Ley Fuga 2.0 o el Ubico que nunca se fue de nosotros

Recientemente el MP y la CICIG apuntalaron un nuevo caso de investigación. Uno que hace referencia precisamente al núcleo del poder y el control en Guatemala: la impunidad para decidir la vida o la muerte de los demás.

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Esta es una opinión

Imagen: New Media UFM

Hay cosas que parecen ya parte de la tradición represiva guatemalteca: «orejas», ejecuciones extrajudiciales, torturas, secuestros políticos, entre otros. Muchas veces dicha tradición se asocia directamente con el Estado y sus aparatos de control, defensa y represión.

No existe una asociación de los actores que componen el Estado y sus orígenes sociales más allá de su papel como funcionarios en un momento determinado. Comprender ese papel más allá del «ser funcionario» es la clave para entender las dinámicas del terror, del «lugar de cada quien» en la sociedad guatemalteca, y del por qué cada cierto tiempo la única válvula de escape en este país es la violencia de todo tipo.

Recientemente el Ministerio Público (MP) y la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (CICIG) apuntalaron un nuevo caso de investigación, uno que hace referencia precisamente al núcleo del poder y el control en Guatemala: la impunidad para decidir la vida o la muerte de los demás.

En este caso se dio una combinación interesante, resaltada aún más por el papel importante de uno de los actores: Carlos Vielmann, industrial, miembro del Comité Coordinador de Asociaciones Comerciales, Industriales y Financieras (CACIF) y representante de las elites guatemaltecas tradicionales.

Más allá de hacer referencia al papel de Vielmann o su responsabilidad o no en los delitos que se le achacan (eso es trabajo de los tribunales), me interesa destacar una dinámica del supuesto accionar de éste y sus socios (y trabajadores a su cargo) en torno a un fenómeno puntual, que siempre se comenta en voz baja y que remite precisamente al núcleo de la dominación: las ejecuciones extrajudiciales.

Ese tipo de fenómeno no es nada nuevo en el país, pero muchas veces el recuerdo de esta práctica particular – y la forma específica que tomó con Vielmann y compañía, según la acusación – se asocia con la guerra civil del último tercio del siglo XX (1960-1996). En realidad la forma llevada a cabo entre 2004 y 2007 recuerda más a una célebre práctica del último dictador liberal, Jorge Ubico Castañeda (1931-1944), denominada por entonces como «Ley Fuga», y hoy olvidada sobre todo por la vorágine de violencia que se desató en la segunda parte del siglo XX y la primera década del XXI.

La Ley Fuga fue común en el período liberal, pero fundamentalmente con Ubico. Y además de fuentes como la Gaceta de la Policía Nacional y algunos otros textos de la época, una fuente fundamental para comprender el impacto social de dicha práctica, sus consecuencias pero también cómo la gente asociaba ésta con los grandes poderes (oligárquicos y militares) son los relatos de Héctor Gaitán en los varios tomos de La calle donde tú vives. Particularmente el quinto tomo, el más autobiográfico y quizás el más crítico políticamente hablando, publicado en una época (1987) en que todavía existían asesinatos y desapariciones políticas, como la de los dirigentes universitarios en 1989.

 Sin embargo, al parecer nadie se percató del impacto de dicha publicación, y de cómo recolectó el sentir popular capitalino – entre 1945 y 1947 aproximadamente – de una generación que había vivido el horror de los gobiernos liberales, el derecho sobre la vida y la muerte de las personas de parte del Estado y de las elites (finqueras especialmente) que, en muchas ocasiones, se mimetizaban entre ellas.

Ubico era finquero, miembro de la elite y, además, funcionario de larga data y general de división, uno de los cargos más altos del ejército guatemalteco. Era la culminación en todo sentido, el cénit y el ocaso, de la forma finquera del Estado liberal, como lo anotó hace años Sergio Tischler en su tesis doctoral.

Pero, ¿qué era la Ley Fuga? Básicamente consistía en que un presidiario era llevado a algún lugar algo apartado, siempre acompañado de un guardia que, en determinado momento, le ofrecía dejarlo ir y no decir nada (los argumentos podían variar). Al huir el preso, el guardia lo ejecutaba por la espalda, dando parte de que se le disparó por intentar fugarse.

 Sin embargo los presos políticos, como acota Gaitán en el texto mencionado, no eran tan fáciles de engañar, así que después de fuertes torturas simplemente se les sacaba a algún lugar y algún guardia se alejaba y desde la distancia lo ejecutaba. El parte era el mismo: intento de fuga. Se sabe que caminos rurales se prestaron para ello (donde los presos trabajaban forzadamente), pero también otros lugares más urbanos: las «Cinco Calles», el entronque entre 18 calle, calle de San Gaspar y la 5ta avenida de la zona 1 de la Ciudad de Guatemala (un lugar que además era un punto comercial importante), o detrás de la Tribuna del Campo de Marte, precisamente saliendo del «columpio» de Vista Hermosa hacia la zona 5, y el barranco aledaño que, irónicamente, es un campo de tiro del ejército nacional.

Uno de los personajes de Gaitán, Marín, retratado como un supuesto vagabundo pero que en realidad era un ex-estudiante de leyes a quién le dieron «leche de cocha» y quedó ligeramente incapacitado mentalmente, menciona que su deseo – de ser funcionario en algún gobierno revolucionario – era convertir la parte de atrás de la Tribuna en un parque, llamado «Parque de los Mártires», precisamente para homenajear a los leyfugados.

«Ah, pero el parque que te digo, eso sí que sería genial, único. ¡Cuánta sangre y tragedia en todo esto! ¡Cuántas lágrimas de madres, viudas y niños! Aquí leyfugaron a muchos patriotas dignos que desearon siempre la libertad de Guatemala. Y fijate bien, en estos barrancos los asesinaron, aquí los traían. Aquí mataron a Max Aldana, aquí mataron a Sánchez Batten, y a tantos otros que olvido sus nombres.» (Gaitán, 1987: 48-49).

Pero, ¿en qué se parece todo esto a los hechos que les imputan a Vielmann y demás? Precisamente en la perversidad de la relación reo-guardia: al primero se le deja en fuga y posteriormente se le ejecuta. Las dinámicas no son las mismas, porque hay más de cincuenta años entre una práctica y otra, y las de la primera década del siglo XXI tienen mucho de las prácticas contrainsurgentes de la peor etapa de la guerra civil.

Además de que el objetivo no eran presos políticos, sino «lacras sociales» (como se les denomina a manera de justificar su muerte): secuestradores, pandilleros, ladrones, asesinos. Sin embargo se sabe que estas ejecuciones recientes respondían a una forma de «ajustar cuentas» con los perpetradores de daños a familias pudientes, de la elite. A la vez Ubico mandaba ejecutar con la Ley Fuga (y algunas veces con el fusilamiento después de un juicio sumario) a quiénes atentaban contra el Estado y también contra las elites y su modelo de sociedad. Al final de cuentas ambos fenómenos son similares: se elimina físicamente al que atenta contra la forma «correcta» de ser de la sociedad y de sus estamentos.

Curiosamente este tipo de prácticas fueron llevadas a cabo por miembros de las elites, quienes al parecer siempre se han sentido con el derecho para decidir sobre la vida y la muerte de todos los demás, así como modificar, distorsionar o de plano saltar las leyes y reglamentos a su antojo.

Esto, las ejecuciones extrajudiciales (Ley Fuga y «limpieza social») son al final expresiones de un mismo continuum lógico: el del dominio de unos pocos sobre el resto, en todos los aspectos de la vida. No es algo común a todas las elites en el mundo, pero sí a la guatemalteca, fundada en el despojo, el timo, la competencia desleal, la pigmentocracia, la endogamia, la subordinación a las elites noratlánticas y otras taras parecidas.

Y que sobre todo tiene mucho, muchísimo miedo, a discutir sus privilegios «de casta», heredados de la Colonia y cimentados con la República. A la vez se moderniza constantemente, en una dinámica que el antropólogo Ramón González Ponciano ya denominó como modernidad regresiva, un dinámica típicamente guatemalteca.

El hecho de que en el siglo XXI se haga algo así por parte de un grupo que considera ese tipo de prácticas como su derecho no debería sorprendernos si conocemos las dinámicas históricas de más larga data. Debiera sorprendernos, en todo caso, que el resto de la sociedad busque emular ese tipo de dinámicas cuando, cada cierto tiempo, se les da o logran cierta cuota de poder. Es, finalmente, una cultura de siglos, con su forma única en este caso que presentó MP-CICIG, pero tan ubiquista y tan liberal como la idea de sociedad que aún se tiene por parte de la mayoría de la población y, especialmente, por las elites de este país.

Al final el objetivo debiera ser que las dinámicas de terror no se vuelvan a repetir. Así como en la primera década del siglo XXI leyfugaban «lacras sociales», en tiempos de Ubico hacían «limpieza social» con quienes pensaban y actuaban distinto. Cambian los nombres, cambian las personas, cambian las dinámicas, pero el deseo de exterminio de lo diferente (y no de justicia como tal) sigue latente.

 ¿Cuán lejos estamos de leyfugar opositores políticos en masa otra vez?

Diego Vásquez Monterroso
/

Arqueólogo y antropólogo. También historiador asimilado. Investigo sobre historia y formas de organización social de los pueblos mayas.


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    Víctor López /

    06/12/2018 11:06 PM

    Magnífica exposición , uno de los argumentos más sólidos , bien elaborado bien hecho

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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