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La pandemia, la democracia y la desigualdad

Crecí protegido por los sistemas públicos de salud y educación de Suecia, beneficiado de un Estado de bienestar que no existía cuando nacieron mis abuelos, que se construyó para garantizar una vida digna para todas y todos, y que últimamente se ha estado privatizando para dinamizar la economía a costa de una creciente desigualdad y fragmentación social. De adulto joven migré a Guatemala y durante los últimos diez años he podido observar la situación también en este país, donde se ha logrado establecer un Estado que prácticamente no asume responsabilidad de repartir recursos o garantizar servicios o derechos.

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Esta es una opinión

El coronavirus desató una pandemia, pero no afecta igual a todas y todos.

Foto: Carlos Sebastián

Estos apuntes personales son relevantes al contemplar el momento global en el que nos encontramos ahora, la pandemia del coronavirus que va sembrando temor por todo el mundo, pero que no nos afecta por igual a todas y todos. La gente que no tiene acceso a servicios de salud sufrirá las peores consecuencias. La cuarentena afectará a mayor medida a las mujeres por cargar muchas veces con la mayor parte del trabajo en el hogar y por estar más expuestas a la violencia de género, y ahora estar obligadas a pasar más tiempo con sus victimarios.

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Hay datos de los Estados Unidos que indican que las personas afroamericanas han fallecido en mayor medida por el COVID-19 ya que su situación de vivienda, de trabajo y de ingreso les pone más en riesgo. Igualmente, los trabajadores menos pagados en los hospitales, en el transporte público, en los mercados y en las tiendas están enfrentando graves riesgos para sus vidas mientras los sectores más privilegiados de la población no salen perdiendo en la misma medida. Los trabajadores de cuello blanco pueden trabajar desde sus casas con menos dificultad que los mensajeros de Glovo. Aprovechando que 2020 es el Año Internacional del Personal de Enfermería y Partería, y tanto que las hemos aplaudido desde nuestros balcones, es hora de tomar pasos para garantizar condiciones dignas para las y los trabajadores de salud y un sistema de salud público y de calidad para todas las personas.

Entre tantos desafíos, el virus también nos ha regalado una importante lección: Si no nos cuidamos entre todas y todos, incluyendo las personas que han vivido en pobreza y olvidadas por el Estado y el mercado, nos pondremos todos en riesgo. Si bien la crisis golpea más fuerte contra las personas que ya sufren de pobreza o discriminación, se presentan situaciones donde no hay garantías ni para los primer ministros.

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El virus entonces nos da la oportunidad de aprender y mejorar la organización de nuestras sociedades. Resulta urgente instalar sistemas de seguro médico universal, aumentar el aporte que contribuye las personas afluentes a la sociedad a través los impuestos, incrementar el control del Estado y el sector público sobre la salud, el cuidado, la educación, el transporte público y otros sectores claves, y asegurar servicios de calidad para la mayoría, no solo para los privilegiados. En general se trataría de buscar el camino para democratizar la propiedad y el bienestar para el beneficio de todas y todos.

La mayor parte de los hogares en Guatemala no cuentan con co­bertura de seguro médico o seguridad social, demuestra el Informe Nacional de Desarrollo Humano de 2016. Este hecho afecta tanto a los hogares de bajos ingresos como a mucha gente con ingresos más estables, gente que fácil caería en la inseguridad y la desprotección en un momento de crisis. A pesar de los Acuerdos de Paz, los Objetivos de Desarrollo del Milenio y las promesas de varios gobiernos que han pasado su turno, el Estado de Guatemala no ha logrado mejorar sustancialmente la situación de pobreza, desnutrición, falta de educación y falta de salud que caracteriza la realidad para la mayoría de guatemaltecos. Aunque la gravedad de las injusticias se destaca más en Guatemala, a grandes rasgos podemos ver la misma situación también en otros países. Si no nos morimos todos, quizás la pandemia pueda servir para fomentar un “ya basta” colectivo ante tanta desigualdad.

La pandemia del coronavirus ha expuesto que la desigualdad sigue afligiendo al mundo. A pesar de los continuos avances en ciencia, tecnología y comunicación, nuestros líderes económicos y políticos siguen siendo incapaces de asegurar vidas dignas para todas y todos, y el gran reto sigue siendo cómo repartir los frutos de nuestro trabajo e industria de forma igualitaria y justa. El Informe sobre Desarrollo Humano, publicado por el PNUD el año pasado, concluye que hay una diferencia de 19 años en esperanza de vida entre nacer en un país rico o pobre, y el coronavirus ha mostrado que las injusticias también pueden ser muy exageradas dentro de un mismo país. En Suecia, por ejemplo, algunas observaciones preliminares del mes de marzo indicaban que personas inmigrantes, y especialmente las personas de origen somalí, parecían estar sobrerrepresentadas entre los fallecidos por coronavirus.

La gente de plata y de poder están analizando como salir ganando de esta crisis, de eso no hay duda. Los mismos empresarios que antes exigían privatizar funciones del Estado ahora piden programas públicos de rescate para seguir haciendo ganancia. Las medidas de vigilancia y control ciudadana introducidas para combatir al virus resultarán muy útiles para las autoridades. En Hungría el primer ministro Viktor Orbán consiguió el apoyo del parlamento para gobernar por decreto con poderes extraordinarios sin límite temporal. En muchos países se requerirá de luchas ciudadanas para recuperar los derechos y libertades coartados en nombre del combate a la pandemia.

Los líderes nos piden colaboración ante la crisis, para quedarnos en casa, para aguantar el desempleo, para no salir de fiesta, para aplaudir desde los balcones, para participar en la devocional de la resurrección, para aceptar que nos vigilan a través de los celulares, y para concederles nuevos poderes de control social. Cuando haya pasado la tormenta: ¿Qué vamos a pedir a cambio?

Aron Lindblom
/

Antes era inmigrante sueco en Guatemala.


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    Víctor lopez /

    01/05/2020 8:12 AM

    El camino que queda es una rebelión, sacar a este señor que "gano" y sacarlo ... ya sacamos a uno va el segundo ....

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    frank lopez hurtarte /

    29/04/2020 9:14 PM

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    MAGNÍFICA COLUMNA...
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    En Guatemala, como bien has observado, se congregan todos los Indicadores Sociales de la Vergüenza al comparar a todos los países de Latam:

    Menor tasa de recaudación fiscal respecto del PIB (10%); mayor desnutrición crónica infantil; alta mortandad de madres al alumbramiento; menor inversión en educación y salud públicas, país que menos invierte en personas mayores... y un listado vasto en exceso.
    .
    Y todo gracias al Régimen Dictatorial Oligarca Neocolonial instaurado por el CACIF, y respaldado por la clase política y el ejército nacional —brazo armado de la oligarquía para el asentamiento del status quo—; ¿acaso sus títeres amaestrados?
    .
    Para mejor entender el sistema económico y social me permito recomendarte: "La Patria del Criollo", Severo Martínez Peláez (hoy sería La Patria del CACIF); "Desde el Cuartel", Edgar Rubio Castañeda; "La Revolución Guatemalteca", Luis Cardoza; y "El Arte del Asesinato Político", Francisco Goldaman, solo para mencionar algunos autores contemporáneos, porque también los hay de la colonia.
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    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Luis Paraiso /

    29/04/2020 11:37 AM

    La desigualdad es una constatación y es importante en un momento de hacerla mientras se quede en estado de mostrarnos lo que es no nos hace avanzar pues es una no respuesta.
    En Guatemala existen personas digo bien personas que fuera de un contexto religioso han dado respuesta con HACER lo que el estado no hace, sin ir muy lejos RAYUELA así como otras PERSONAS que intervienen en las zonas en donde el poder no tiene interés prioritarios. Estos son movimientos que tienen como función de poner el problema sobre la mesa de discusión y que aportan una respuesta de cómo se debe de hacer.
    Como usted cita Europa, existe en estos países un periodismo que va en el sentido de los gobiernos pues los magnates de la información y de la industria son los mismos la pandemia sirve para arrancar terrenos democráticos ganados en luchas sindicales y sociales por los ciudadanos.
    En Guatemala existe una prensa con mucha conciencia política y que puede y permite expresarse pero es un umbral al cual para acceder hay que saber leer y escribir para comprender sabiendo que la cantidad de analfabetos es enorme.
    Llegamos al extremo que la democracia es el poder que se ejerce sobre los pobres.
    En los años 70 hubo una intención de sentimiento de NACION
    “que todos se levanten, que se llame a todos, que no haya un grupo, ni dos grupos de entre nosotros que se quede atrás de los demás”.
    Apoyándonos en lo que somos en todo lo que abarca la palabra nación como fundamento de un estado, en Guatemala fue fácil aniquilar este sentimiento pues era un embrión también victima de la desnutrición del pueblo.
    Lo que fue más difícil de destruir y que prevalece todavía en otros países de indoamericanos y que a diario se empeñan las oligarquías de destruir, el caso de Bolivia, Perú, Ecuador o regiones como el sur de Chile.
    No pensemos mas en desigualdad pensemos en IGUALDAD pues igualdad es una acción en la cual lo prueban los actos de los ciudadanos aportan una solución.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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