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Así se vivió el cacerolazo en Colombia

"Hoy comenzamos a comprender eso que nuestros hermanos mayores han sabido desde siempre: la lucha comienza y termina en el territorio, porque somos el territorio".

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Esta es una opinión

Foto: las2orillas.co

Yo marché hoy.

A las cinco y media llegué a casa, después de ocho horas de caminata, listo para desplomarme sobre la cama. Como a veces sucede, acabé enfrascándome en una fútil pelea con el único amigo uribista que tengo en el Facebook; pronto me desconecto del resto del mundo. «¿Oyes eso?», me pregunta mi novia un tiempo después, alzando la cabeza. Muy cansado para conversar, la dejo sin respuesta. Perseverante, se levanta de la cama y abre la ventana, mientras penetra el ruido de dos o tres cacerolas campantes, que pasan por nuestra calle. Tras un segundo llamado, me incorporo y la acompaño en la ventana. «¡Tenemos que bajar!», me dice con emoción. Pronto veo su frustración al notar mi desaliento. «Vamos un rato, miramos y nos devolvemos», respondí, evitando el conflicto. A las siete y veinte de la noche, estábamos en la Carrera Quinta con Calle 26C, en pleno barrio La Macarena.

Mucho se ha dicho y se dirá sobre la jornada de marchas hoy, 21 de noviembre de 2019, en todo el país. No obstante, por todo lo que se ha escrito ya sobre las marchas de la mañana y el vandalismo de la tarde, casi nada he leído sobre el cacerolazo nocturno. Los pocos artículos que lo mencionan lo refieren como un hecho ‘histórico’, sin dar más nada en vía de una explicación. ¿De dónde viene esa intuición, que aún nadie ha podido elaborar? ¿Por qué es histórica la salida de cientos de personas en varias localidades de Bogotá a cascarle a sus ollas y sartenes con una cuchara de palo?

No sabía bien qué sentir. Alrededor nuestro no habrían más de veinte personas, todos y todas con cacerola en mano. Empecé a darle a mi olla con poco ánimo, hasta con cierta vergüenza. Lo que comenzó como un ejercicio de compromiso con mi novia, sin embargo, a los cinco minutos era incontrolable. Los golpes de la madera contra el hierro, los cantos a mi alrededor, y las ollas que se nos unían por todos los lados pronto cobraron vida propia. Cada vez que llegaba un nuevo grupo de manifestantes, se alzaba un estrépito colectivo de bienvenida. Sin saber cómo, cuándo, ni por qué, estábamos rodeados. Reconocí muchas caras: tres amigos de la infancia, mi panadera, el de la ferretería, el señor que cuida los carros y muchas más que se acostumbra uno a ver de reojo en la tiendita o en el semáforo. Los rostros que no reconocí, no me eran extraños; nos conocíamos de nunca y de siempre. A diestra y siniestra bailaban vecinos y visitantes, unos en chanclas y pijama, y otros aún empapados y adoloridos de las confrontaciones en el Eje Ambiental. Los tambores empezaron a sonar y no supe más.

Sería injusto negarle un grado de historicidad a las marchas de la mañana; después de todo, se trató de quizás la marcha más grande de las últimas décadas. No sólo esto: la atmósfera, en su mayoría, fue una de no-violencia, armonía y creatividad – slogans incisivos, muñecos inflables y caricaturas de un viejo de gafas y crocs cogiéndose a un cerdito, fueron parte central de la marcha. También cabe resaltar que los políticos y los grandes medios tomaron distancia, como debe ser, dejándole el protagonismo al pueblo que salió a marchar. Incluso los artistas que asistieron iban de incógnito; estoy seguro de que me sonrió Catalina García, la vocalista de Monsieur Periné, aunque podría ser la alucinación del miniinfarto que se me disparó al reconocerla. Sin duda, las marchas fueron un hito que además promete repetirse, pero el cacerolazo… El cacerolazo fue algo más.

No hay Esmad a la vista, solo un contingente de carabineros sobre esos corceles altos y hermosos que nos robaban el aliento cuando niños. Ellos nos miran quietos y en silencio; casi parecen parte de la protesta, como la estatua de Simón Bolívar frente al Congreso, a la que le descubrieron los ojos para que viera las infamias de este gobierno y sus predecesores. Entretanto, yo me pierdo en los vaivenes de esta multitud. Los tambores coquetean con las cacerolas, coreografías emergen unos minutos y se disipan sin avisar. Me gotean las axilas; a cierta luz, se ve el vaho que desprenden nuestros cuerpos, amalgamándose en un aura protectora que nos envuelve a varios metros del suelo. La lluvia, que no se hizo esperar, fue un don refrescante del cielo. «¡Agüita pa’ mi gente!», dice ese Jorge Barón celestial. Mi novia y yo nos abrazamos, nos reímos con euforia, rara en nosotros. Estamos embriagados de vida y de amor por este territorio; y no, no olía a marihuana ni a alcohol, solo a sudor y perro mojado.

Con todos sus éxitos, la marcha de la mañana fue convocada por un sinnúmero de sindicatos y movimientos sociales, y apoyada por multitud de figuras públicas. El éxito fue el esperado. El cacerolazo, sin embargo, salió de la nada. Nació de un grito solitario y desesperado desde los últimos arreboles del atardecer que se extendió, contra todo pronóstico, por toda la ciudad. La gente salió, no por invitación televisada de Petro o de Uribe, sino el instinto solidario de salir en pro de nuestros y nuestras vecinas, en pro de nuestro barrio y nuestros lugares compartidos, es decir, de nuestro territorio.

Claro, el cacerolazo es un símbolo de resistencia en América Latina —este nos conecta con las luchas sociales de los países vecinos como Chile, Argentina, Ecuador y Venezuela—. Más allá, sin embargo, el cacerolazo despierta la parte más visceral y privada de nuestras vidas. Con suficiente tiempo y motivación, cualquiera puede elaborar pancartas y diseñar estrategias de protesta; estos son actos reflexivos que nos permiten revisitar ideas una y otra vez. En contraste, la olla representa la urgencia absoluta. Oímos el llamado desde la calle y cogemos lo primero que encontramos en cualquier hogar, rico o pobre, que haga ruido. La olla y la sartén son nuestra intimidad a carne viva, que no tenemos tiempo de esconder detrás de lindas palabras. Esto es emergencia pura, es una efervescencia incontrolable que se le escapa al discurso por entre los dedos; es energía vital, es el rugido feroz e inexpugnable de la inconformidad. La quintaesencia de este paro, por lo tanto, es más que el millón de personas marchando sobre la Avenida Séptima hacia la Plaza Bolívar; es la imagen de mi panadera de 65 años, en bata y pantuflas, dándole frenética a la chocolatera.

El cacerolazo no les perteneció a los políticos, ni a los sindicatos, ni a los medios, ni a los grandes movimientos sociales; les perteneció a los barrios, a las amistades y a los encuentros frecuentes, a esos lazos tenues pero firmes que se construyen alrededor de un lugar común. Esta victoria le pertenece a la comunidad y al territorio.

El cacerolazo fue un temblor histórico porque los barrios se despertaron. Hoy comenzamos a comprender desde las ciudades eso que nuestros hermanos mayores han sabido desde siempre: la lucha comienza y termina en el territorio, porque somos el territorio. Eso que viví hoy, bailar entre amigos y desconocidos, ebrios de felicidad y armonía, es adictivo. Esta vez no será la última.

Regresamos a casa a eso de las once de la noche, con los pies molidos, la cuchara rota y el corazón hinchado. Me zumban los oídos; no sé si es el eco de las sartenes a la distancia o el viento que baja de Monserrate.

Es difícil no sonreír.

Oscar Vargas
/

Filósofo e internacionalista de la Universidad de Heidelberg y la Universidad Libre de Berlín, en Alemania. Actualmente se desempeña como investigador sobre proyectos comunitarios en energía renovable para la Fundación Rosa Luxemburgo en Colombia, y como gestor de proyectos de postdesarrollo en la Red de Iniciativas Comunitarias – RICO.


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