5 puntos para entender el ofrecimiento de territorios indígenas a la CICIG

Notas breves sobre el fracaso del proyecto nacional guatemalteco y las formas alternas de organización desde lo local.

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Esta es una opinión

Foto: La Hora

El vespertino La Hora publicó el 12 de septiembre de este año 2018, una noticia en donde se indica que las autoridades tradicionales indígenas – mayas principalmente- ofrecen sus territorios (o los espacios que habitan y administran) para que la CICIG se establezca allí, dado que la presidencia de Jimmy Morales ha decretado su cierre dentro de un año y la expulsión del Comisionado. No voy a entrar a las lecturas legales del tema porque no es mi campo de trabajo y principalmente porque creo que también debemos de dejar de leer todo lo que sucede – y toda la realidad – en términos legales. En otros lugares del mundo lo legal no es el centro de la realidad y las posibilidades sociales, acá mientras tanto es una exageración y ello tiene fines bien específicos, además de recordar la herencia colonial y caudillista del «tener cuello» y del «se acata pero no se cumple». Respecto a este tema hay algunas precisiones más históricas y antropológicas que me gustaría presentar y que buscan, sobre todo, quitar esa maraña de prejuicios cada vez que surgen este tipo de afirmaciones:

1. Los pueblos indígenas – unos más que otros – sí tienen territorios registrados como tales. A pesar de las grandes expropiaciones («legales» pero violentas y arbitrarias a la vez) de finales del siglo XIX, las comunidades del altiplano y otros lugares conservan grandes extensiones de tierra comunal. Además se les reconoce, en la práctica, la jurisdicción sobre territorios y poblaciones donde ejercen autoridad, aunque con limitaciones. Limitaciones no solo legales, valga aclarar.

2. Es evidente una tendencia histórica del Estado de Guatemala de delegar ciertas funciones a terceros: la educación y la salud, por ejemplo, fueron durante mucho tiempo obligación de los finqueros hacia sus trabajadores. Que lo cumplieran, o no, es otra historia. Funciones administrativas fueron étnicamente diferenciadas. Incluso ahora la tercerización que hace el IGSS, por ejemplo, es parte de esa larga historia. Esta delegación, producto de las carencias administrativas de los Estados colonial y republicano, iba acompañada de la violencia o de su invocación como amenaza. Ya que durante la Colonia se les dejó a los pueblos indígenas administrarse por sí mismos (hasta ca. 1871), y conociendo la tendencia a la delegación de funciones de parte del Estado, es lógico que, además de los intereses específicos del momento, se tome como normal asumir las funciones que el Estado central está delegando como tales. Supongo que no es legal, pero es histórica y culturalmente lógico y válido.

3. El orgullo local y regional siempre ha sido extremadamente fuerte en Guatemala. En el caso de los pueblos mayas esto tiene una historia muy antigua, anterior a la invasión europea del XVI. A diferencia de comentarios absurdos y a conveniencia (porque no opinan lo mismo cuando empresas o personas literalmente se “montan” sobre territorios indígenas, ignorando a sus pobladores) que hablan de «malinchismo» de los pueblos mayas, la dinámica de lo local sobre lo regional es de larga data y algo común a prácticamente todas las poblaciones del país. Los pueblos ladinos y mestizos se guían de manera similar, aunque con un carácter menos comunitario, y las elites nacionales no son la excepción. Como bien se sabe, fue precisamente estas disputas desde lo local las que hicieron surgir a los modernos Estados centroamericanos.

4. Son bastante evidentes los motivos personales que llevaron a Jimmy Morales a decretar con tanta antelación el cierre de la CICIG y expulsar al Comisionado. Las respuestas locales y regionales de rechazo que ha tenido en respuesta pueden parecer excepcionales (para nuestra generación), pero son nada más un punto más en la historia de cómo las regiones se han opuesto a las decisiones del centro estatal republicano desde el XIX: Los Altos en 1838-40 y 1848, La Montaña entre 1837 y 1854, Los Altos en 1870-71, La Montaña otra vez entre 1871 y 1874, Momostenango y sus vecinos en 1877, Los Altos en 1897, y la lista sigue. Son una prueba viviente de que la idea de una nación y un Estado únicos son más una ficción liberal – impuesta por la fuerza y el consenso entre los victoriosos del momento – que una realidad concreta y cotidiana. Si bien el Estado guatemalteco está presente en todas partes (o así lo simula), su legitimidad y la identificación identitaria hacia él de parte de las poblaciones locales es nula o casi nula en la mayoría de comunidades.

5. Las respuestas de reafirmación de lo local sobre lo nacional – el non grato nacional de la USAC a Jimmy Morales y Jafeth Cabrera, igual que las declaratorias de non grato a ellos, sus ministros y a los diputados en varios lugares del país, incluyendo zonas de la Ciudad de Guatemala – así como la sugerencia de los pueblos indígenas de albergar en sus localidades a la CICIG, puede que terminen al resolverse o disiparse la crisis actual, pero la dinámica de lo local sobre lo nacional, no va a desaparecer, incluso puede que salga fortalecida. No es extraño que dos grandes bastiones históricos del orgullo local, como Quetzaltenango y la Antigua Guatemala, se encuentren entre los grandes centros de todo este movimiento. Otras regiones históricamente autónomas o “separatistas”, como La Montaña de Jalapa (Mataquescuintla) o Chiquimula, han reaccionado igual. Y todos los esfuerzos del Estado nacional guatemalteco por terminar con lo local han fracasado, incluyendo los más violentos, porque el Estado guatemalteco mismo es una artificialidad (una utopía de clase, de etnia y de origen) que no corresponde a la compleja realidad de este territorio. Las únicas instituciones estatales guatemaltecas que han logrado un relativo éxito en la construcción de una nación única han sido los maestros y el ejército, y ambos con grandes limitaciones y poca comprensión, o desinterés, sobre lo local.

En mi humilde opinión y como lo he sugerido con anterioridad, considero que la solución pasa por reconocer las jurisdicciones locales a través de una especie de Estado federal que, creo, reconocería y evitaría conflictos (o los reduciría) ante la fuerte trayectoria histórica y cultural de tomar de decisiones desde lo local en Guatemala. Implicaría acabar con la nacionalidad única y las élites y discursos centralistas, herencias coloniales y decimonónicas totalmente descontextualizadas para nuestra realidad. Habrá que ver si sucede algún día.

*****

Por facilidad de lectura no cité trabajos en este pequeño artículo de opinión. Sin embargo si el lector está interesado en una mirada histórica diferente puede consultar los tomos de Los caminos de nuestra historia: estructuras, procesos y actores editado por Leticia González Sandoval (Guatemala: Universidad Rafael Landívar, 2015).

Diego Vásquez Monterroso
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Arqueólogo y antropólogo. También historiador asimilado. Investigo sobre historia y formas de organización social de los pueblos mayas.


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