Así fue mi camino, el de la sanación feminista

“En este país y esta sociedad es supremamente necesario sentarnos a sanar, sanar nuestro cuerpo y nuestro ser como primer territorio. Empezar a sanarnos a nosotras mismas para acompañar a otros y otras, no podemos dar lo que no tenemos.”

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Esta es una opinión

Estábamos allí sentadas, eran quizás las 10 de la noche, muchas cosas venían estando pesadas meses atrás, violencias internalizadas, violencia de un pasado siempre presente que tocaba sanar, empezar a sanar de verdad….

Juntas hablábamos de sanación, de lo importante que es sentarnos a la orilla de algún mar y empezar a vaciar todo lo que duele, lo que atraviesa; patologías, creencias, prejuicios, racismos, clasismos, fobias, golpes, violencias, esas violencias pasivas y sutiles que por más que huyamos siempre están allí y vuelven en cualquier momento.

La primera vez que escuche la palabra sanación tenía entre 18 y 19 años de edad, hoy tengo 28. Una mujer a la que hoy reconozco como guía en el camino de la sanación, nombró en una terapia de grupo con el cual empezábamos a trabajar el tema de “Acompañamiento y Prevención de violencia Contra la Mujer” esto:

“En este país y esta sociedad es supremamente necesario sentarnos  a sanar, sanar nuestro cuerpo y nuestro ser como primer territorio. Empezar a sanarnos a nosotras mismas para acompañar a otros y otras, no podemos dar lo que no tenemos.”

En ese momento era muy pequeña e iniciaba el largo camino de lo que era reconocer la violencia contra la mujer, trabajar con mujeres y sobretodo acompañar. Pero sin duda alguna era el momento justo y el lugar en el que la vida me colocaba de frente para empezar a nombrar lo que me atravesaba y me atravesaría mi vida profesional, mi vida como mujer y por ende como feminista desde hace 10 años.

Con ello, durante y después de eso –s a n a r- se convirtió en un ejercicio diario, en cada proceso, con cada ser que se ama, que llega, que se va. Ver el reflejo de la niña interna, de la adolescente caótica, del papá ausente, de la familia idealizada, de las muertes no procesadas, de los cierres sin cerrar, de los duelos que vivimos cargando, de las violencias internalizadas, de las violencias ejercidas, de la rabia histórica a este país, del llanto guardado, de la estética impuesta sobre este cuerpo sexualizado, heteronormado y porqué no decirlo; también abusado y violentado sexual, machista y patriarcalmente.

Empezar a sanar y –s a n a r-  como tal significa romper puertas, romper techos, botar muros, recoger pedazos, empezar a nombrar las cosas, las personas y los hechos pero sobretodo ver lo que seguramente tampoco nos va a gustar, porque vernos significa ver lo que han formado en nosotras y lo que hemos formado, lo que hemos permitido también; ya sea cultural, social o familiarmente. Colocarnos en algún punto medio de nuestro mapa de vida y empezar a soltar relaciones, patrones, espacios, familia, amores, líneas generacionales, pero sobretodo dolores que no tienen porque seguir perteneciéndonos y matándonos. Sanar es una oportunidad de cerrar los ojos, llegar a esa casa vacía y destrozada o en pedazos dónde aprendimos a crecer. Abrazar a la niña interna, voltear hacia arriba, perdonar, pedir perdón y perdonarnos, ver al presente más cercano sin techos, con la certeza de que va a doler, que va a costar limpiar, recoger y reconstruir pero que va a valer la pena.

Sanar no es un discurso político más en un país de post-guerra; dañado histórica, estructural, económica y socialmente, sanar pasa por el cuerpo, por la mente, por el corazón. Sanar no significa que va a ser fácil, o que siempre podremos sanar con el otro o la otra, porque sanar empieza en lo propio, en lo personal; es íntimo e incluso político-vivencial. Sanar es reconocer porque en menos de 5 minutos se pierde el control, porque gritamos constantemente, porque se va por la vida peleando con el mundo sin reconocer el papel propio en la estadía de esas peleas. Porque no se puede dar o recibir amor, porque nuestro cuerpo como casa primera puede no disfrutar de la sexualidad, porque tenemos relaciones violentas, porque nos hemos permitido levantar y que alguien nos levante la mano con un golpe, toque nuestro cuerpo sin permiso y seguir callando toda la vida, porque no podemos decir:

Necesito, me duele, quiero llorar, lo siento, me equivoque, quiero volver a reír de nuevo

No importa si se es hombre o mujer, no se trata de construcción de género, si no de humanidad. Porque no soportamos y nos deprime que nos digan gorda-gordo cuando realmente somos seres hermosos y hermosas. Porque huimos, porque nos vamos y no logramos enfrentar situaciones difíciles en la vida, porque papá y mamá duelen tanto. Porque existen veces en que no nos reconocemos y nos sentimos perdidos, porque aún en medio del ruido y la vida hay cosas que ya no queremos pero no sabemos dónde, ni cómo empezar a soltar, cerrar y sanar.

Empiezo a finalizar este primer texto sobre sanación y pienso en esa relación y el daño que consciente e inconscientemente hice y nos hicimos, en esa relación violenta; los patrones que aprendí y repetí, en las depresiones constantes y los restos que quedaron de esa relación. No podemos cambiar el pasado pero sí transformar al amor después del dolor, la rabia y la tristeza.

En los aciertos y desaciertos de cada proceso iniciado desde que me permití empezar a sanar. En lo necesario que es, en lo que nos urge como sociedad, como niñas, niños, adolescentes, mujeres y hombres la sanación.

Ya no son las 10 de la noche del día aquel donde me puse violenta y sentí que había tirado a la basura todos esos años de procesos. Han pasado días enteros, semanas, sigo reconociendo y trabajando mis violencias, sigo aprendiendo, sigo sanando…. soy humana no mi propia feminista idealizada.

Para sanar hay muchas guías, metodologías, caminos a seguir, culturas, religiones, rituales, cosmovisiones, maestros, maestras, espacios y círculos de sanación, pero no bastan. Porque  el ejercicio de sanar es un acto primero de amor propio, una decisión unánime para iniciar otra vida; más ligera y con menos maletas. Sanar es decidir arrancar de una vez por todas las raíces que un día nos ataron, nos dañaron e hicieron que dañáramos a otras y otros.

Sanar es elegir el camino del corazón dónde un día cualquiera volvemos a florecer.

Cuando tengas que elegir entre dos caminos,

pregúntate cuál de ellos tiene corazón.

Quién elige el camino del corazón no se equivoca nunca.

-Popol Wuj, Belejeb’E

 

Celeste Mayorga
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1705 53914... dicen. Cielo Celeste No. 26. Ni ladina, ni mestiza, aún sigue en la búsqueda. Aspirante a Socióloga y Foto-Periodista, más autodidacta que lo anterior. Cree que el arte y la cultura puede llegar a ser un medio social de transformación. Le hace a las artes visuales, en especial a la fotografía y el performance, a veces también escribe y sigue aprendiendo de la gestión. Como todo(a)s, vive realidades alternas de lucha social en un pedacito de tierra llamado Guatemala.


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    Sinterra /

    01/10/2018 9:23 PM

    Lastima que la ultima parte en la que la autora menciona al libro sagrado Popol Wuj, es mas bien un invento new age aunque se lea bonito...
    Cuando tengas que elegir entre dos caminos,
    pregúntate cuál de ellos tiene corazón.
    Quién elige el camino del corazón no se equivoca nunca.
    lastima que nunca leyó el libro...

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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