Für Elise

Este cuento forma parte del libro "Coreografía del desencanto", obra ganadora del Certamen Nacional BAM Letras de Libro de Cuentos 2018.

Blogs Opinión P369
Esta es una opinión

Cementerio judío de Praga

Foto: Flickr / Gerard Girbes Berges

Cuando mamá supo que Elisa había muerto no dijo una palabra, bajó la mirada y apenas exhaló un suspiro de angustia estirándose ligeramente el pliegue del vestido. Nosotros pensamos acaso es su forma de iniciar el largo y penoso período de duelo y al final del día terminará vaciando el alma en los brazos de alguno de sus hijos. Pero no sucedió. Ni siquiera en las horas que siguieron a los funerales, ni al volver a casa después del cementerio. Llegada la noche preguntó por los objetos personales que los bomberos nos habían devuelto, y dijo que quería conservar el teléfono celular de Elisa.

Dos días después todos cenábamos en casa cuando alguien llamó por primera vez al móvil de Elisa desde que ella desapareciera, y sacándolo del bolso, mamá respondió como si todo encajara en una rutina normal. Enseguida se levantó, y entablando un diálogo pausado se alejó hacia el dormitorio y anunció a su interlocutor la muerte de Elisa. No era fácil para nadie y lamentaba mucho dar esa noticia que para todos resultaba peor que un abismo. Al colgar se dirigió a nosotros en la mesa, y para romper el silencio que de pronto se había instalado, aseguró: “muchas gentes lo ignoran y ponerlos al tanto será sin duda lo más duro”.

En lo venidero, mamá ya no abandonaría el teléfono celular de su hija ni siquiera para dormir, y el sonido de Beethoven anunciando nuevas llamadas nos hacía pensar en Elisa corriendo desde la regadera hasta su cuarto para responder. Nada sucedía sin embargo. Elisa había desaparecido para siempre, y aquellas llamadas sólo llegaban para perturbar los momentos en los que cada quien trataba de asumir un luto de pronto inapropiado. Por su parte, mamá había ido amoldándose al reflejo de ciertas frases repetidas a solas con familiaridad, probablemente como un tanteo de las pláticas entabladas con esos seres desconocidos que ahora formaban parte de un mundo íntimo y cercano entre ambas. Un día la oímos perdida en una trabazón de insultos con una vendedora de ropa a plazos con quien Elisa había dejado deudas. Al parecer, aquella mujer no quería entender razones, y por los pasos de mamá de una habitación a la otra comprendimos que la comerciante se negaba a creerle. Algo debió suceder sin embargo, pues súbitamente aquella borrasca de palabras insidiosas tomó un rumbo distinto. El rostro de mamá se pintó de un aire complaciente y la oímos cambiar de voz asegurando que la muerte era también el azar de una deuda cuando exige un anticipo. Ese día, a todos nos pareció muy agotada y a punto de estallar. Después de guardar el teléfono en su bolsa se dirigió a nosotros diciendo que sólo en las peores circunstancias de la vida es posible detectar los recelos de la amistad.

¿Cuántas semanas habían pasado desde que viéramos desaparecer el féretro de Elisa en el subsuelo de un camposanto junto a un bosque de cipreses? Muchas probablemente. Nunca supimos a cabalidad cuánto pudo hablar mamá en esa época, como tampoco las historias que al otro lado de la línea descubrió o apaciguó, ni quiénes eran esos amigos, deudores o rivales que ignoraban la muerte de su hija, ni por qué razón durante todo aquél tiempo ninguno se atrevió a tocar su bolsa de mano. Las horas seguían al ritmo de Beethoven asomando siempre como un intruso para frenar la vida en casa. Por su lado mamá seguía su discurso, que aunque sereno también había empezado a causarnos daño, y Esteban, el más joven de nosotros, fue el primero en decir cuánto odiaba a la pobre vieja y a ese maldito teléfono, pues era como vivir con el corazón de Elisa latiendo aún en la bolsa.

Ninguno volvió al cementerio, ni pensó en la desaparición de Elisa hasta el día en que mamá también murió y por voto común de todos los hermanos decidimos enterrarla con el teléfono celular que fuera un hilo de vida entre ambas. De hecho, aún hoy no sabemos si fue el corazón de mamá lo que falló con los años, o si el teléfono móvil cuando dejó de sonar agotó la última esperanza de la vieja, que sin querer se había ido aferrando a toda esa gente en quienes la vida de Elisa seguía un curso normal mientras ignoraran su muerte. La misma a la que un día mamá también dejó la rendija de una puerta entreabierta hasta verla asomar como a un huésped nocturno. “A la muerte se le acepta de igual forma que a un amigo inoportuno en una noche de lluvia” la oímos decir.

Todo sucedió de esta manera, y cuando Beethoven dejó de sonar en el fondo de su bolsa de mano, el corazón le tronó como un rayo y nosotros volvimos al camposanto vestidos de un luto aún más incomprensible que el anterior. Aquella tarde pasó algo muy extraño cuando estábamos por partir, pues bajo tierra el teléfono de Elisa volvió a sonar, lejano y oscuro. Nos causó un pánico terrible, y al regresar a casa cada uno lloró junto a esas fotos y esas prendas femeninas a las que nunca antes prestáramos atención, ahora abandonadas como rastros de vida en un armario. Todo fluía del dolor inexplorado de saber a Elisa por fin muerta. Todo era muy confuso, y nosotros ignorábamos cuánto tiempo pasaría antes de que pudiéramos empezar a llorar también la pérdida de mamá. No teníamos mucho, pero de la misma forma como hubiésemos juntado para pagar un simulador cardíaco seguimos pagándole a Telefónica para que no cortaran la línea. El último día del año fuimos con flores para mamá, y después de un rato sentados sobre la hierba decidimos marcar el número de Elisa para escucharlo sonar ahí adentro, pero la muerte, como el amor, es húmeda, de seguro el aparato se arruinó, o Telefónica nos estafó. Entonces nos vimos, y pensamos por primera vez que ya nada tenía sentido.

Marlon Meza Teni
/

Es músico, escritor y fotógrafo. Su obra "Coreografía del desencanto", ganó el BAM Letras 2018.


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