El dueño de los leones es un agente secreto israelí

La estrambótica historia de dos leones viviendo en una casa de la exclusiva zona 14 de Ciudad de Guatemala no podía ofrecer menos. Su dueño no es cazador de safaris, un narcotraficante escapado de prisión o la abogada del Presidente de la República. Es un ex agente secreto israelí que cuidó al papa Juan Pablo II en Guatemala, vende millonarios servicios al Gobierno y se presenta como un rescatista de felinos.

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El león Máximus y el exagente Moti Attías.

Fotos: Carlos Sebastián / Video: Gabriela Ríos

Había tanto misterio en este caso en el que se cruzan las fronteras de la legalidad y la naturaleza, que necesitaba haber un personaje del mundo del espionaje y las operaciones encubiertas. Y es que el camino fue largo para que el dueño llegara a Guatemala, para que los leones llegaran a él y para que Nómada llegara a los tres.

Todo empezó hace unas semanas, cuando Nómada tuvo acceso a los videos en los que filmaron a los leones. Y empezó la búsqueda de los felinos y su dueño. Al extremo de ir a tocar la puerta, verlo entrar en una camioneta polarizada, tocar el timbre y esperar en vano a entrevistarlo. El timbre, contaría después el dueño de los leones, está averiado.

Lea: La misteriosa casa de la zona 14 en la que viven dos leones

– Leí su artículo. Quisiera negociar una entrevista con los dueños de los leones.

Era un usuario de tuiter en un mensaje directo –privado– a uno de los periodistas que escribieron esta historia. Decía tener prohibido revelar el nombre de su patrono y quería mantenerse detrás de un halo de misterio.

Pero el usuario, naturalmente, dejó un rastro. Fotos suyas con un león bebé en su perfil de facebook, con un letrero en una oficina que decía “asistente de presidencia”.

El dueño (o el intermediario) canceló la entrevista tres veces. La investigación continuó por otros rumbos.

Consultas en la municipalidad, el registro mercantil, visitas a una oficina de servicios de internet y a otra agropecuaria, y conversaciones con la dueña de la casa, que no es la misma que el dueño de los leones. La dueña respondió que alquilaba la casa a alguien más, que no sabía que allí estaban los leones y que tomaría cartas en el asunto.

– Arrepentido estoy de haberme comunicado con vos.

El intermediario había regresado, ahora en conversaciones desde el teléfono por medio de whatsapp, y juraba que cancelaba sus buenos oficios.

– Me acaban de avisar que el dueño decidió cancelar la entrevista. Al parecer le contaron que vos has estado averiguando sobre él por tu cuenta y ya no quiere hacerla.

Era demasiado tarde para arrepentirse. Nómada tenía ya el nombre del dueño y su currículo, público en internet y el teléfono de su oficina. Un ex agente secreto israelí, dedicado a los negocios de seguridad en Guatemala hace veinte años.

– Dice que lo espera en la oficina a las tres. Ahora le doy la dirección.

Era su asistente.

En el portón de la entrada al edificio de su oficina en la zona 13 resalta una estrella de David forjada en hierro. El exagente secreto también es un rabino que fundó su propia sinagoga –sólo hay otras dos en el país– y goza de buena reputación entre la comunidad judía de Guatemala. También de una buena reputación empresarial entre la industria de la seguridad. Tan buena y con tantos contactos –el exministro Mauricio López Bonilla, que antes trabajó para él, ahora le dio contratos en Gobernación–. La empresa de Attías ha vendido en once años servicios al Estado por Q150 millones (US$20 millones) en compras directas, sin necesidad de ganar contratos de licitación.

El contrato más grande que logró fue con el Instituto Guatemalteco de Seguridad Social (IGSS), el 3 de enero del 2014, cuando todavía era presidido por el militar Juan de Dios Rodríguez, ahora preso por corrupción. Q38.7 millones por 250 agentes de seguridad y vigilancia. Una investigación de elPeriódico reveló anomalías en el proceso de licitación y adjudicación de la empresa. El año pasado ocho empresas fueron beneficiadas por el Ministerio de Gobernación. El 5 de agosto se aprobó la compra por excepción de uniformes tipo comando, botas tácticas, granadas de luz y sonido y grilletes. Su empresa fue contratada por Q12 millones.*

Al ingresar al parqueo de su oficina en la zona 13 estaba la misma camioneta polarizada que ingresó en su casa cuando Nómada buscó por primera vez a los leones.

– Ahora los atiende, pero los celulares se quedan fuera y las personas con cámaras no pueden entrar.

La sala de juntas de Servicios de Seguridad Integral es pequeña y vieja. Tiene poca decoración. Hay algunos cuadros y fotos del exagente secreto; resalta una del Papa Juan Pablo II cuando vino a Guatemala. El dueño de los felinos fue el encargado de su seguridad. Como en los años sesenta, las paredes, hasta la mitad, están cubiertas con madera. El cuarto es oscuro.

En los pasillos caminan algunos agentes de seguridad que no llevan el uniforme completo, pero que sí portan armas y un chaleco antibalas. El ambiente es tenso.

Aparece. Se llama Moti Attías. Es un hombre alto, viste el uniforme de su empresa y usa barba. También lleva una kipá, el sombrero circular que cubre la coronilla de los judíos. Aunque sonríe, en sus ojos puede verse que es un hombre duro. Es un hombre que ha trabajado como agente secreto del único país (Israel) que durante 60 años ha ocupado militarmente a otro (Palestina) y recibe constantes atentados terroristas. Es un hombre que sabe de espionaje, inteligencia y seguridad. Pero tiene planta de buen tipo.

 

Moti Attías.

Moti Attías.

– Me siento ambivalente por el artículo que publicaron. No son dos leones. Es sólo uno. El otro es un lince.

Un lince sin uñas. Y un león de casi un año. Con garras.

Attías lleva 21 años en Guatemala. En los noventa inmigraron al país muchos judíos expertos en seguridad llamados por empresarios para frenar la ola de secuestros. Después para frenar la ola de violencia que empezó en 1999. Detuvieron los secuestros a grandes empresarios, pero no la inseguridad. La curva descendería hasta la intervención estatal en lucha contra la impunidad y programas sociales, desde 2010.

Pero Attías no sólo es experto en seguridad y rabino. Se presenta a sí mismo como un rescatista de felinos grandes.

Cuenta que la primera vez que rescató a un felino tenía 16 años. Fue en Israel. Era voluntario en una organización dedicada al rescate animal y vio a un caracal –una especie entre lince y puma–. “Lo tenían muy mal, entonces lo llevé a mi casa”. El caracal, dice, fue el que le permitió interesarse más en estos animales. Lo liberó en el desierto y se alejó de los felinos porque le dedicó más tiempo a su formación en el mundo de la guerra, la seguridad, el espionaje y las operaciones encubiertas. Fue agente en jefe del servicio secreto del implacable (y temible) ministro de la Defensa, Ariel Sharon, entre 1981 y 1983. Eran tiempos en los que el ejércitos de Israel daba armas y apoyos a la dictadura de Guatemala porque Estados Unidos le había dado la espalda tras las graves violaciones a los derechos humanos.

Doce años después de esas guerras, en Guatemala reapareció la pasión de Moti Attías por los felinos. Por rescatarlos de malas condiciones. Uno de los guardias de su empresa de seguridad supo que un ocelote estaba en venta en el mercado de La Terminal, el más grande de Ciudad de Guatemala.

“Lo vendían a Q3,000 (US$375). Estaba metido en una bolsa, orinado y sucio por sus propias heces”. Lo compró y se lo llevó a su casa. “Hasta que pude liberarlo en un refugio de Petén”. Este refugio, propiedad de la familia Dalton –financistas de campaña del expresidente Álvaro Colom–, ya no existe, “por falta de recursos”.

En La Terminal, El Guarda y diferentes mercados de Guatemala y América Latina se comercializa fauna exótica y silvestre traficada ilegalmente. Algunos de los compradores de estas redes de tráfico ilegal de animales se consideran a sí mismos rescatistas de animales, como Attías.

El relato de la historia sigue en su casa. Él abre la puerta.

– Entren a conocer a Máximus.

La casa, por dentro, es grande. Está llena de libros, muchos religiosos. Las paredes están decoradas con algunos cuadros y algunas imágenes de rabinos. No se escucha ningún ruido; sólo los pasos de una niña que corre por el lugar. Es una de las hijas del exagente secreto.

Luego de subir las escaleras de la entrada principal, puede observarse un jardín con una fuente que –como no podía ser de otra manera– es una fuente que tiene el rostro de un león. Al fondo, en un árbol, también descansa el lince sin uñas. Se llama Shiva, y fue traída por Moti Attías desde Israel. Hace seis años. Attías no la ha liberado porque dice que no hay dónde. “Este tipo de felino vive en Montana, en Estados Unidos, y allí los cazan”. Prefiere tenerlo en su casa que condenarlo a una muerte segura. “Nadie lo va a proteger”.

 

Shiva, el lince.

Shiva, el lince.

Su piel, la del lince, es muy cotizada; en un sitio web puede comprarse un abrigo por Q10,500 (US$1,300).

En el jardín está recostado un león. Uno de verdad, como los que han habitado la Tierra en los últimos 10,000 años. Al ver a Attías se levanta con rapidez y se lanza a sus brazos. Le rodea el cuello con sus enormes patas y le lame la nuca. Su dueño sonríe y después del saludo se limpia las babas y se resigna a quedarse con la camisa blanca manchada de tierra, porque eso es lo de menos, dice. Su esposa recuerda las decenas de camisas nuevas que su esposo ha tenido que comprar, porque cuando juega con el león, éste las rasguña.

 

Máximos, comiendo.

Máximos, comiendo.

Máximus come carne y pollo con aceite de oliva. A veces come solo. Otras veces, Attías le da la comida en la trompa y otras se las da Evelyn, la empleada que trabaja en la casa y que lo cuida desde que era pequeño. “Es como su mamá”, dice Attías. Evelyn tiene marcas de rasguños en los brazos, pero no parece importarle. Lo extraño, dice Evelyn, es que cuando regresa a su casa, todos los perros le ladran. Cree que el olor a león permanece en ella.

El felino aún es joven, pero bastante grande. Su cuerpo se ve fuerte. El león está bien cuidado. Al ver a los periodistas y camarógrafos, se detiene y observa. Los cuatro periodistas –dos con libretas y dos con cámaras– lo vemos con una mezcla de sorpresa, nervios y miedo. La historia de que los gatos son primos de los leones, ahí frente a un león dentro de una casa, parece un cuento.

¿Cómo llega un león africano a una casa de la zona 14?

Máximus es un león que cumplirá un año el 24 de agosto. Cuenta Attías que nació en la jaula de un circo de uno de los departamentos del país. Y sus papás leones, como la mayoría de los animales en esta industria del espectáculo, eran maltratados. Tanto que en Ciudad de Guatemala –como en muchas ciudades y países del mundo–, los circos con animales están prohibidos.

Tres meses antes de que naciera Máximus, un hombre mexicano llegó a la oficina de Attías para una entrevista de trabajo, recuerda el exagente secreto y rabino. En la solicitud de empleo escribió que se dedicaba a cuidar a los felinos de un circo. Attías se sorprendió y la conversación ya no fue una entrevista sino sobre el maltrato al que sometían a los leones y a un tigre de bengala de 11 meses. Quiso rescatar al tigre de bengala, pero no pudo tenerlo más que 10 días en su casa. “Los felinos, si uno no los tiene desde cachorros, no logra mucha complicidad, no se pueden tener en la casa”, explica este rescatista y domesticador de fieras. Pero el tigre de bengala no estaba solo en el circo. También había una leona, preñada. Attías convenció al dueño del circo de venderle uno de los cachorros de león por Q15,000 (casi US$2,000). Todavía no le ha dado factura, pero no le reclamará en público porque se niega rotundamente a decir el nombre del dueño del circo.

Al cachorro de león lo llamó Máximus Aurelius, inspirado en la película El Gladiador.

En ese circo, que ahora sólo es un recuerdo en un terreno en la provincia, los empleados maltratan a los animales. Los tienen en condiciones lamentables; en pequeñas jaulas y mal alimentados –nadie denuncia y el Estado no tiene leyes, recursos ni voluntad para protegerlos–. Attías dice que en vez de comportarse agresivos, los animales salvajes en los circos le tienen miedo a las personas. En el jardín de la zona 14 –que no es la sabana africana o un zoológico decente– los felinos están mejor que en un circo pobre. Y quizás por eso Máximus no le tiene miedo a los periodistas. Los mira como deben ver los leones a los ñus o los venados o las zebras en África. Con ojos de leones. Con ojos de cazadores.

Attías defiende que Máximus viva en su casa. Dice que no hay otro lugar para tenerlo. “Al menos no vive en condiciones de maltrato y en una jaula tan pequeña”. Adaptó su jardín lo mejor que pudo. El león juega con él. Attías sale al jardín y lo abraza, también lo acaricia. Máximus en ningún momento parece tener intención de atacarlo, aunque tenga toda la mano de su dueño en sus afilados dientes o lo abrace por la espalda, lamiéndole la nuca, el pelo y después la cara.

 

La casa de Máximus, en el jardín de la zona 14.

La casa de Máximus, en el jardín de la zona 14.

El rescatista de especies felinas explica que muchas personas tienen a estos animales en sus casas porque “destruimos su hábitat”. Habla sobre Petén y la tala de árboles, Florida y las constantes construcciones, y sobre cómo se ha reducido a un diez por ciento la población de leones africanos. Algunos traficados ilegalmente hacia circos, otros asesinados por cazadores, como el de Zimbawe que se conoció esta semana.

Pero vamos de regreso a la sala de Attías. Y de Máximus.

Acercarse a Máximus da miedo. Parece es un juguetón, pero es un león. Aunque entra a la casa como cualquier mascota, de la correa de su dueño, sus inesperados movimientos pueden resultar violentos. Attías permite que sus hijas jueguen con él, pero nunca solas. Lo reconoce. El león de su jardín es un animal impredecible.

Los momentos de tensión en la entrevista no pueden esconderse debajo de alfombras. Porque no hay alfombras. En un momento, Máximus, siempre sujetado de Attías, observa a uno de los periodistas. Se acerca y con sus patas (con garras incluidas) le toma la pierna. Lo hace con fuerza y parece que está jugando, pero no se siente alegría. Cuando suelta, en un movimiento brusco, sin quitarle la mirada de encima, se acerca un poco más. Da miedo. Attías lo jala y logra calmarlo.

Uno de los periodistas se anima a acariciarlo. Da nervios. Sentir su melena es una experiencia única.

 

El periodista, el león y el rescatista.

El periodista, el león y el rescatista.

Otra periodista lo filma durante la entrevista, pero a Máximus no parecen gustarle las cámaras. Le da un golpe a la cámara y camina –siempre agarrado del dueño– hacia la periodista. No le quita la vista de encima. Ella camina hacia atrás. Los otros tres periodistas están detrás de ella. Y caminan también. Hasta toparse con las gradas. El león salta y se para en dos patas como lo hizo antes en el jardín con Attías. Pone sus patas con garras sobre la periodista con la cámara. Y la muerde. Jugando, claro. Deja un rasguño y mucho miedo. Y dolor. Una mordida de un león duele.

Attías se disculpa. Ofrece llevar a un médico a la periodista. Está realmente apenado.

A los dos días, la mordida deja de doler.

Ese día, en la entrevista, después del suceso, Attías y Evelyn, regresan al león al jardín. A su jaula-jardín.

La legalidad y el futuro del león

Attías sabe que en cualquier momento pueden tocar al timbre personeros del Consejo Nacional de Áreas Protegidas (Conap), aunque no es ilegal tener un león africano en una casa, con la factura que demuestre que lo compró. “Yo estaría feliz si viniera el CONAP y me dijera que tienen un lugar mejor para tener a Máximus”. Pero asegura que no lo tienen. Ninguna autoridad, dice, se ha acercado a él para ver las condiciones en que vive Máximus, ni su estado de salud.

Sabe que no podrá tener a Máximus por mucho tiempo más. Dice que cuando cumpla dos años será muy grande y puede representar un peligro. Sólo entonces puede representarlo. También necesitará más espacio. Explica que está en contacto con dos organizaciones en Estados Unidos para que puedan cuidar del león, una en Tampa y la otra en Texas. “Pero mi sueño es abrir un refugio aquí en Guatemala”.

En el posible refugio guatemalteco podrán estar no sólo Máximus y el lince Shiva. Attías asegura que hay al menos otras cuatro casas en la zona 14 en las que también viven grandes felinos salvajes.

Pep Balcárcel
/

Músico frustrado. Llegó al periodismo por casualidad y se quedó por amor. Ha publicado un par de libros de cuento y de poesía. También fundó una editorial y sobrevive como puede. Animalista.


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16

COMENTARIOS

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    Jose Alvarado /

    01/04/2016 7:59 PM

    Excelente Pep.

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    Pedro /

    18/12/2015 3:29 PM

    También hay unos señores que se dicen salvadores de nuestro patrimonio cultural al quitárselos de la mano a viles depredadores a cambio de dinero. Extrañamente creen ese patrimonio de su propiedad y juan pérez no puede admirarlo. (quieren exhibirlo en un nuevo museo y cobrar la entrada, mire pue). Por supuesto, siendo que fué depredado, no se puede saber de donde provino, su contexto y otra información considerada como nimiedad.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Julia Maldonado /

    06/08/2015 7:10 PM

    Estos animales NO SON MASCOTAS, tarde o temprano habrá una tragedia. Más atinado sería que comprara una finca y la adecuara a manera de santuario para felinos maltratados por circos y zoos en el país.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Angel /

    06/08/2015 8:49 AM

    Me gusta que se interesen por esas pequeñas notas que nos pueden contar una chula historia.

    Solo algunos detalles en la redacción, diría yo. Quizá la estructura daba para que fuera más descriptiva, divertida, literaria. La introducción de cómo contactaron me pareció bastante extensa, pero bien, en general muy bien.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    di_sale /

    06/08/2015 4:01 AM

    Hay algo aquí que no termina de convencer. Una nota muy suavizada para simpatizar con el dueño. Considerarse rescatista cuando se pagan precios muy atractivos por animales exóticos? Esto no crea al final de cuentas un círculo vicioso de un mercado de "maltratadores" y "amantes de animales"? entonces todos sus argumentos se vuelven cuestionables. No lo sé... hay un área gris aquí

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    jose josé /

    03/08/2015 5:49 PM

    que bueno que nuestros impuestos protejan a algunos leones, gracias otto, gracias lópez bonilla, gracias juan de dios......gracias yaveh por ayudarnos con el genocidio para salvar a la naturaleza.

    ¡Ay no!

    2

    ¡Nítido!

    Luis /

    03/08/2015 2:41 PM

    Para darle más color a la crónica, les sugiero cambiar el estilo; reemplazar "la periodista y el periodista" por los nombres de los reporteros. Se vuelve monótono y repetitivo el tratamiento después de varias oraciones.

    Felicitaciones por la investigación.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    carrillorodas@icloud.com
    Diego Carrillo /
    03/08/2015 7:02 AM

    Moti vende la casa y te vas a otra con un jardín mas grande. Aunque tengas que renunciar a la zona 14. Lo digo por el amor a los animales que tenes.

    Y sobre ¿el fortress? ¿Quién sos, la reserva federal?

    Muy lindos tus babies felicitaciones. Y barato los conseguisteis......

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Carlos /

    02/08/2015 6:27 AM

    Tiene lógica la explicación del señor, hay un tiempo para poder integrar a un león cachorro y se debe tener cuidado que no exista otro macho debido a que solo hay un alfa, así que mientras mas tiempo este con el menos oportunidad tendrá para poderlo integrar a algún sitio (claro no en Guatemala)

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Marcus Aurelios /

    01/08/2015 11:03 PM

    Bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla relleno nada mas.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!







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