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“Tenés que estar delgada”: la voz interior que más odio desde los 13 años

¿Hasta dónde podemos llegar las mujeres para vernos “bien” a los ojos de nuestra sociedad?, me pregunté hace unas semanas en el caótico tránsito de la Ciudad de Guatemala. Era jueves. Lo recuerdo por los alimentos que comí ese día, ligeros y saludables, como lo dicta la vocecita mandona que determina mi dieta durante los primeros cuatro o cinco días de la semana. En el resto, es otra la que habla.

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Esta es una opinión

Paola Lorenzana, de niña.

Foto: Archivo familiar

Tengo 21 años, lo que significa que dejé mis días adolescentes atrás hace ya dos largos años. O bueno, es lo que se espera. Como ocurre con los humanos, mi forma de ver el mundo ha cambiado con el tiempo. Pero hay un patrón insistente y manipulador que no se va: el estar delgada.

Quizás su perseverancia radica en que desde niña me enseñaron a pensar así. Fui una bebé muy grande y pesada al nacer, lo que hizo que mis padres me apodaran “la gorda”. Siempre detesté ser llamada así. Por el otro lado, mi hermana mayor siempre fue delgada; a ella le decían “la seca”. Y así crecimos las dos, escuchando constantes opiniones sobre nuestros cuerpos.

Hace 8 años, en una reunión familiar, recuerdo muy bien que una tía me dijo que metiera la panza: “Paola, estas más gordita. Meté la barriga, por favor”. Corrí a mi habitación y lloré por horas. En ese momento, odiando mi piel, comenzó esta historia.

Tenía 13 años.

Desde entonces tuve una jeringa en la ducha. Pinchándome buscaba la manera adecuada de succionar toda esa grasa “extra” en mi piel. Recuerdo pasar horas en el baño viéndome al espejo, luego ingresaba a la regadera, tomaba la aguja y sujetándome la pancita la pinchaba una y otra vez. Dolía. Sangraba. Y lógicamente este método nunca funcionó. Así que a los 14, como cualquier humano de mi generación, comencé a investigar en internet. Con comunidades que buscan el mismo objetivo, me informé sobre cómo supuestamente bajar esos kilos tan indeseados. Ese mismo año, me vino la menstruación por primera vez. Se me ensancharon las caderas y los tobillos, algo normal que le ocurre a las humanos que resultamos ser de sexo femenino y tenemos 14 años. Pero para mis ojos, cada vez estaba peor.

A los 15 años, ya no comía. Papaya y yogur por la mañana, de almuerzo un vaso de leche y de cena, nada. Nunca cenar, esa era la regla de oro. Perdí unos 10 kilos, 22 libras, ese año. También perdí mi menstruación. Y poco después me dio anemia. Recuerdo que junto a mis amigas del colegio, un colegio que se precia de ser uno de los mejores del país, laicos, europeos, científicos, pasábamos horas hablando del tema.

“Y vos, ¿cuántas calorías llevás hoy?”, nos preguntábamos mutuamente al finalizar el día. “Tenés que pensar que hasta una manzana te puede engordar”, le aconsejaba yo a ellas.

A los 16 años tuve mi primer novio. Aunque ¿qué hombre en su sano juicio iba a querer a alguien así?, pensaba. Así que decidí comer. No por mí, por él. Pero recuerdo bien que el desgraciado me dijo meses después que, para yo llegar a ser un 10/10, tenía que trabajar en la celulitis de mis piernas. Tenía un promedio de notas arriba de 80 puntos, era una chava buena, inteligente, extrovertida, medía 1.73, pesaba 130 libras e incluso contaba con todos los rasgos físicos que exige la blancura hegemónica de esta sociedad colonial racista, y el tipo me hablaba de mi celulitis. Entonces, mi yo de 17 se inscribió en el gimnasio.

Me sumergí en llevar una vida “saludable”: contar calorías, dejar el arroz, la impensable azúcar, las frutas siempre medidas, ya no limonadas, ya no rosas de jamaica, solo agua. Todo por perder tan feos hoyuelos en mis piernas. Un buen día en aquel entonces dependía de mi rendimiento en el gimnasio y los alimentos que ingería.

A los 18 años, encontré las drogas. ¿Qué antídoto mejor que este para perder el apetito? Ese año fue muy duro, y para mí seguía siendo “la gorda”. Pero este capítulo no dura mucho, pues a los 19 encontré el deporte. Entrenar, competir, mantenerme fuerte y sana por un objetivo. ¡El autosabotaje más grande de mi vida! “Paola, que cuerpazo tenés”, me decía la gente. Siempre basando mi bienestar emocional en las opiniones ajenas.

A mis 20 años, me quebré la rodilla dos veces haciendo deporte. ¿Y ahora qué hago?, pensé. Estudios, trabajos, pero y con mi cuerpo, ¿para dónde? Mi mundo se cayó.

Engordé varios kilos y la gente empezó a comentarlo. Estaba harta. A mi entrenador y gran amigo de aquel entonces, un señor de unos 40 años, fue al último al que le permití violentarme a través de comentarios sobre mi cuerpo.

– Y vos, ¿en dónde dejaste a mi Paola? Ahora sos Hilary, la prima gorda de Texas que se comió a mi Paola, me dijo el hombre.

Odié cada sonido de cada letra de sus palabras.

Ahora tengo 21 años. Después de mi tercera operación de rodilla, tengo que estar en silla de ruedas tres meses y luego ya caminaré sin dolor. Y no me ha quedado de otra que mandar todo a la mierda. Encontré por suerte el feminismo, y gracias a tantas mujeres valientes que me antecedieron, supe decirle a esa niña de 13 años que no tiene que vivir pensando en los kilos de más o de menos. Que nosotras somos más que lo que quieren que seamos, y que niña, ¡la jeringa la podés guardar!

Ahora estudio antropología, trabajo como periodista e intento leer todo lo que pueda sobre historia y feminismo.

Como adolescente mujer en esta sociedad crecí muy acostumbrada a escuchar opiniones sobre mi cuerpo. La implantación de estereotipos y los cánones de belleza son una manera más de violentar a las mujeres. Nosotras nos encontramos constantemente bombardeadas desde la publicidad, así como por las miradas agresivas de parejas y familiares.

Esta realidad conlleva a que las mujeres no podamos identificarnos con nosotras mismas. Nuestra diversidad y autenticidad ha sido moldeada y prefabricada por estos estereotipos de belleza a gran escala. Esta homogenización tiene graves consecuencias en nuestras vidas. La pérdida de la autoestima, la inseguridad, la ansiedad son solo algunos ejemplos del impacto que tiene esta violencia sistematizada.

La construcción de este imaginario se ha convertido en una opresión constante para las mujeres y la sociedad cuestiona constantemente la feminidad de las que resisten. Rebeca Lane, una de ellas.

Por mi parte, aún no me he curado. No hay día que no piense en lo que es apropiado comer y en lo que no. Me da miedo comer postres, pizza y hasta pan. La diferencia es que ahora lo entiendo y estoy en proceso de sanación. Así, luchando todos los días, poco a poco me estoy convirtiendo en alguien más libre, más plena, más cómoda conmigo misma. Más yo.

Paola Lorenzana
/

Estudio antropología en la UVG. Me entusiasma la bioarqueología y la arqueología forense. Cuentista y deportista en mi tiempo libre; feminista de tiempo completo. La inquietud y el optimismo me trajeron a Nómada.


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COMENTARIOS

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    Miriam /

    08/05/2019 9:38 AM

    Gracias por compartir su historia. Es duro como las familias "sin querer" pueden atacar la auto-estima de niñas y niños por usar comentarios hirientes. Siga fortaleciendo su amor propio y luche por tener un cuerpo sano que no dependa de la opinión de los demás, sino de la convicción de su propio valor.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Andrés Lorenzana /

    08/05/2019 4:31 AM

    No entiendo por qué habla de feminismo cuando yo como hombre también he sufrido lo mismo desde siempre , y lo hacen de modo tener una vida sana no de burla .

    ¡Ay no!

    7

    ¡Nítido!

    Mario Paredes /

    06/05/2019 6:35 PM

    Pues que decir que desde niña fuiste a los extremos con todo el respeto que mereces por ser mujer. Ahora de adulta te absorbio el feminismo que es otra corriente extrema. A mi esposa le digo que haga deportes no por el ego de verse con "cuerpazo" como querias verte tu porque te repito es ir al extremo sino porque simplemente es saludable. Lastima que una corriente extremista te haya nublado una vez mas el juicio.

    ¡Ay no!

    9

    ¡Nítido!

      Alex García /

      09/05/2019 2:10 PM

      No puedo creer que existan personas que aun piensen que el feminismo es extremo... o que comparen el feminismo con el machismo por el simple juego de palabras. Se trata de igualdad de oportunidades y condiciones para desarrollarse como persona sin importar el sexo.

      ¡Ay no!

      1

      ¡Nítido!

      Alaide González /

      08/05/2019 5:50 PM

      El feminismo no es una corriente extrema. A mi parecer, el feminismo es un enfoque de vida mediante el cual las mujeres reconocemos nuestro valor individual y buscamos espacios de participación en la sociedad como cualquier ser humano. Asimismo, pienso que el feminismo busca que la sociedad permita las condiciones legales, sociales, económicas para que los mujeres tengan iguales derechos que los hombres y no se encuentren en ningún tipo de desventaja.

      ¡Ay no!

      1

      ¡Nítido!

      Javier /

      08/05/2019 4:35 PM

      Este comentario se me hace de un señor de 55 años, vida familiar aparentemente estable, nunca "extremista", siempre una vida balanceada, siempre con un refrán en la punta de la lengua, consejos sabios y siempre restándole importancia a sucesos de la vida ajena. Felicidades pero qué aburrido...

      ¡Ay no!

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      ¡Nítido!



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