Adentro del único
(y último) manicomio de Guatemala

Cuando uno ingresa al ‘Federico Mora’ se encuentra, primero, con los típicos locos caricaturizados por la tele: el uniforme azul, los pies descalzos, la vista extraviada, la boca entreabierta, los labios babeantes, dopados por completo. Sólo al rato empieza uno a advertir las similitudes entre esa burbuja interior y la de afuera, empezando por la cantidad de gente pidiendo limosna. El manicomio, además, está plagado de tipos potencialmente peligrosos, igual que la calle. Dos de cada cinco fueron enviados aquí por un juez después de haberlos encontrado culpables.

Cotidianidad

Tres pacientes del hospital-prisión saludan a la cámara.

Fotos: Carlos Sebastián

La mayoría de gente tenida como cuerda y normal ni siquiera sabe dónde está ubicado el Hospital Nacional de Salud Mental ‘Carlos Federico Mora’. Algunos sospechan que no es casualidad que esté refundido en la periferia de la ciudad capital, rodeado por un lado de un botadero de basura y por el otro de los centros de detención preventiva (de hombres y de mujeres), aislado del resto de la zona 18 por un profundo barranco que hace las veces de terraplén y trinchera. Tampoco es casualidad –sospechan– que la persona que ordenó su traslado a ese lugar haya sido Efraín Ríos Montt.

Podría decirse que el hospital fue concebido simbólicamente como una prisión en sí misma: Una prisión dentro de otra prisión, dirían las voces neuróticas. La ciencia médica actual recomienda que ya no haya centros de este tipo. Hace dos años la organización no gubernamental Disability Rights interpuso, junto a la Oficina de Derechos Humanos del Arzobispado de la ciudad de Guatemala (ODHA), una denuncia contra el Estado de Guatemala ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) por violación de derechos de los pacientes.

La denuncia, que en principio provino de la comisión de derechos humanos del hospital mismo, dio pie para que el Gobierno creara una mesa técnica para resolver el conflicto. A partir de este octubre, los pacientes que cometieron delitos (137 de los 355) deberán estar aislados por una malla.

El asesino que lava los carros

Una vez atravesada la puerta de ingreso, me cruzo con un paciente que camina junto al graderío que pretendo subir. Va hablando consigo mismo. Me saluda amablemente, le devuelvo el gesto, regresa a lo suyo y yo a lo mío. Más tarde vuelvo a verlo a través de la ventana: se saca un periódico que lleva doblado debajo de la camisa, arranca con las manos un pedazo de papel y vuelve a meterse el resto. Toma el trozo recortado y empieza a leerlo en voz alta.

Atravieso el área de estacionamientos y se me acerca un tipo de bigote tupido, sonrisa afable y ojos pícaros. Por el uniforme reconozco que es uno de los pacientes. Ofrece lavarme el carro. Se dedica a eso. Cobra quince quetzales. Así se procura algunos ingresos. Es de los pocos que no mendiga algo. Cuando hay demasiado trabajo recluta a algunos ayudantes, a quienes paga dos o tres quetzales. Le respondo que voy en bicicleta, pero que muchas gracias de todos modos.

 

hospital salud mental 01

Su nombre es Rubén, tiene 34 años y nació en Copán, Honduras, aunque una cédula falsa lo acredita como originario de Guastatoya, El Progreso. De profesión agricultor, ingresó al hospital en septiembre del 2003 después de machetear a sus tres cuñados, quitándoles la vida. En su ficha puede leerse que es un paciente tranquilo, consciente, que fabula la verdad y la expresa de manera creíble. Mantiene y repite una idea delirante: “Por fin tengo ya mi orden de egreso”. Es verborreico, niega alucinaciones y en ocasiones se resiste a tomar medicamentos porque dice que le resecan la boca y lo ponen haragán.

No hace mucho Rubén escapó del hospital y vagó fuera por un tiempo, hasta aburrirse. Entonces le hizo señas a una patrulla y le pidió a los policías que lo regresaran. Los agentes, al reconocerlo, lo trajeron de vuelta. “Suerte tuvo de haberse fugado por el lado que sí era”, comenta uno de los empleados, “porque hay otra parte del barranco donde caen al fondo y se mueren”.

* * *

El Hospital, con capacidad para 340 camas, alberga a 355 pacientes y cuenta además con un área de consulta externa que atiende entre 30 mil y 35 mil personas cada año. De entre los internos, alrededor de cincuenta de ellos tienen asignado las 24 horas un custodio de la Policía Nacional Civil. Rubén se cuenta entre los que poseen récord delictivo, pero no reciben vigilancia directa.

* * *

Veo a otra pareja de pacientes, hombre y mujer, haciendo migas, sentados en la banca de afuera de uno de los pabellones. “En todos lados florece el amor”, dice el doctor que me acompaña. “O el deseo”, pienso yo. Un paciente más, vestido de blanco, orina plácidamente a mitad del jardín. A estas alturas, he perdido ya la cuenta de cuántos se me acercaron para pedir limosna: la supuesta locura que advierto aquí adentro no se diferencia demasiado de la supuesta cordura que se vive allá afuera.

La denuncia que visibilizó

Se dice que el Hospital Nacional de Salud Mental es como Siberia: a los empleados y policías los envían ahí como medida de castigo. “Yo considero esta denuncia [la de Disability Rights] como algo positivo porque nos dio visibilidad”, asegura el psiquiatra Romeo Minera, recién nombrado director en mayo.

Es el único recinto público para albergar enfermos mentales en Guatemala. Y dos de cada cinco han llegado del Sistema Penitenciario, por orden de juez y tras exámenes que (supuestamente) arrojan algún grado de demencia.

Lo que no se explica son los escasos fondos que el Estado le asigna: Q40 millones al año, de los cuales tres cuartas partes son para pagar salarios. Los fondos son las sobras que el Estado y la sociedad dan para los más vulnerables, los abandonados en una sociedad que no invierte –ni empatía, ni dinero– en quienes la pasan peor.

Hay 450 empleados. Se supone que el horario de trabajo, con excepción del personal que está de turno, es de siete de la mañana a cuatro de la tarde, pero en realidad la mayoría ingresa a las nueve, se retira al mediodía y toma recesos para la merienda. Yo mismo pude constatarlo tras haber visitado el centro unas veinte veces a lo largo de cuatro años.

Casi no se observan pacientes oriundos del occidente del país. La mayoría proviene sobre todo del área metropolitana y de oriente. No se sabe si ello se debe a que, dentro de las culturas indígenas, estos casos se tratan a nivel comunitario con ayuda de curanderos y empleando medicina no tradicional. “En todos los pueblos hay un loco, que es el payaso del barrio, o la patoja a la que todos violan”, interrumple Minera, “pero cuando el loco o la loca empieza a tirar piedras, nos lo traen para acá”.

La señora que vendió a sus seis hijos

En uno de los pabellones del fondo, casi llegando a la orilla del barranco, conozco a Patricia, nacida en La Fragua, Zacapa, e ingresada al hospital en abril del 2002. Su récord dice que es mamá soltera de seis hijos, a quienes vendió. Se desconoce su paradero. Ella misma sufrió maltrato físico de su padre cuando era niña. La madre murió de VIH.

hospital salud mental 05

“Retraso mental inespecífico con previo episodio psicótico agudo, la evolución ha sido satisfactoria y la paciente se encuentra reportada como tranquila, colaboradora, limpia y adaptada al servicio”, concluye el expediente. Sabe qué fecha y qué mes es, pero no el año en el que vive. “Su pensamiento es estructurado pero pobre en contenido. Orientada en persona, espacio y situación, parcialmente lo está en tiempo”. Fue contagiada de sífilis, según examen del 9 de mayo del año 2005.

[Sífilis. Hace 66 años, médicos de Estados Unidos experimentaron con enfermos mentales guatemaltecos, ingresados en manicomios, contagiándolos de sífilis y otras enfermedades de transmisión sexual. Cuando esta atrocidad salió a luz, Barack Obama llamó a Álvaro Colom para ofrecerle disculpas. Punto.]

El 20 de febrero del 2002, a las 10:45 am, frente a la entrada principal del Hospital Regional de Zacapa, se puso a arrojar piedras en contra de las personas. Se le preguntó que por qué lo hacía y ella, en tono de burla y sonriendo, respondió: “Porque tengo buena puntería”. Establecieron que su coeficiente intelectual está bajo el límite fronterizo, entre los 60 y los 70 grados. Consume alcohol y huele pegamento. Hace cuatro años se le encontró una botella de Botrán XL.

* * *

 

* * *

La mayoría de irregularidades denunciadas en el hospital recae sobre los policías, agentes de la PNC. Se les ve formando grupos en los pasillos, cruzando palabras entre sí, matando las horas, tecleando sus celulares, escuchando música, aburriéndose. A ellos se les atribuye el ingreso de estupefacientes para la venta al menudeo y la corrupción del personal, así como violaciones sexuales, “amenazas, hostigamientos y actos de violencia en contra de los pacientes”, según la denuncia presentada a la CIDH.

Un enfoque obsoleto

La primera piedra del Asilo de Dementes se colocó el 20 de marzo de 1890. El edificio se ubicaba en la 12 calle y primera avenida de la zona 1. En 1960 “se quemó” y se trasladó a la colonia La Verbena, zona 7, convirtiéndose en el Hospital Neuropsiquiátrico Miguel M. Molina. Era un manicomio en el sentido clásico del término. En 1983 Ríos Montt ordena su fusión con el Hospital Carlos Federico Mora y se traslada a su ubicación actual.

Pero la ciencia médica actual recomienda que ya no haya internados de este tipo. Al contrario, salvo casos extremos que requieren vigilancia permanente o aislamiento por motivos de seguridad, lo óptimo es propiciar lazos de convivencia entre enfermos y comunidad, cuyos integrantes se encargan de procurarles la inserción a ésta. El Estado, por su parte, es responsable de asignar evaluadores que realizan visitas periódicas para darle seguimiento y entregar medicamentos de manera gratuita. Un modelo similar funciona en Geel, pueblito en Bélgica cuyos habitantes acostumbran acoger a los ‘loquitos’, desde hace 700 años.

En internet circula un video de Al Jazeera sobre el Federico Mora, según el cual ahí albergan a menores y niños. “Eso no es cierto”, aseguran los médicos a cargo del centro, al que también se le atribuye el dudoso honor se der uno de los peores hospitales psiquiátricos del mundo. “Algunas organizaciones viven del conflicto”, se queja el psiquiatra Alejandro De León.

Como resultado de las medidas cautelares otorgadas por la CIDH a favor de los pacientes, el gobierno discute actualmente la iniciativa de abrir una unidad de salud mental en seis hospitales departamentales: Jutiapa, Cuilapa, Petén, Chimaltenango, Sololá y Quiché. Se está elaborando asimismo el anteproyecto para una propuesta de ley nacional de salud mental, actualmente en cabildeo entre varios sectores de la sociedad civil. Todo ello en consonancia con el llamado Consenso de Panamá, cuyo clamor es hacia “un continente sin manicomios en el 2020”.

Hace falta mucho por hacer. Los pacientes del hospital lucen, en su mayoría, como protagonistas de una película de zombis. En algunos pabellones se percibe un penetrante y ofensivo olor a caca. Se escuchan gritos, quejidos, sollozos, balbuceos, aplausos, chasquidos; se ven dentaduras sholcas, miradas perdidas, espaldas con joroba, nalgas al aire, internos completamente en bolas. “Se les viste una y otra vez, pero se vuelven a quitar la ropa”, protesta Minera.

hospital salud mental 22

Autorretrato de Jorge Ubico Judas Iscariote

No hace mucho falleció, por exceso de consumo de tabaco, el Cielito. El apodo le venía porque así acostumbraba saludar a todo el mundo: “Hola, cielito: ¿trajiste mis centavitos como prometiste?”. Tenía 67 años.

“Me vinieron a dejar porque dicen que soy hueco y yo no soy”, según consta en el expediente. Durante un año trabajó como vendedor de bienes raíces. Fue abandonado en el hospital por su familia. En la escuela fue un alumno excelente, con mucha capacidad para los números y muy solicitado por las muchachas, asegura una trabajadora social, quien apunta también que “en los últimos tiempos se comía docenas de huevos en un solo día y varios litros de leche”.

Intercambiamos palabras dos o tres veces. Dijo llamarse Jorge Ubico Arana Osorio y haber nacido 400 mil años antes de Jesucristo, “cuando se formó la iglesia católica en Guatemala. He viajado a Israel y ahí tengo a mis apóstoles. Ellos me llaman Judas Iscariote. Viví con los animales que hay en Marte. A pesar de que parece que ya no tengo dientes, yo hasta chicharrones como. Unas diez mil o veinte mil veces me he casado. Tuve montones de hijos. He sido pisón”.

Hugo Letona “el Cielito” - Autorretrato

Le muestro el retrato que dibujó de sí mismo años atrás y le pregunto quién está ahí. “A saber. Tal vez usted”.

 

* Agradecemos a las dos lectoras que nos hicieron ver un error garrafal. Por un error del editor de la nota, se publicaron momentáneamente nombres de dos pacientes, que fueron ya borrados. Ofrecemos disculpas a los lectores, a los familiares y al hospital. No hay ninguna excusa.

Andrés Zepeda
/

Abogado de causas perdidas, cronista de acontecimientos irrelevantes, terrorista cultural, músico frustrado, comunicador en ciernes, polemista, videasta y ciudadano ejemplar, entre otras cosas peores.


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COMENTARIOS

RESPUESTAS

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    Estudiante de medicina /

    25/11/2016 7:41 PM

    Se nota el amarillismo y la ambición por un par de comentarios que llenen nuestra expectativa de "buen informante", soy estudiante de medicina y estuve 2 meses en el establecimiento, si vemos más allá de instalaciones en regular estado y pacientes desnudos y desorientados, hay personas que se compenetran con su profesión y han dedicado sus vidas para promover el bienestar físico y mental de estos pacientes, de los cuales un tercio de ellos han sido abandonados por sus familiares ya que no los toleran, y la sociedad seguro que querrá arropar y dar de comer a estas personas ¡Vaya chiste!. Este tipo de artículos al final no deja nada más que la exposición de un sistema de salud que ha sido deficiente en todos los aspectos que ofrece, y sin embargo psiquiatras, enfermería, personal administrativo y de limpieza, se han esforzado por sacar adelante a una institución dedicada a servir a los alienados por los que juzgan y se sientan con brazos cruzados, animados a levantarse para capturar en imágenes polémicas algo que despierte pero solo alborota a los concurrentes de su publicación. Me molesta Don Zepeda que diga que este hospital no es necesario, y aunque organizaciones mundiales concuerden con usted, sé que para muchos este es y será su hogar, así lo hallan decidido o redimidos por el destino.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Leandro /

    27/12/2015 5:05 AM

    Hola Andrés.
    Buenos días.
    Gracias por hacer visible una realidad dura, indignante, inhumana desde todos los sentidos....
    La señora Baldetti que decía que "era un lugar re-bonito"... es practicamente enterrar vivos a lo que consideran el "desperdicio" de la sociedad. Tienen razón es plantearla como una violación a todos los derechos humanos y creo que tanto de los pacientes, del personal médico y de los mismos PNC aunque vendan droga o violen.

    ¡Ay no!

    1

    ¡Nítido!

    ANONIMO /

    26/08/2015 12:26 PM

    […] Atrás quedaron los excesos y los cinismos en Casa Presidencial como aquella frase sobre el manicomio nacional, en las peores condiciones latinoamericanas, que era “un lugar re-bonito”–. Allí estaba la […]

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    El juicio por genocidio y el destino del general | Diario Digital /

    28/07/2015 9:45 AM

    […] nosocomio tomó notoriedad luego de publicaciones en medios digitales y un reportaje de BBC, así como por los comentarios de la exvicepresidente Roxana Baldetti. Los […]

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    ANONIMO /

    27/07/2015 6:27 AM

    […] Lea: Adentro del único (y último) manicomio de Guatemala […]

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    My Homepage /

    03/01/2015 2:01 AM

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    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Andrea González /

    11/12/2014 12:45 PM

    Es importante mencionar que este no es un tema nuevo, esta situación sólo está ahora puesta a la luz. El problema fundamental empieza con la misma sociedad, incluso el periodista que utiliza el tema de "locos" para referirse al enfermo mental. Desde allí la segregación de la cual somos todos responsables. Creo importante iniciar a movernos, a actuar y hacer propuestas, en lugar de seguir denunciando, ya ésto no resuelve nada, sólo revuelve hormigueros sin tener propuestas concretas. Yo propongo presionar a Universidades y Asociaciones a participar del cambio, de la educación a la Sociedad, pacientes y familiares, acerca de la enfermedad mental y sus avatares, ya que desde el Gobierno no se desarrollan las propuestas de Ley para cambios en Salud Mental, qué pena.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Ricardo /

    09/12/2014 12:41 AM

    El Federico Mora de hospital no tiene nada, es el producto de la indiferencia de todos. Las "medidas" que le gobierno plantea para solucionar la situación son ridículas, que lo cierren y que se utilizen los insumos para ayudar a los sobrevivientes (que pacientes no son porque otra vez hospital no es, es una carcel y centro de tortura), que Dios nos perdone por permitir que exista un lugar como este en nuestro país.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Oscar Rodríguez Aranaga. /

    06/12/2014 3:43 PM

    Un duro y muy bien escrito artículo (no me esperaba menos de Andrés Zepeda) que nos muestra una realidad que muchos desconocemos (y a lo mejor no queremos conocer). Espero que este tipo de denuncias (artículos como este y el de BBC Internacional) solucione en parte, aunque sea por medio de la presión internacional este tremendo problema provocado por la desidia de muchos.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Oscar Rodríguez Aranaga. /

    06/12/2014 3:43 PM

    Un duro y muy bien escrito artículo (no me esperaba menos de Andrés Zepeda) que nos muestra una realidad que muchos desconocemos (y a lo mejor no queremos conocer). Espero que este tipo de denuncias (artículos como este y el de BBC Internacional) solucione en parte, aunque sea por medio de la presión internacional este tremendo problema provocado por la desidia de muchos.

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    ¡Nítido!







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