad que puedan experimentar a causa de su condición”.

Esta visión conlleva una repercusión grave en una sociedad como la nuestra, en donde la laicidad no es un valor ni una práctica apreciada por parte de la mayoría de los políticos. Ellos basan sus propuestas y decisiones en los dogmas que les dicta su religión y no en los valores democráticos que permitirían generar las condiciones mínimas para el desarrollo de cada persona, sin importar su condición.

Prueba de ello es la iniciativa 5272 de Ley para la Protección de la Vida y la Familia, que dispone prohibir el matrimonio entre personas del mismo sexo, como si tal cosa fuera permitida por la legislación actual. Esta propuesta, que ya obtuvo dictamen favorable, se plantea en uno de sus considerandos como un instrumento frente “a corrientes de pensamiento y prácticas incongruentes con la moral cristiana”.

El sufrimiento que supone asumir la orientación sexual desde lo que propone la religión es una decisión individual y cada persona debe tener la libertad de someterse a ella si así lo desea, pero esta no debería ser una imposición general. Lo que no puede aceptarse a estas alturas de la historia, cuando lo más importante debe ser la práctica y el fortalecimiento de la democracia, es perpetuar por ley y a través de las instituciones una sociedad que excluye y violenta a todas las personas que no somos heterosexuales. La apuesta, más bien, es por la alegría de la vida.

Ricardo Marroquín
/

Soy periodista, comunicador social, catedrático universitario, con una maestría en Estudios Estratégicos y en proceso de elaboración de la tesis de Sociología. Soy, además de fanático de los rompecabezas de mapas antiguos, cinéfilo y lector permanente de literatura, historia, periodismo y teoría social.


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    Victor Reyes O. /

    21/06/2018 4:55 PM

    Ser hombre gay sólo significa que te gusta coger con otros hombres. No es vocación profesional, opción filosófica o signo de genialidad.

    Déjense de mamonadas

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Víctor López /

    21/06/2018 2:35 PM

    El homosexualismo , el feminismo, lesbianismo , el abortismo, es un todo; tiene como meta lo siguiente : el homosexual contra la mujer el feminismo y lesbianismo contra el hombre. El aborto es matar desde la raíz la la esencia del ser humano... Por muy bonito que lo quieran pintar el homosexualismo es depravación... No hay duda

    ¡Ay no!

    2

    ¡Nítido!



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