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Incertidumbres de futuro, callejón sin salida

Quisiera contribuir con esta reflexión sobre cómo vivimos y qué significa la incertidumbre en esta coyuntura mundial de la pandemia por el covid-19. Sobre todo por las ansiedades que nos asedian y por lo mucho que nos estresa pensar en el futuro. Para ello nos apoyaremos en un estudio de psicología social sobre valores compartidos y diferencias culturales nacionales, realizado en los años setenta con multitud de países, incluyendo a Guatemala, y con trabajadores de las distintas filiales de IBM en todo el mundo (Hofstede, 1999).

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Esta es una opinión

Foto: Carlos Sandoval

Vecinos de la zona 7 en las primeras horas del toque de queda.

Incertidumbre ante la pandemia

Existe una medida en psicología social llamada control de la incertidumbre que, de manera simplificada, divide a países y culturas en función de cómo y cuánto toleramos la ambigüedad.

Tanto en tiempos de guerra como en tiempos de paz, la ambigüedad produce ansiedad o preocupación por lo diferente o desconocido. Cuando se duda se necesita la información para contrastar. De ahí su importancia para disminuir o profundizar la ambigüedad. Sin embargo, cuando disponemos de un exceso de información ésta no ayuda a clarificar la situación, sino que satura y confunde.

Por otro lado, las certezas que necesitamos para vivir se afrontan con planificación o imprevisibilidad del futuro y con la complicidad o la transgresión de la ley y la norma. Ambas certezas se han puesto patas arriba por la pandemia.

El control de la incertidumbre en un país se define como “la medida en que los miembros de una cultura se sienten amenazados frente a situaciones desconocidas o inciertas, cuyo sentimiento se expresa mediante el estrés o la necesidad de previsión” (Hofstede, 1999;193).

La incertidumbre es una experiencia subjetiva que se adquiere y se aprende a partir de cómo se alivian las ansiedades relacionadas con el poder y la jerarquía, con el presente y con el futuro, con el manejo del tiempo y el espacio, con la ley y la norma. Aprendemos a manejar estas ansiedades en la familia, la escuela y el Estado, según Hofstede.

La expansión de la pandemia del coronavirus y el contagio en la población han supuesto afrontar una situación de riesgo. La pandemia nos hace sentirnos amenazados aumentando la intolerancia ante un pronóstico tan incierto, como el no saber casi nada de la probable evolución de esta enfermedad.

¿Cómo la pandemia altera nuestro manejo de la incertidumbre?

Dado que la incertidumbre mide la “preocupación o impaciencia por algo que ha de ocurrir” (Hofstede 1999;195 ) y que no podemos controlar, es este un efecto psicosocial que se expresa y se vive de modo diferente en cada país. La diferencia cultural se expresa con estereotipos nacionales, que indican tendencias en el comportamiento de las personas y los grupos, pero no uniformizan ni borran la pluralidad y la diversidad humana que caracterizan a toda Sociedad.

Las mediciones por países arrojan datos cuyos resultados son paradójicos, pero sugieren una brecha cultural entre culturas blandas o fuertes, culturas más ansiosas que otras porque son más expresivas. Hablamos, por ejemplo, de la gente que gesticula con las manos, eleva la voz o golpea la mesa en la borrachera para liberar la ansiedad. En las culturas con fuerte control de la incertidumbre (Alemania) las personas tienden a ser más inquietas, emotivas, agresivas y activas. En las culturas con escaso control de la incertidumbre (Jamaica) dan la impresión de que las personas son tranquilas, calmadas, indolentes, comedidas (1999;197).

Una manera sencilla de hablar de las incertidumbres que nos producen desolación de futuro es pensar en los momentos en que la realidad aplasta nuestros sueños, cuando ya no imaginamos nada porque no esperamos nada.

Cuando dejamos de creer en lo que haremos porque ya no hay nada que hacer. Una especie de muerte en vida de las ilusiones y el entusiasmo, energía arrolladora que nos impulsa a vivir.

En este momento complejo de la pandemia estamos como suspendidos en la inmediatez y la reactividad, sin saber cómo seremos ni qué pasará después. Tampoco sabemos si el hambre, la precariedad, la escasez llegarán a afectarnos directamente o a un enorme sector de la población, de tal manera que pensar solo será factible para quienes tienen el tiempo y el espacio para hacerlo.

En este momento peligra la supervivencia, la subsistencia, la seguridad alimentaria, la acumulación, el ahorro y hasta el despilfarro en todas las sociedades afectadas por la pandemia. Frente a esto los niveles de necesidad dependen de cuánto tenemos o no tenemos. Este será el dilema de futuro que marcará las brechas: educativa, alimentaria, de salud, de participación política y de inclusión social.

Para el futuro también necesitamos certezas básicas que nos aseguren la continuidad de la vida y la seguridad. Pero ahora la vida cotidiana se ha transformado en una preocupación ansiosa por el futuro más allá de lo material, ¿estaremos vivos el año que viene? ¿Podremos ejercer los derechos sin restricción de libertades? ¿Habrá más recortes de servicios en salud pública? ¿Habrá libertad de pensamiento sin censura ni temor?.

 

Durante la crisis sanitaria, cientos de mujeres conviven bajo el mismo techo que sus agresores.

Durante la crisis sanitaria, cientos de mujeres conviven bajo el mismo techo que sus agresores.

El manejo de la incertidumbre en Guatemala

A la entrada de mi aldea, hay un rótulo muy apropiado para resignificar la incertidumbre de estos tiempos virulentos: callejón sin salida. Aunque nos empeñemos en esclarecer lo inescrutable del futuro, las dudas y ansiedades nos persiguen. La necesidad de saber es apremiante y puede converger en el callejón sin salida de los suicidios como máxima expresión de ansiedad social.

En países con escaso control de la incertidumbre, los reglamentos aunque sean ineficaces satisfacen la necesidad de estructuras formales de pertenencia; y sus miembros se sienten orgullosos de resolver los problemas sin normas formales. Lo paradójico de la ley y la norma es que se respetan más en los países donde las normas son menos importantes y sagradas (Hofstede, 1999;206).

Esto sucede en Guatemala que tiene un fuerte control de la incertidumbre pero donde se producen muchas conductas sociales de países con escaso control.

La comparación más plausible seria como tener Alemania de modelo social y Jamaica como praxis cultural cotidiana. Guatemala tiene leyes para todo, pero muy pocas se aplican. Lo que da lugar a que las normas se acatan pero no se cumplen. Es decir, el acuerdo de ley es formal pero en la realidad es papel mojado. Es el paraíso de la ambigüedad y la inexactitud, pero siempre muy formalizado y descrito con humor ambivalente: “más vale pedir perdón que pedir permiso” es la excusa naturalizada para una impuntualidad normalizada.

Guatemala muestra esa rigidez de la estratificación social y la distancia jerárquica a lo largo de su historia combinada con la práctica social de la improvisación, la imprevisibilidad y la desregulación, enmarcada en interacciones sociales amables y cálidas.

En las sociedades con fuerte control de la incertidumbre la vida es apresurada y el tiempo es oro mientras que en las sociedades con escaso control de la incertidumbre la vida es más relajada y más amable pero también la confianza en el Estado es mucho menor.

Como en toda medida aportada por las Ciencias Sociales, las variables se mezclan dando lugar a realidades sociales combinadas. Por ejemplo, la incertidumbre en Guatemala forma parte de la vida y se acepta cada día como viene, de tal modo que la violencia siempre ascendente e incontrolable, produce el desasosiego cotidiano de no saber si volverás a dormir a tu casa.

Vivir con esa incertidumbre en Europa hasta hoy en día, resultaba impensable. Tampoco podría sentirse la incertidumbre en Guatemala como una amenaza que desestabiliza, porque no hay niveles de seguridad ciudadana que lo garanticen, como ocurriría en los países industrializados del norte donde la vida y el destino, tienen cierto grado de continuidad asegurada. Donde la niñez por ejemplo, se puede decir que tiene futuro. La población vieja en Europa dispone, en su mayoría, de prestaciones y servicios básicos garantizados y eso les asegura tener voz social (no política) y una cierta planificación del futuro.

La vida en Guatemala no es tan estresante, aunque el bienestar está siempre amenazado por la violencia. La gente no es agresiva, pero sí inhibida por una larga historia de represión y de opresión. Se tolera ampliamente la ambigüedad y el riesgo, pero se reprime el miedo. Sin embargo, lo diferente se percibe como peligroso, no como una curiosidad a explorar o que nos enriquezca.

El apego de los guatemaltecos a las normas es grande. Aunque no sirvan para nada se aparenta su obediencia. Se disfruta no hacer nada, aunque con cierta culpa. Hay más necesidad emocional de aparentar ocupación que de mostrarse indolente. Los profesores deben tener todas las respuestas y los alumnos aprender en situaciones muy estructuradas.

En Guatemala hay muy poca tolerancia a la frustración, especialmente en la vieja y tradicional masculinidad.

También hay mucha resistencia a las ideas rebeldes y a los comportamientos fuera de la norma. Es decir, como sociedad los guatemaltecos tienden a vivir en el conservadurismo y se refugian en la tradición, alternando con una posmodernidad neoliberal globalizada, altamente mimética con el estilo de vida estadounidense. Y para cerrar este retrato a nivel psicosocial los guatemaltecos necesitan fuertemente los lazos de seguridad (familiares y amistosos) para fortalecer su estima.

Con esta caracterización de país amable, acogedor y resiliente ¿Cómo hacer para que la sociedad guatemalteca reconstruya su futuro sin miedo, en confianza y con esperanza? ¿Cómo convertir la desesperanza del callejón sin salida, que ya irrumpe en muchos frentes de la vida cotidiana debido al hambre y otras vulnerabilidades crónicas, en la oportunidad de un cambio sistémico?

Necesitamos nuevos modelos de transición post capitalista para vivir la vida sin amenazas, pero no necesariamente para eliminar las incertidumbres que hacen discurrir la vida con imprevisibilidad creativa y azarosa.

María Luisa Cabrera
/

Psicóloga Social, Islas Canarias, viviendo en Guatemala desde 1988. Larga experiencia en temas de intervención psicosocial, atención a víctimas de violencias, memoria histórica, justicia transicional, derechos humanos. Varias publicaciones y numerosos artículos nacionales e internacionales. Investigadora de CENDES-Guatemala. En la antesala del final de la vida escribo para revolver las ideas y transmitir lo mucho que este país me ha enseñado.


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    José Miguel Ruiz Verona /

    30/06/2020 9:25 AM

    Muy interesante el artículo y apropiado. Lo que hay actualmente es un exceso de información concerniente a la pandemia, que más que ayudar lo que ocasiona es confusión.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Ana /

    15/05/2020 5:57 PM

    Me parece una excelente descripción de cómo vivimos y somos los guatemaltecos. Existir con normas sociales tan estrictas y vivir como si no existieran nos hace un país felizmente triste y tristemente feliz, en el que siempre tenemos la certeza del deber ser y la imposibilidad del querer ser. Las buenas formas en el trato, la hipocresía y sobre todo el miedo es lo único que salva a nuestros gobernantes... que si no... otro gallo o gallina cantaría.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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