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Las fénix

A mí me criaron muchas mujeres. Si uno define mamá como la persona que te cuida, no la que te tuvo, entonces tuve un montón de madres al crecer. A algunas de ellas no recuerdo por su nombre pero las recuerdo por sus cuidados. De otras si guardo sus nombres: Doña Maria, Antonia, Cintia y Santa.

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Esta es una opinión

Foto: Carlos Sebastián

Algunas de ellas pasaron más tiempo conmigo que mis propios padres biológicos, que a menudo tuvieron que trabajar demasiado para poder pagar mi educación privada y la de mi hermano, y para pagar las deudas de una casa que ellos solos nunca pudieron llenar.

Mis madres eran esclavas. Aunque tenían su propia familia que cuidar, pasaban la mayor parte del tiempo con mi hermano y conmigo, trabajando forzadamente por la necesidad. Jugaban con nosotros, nos enseñaban su idioma, sus saberes; y después cocinaban, limpiaban y lavaban.

Aunque eran esclavas, algunas eran más esclavas que otras. Algunas, por varias razones, sólo podían regresar a sus casas los fines de semana para ver a sus familias y cuidarlas también. De niño, a menudo me preguntaba si ellos no estaban celosos de que sus madres y abuelas estuvieran más tiempo con extraños que con ellos. No tenía las palabras para expresarlo.

Mi madre biológica y mestiza era una psicóloga educacional. Ella, una flor sancarlista, fue la que me enseñó a cuestionar el orden establecido, incluyendo después el de mi propio hogar: “Porque sí no es una respuesta lógica”, me decía. “¿Por qué creés que esto es así?”, me preguntaba. Y yo nunca dejé de cuestionar.

Ella, aunque tuviera más privilegios que mis otras madres en términos de estudios y clase, de muchas maneras, también era una esclava. Ella y muchas otras más. El amor es una contradicción.

A mi papá, nacido en una familia migrante y nómada de paso en Guatemala, le dijeron de pequeño: "Chafa o cura, comida segura". Me contaba que veía Combate! de Vic Morrow en la tele cuando era niño y le pareció interesante, una aventura.

Así, un humilde hijo de zapatero se volvió
militar-kaibil-francotirador-paracaidista
y sin querer queriendo,
parte de una estructura de dominación
que moldeó sus sentires y sus pensares.
Hasta su cuna de muerte.
Mi héroe y mi anti-héroe.
El amor es una contradicción.

¿Qué es el estado-nación? ¿Qué es el patriarcado?

Mi hogar entonces era como una versión chiquita de Guatemala. Un militar joven que estuvo poco en casa, casado con una mujer de clase media, mestiza, que trabajaba dos jornadas en la ciudad para poder poner pan en la mesa para mi hermano y para mí. Todos sostenidos por el trabajo reproductivo e invisibilizado de mujeres indígenas.
Mujeres que no nacieron para ser esclavas, mujeres cuyo territorio es en donde empieza y termina la economía-política del país. Madres, mujeres y esclavas que me enseñaron a querer, a cuidar, a amar.

Soy entonces el orgulloso hijo de madres, esclavas. También hijo de mi padre, del Estado de Guatemala, un padre colonizador, con buenas intenciones, que brilla por su ausencia y por su secreto amor por la violencia.

¿Qué es el capitalismo? ¿Qué es el comunismo?

Yo crecí en los noventas. Mi papá me decía que luchó toda su vida en contra de guerrilleros que llamaban revolucionarios. Los guerrilleros, por su parte, lucharon toda su vida en contra de militares que llamaban contra-revolucionarios, con el fin de tomar el poder del Estado.

El capitalismo y el comunismo son las dos caras de la misma falsa moneda. En la práctica y en la historia, no son más que hombres fuertes buscando el poder del estado para organizar las burocracias y los mercados en contra de la gente y de la tierra.

"¿Cómo puede ser posible que vivamos en tiempos de paz y la situación sea peor que durante la guerra?" - las preguntas de mi viejo resuenan como campanas en mi cabeza.

Al final, los dos bandos pararon con traumas profundos; algunos alcohólicos y derrotados, muchos intentando repartirse el tesoro de lo que quedó de su propia aniquilación. Otros, exiliados y muertos, viven en la memoria de quienes los recuerdan. Pocos aprendieron cómo sanar, a aceptar su fragilidad como seres humanos y explorar la sabiduría del cuerpo. Mientras tanto, la mara se expandía en todas esas familias que la guerra quebró. Todos somos parte de la misma mara.

De lo que estos hombres fuertes nunca se percataron es que, todo este tiempo, el sujeto revolucionario verdadero estaba quizás debajo de sus narices, haciendo posible todas sus fantasías de poder e ideologías vacías: cocinando, limpiando, lavando, queriendo y cuidando.

Son las mujeres las revolucionarias reales, mujeres que luchan, que reproducen y defienden la vida. Son ellas las que llevan otra cuenta, esperando cautelosamente el momento preciso, el fin de la larga noche, un ciclo milenario en el que todo va a cambiar. La colonia más antigua, sublevándose

Yo, como su hijo, las apoyo aprendiendo a escuchar. Es como si la vida fuera un proceso de desaprender todo lo que somos para volverlo a aprender otra vez.

Ellas son las fénix que renacen de las raíces profundas del volcán para tomar su propio vuelo, quemando las cadenas de lo posible, liberando a la vida con su fuego fugaz. Liberándose. Liberándonos.

 

*Este texto fue escrito por Ajmaq para Colectivo Voces y publicado como parte de una alianza para dar voz a jóvenes guatemaltecos residentes en Alemania.

Colectivo Voces
/

Somos personas de diversas edades y con diferentes pasiones. Algunas nacimos y crecimos en Guatemala, otros nos fuimos de pequeños a Alemania. Nos interesa crear puentes solidarios con las personas en Guatemala, mantener una memoria viva del pasado que acuñó nuestro hoy.


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    Carlitos Caballero /

    08/05/2020 11:51 AM

    Nací esclavo, viví esclavizado por creencias religiosas, científicas, políticas, económicas, ideológicas y filosóficas...esclavizado por títulos universitarios, por un sistema tributario irracional y moriré esclavo del nihilismo senil...todo es vanidad, pelusa que se la lleva el viento... nací sin gloria y moriré sin pena...

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

      Héctor Flores /

      08/05/2020 5:11 PM

      Vos drogado estas...

      ¡Ay no!

      ¡Nítido!



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