Nicaragua arde lo que el progresismo quema

Lo que sucede en este país centroamericano tiene semejanza a lo ocurrido en Brasil, y evidencia que tener gobiernos progresistas no es del todo bueno. Los resultados son cuestionables.

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Los nicaragüenses salieron a manifestar el lunes 23 de abril en rechazo a la violencia y régimen de Ortega.

Foto: Carlos Herrera, Confidencial

Brasil, y otras partes de Latinoamérica (para no hablar del mundo), ignora amplia y absurdamente lo grave de lo que está pasando ahorita en Centroamérica, en Honduras, en Guatemala y especialmente en Nicaragua. Desde el miércoles 18 de abril ese país  ‘sandinista’ (neo-sandinista) ha estado viviendo una ola de violencia política desatada a partir de las protestas estudiantiles generadas por el anuncio del gobierno del comandante Daniel Ortega (que fue también el presidente del país, en el triunfo revolucionario socialista-sandinista en los 80) de reformar el sistema de seguridad social.

A pesar de la ignorancia internacional sobre este, otra vez, simbólico momento nicaragüense – sobre todo, y como suele pasar, con cualquier cosa de Centroamérica entre mis conterráneos brasileños –, todo lo que ocurre tiene mucho que ver con la lógica hegemónica de los procesos políticos latinoamericanos en general vigentes desde el comienzo de este siglo y, más en concreto aún, con las experiencias progresistas de los autoproclamados gobiernos de ‘izquierda’, donde ejemplarmente se incluye el caso brasileño.

Según algunos análisis, como el del sociólogo Amaru Barahona, publicado en sus redes sociales, lo que hay en Nicaragua hoy es no más que una “rebelión de empresarios” porque Ortega es “un populista en el sentido que definían el populismo los clásicos de la Teoría de la Dependencia, en su juego de equilibrios de clase durante su segundo período de gobierno” (el primer fue en los 80, el segundo desde 2007). Es así que se ha orientado hacia la derecha a través de un pacto de unidad nacional con el empresariado, la antigua oligarquía del país y los nuevos ricos que resultaron de las políticas neo-sandinistas. De este modo, los sindicatos, de origen sandinista, fueron cooptados y pasaron a integrar el gran acuerdo de gobernabilidad y, claro, de hegemonía.

Todo iba ‘bien’ para este neo-sandinismo hasta que, con la crisis en Venezuela, la ayuda de un promedio de US$500 millones anuales, según Barahona, prácticamente desapareció: “Y con su ausencia, entran también en vías de extinción los programas sociales, de naturaleza básicamente asistencial, que habían sustentado el elevado consenso político de Ortega”.

Ahora, dirigiéndome a los brasileños en particular, si hasta este punto de estos comentarios sustituimos los vocablos ‘sandinismo’ por ‘lulopetismo’, y ‘Ortega’ por ‘Lula’, ¿no resulta  curioso que lo que está pasando en Nicaragua tiene mucha semejanza con lo que ha estado pasando en términos de lógica política-gubernamental en Brasil en este siglo XXI?

Coalición, alianzas y acuerdos de clase para dar un banquete a los ricos y tirar las migajas a los pobres y, aun así, adivinemos quien paga la cuenta de la fiesta.

Es falsa la idea progresista de que el fortalecimiento indiscriminado del Estado-nación es emancipador, porque en verdad reproduce lógicas coloniales a través del extractivismo, favorece el rentismo del sistema financiero y genera muerte y despojo a favor del mercado, que hoy día ya es difícil diferenciar del Estado per se. La defensa de territorios en nada tiene que ver con la defensa incondicional del Estado-nación: ese ente político-administrativo de origen colonial vendido como el límite de nuestra capacidad de organización social.

El ejemplo concreto ahora es este que desató la violencia en Nicaragua: el Instituto Nicaragüense de Seguridad Social (INSS) es normalmente tratado como un problema socioeconómico por los grandes organismos internacionales, como el FMI, en todos los países del Sur (lo que antes llamábamos ‘Tercer Mundo’) y suele presionar por reformas. Esta vez presionó a Ortega: aumento de la edad de retiro, aumento de contribuciones y hasta la eliminación del decimotercer sueldo. Negociaciones son llamadas por el gobierno: empresarios apoyan, sindicatos se oponen. El gobierno de Ortega lo resuelve por decreto: no varía la edad de retiro; se mantienen las pensiones para víctimas de guerra y para los adultos mayores; no se clausura el decimotercer mes para los pensionados. Pero tanto empleados como empleadores deben contribuir más al sistema de seguridad social de forma tripartita: los empresarios con un 2%, los trabajadores con un 0.75 %, y el Estado con un 1.50%.

Los empresarios nicaragüenses, reunidos en el Consejo Superior de la Empresa Privada (Cosep), abandonaron las negociaciones frente al decreto, y se dedicaron a convocar marchas populares, indignadas, dando espacio para que una oposición de varios años al neo-sandinismo (Orteguismo) acumule fuerzas a través de manifestaciones y protestas callejeras multitudinarias con represión violenta. Y hasta el 22 de abril ya eran más de 25 los muertos políticos en Nicaragua en menos de una semana.

Tomar posiciones y afirmar el ‘lado cierto de la historia’ es siempre más complicado de lo que parece. Si es cierto que la política no se mueve solo con ‘sueños’ o idealismos, tampoco se mueve apenas de ‘realismos’ y pragmatismos, especialmente cuando estos sirven para justificar el enriquecimiento de élites burocráticas y partidarias en nombre de presuntos intereses de la ‘soberanía nacional’ y del ‘Estado nacional-popular’– una trampa discursiva que las izquierdas partidarias post Guerra Fría han estado cayendo de forma ingenua, o de forma deliberada,  porque les es electoral o financieramente útil. El orteguismo en Nicaragua, así como el Lulopetismo en Brasil y otras experiencias en toda Latinoamérica, muchas veces juega y ha jugado con políticas públicas honestas y necesarias de forma irresponsable que, si bien pudieran (y muchas veces pudo) atender a intereses populares urgentes, al fin al cabo, mantienen deliberadamente la rueda girando, es decir, estructuras de privilegio intactas basadas en el rentismo financiero y en el extractivismo desarrollista.

Clasificar lo que está pasando en Nicaragua como no más que una “rebelión de empresarios’ es, como mínimo, precipitado. Clasificar todas las potencias de la multitud como previsibles e inocentemente manipuladas también es un discurso tergiversado, que busca ocultar intereses espurios de las élites del Estado/mercado.

El caso Ortega/Sandinismo/Nicaragua es semejante a muchos casos de la experiencia progresista reciente latinoamericana, incluyendo a Brasil. El fetiche del “Estado-nación soberano”, que busca apoyarse en los conceptos de “Estado nacional popular” ha estado siendo perverso hace casi dos décadas para muchos y muchos pueblos latinoamericanos, especialmente los que asumen Abya Yala, y alimenta la fuerza económica de las élites tradicionales y groseras deliberadamente, en nombre de mantener este fetiche funcionando.

La verdad es que el progresismo ha permitido cristalizar que el imaginario de izquierda, entendido únicamente dentro de estos contornos, ya no se sostiene; hay rupturas serias en este discurso que ha estado, aun así, luchando fuerte para mantenerse hegemónico, pero sus propias prácticas gubernamentales han dado el espacio para que sea denunciado y disputado. Una de sus fuerzas es aún intentar (y lo consigue) que todos que lo critiquen sean considerados “traidores” o que están “sirviendo a las derechas”.

Es la misma lógica y tónica, el chantaje, de lo que está pasando en Brasil, y ha pasado históricamente con varias experiencias gubernamentales de grupos de poder que creen que ‘la izquierda somos nosotros, lo demás es ingenuidad o reacción”.

Desde las miradas internas, todo tiende a parecer que es específico y particular; desde la mirada general, todo tiende a parecer que es parte de una lógica repetitiva. La complejidad de comprender las relaciones macro/micro y universal/particular cobran fuerza más que nunca en estos tiempos de transiciones/reconfiguraciones.

Solo hemos podido vivir gobiernos progresistas en el mundo, en este caso en Latinoamérica, después que el orden bipolar del mundo cambiara, en momentos en que las utopías socialistas/comunistas se institucionalizaron para ganar elecciones; los resultados parecen que no están siendo tan buenos, en Nicaragua, en Brasil o en Venezuela. Esto hay que enfrentarlo, aunque duela.

Nunca es sencillo, nunca hay una salida clara, pero mantener la postura crítica al discurso hegemónico de izquierda (lo que no tiene que ver ni con el ‘pensamiento crítico’, tal como el progresismo suele presentarlo ni con una emoción beligerante ciega) es una tarea mínima pero necesaria para no caer en las tantas trampas durante el camino. El periodo histórico es de reinvenciones de ideologías y de parámetros civilizatorios. El imaginario de izquierda está en disputa, y no es solo progresista.

*Este texto fue producido/seleccionado por el equipo de la red-plataforma centroamericanista O Istmo (www.oistmo.com ), donde ha sido publicado originalmente, y editado conjuntamente con el equipo de Nómada para reproducción en su página web como parte del proyecto de intercambio colaborativo entre O istmo y Nómada.

Aleksander Aguilar
/

Aleksander Aguilar, de nacionalidades brasileña y salvadoreña es doctor en Ciencias Políticas, periodista y lingüista. Coordinador de la red-plataforma centroamericanista ‘O Istmo’ (www.oistmo.com ).


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    Federico Bavines /

    28/04/2018 7:27 PM

    Me parece que el artículo cae en una descalificación sumaria de cualquier intento de gobierno progresista latinoamericano, claro que desde una crítica aparentemente situada en el espectro ideológico de izquierda, obviamente coyunturalista y cercana a quienes idealizan los movimientos autónomos como las unicas posibilidades cambio social desde la sociedad y no desde la política gubernamental. Nicaragua no es Brasil ni Venezuela, hay obvias diferencias por su proceso histórico revolucionario y centroamericano de país mucho más periférico en la economía global y que no tiene una economía centrada en el petroleo (Venezuela) o en la industria, servicios sofisticados y producción agrícola (como Brasil). Su caso se acerca más a un proceso revolucionario corrompido y encarnado en el caudillismo de una elite política legitimada a partir de un Estado posrrevolucionario y en ese sentido tendría más similitud con el Estado priista mexicano que con el Estado fascista brasileño controlado por los militares y los burgueses. Ese es un problema en el análisis de muchos izquierdistas de luchas sociales autonomistas que descontextualizan procesos y no pueden entender las especificidades de cada caso nacional. Por supuesto que se puede criticar a las formas clientelares y corporativas de acción políica pero se tendría que reconocer que esta tradición no tiene que ver con el progesismo de los gobiernos de las últimas décadas sino con una cultura política muy arraigada en muchas poblaciones latinoamericanas sin importar la idelogía del gobierno en turno.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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