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Moverse en una ciudad donde se pierden horas (y la vida) en el tránsito

Muy pocas personas ponen reparos cuando se trata de distancias y horarios para conseguir un trabajo. Aceptamos la centralización y entregamos horas valiosas de nuestro tiempo en el tránsito. Estas son confesiones de quienes se movilizan en esta ciudad poco amistosa.

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Esta es una opinión

Autobús de la ruta 40R, uno de los medios de transporte público guatemalteco.

Foto: Carlos Sebastián

—Las 40R son un atentando ambulante—, dice G. con un asomo de fastidio.

—En la mañana, prefiero abordar un taxi colectivo. Por la tarde, para ahorrar tiempo, pago un moto-viaje hasta El Trébol—.

G. vive en Antigua, ubicada a 41 km de la capital, pero tarda cuatro horas en llegar a su trabajo. Le pregunto cuánto gasta mensualmente en pasajes.

—En el mejor de los casos, mil quetzales, más o menos, sin contar los uber ni el transporte en Antigua.

No es el único caso. Y. sale de Amatitlán, a 20 km de la capital, a las 6:30 am y llega a su trabajo, en la calzada Roosevelt, a las 8:10.

—Gastamos mil quetzales de gasolina mensualmente, pero tres personas compartimos el carro, el volante y los gastos—, dice.

Le pregunto cuál es el sector más congestionado de su trayecto. De inmediato responde:

—Villa Nueva. La ruta entre los km 18 al 15 y la cuesta de Villalobos.

En la capital, las ciudades dormitorio se han convertido en la regla. La centralización del trabajo en unas pocas zonas ha causado que el mayor porcentaje del tránsito «fluya» hacia un solo sentido. Las municipalidades habilitan carriles reversibles, detienen el tránsito, construyen viaductos, colocan policías, semáforos y conos por doquier, pero nada parece ayudar. ¿Por qué?

Los usuarios del transporte señalan, entre varios y diversos factores, el parque vehicular. En la ciudad, en un día hábil, según Amílcar Montejo, circulan 1 millón 150 mil vehículos. Según datos de Prensa Libre, en 7 de cada 10 vehículos, solamente viaja una persona.

—Yo usaría el transporte público si fuera seguro—, dice R.

—Pero estás expuesto a robos, accidentes y la nula profesionalidad de los choferes.

Admite que viaja solo, pero no tiene opciones.

—A veces le doy jalón a una compañera—, me cuenta B.
—Pero depende de nuestros horarios. En el trabajo no tengo hora de salida. Aunque las autoridades aconsejan hacer carpooling, es complicado porque mi esposo y yo no coincidimos en horarios, lugares de trabajo ni itinerarios. Nos turnamos para llevar a las niñas al colegio—, añade.

Nadie que viva en la capital podría tachar a los conductores de egoístas. Viajar en transporte público es una apuesta que casi siempre perdemos.

—Incluso en el Transmetro hay peligros—, contesta A..
—Estás expuesta a acoso y agresiones sexuales.

Hace unas semanas una amiga me mostró un video: un hombre no vidente rozaba un dedo sobre su muslo.

—Temí denunciar—, me confiesa.
—Pero grabé el video como prueba de su agresión y le hice saber que su conducta estaba mal.

El Transurbano no está exento de peligros. Hace algunos días circuló un video donde un hombre agredía sexualmente a una usuaria. R. me dice:

—Vivo a 3 km de mi trabajo, pero uso mi carro para ir a trabajar. Entro de madrugada y, si usara el Transurbano, tendría que esperar media hora en la estación. No camino porque el área es peligrosa y compañeras mías han sufrido asaltos y acoso.

—Usé la moto por más de cinco años. Me gustaba porque es útil para ahorrar tiempo y dinero. La dejé de usar después de un accidente grave. Sé que los motoristas no gozan de buena reputación, pero la educación vial es un problema de todos—, me cuenta mi amigo LA.

—Ahora, solamente uso el carro. No quise arriesgar a mi familia, pero no puedo juzgar a los motoristas.

¿Qué se puede hacer para mejorar la situación? Los entrevistados sugieren seguridad en el transporte público, retirar buses y automóviles casi obsoletos, educar a los conductores, diversificar los horarios de trabajo y las ubicaciones, y buscar alternativas ecológicas.

—Andar en bici es un modo de vida—, me dice P.
—Y también es un riesgo. Dependés de tus piernas y reflejos. Y la seguridad la pones vos. Quiero decir que andar sin luces, sin casco ni protección contra el sol es prácticamente un suicidio. En mi experiencia de diez años sobre la “flaca” aprendí que los automovilistas, ya sea por miedo a la cárcel o cultura vial, te respetan si andás bien identificado. Mucha gente no lo sabe, pero los ciclistas somos considerados peatones.

Como ciclista aficionado, entiendo perfectamente las palabras de mi amigo y le doy la razón. Sin embargo, desperdiciar horas frente al volante ha colmado la paciencia y la salud mental de los capitalinos, y muy pocos toman el calvario con buena actitud.

Las horas recreativas y de formación cultural son cada vez menos. Los conciertos, conferencias, presentaciones de libros y obras de teatro han tenido que mover sus horarios para que el público se acerque.

Además, el tránsito causa conflictos sentimentales, familiares y laborales.

—La relación laboral era tóxica—, reconoce A.
—Y pasar cinco horas de mi vida en el tránsito no ayudó. Llegué a un punto de quiebre y renuncié. Me ha ido mejor, pero reconozco que no todos pueden darse ese lujo.

Tiene razón. El mercado laboral es cruel y escaso. Muy pocos ponen reparos cuando se trata de distancias y horarios. Aceptamos la centralización y entregamos horas valiosas de nuestro tiempo en el tránsito.

No parece haber solución. Desearía que mi crónica tuviera un final feliz, o al menos un final, pero en el horizonte de la ciudad solamente se vislumbran más vehículos, miles de luces rojas, y humo, muchísimo humo, como el escenario de un apocalipsis de hojalata.

Fernando Vérkell
/

(Ciudad de Guatemala, 1989). Profesor. Dirige El camaleón. Ha publicado El sendero del árbol enjaulado y la novela Káplan. Su tercera colección de relatos fue seleccionada en México por la CEI/UABC y será publicada en Tijuana, en la primavera de 2020.


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    Francisco Ramírez /

    13/03/2020 1:35 PM

    Moverse en una ciudad donde se pierden horas (y la vida) en el tránsito
    Recordemos que los buses rojos son mantenidos por un subsidio negociado por el corrupto Álvaro Arzú, el caso del Transurbano fué prioridad para sus negocios ilícitos.
    Los buses Rojos ya no deberían existir de manera oficial, cuyos pilotos violan todas leyes de tránsito.
    En cuanto a la mayoría de PNC son gente que siempre han apoyado y obligados por los Arzú durante sus propagandas políticas.
    Muy pocos PMT están cuando se les requiere en horas de mucho tráfico, salen temprano a sus casas, muchos de ellos les pagan un porcentaje por poner multas con cepos y otras.
    No digamos las cantidades exageradas de humo negro contaminante de miles de buses, camiones y vehículos sin servicio adecuado de filtros, vehículos y motos sin escapes.
    Realmente los problemas del tránsito son muchos más, acompañados por las corruptas municipalidades, incluidas las de Mixco y Villa Nueva.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Enrique Duarte /

    12/03/2020 2:43 PM

    Las Municipalidades deberían:
    1. Coordinarse y elaborar un Plan conjunto.
    2. Cumplir con la Ley que les dice que el transporte urbano es de su responsabilidad.
    3.Ordenar las rutas del transporte urbano.
    4.Retirar de la circulación las chatarras actuales.
    5. Dejar que nuevos empresarios participen en la solución: innovar y creación de nuevos tipos de transporte ágiles y seguros

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Pepe Pollo /

    11/03/2020 7:19 PM

    Ya todos conocemos esos problemas desde hace años, los vivimos a diario. El peligro de los buses rojos ya lleva décadas y ¿qué han hecho las autoridades? NADA, qué harán NADA. La problemática se incrementa día tras día, qué van a hacer al respecto, NADA. ¿Qué haremos los ciudadanos? NADA. Tristemente como sociedad somos un fracaso, una inmensa masa humana indolente, indiferente y ausente. Y eso que ni siquiera se hablo de las enfermedades psicosomáticas provocadas por el estrés, no digamos el incremento de infartos. Ni modo sigamos comiendo mientras...

    ¡Ay no!

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    ¡Nítido!



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