Las violaciones grupales son un mensaje para todas las mujeres

La Manada, los Porkys, la reciente denuncia de una mujer en Chile, ¿por qué ocurren violaciones grupales en todo el mundo y qué tienen en común?

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Foto: Pinterest.

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La semana pasada se hizo público el fallo contra un mediático caso de violación grupal en España que se conoce como “La Manada”. En los Sanfermines de Pamplona, un grupo de cinco tipos, entre ellos un militar y un guardia civil, violaron juntos a una chica de 18 años en un cuasi callejón, haciendo videos mostrando cómo la penetraban mientras se burlaban de ella. Los videos los enviaron a un grupo de Whatsapp llamado, por supuesto, La Manada, en donde había al menos 20 tipos que participaron con un silencio cómplice en la violación. A pesar de que todo esto está registrado en video, los medios se dedicaron a juzgar a la víctima porque luego de la violación siguió teniendo amigos y se fue de vacaciones. Se discutió hasta el infinito si había consentimiento de la víctima o no, como si fuera posible decirle NO a 5 tipos 10 años mayores que te doblan el tamaño. Supuestamente, como la víctima asumió un papel pasivo en vez de “luchar y defenderse” no se puede determinar si de verdad quería estar ahí. No importa que ella nos diga que no, o que todas sepamos lo violentos que se pueden poner los tipos ante un a negativa y más cuando están, como ellos mismos dicen, “en manada”.

El fallo condenó a los 5 violadores por abuso sexual, 9 años de cárcel y 5 años de “libertad con vigilancia” lo que sea que eso signifique. Y, aunque 9 años es más que la pena mínima por violación en España (6 años) y casi el mínimo de la pena por homicidio doloso (10 años), el fallo ha causado indignación porque el Estado está declarando que esta violación en grupo no es una violación, que estar rodeada de cinco tipos que quieren meterte su verga en la boca no es violencia, y que las mujeres estamos obligadas a atacar a nuestros agresores poniendo en peligro nuestras vidas si queremos que la Justicia nos considere como “buenas víctimas”.

Muchos han dicho que el fallo no podía ser otro dadas las definiciones del código penal. Que duro es leer una excusa tan estúpida y fría para no reconocer la violencia machista. Como si esas leyes fueran barreras de la naturaleza y no mandatos que los humanos, las sociedades, hemos inventado. ¡Cómo si los mismos abogados no supieran que las leyes están abiertas a interpretaciones! Interpretaciones que dependen, claro, de nuestros prejuicios, y acá nos encontramos con un juez que interpreta como “sexo” una situación en donde la mujer asume una actitud pasiva mientras es penetrada por varios hombres como si fuera un enchufe. No quiero ni pensar en las pobres mujeres que han tenido la experiencia de coger con estos jueces.

Y hay otros agravantes. Gracias a los audios de Whatsapp que se han filtrado sabemos que La Manada planeaba violar en grupo a alguna mujer, a cualquiera que pudieran, durante los Sanfermines. Y no solo eso, también se conoce de un caso de 2016 en donde se grabaron tocando a una mujer inconsciente, que no recuerda haber sido grabada y que se despertó en la parte de atrás de un carro cuando uno de los miembros de la manada ejecutaba su modus operandi tratando de meterle el pene en la boca.

Esta violación masiva no es un caso aislado. En México, está el caso de Los Porkys: unos mirreyes de Veracruz que secuestraron en su camioneta a una menor de edad y luego la violaron. Solo uno de ellos está enfrentando un proceso por pederastia (una vez más la figura de “violación” no aplica, ¡qué raro!) y el resto siguen libres y seguramente fuera del país. En Colombia, el 1 de febrero de 2017 en la fiesta de celebración por alguna victoria del equipo de fútbol capitalino Independiente Santa Fé, contrataron trabajadoras sexuales. Uno de los jugadores ofreció pagarle a una de ellas por tener relaciones con él, y luego de que ella aceptara el tipo invitó a otros 5 jugadores del equipo a que la violaran. La noticia la dió el periódico El Espectador, que conoció la denuncia de la trabajadora sexual  y también se habló de ella en Las Igualadas, pero hoy el equipo sigue como si nada. Y para no ir más lejos, esta semana una mujer en Chile denunció que había sido víctima de una violación grupal por parte presuntos hinchas del equipo de fútbol de la Universidad de Chile.

Lo primero que salta a la vista aquí es que las leyes están mal. Y recordemos que las leyes no se inventaron en el abstracto, se nota, de hecho, que las leyes sobre violación no fueron inventadas por las víctimas. Por ejemplo, es absurdo que en España se diferencie entre “abuso sexual” y “violación” porque la segunda es “penetración con violencia e intimidación”, la definición, para variar, no se trata de la víctima sino de lo que se hace con un pene. ¿Es peor una violación si el tipo te penetra? La pregunta es indignante. Por esto es que las feministas hablamos de una “justicia patriarcal”: siempre hay que preguntarse quién hace las leyes y quién puede hacer un uso efectivo de esa “justicia”.

Estos casos también dejan claro que no importa que haya video, no importa que tus agresores confiesen en video, la justicia no nos cree a las mujeres. La justicia no nos hace justicia. Y por eso muchas en España hoy hablan de autodefensa feminista, esto es, el derecho que tenemos todas a defendernos cuando estamos en peligro. Aunque esta solución es válida no deja de ser problemática: la que decide tomar su defensa en sus propias manos corre el riesgo de que la maten. Y no es solo es, no todas las mujeres tenemos la coordinación o las habilidades o el tiempo para aprender karate. Pero el problema principal es ese prefijo “auto” en la autodefensa, pues significa que la defensa depende de cada una, y no de el Estado o de la sociedad que son los responsables de que estemos las mujeres en una situación tan vulnerable en primer lugar.

La pregunta que tenemos que hacernos no es por qué la víctima de La Manada se quedó quieta, la pregunta es, ¿por qué es práctica común e internacional que un grupo de hombres se junte para una violación en grupo? Las interpretaciones homofóbicas no se hicieron esperar. Por ejemplo, Félix de Azúa dice en El País el 1 de mayoEn las violaciones grupales lo que excita de verdad a los matones es la visión de las vergas de sus colegas. Esa es la principal atracción, la pinga del amigo, si no, ¿por qué iban a hacerlo todos juntos? Lo sospeché al ver ese vídeo en el que los de La Manada bailan sevillanas unos con otros. Lo hacen con mucha sensualidad y lascivia. Se advierte que su objeto de seducción es, más que la chica, el colega.” Azúa propone que el homoerotismo es una explicación de la violación. Las violaciones, sean individuales o en grupo, nada tienen que ver con el deseo y todo con el poder.

Rita Segato en su ensayo La guerra contra las mujeres hace una lectura que es muy interesante: las violaciones son un mensaje. “Los crímenes sexuales no son obra de desviados individuales, enfermos mentales o anomalías sociales, sino expresiones de una estructura simbólica profunda que organiza nuestros actos y nuestras fantasías y les confiere inteligibilidad. En otras palabras, el agresor y la colectividad comparten el imaginario de género, hablan el mismo lenguaje, pueden entenderse”. Por ejemplo, en el fallo es claro que los jueces y La Manada comparten un escalofriante campo semántico en donde esto no es una violación.

Segato añade “los violadores, las más de las veces, no actúan en soledad, no son animales asociales que acechan a sus víctimas como cazadores solitarios, sino que lo hacen en compañía”.

Y luego, sobre la intención de los crímenes sexuales: “El uso y abuso del cuerpo del otro sin que este participe con intención o voluntad; la violación se dirige al aniquilamiento de la voluntad de la víctima, cuya reducción es justamente significada por la pérdida de control sobre el comportamiento de su cuerpo y el agenciamiento del mismo por la voluntad del agresor. La víctima es expropiada del control sobre su espacio-cuerpo”.

La violación entonces, más que física, es una “derrota psicológica y moral”. Segato escribió este ensayo en 2006 para hablar de los feminicidios de Ciudad Juárez, pero parece que estuviera describiendo el caso de La Manada. Y también explica por qué todas nos sentimos tan devastadas con estas historias de violación: nos mandan el mensaje, a todas las mujeres, de que no tenemos derecho sobre nuestras vidas o nuestros cuerpos, que somos “carne que se accede” y que las Instituciones con mayúscula no sirven para protegernos. Quiere decir entonces que se necesitan otras formas y otra justicia. Una en la que los jueces y los agresores no pertenezcan al mismo machiverso ni hablen el mismo idioma.  

Catalina Ruiz-Navarro
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Feminista caribe-colombiana. Editora de Volcánica. Exdirectora fundadora del proyecto (e)stereotipas. Columnista de El Espectador, El Heraldo, Revista Cromos, Vice-México y Univisión. Estudió Artes Visuales y Filosofía y tiene una maestría en Literatura; ejerce estas disciplinas como periodista.


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