Despertar juntas: así viví el I Encuentro de Mujeres que Luchan

8000 mujeres del mundo se reunieron el 8 de marzo en tierras zapatistas para convivir durante cuatro días. El Encuentro fue un parteaguas para el feminismo latinoamericano.

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A las 6:30 de la mañana del jueves 8 de marzo de 2018, sonaron las Mañanitas en el Caracol IV, llamado también “Torbellino de nuestras palabras”, dentro de uno de los Municipios Autónomos Rebeldes Zapatistas en lo que también se conoce como el estado de Chiapas, México. Poco a poco, cerca de 8000 mujeres se fueron despertando, saliendo de sus carpas alineadas a 5 centímetros una de la otra, de sus bolsas de dormir amontonadas para amainar juntas el frío de la madrugada. 6000 mujeres del mundo y 2000 mujeres zapatistas despertaban juntas en el campamento del Primer Encuentro Internacional, Político, Artístico, Deportivo y Cultural de mujeres que Luchan, convocado por las mujeres zapatistas dos meses atrás con escasos dos comunicados.

 

Amanecer en el Caracol IV

Llegamos al aeropuerto de Tuxtla el día anterior armadas con casas de campaña, chamarras para el frío, camisetas para el calor, es decir, preparadas para cada escenario que habíamos podido imaginar desde los límites a la imaginación que impone la ciudad. El avión venía lleno de mujeres que iban al Encuentro y que se pedían consejos en el aeropuerto sobre cómo llegar. La constante era que en realidad nadie sabía nada. Parece que podríamos llegar a un lugar en San Cristóbal de las Casas para hacer una preinscripción y de allí saldrían buses que subían hasta el Caracol, pero esta información no estaba por escrito en ningún lado, llegaba a nosotros a través de un voz a voz extrañamente confiable. Quizás confiábamos solo porque no teníamos más información.

 

Vista de el campamento desde afuera.

Y así, sin instrucciones sobre cómo llegar, sin indicaciones sobre el clima, sin más que un formulario online, mujeres de al menos 40 países del mundo dimos un salto de fé y emprendimos la marcha hasta la región de las Cañadas, cerca del pueblo de Altamirano, a cuatro horas de San Cristóbal de las Casas. Las mujeres del mundo llegamos, dejando claro que no hay grupo con mayor legitimidad y poder de convocatoria que pueda igualar a las mujeres zapatistas. “A veces pensamos que están aisladas, pero creo que ninguna organización tiene la estructura para recibir a esta cantidad de personas con esta claridad y esta organización” dice Atziri Ávila, defensora oaxaqueña coordinadora de la Iniciativa Mesoamericana de Defensoras de Derechos Humanos. Ávila también describió el campamento como “el lugar más seguro del territorio mexicano” una impresión en la que coincidimos todas las asistentes.

 

Cartel a la entrada de el Encuentro.

“Vivimos en estas montañas, las montañas del sureste Mexicano. Aquí nacimos, aquí crecemos, aquí morimos”, leyó la comandanta Érika en el discurso de apertura. “Y vemos por ejemplo esos árboles que están allá, y que ustedes dicen que es ‘bosque’ y nosotras le decimos ‘monte’. Bueno, pero lo sabemos que en ese bosque, en ese monte, hay muchos árboles que son diferentes. […] Bueno, aquí estamos como un bosque o un monte. Todas somos mujeres. Pero lo sabemos que hay de diferentes tamaños, lenguas, culturas, profesiones, pensamientos y formas de lucha. Pero decimos que somos mujeres, y además que somos mujeres que luchan. Entonces somos diferentes, pero somos iguales.” Cuando leyeron estas palabras el bosque de mujeres ya estaba despierto, escuchando. Las zapatistas dedicaron el día para contar su historia en todas las formas y lenguajes posibles: discursos, obras de teatro, deportes. Las mujeres del mundo iban llegando y las filas para el registro eran inmensas.

 

El lema del buen gobierno zapatista es “mandar obedeciendo”.

El 1 de enero de 1994, mismo día en que entró en vigor el Tratado de Libre Comercio con EEUU, el Ejército Zapatista de Liberación nacional o EZLN hizo su primera aparición pública reivindicando los derechos de indígenas y campesinos y oponiéndose a la economía capitalista y neoliberal. Habían estado organizándose desde 1983 en lo profundo de la Selva Lacandona y sorpresivamente tomaron siete cabeceras municipales en el estado de Chiapas. En el 1996 se firman los Acuerdos de San Andrés sobre el “Derecho y Cultura Indígena” en los que el Estado mexicano prometió, entre otras cosas, reconocer a los pueblos indígenas constitucionalmente y les dieran autonomía. En el 2001 lograron que la constitución mexicana reconociera la autonomía de los pueblos indígenas. Sin esperar a que el gobierno les otorgara la dichosa autonomía, los zapatistas se organizaron en 2003 en cinco “Caracoles”, que son nodos o centros de reunión y Juntas de Buen Gobierno cuyo célebre mandato es “mandar obedeciendo”. Además de un sistema de justicia autónomo, los zapatistas organizaron un sistema interno de educación trilingüe (tzeltal, tojolabal, y español) y un sistema de salud propio.

 

Nos tomamos nuestro tiempo para llegar al Caracol, pues para varias de nosotras era nuestra primera vez en Chiapas, y San Cristóbal tiene fama por ser uno de esos puntos de encuentro para los y las idealistas del mundo. Las calles coloniales del centro están llenas de gringos buscando “el sueño mexicano”, un par de sociólogos nos entrevistaron para su investigación de su tesis de grado, y el café zapatista se vende en varios lugares del centro. La carretera hasta Altamirano va bordeando las montañas y en el paisaje las matas de plátano poco a poco dan paso a árboles que parecen pinos. La carretera se iba haciendo más angosta a medida que perdíamos la esperanza de tener suficiente señal de celular para que Google Maps pudiera guiarnos hasta el Caracol.

El pensamiento zapatista ha tenido un fuerte impacto en varias generaciones de mexicanos y es un parteaguas para las izquierdas latinoamericanas. Otras guerrillas de la región dejaron su crítica marxista perdiera credibilidad al recibir financiación del narcotráfico o se ganaron la animadversión de la ciudadanía con violentos ataques a civiles. Los zapatistas, en cambio, se alzaron armados durante solo 12 días, y después de un diálogo con intelectuales y la sociedad civil mexicana, se auto impusieron un cese al fuego, y desde entonces se mantienen en resistencia llevando su lucha en el campo de lo simbólico. Desde ahí los zapatistas han sabido narrar, con discursos que saltan de la emotividad a la ironía, muchos escritos por el legendario subcomandante Marcos, portavoz del Comité Clandestino Indígena Revolucionario; hasta la decisión de tapar sus rostros con un pasamontañas que guarda su anonimato y los convierte en colectivo. En sus propias palabras: tapan su cara, para mostrar su corazón.

 

Amigas zapatistas.

Soy colombiana, nacida a comienzos de los años 80. El M19, nuestra “guerrilla de intelectuales” y sin duda la más carismática de todas, intentó tomarse el Palacio de Justicia en 1985 y la cosa terminó con el edificio en llamas, los tanques del ejército entrando en el Palacio y varios desaparecidos. Yo recuerdo ver las llamas en la televisión porque era el día de mi cumpleaños. Así es difícil tener una visión favorable de las guerrillas. Por eso, cuando llegamos al Caracol, me impactaron los pasamontañas de los hombres zapatistas que nos recibían a la entrada. Mis ojos inmediatamente se deslizaron a sus cinturas para ver si estaban armados. No. Tenían radios, un bolillo de madera que colgaba en la cintura, pero nada de armas. A medida que pasaban las horas yo iba desaprendiendo el miedo que le tengo al pasamontañas. De día podíamos ver el número del Caracol de cada una bordado en sus capuchas, y cuando les hablábamos, nos contestaran o no, era claro que se reían pues se notaba en los ojos. Sin duda el efecto visual era poderoso. La noche del 8 de marzo las mujeres zapatistas cerraron filas alrededor de la cancha de fútbol, frente al templete, y al caer las luces cada una encendió una vela. Luego nos dirían que estas luces eran para nosotras, para que las lleváramos “a nuestros mundos, en nuestros tiempos”. Pero antes de saber qué pasaba recuerdo mirarlas y pensar que lo que  buscaban, más que el anonimato, era el colectivo, juntas eran una muralla de de ojos que salían de un fondo negro como si fueran estrellas.

Jennifer Vanegas llegó al Encuentro desde Bogotá, con la batucada feminista La tremenda revoltosa. “Yo sí creo que una de las principales diferencias que hay en las zapatistas a diferencias de las insurgencias colombianas es que las mujeres se han posicionado y han tenido un discurso autónomo, han tenido libertad.. Con el proceso de paz las mujeres de las Farc han tenido un acercamiento público al feminismo, pero lo que vemos acá es que desde el comienzo hubo enraizamiento con sus necesidades específicas, que tenían que ver con la triple jornada laboral que son reflexiones que no están tan arraigadas en las insurgencias colombianas” explica. Vanegas hizo su tesis en Estudios de género sobre las mujeres insurgentes del EZLN y las Farc en la Universidad Nacional de Colombia y resalta también que el discurso de las mujeres zapatistas está marcado, de entrada, por una reflexión desde el colonialismo y el racismo, que ha estado ausente en muchas izquierdas latinoamericanas. La tremenda revoltosa fue una de las batucadas que tocó en la fiesta del primer día del encuentro, además de un grupo de cumbias argentinas y varios grupos de las mujeres zapatistas. La fiesta se extendió todas las hasta las dos de la madrugada.

 

En cada taller había milicianas zapatistas encargadas de escuchar para luego contar los contenidos en sus comunidades y de mantener el orden.

El vínculo de las zapatistas con el feminismo no es nuevo. El primer día del Encuentro las zapatistas nos contaron cómo, en los inicios del movimiento, las mujeres no se enteraban de lo que hacían sus maridos cuando acudían a reuniones de la insurgencia. Siguiendo los mismos principios zapatistas las mujeres hicieron una crítica a las estructuras del movimiento y se organizaron, gracias en parte, a que conservaban espacios de trabajo colectivos. “Las mujeres trabajamos en la hortaliza, cuidamos gallinas, tenemos conejos, y aprendemos a bordar y hacer artesanía. Pero no solo eso, eso solo es el principio. De ahí también tenemos pláticas, reflexionamos sobre la vida que tenemos en la casa. Las más grandes nos van explicando a las jóvenes cómo tenemos que defender nuestros derechos. La autonomía es contra el mal gobierno y también contra los malos hombres que no tratan bien a las mujeres” dijo la insurgenta Aurelia, en el Encuentro de los Pueblos Indígenas con los Pueblos del Mundo, organizado en el mismo Caracol en julio de 2007, según registra la académica Mariana Mora en su ensayo Repensando la política y la descolonización en minúscula.

Otra figura histórica importante es la Comandanta Ramona, una de las más respetadas líderes del ejército zapatista, quien luchó por más de veinte años como parte del Comité Clandestino Revolucionario Indígena y defendió los derechos a la salud, a la educación, a la participación política a la vivienda digna, de las mujeres indígenas siempre desde la comprensión de que su discriminación era doble. La Comandanta Ramona murió de cáncer en 2006, a sus 40 años, dejando sentadas las bases para que el pensamiento zapatista entendiera el género de manera transversal.

 

La ex precandidata independiente a la presidencia de México, María de Jesús Patricio Martínez, conocida como Marichuy, se toma fotos con las asistentes al encuentro.

 

Cartel promocional de la candidatura de Marichuy.

Los acuerdos de San Andrés dieron origen al Consejo Indígena de Gobierno que está compuesto por 150 integrantes. El mismo Consejo que el año pasado apuntó una candidata independiente, indígena y mujer, para competir por la presidencia mexicana. María de Jesus Patricio Martínez, más conocida como Marichuy, se convirtió rápidamente en un fenómeno político que alcanzó las 300 mil firmas validadas por la registraduría. No fue suficiente para pasar el umbral necesario para apuntar su candidatura pero hoy representa a 46 pueblos indígenas que unidos suman una población de 25 millones. Marichuy, por supuesto, estaba en el encuentro. Se movía de un lugar a otro rodeada de una nube de gente que le tomaba fotos y que le costaba avanzar pues no había espacio para ella y su brazo lastimado que llevaba en un cabestrillo. Bettina Cruz es una reconocida defensora por los derechos a la tierra y el territorio de las comunidades zapotecas ubicadas en el Istmo de Tehuantepec y hace parte del Consejo Nacional Indígena. “Ha sido algo muy importante que una mujer, e indígena haya participado en la precandidatura, aunque fuera una farsa, nosotros lo hicimos en serio para poder generar organización, articulaciones y en este momento estamos organizándonos para seguir creciendo juntos” afirma sobre la candidatura de Marichuy, “300 mil firmas no son cualquier cosa, son firmas reales, formas de trabajo”.  Aunque la candidata Marichuy no es zapatista, representa sus ideas, marcadas por una oposición al sistema capitalista, machista, y racista que funciona en México y en todo el continente.

 

Rejas de entrada al Encuentro de Mujeres que Luchan.

En las rejas de la entrada al campamento estaba colgado un inmenso letrero amarillo en el que se leía “Prohibido entrar hombres”. La explicación era sencilla: no habían sido invitados. Así que los hombres zapatistas estaban afuera, encargándose de la logística y la seguridad, mientras otros acampaban fuera del evento y hacían tortillas. Algunas mujeres llegaron acompañadas de sus parejas hombres y estos tuvieron que quedarse en la entrada. Otro contingente de hombres, que se autodenominaba “despatriarcalizados” también llegó por su cuenta, pero las zapatistas no los dejaron entrar. “Pensamos que sólo mujeres para que podemos hablar, escuchar, mirar, fiestar sin la mirada de los hombres. No importa si son buenos hombres o malos hombres. Lo que importa es que somos mujeres y que somos mujeres que luchamos.” explicaron las mujeres zapatistas en las palabras de apertura. Era, entonces, un espacio separatista de inmensas dimensiones. Esto sentaba las bases para que el campamento fuera un espacio como ningún otro: un espacio sin miedo, en donde ninguna temía por su cuerpo o por sus pertenencias. Había mujeres hablando en todos los idiomas, perros, bebés, niños y niñas que se perdían en la noche sin que sus madres temieran por ellos y que luego eran voceados desde el micrófono en el templete. En nuestras vidas cotidianas el único espacio separatista que nos dejan sin revirar son los baños públicos. Y ni siquiera eso, dirán con razón las mujeres trans. ¡Qué raro era este mundo nuevo en el que 8000 mujeres podíamos estar juntas sin hombres!

 

Campamento de los hombres, afuera de el Encuentro.

Si bien el EZLN había llevado a cabo otros encuentros como el “Encuentro Intergaláctico” de 1996 o el Encuentro de los Pueblos Zapatistas con los Pueblos del Mundo en 2007 (que tuvo lugar en el mismo Caracol) nunca habían tenido un Encuentro de este tamaño y menos solo organizado por mujeres. Alejandra, una de las mujeres zapatistas que guardan la entrada dice: “ahora ya lo vemos diferente porque en 2007 había pocas mujeres que contaban sus historias de donde viven, en cambio ahora las vemos un poco cambiadas, emocionadísimas por venir a este Encuentro, y yo las veo feliz compartiendo todo lo que ellas traen de fuera, cómo han vivido, como sufren, qué analizan, y también nos están conociendo a nosotros. Yareny, del Caracol V, Roberto Barrios, cuenta que las zapatistas estaban absolutamente dispuestas a la diversidad: “aquí no distinguimos qué raza o qué color, cómo hablan o cómo se visten, si son transgénero o trans como se dicen, aquí todas somos mujeres, tenemos ese dolor, ese sufrimiento que nos maltratan, por eso es este Encuentro, para puras mujeres para que puedan expresar o compartir cómo se sienten”.

 

Las denuncias por la muerte de 41 niñas, incineradas en un Hogar Seguro en Guatemala, estuvieron presentes en el Encuentro.

A pesar de la asistencia desbordada la organización en el Encuentro era notable. No perfecta, pero nadie esperaba eso. Había un equilibrio entre lo que hacían las zapatistas y cómo respondía cada mujer, que a su vez hacía parte de pequeños grupos, y grupos más grandes, que orgánicamente se fueron coordinando sin que nadie les dijera nada. El campamento era un ejemplo de autogestión: había baños, había comida, había talleres programados en amplias lonas y grupos de reunión que se armaban de repente bajo alguna sombra. Los talleres variaban en temas: sexualidad, política, teatro, violencia de género. Muchas se quedaban por fuera porque los espacios no daban abasto, pero nos íbamos viendo la cara en esos tres días de sol inclemente. Había feministas de todos los estilos y corrientes. Defensoras del trabajo sexual digno y abolicionistas tuvieron que estar en un mismo espacio sin pelearse. Una mujer kurda que venía al encuentro fue deportada “por terrorismo” en el aeropuerto de Ciudad de México y pero de alguna manera hizo llegar un video en el que varias mujeres kurdas leían un comunicado. Estaban las madres de Los 43, y defensoras que desde todos los rincones denunciaban la violencia y los feminicidios. Pudo ser la horizontalidad de dormir en el suelo o el respeto común al territorio zapatista que se fue convirtiendo en respeto por las otras. Y todas éramos diferentes, pero todas estábamos ahí. Todas intuimos la línea de base que nos unía a todas y las zapatistas lo dijeron con mucha claridad en su discurso de clausura: se necesita que “nunca más, ninguna mujer del mundo, sea del color que sea, del tamaño que sea, de la edad que sea, de la lengua que sea, de la cultura que sea, tenga miedo”.

 

Mujer zapatista en partido de Volleyball.

 

Partido de basketball entre mujeres zapatistas.

Un gran acierto del movimiento zapatista ha sido el uso de símbolos y metáforas, tan poderosas como conmovedoras. Los discursos que se leyeron en el encuentro son difíciles de olvidar porque al escucharlos se hace un nudo en la garganta. Son metáforas que parecen salir de la misma tierra, una mirada del mundo que de lejos parece idealista pero que en el territorio zapatista se ve materializada. Es una postura política y estética que se extiende a las imágenes: había un mural zapatista en cada pared posible, muchos mostraban a mujeres y hasta insectos con capuchas y traían consignas en contra del capitalismo y el patriarcado. Los murales individualmente, parecían hechos con cierta ingenuidad, como si fueran hechos por niños, pero en colectivo daban cuenta de un plan estético sofisticado de usar imágenes sencillas para mensajes poderosos. En el pensamiento zapatista cada símbolo se construye con certeza y esmero, ninguna metáfora se debe a la casualidad.

 

El sábado por la noche, en el cierre de clausura, las zapatistas abrieron las puertas del evento, orgullosas de lo que habían logrado, y sus compañeros zapatistas, seguidos de los hombres mestizos que acampaban afuera, irrumpieron en el campamento. Fue un momento de fiesta y celebración para las zapatistas aunque para las mestizas el ambiente se enrareció de repente. “Los perros ladraron y los niños lloraron” dijo la periodista mexicana Mariela Castro Flores. “Quizás el contraste sirve para que entendamos por qué son diferentes los espacios separatistas” dijo una de las activistas de Punto gozadera, en Ciudad de México. Las tres miradas eran simultáneamente ciertas.

 

Niña frente al “dragón” del patriarcado.

Las zapatistas también nos dejaron trabajo: “Les proponemos el acuerdo de volver a reunirnos en un segundo encuentro el próximo año, pero no nada más aquí en tierras zapatistas, sino que también en sus mundos de cada quien, de acuerdo a sus tiempos y a sus modos. O sea, que cada quien organice encuentros de mujeres que luchan o como los quieran llamar. […] Y viera que cuando vienen pueden decir que en sus mundos se reunieron, discutieron y acordaron lo que sea que acuerden. O sea, que lleguen más grandes en su corazón, en su pensamiento y en su lucha”. El mandato fue una propuesta de organización y un compromiso moral, ambos a la manera zapatista.

Y concluyeron: “Es importante que miramos y escuchamos a todas, porque si no de balde hicieron la chinga de venir hasta acá y pues lo justo es que escuchemos y miremos a todas. Aunque estemos o no estemos de acuerdo con lo que dicen. […] “Agradecemos sus oídos, sus miradas, sus palabras, sus talleres, sus pláticas, su arte, sus videos, sus músicas, sus poemas, sus cuentos, sus teatros, sus danzas y bailables, sus pinturas, sus cosas raras que ni sabiamos que son, todo lo que nos trajeron para que nosotras conocemos y aprendemos de sus luchas. Lo tomamos todo como un regalo muy valioso que vamos a cuidar y vamos a hacer más grande, porque lo vamos a llevar a nuestras comunidades y pueblos, para que más mujeres zapatistas compartan con nosotras su regalo que nos dieron.”

 

Las mañanas comenzaban por rituales organizados por mujeres de diferentes étnias.

Un ejemplo de autogestión y orden se quedó con todas nosotras. Es posible organizarse de manera masiva sin necesidad de mandatos verticales. Se pueden construir espacios separatistas, seguros, en los que las mujeres podamos organizarnos políticamente. Organizarse políticamente no necesariamente es sentarse a plenaria, a veces es tan sencillo como convivir, hacer la fila para el baño juntas, comer juntas, caminar juntas, reír y llorar juntas. En cada uno de esas pequeñas concesiones y alianzas que hacemos con otras mujeres para estar juntas hay un acuerdo poderosamente político.

“A saber cuantas mujeres que luchan llegamos en estos días, pero creemos que podemos estar de acuerdo en que somos un chingo. Y no pensamos si van a llegar tantas porque aca esta retirado, y no hay comodidades. Viera que sabemos que son tanto así, pues tal vez llegamos más mujeres zapatistas y así podríamos abrazarlas a todas y cada una y poder decirles en persona lo que ahora decimos en colectivo” leyeron, mientras muchas de las asistentes, conmovidas, empezaron a llorar. “Todas mujeres, todas indígenas, todas pobres, todas zapatistas que te abracen fuerte, porque es el único regalo que podemos darte de vuelta. Pero como quiera has de cuenta, hermana y compañera, que esto que estamos diciendo aquí, te lo está diciendo una mujer zapatista mientras te da un abrazo y te dice al oído, en tu lengua, en tu modo, en tu tiempo: ‘No te rindas, no te vendas, no claudiques’”. Las palabras precisas para encender la primera de las esperanzas feministas: saber que no estamos solas.  

*La reportería para esta crónica fue hecha en conjunto con María Florencia Alcaraz de LatFem.

 

Catalina Ruiz-Navarro
/

Feminista caribe-colombiana. Editora de Volcánica. Líder para Latinoamérica de “¡Basta!” de Oxfam, orientada a cambiar los imaginarios que perpetúan la violencia contra mujeres y niñas. Exdirectora fundadora del proyecto (e)stereotipas. Columnista de El Espectador, El Heraldo, Revista Cromos, Vice-México y Univisión. Estudió Artes Visuales y Filosofía y tiene una maestría en Literatura; ejerce estas disciplinas como periodista.


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    agustin espinosa /

    31/03/2018 10:59 AM

    felicidades!! que bueno que pudiste estar alli y compartir tu testimonio..

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Belén Marco /

    22/03/2018 6:51 PM

    Mujeres latiendo fuerte, y luchando por lo que de verdad importa. No hay nada más hermoso. Bello texto.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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