Fronteras en la era de Trump

El uso que grupos pequeños hacen de las redes sociales es capaz de levantar en días los muros que tomó años botar o derribar los puentes que nos comunicaban.

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Esta es una opinión

La solidaridad entre migrantes ha sido plasmada en el muro fronterizo.

Foto: Claudia Altamirano/Animal Político

Hasta hace poco, meses contados que se sienten como siglos enteros, nos encontrábamos en una fase de la historia humana donde pensábamos que las barreras erigidas arbitrariamente por monarquías y poderes coloniales estaban siendo borradas por una generación más global. Había indicios, algunos más profundos que otros, de tiempos cambiantes.

Después de la Segunda Guerra Mundial se hablaba en la esfera internacional de apertura, diplomacia, colaboración, comunidad, experiencias compartidas, bien común, todo con la idea de trabajar conjuntamente para asegurar derechos y mejorar estándares de vida para los ciudadanos alrededor del mundo, sin importar dentro de qué fronteras políticas vivían, y sanar errores del pasado.

Existen miles de ejemplos. la creación de las Naciones Unidas en 1945 es el más destacado. De ahí derivan otros, como firmas de acuerdos para combatir el sinfín de males en el mundo. Desde luchar contra la proliferación de la armas nucleares hasta terminar con la impunidad, con casos que van desde los juicios de Núrenberg contra nazis hasta el Acuerdo entre la ONU y el Gobierno de Guatemala relativo al establecimiento de una Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala, firmado en 2006.

Ha habido organismos y convenios para estimular el comercio y la inversión (a nivel mundial con la Organización Mundial del Comercio, a nivel regional el NAFTA, o a nivel bilateral con tratados de inversión). Se han creado cortes internacionales con jurisdicción sobre países que renunciaron de manera ‘voluntaria’ a su inmunidad soberana (la Corte Penal Internacional, la Corte Interamericana de Derechos Humanos).

Estos esfuerzos, por supuesto, no son perfectos, pero sirven para mostrarnos que la rigidez de las fronteras es negociable. En este caso, la participación en la esfera internacional era un privilegio a cambio del cual los participantes debían parcialmente ceder sus soberanías.

Todo esto iba de la mano, desde la perspectiva económica, con el concepto de la globalización y el auge de la corporación multinacional, un fenómeno que a nivel individual cambió radicalmente nuestro comportamiento económico y que a nivel global ha movido recursos humanos, naturales y económicos a niveles nunca antes visto. Una de sus características singulares, que también es fuente principal de reproche, ha sido su poder para debilitar barreras políticas y legales, resultando en lo que se ha llamado una ‘captura del estado’ por un poder económico que influencia leyes para su conveniencia (el infame cabildeo), o permite su operación fuera del marco legal (pagar una multa es preferible a suspender operaciones).

Y para aterrizar el concepto de su poder económico, es suficiente con decir que algunas compañías tienen un valor neto superior al PIB de países enteros, incluyendo el de Guatemala.

Pero dejemos de lado su poder coercitivo, el tamaño al que han crecido algunas multinacionales también debilita la esencia, la razón de existir, del mismo Estado. Esto sucede cuando comienzan a asumir funciones tradicionales del Estado (educación, salud, empleo, infraestructura). La tendencia es  asumir estas funciones con respecto a sus empleados (el ejemplo más reciente: la coalición entre tres de las compañías más grandes del mundo –Amazon, Berkshire Hathaway y JPMorgan Chase– para crear un sistema de seguro de salud independiente para su conjunto de 1.2 millones de trabajadores), o con respecto a ciertas causas a través de sus programas de responsabilidad social empresarial. Pero el punto es que entre más funciones asuman, menos relevante su vuelve el Estado.

También se hablaba de una revolución digital que cambiaría la forma de pensar y operar del ser humano al permitir la identificación transfronteriza de comunidades de pensamiento y de identidad (elige tu grupo favorito de Facebook), al facilitar la libertad de expresión (a veces quisiéramos que hubieran filtros en Twitter), al democratizar el acceso a la información (Papeles de Panamá, Wikileaks), y al abrir espacios para voces marginalizadas (#MeToo, #NiUnaMenos, #IceBucketChallenge, #BlackLivesMatter). Todo esto para concientizar sobre problemas globales (crisis migratorias, derechos ambientales y de los animales), catalizar movimientos ciudadanos (Primavera Árabe, Guatemala 2015, la lucha contra la violencia con armas en Estados Unidos) y crear nuevos actores políticos (los jóvenes han liderado todos estos movimientos).

Celebrábamos estos logros –a pesar de que ahora algunos vivamos más en el espacio digital que en el presente– porque retaban los confines de nuestra existencia e incentivaban la lucha por la auto-determinación.

Pero a partir de las elecciones estadounidenses en noviembre 2016, estos fenómenos para borrar fronteras –por imperfectos que fueran–, chocaron de manera violenta con esfuerzos para revigorizar barreras políticas (un muro literal), sociales (ataques contra grupos minoritarios, por etnia o religión) y económicas (la guerra comercial entre Estados Unidos y China).

Muchos de estos esfuerzos por levantar de nuevo muros se han llevado a cabo en el ámbito digital destinado originalmente a destruirlos, haciendo que nos preguntemos si debería haber límites sobre estas tecnologías o si la incitación al odio, la violencia y la criminalización de países o grupos enteros es el precio a pagar por los beneficios obtenidos.

Lo cierto es que estos eventos han magnificado y legitimado –le han dado una plataforma masiva– al odio y a la polarización entre grupos, tanto a nivel global como también en nuestros propios entornos (a todos se nos ocurren algunos ejemplos).

El protagonismo de los muros en nuestra vida diaria es evidente. Es necesario cuestionarlos y analizar de nuevo lo que representan, cómo se construyen y destruyen porque no hacerlo solo permite su perpetuación.

Los muros que parecían minoritarios de las épocas de nacionalismos racistas están regresando en la era Trump y han sido instrumentalizados no solo en Estados Unidos, sino también en Guatemala y el mundo entero, para articular un discurso de “ellos versus nosotros” para distinguir de manera contundente a los amigos de los enemigos y para justificar una subsecuente acción en contra de algún grupo.

También hemos visto que podemos destruir muros cuando un grupo de naciones así lo decide, cuando el dinero es suficientemente persuasivo, o cuando se unen suficientes voces en redes sociales para retarlas. Básicamente, el proceso de crear y destruir fronteras y muros es arbitrario, lo cual quiere decir que no hay reglas, sólo decisiones influidas por ambición, coerción, miedo o coraje y valentía.

Como cualquier persona, tratamos de entender y racionalizar lo que pasa en el mundo. El problema con la arbitrariedad es que no existe razón o sentido objetivo. Y el peligro que corremos es que, en nuestra búsqueda incesante de explicaciones, limitemos nuestro entendimiento de acontecimientos problemáticos a como un grupo muy pequeño de personas articula su visión del mundo. Y entre más pensamos y dialogamos en esos términos, más validamos su visión y más perpetuamos las divisiones que fomentan en nuestras sociedades.

Por eso cuando digo que debemos reexaminar el protagonismo de los muros y las fronteras, lo digo porque vale la pena cuestionar cómo es posible que muros que tardaron décadas para derribarse, se vuelvan a alzar en cuestión de días sólo porque un grupo pequeño de personas así lo decide. Más allá de que tal vez tengan el dinero, el poder o el conocimiento para hacer escuchar su voz, existe un problema fundamental: que los muros y las fronteras  nunca se derribaron. Como diría mi compatriota Monterroso, cuando despertamos, el dinosaurio seguía ahí.

Hace sentido. Nosotros nos definimos con base en nuestra propia identidad (la combinación de nuestras experiencias, cultura, lengua, historia, religión). Por lo tanto, también es así como definimos y nos diferenciamos de otros. Las fronteras, los muros que hoy enfrentamos nacen de nuestras diferencias de identidad (ellos versus nosotros) porque es así como percibimos el mundo, así nos lo han enseñado desde siempre. Entonces las barreras nunca se derribaron porque la humanidad todavía no construye identidad. No para todos.

Señalar cómo somos de diferentes es fácil, demasiado fácil diría yo. El  reto es poder trascender las diferencias que nos separan, un reto que desafortunadamente aún estamos demasiado lejos de superar, y para el que nuestra generación vino a este mundo.

Alicia Robinson
/

Haitiana-estadounidense de sangre. Panajachelense de corazón. Abogada de formación. Harvard me pudo haber enseñado todo lo que tenía que saber del derecho, pero las lecciones más valiosas de mi vida las aprendí durante los diez años que viví en Guatemala.


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