Una mujer negra en la vicepresidencia del país ‘pura vida’ (pero ya no tanto)

Epsy Campbell Barr, economista de 53 años, asume hoy el cargo, en un país cuya población se define como "blanca".

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Esta es una opinión

Epsy Campbell, vicepresidenta de Costa Rica.

Foto: Latino USA

La campaña política que se desarrolló durante los primeros tres meses de este año para elegir a quien asumirá la presidencia de Costa Rica este 8 de mayo, se llevó a cabo en un contexto político, social y económico muy complejo.

Con un debate centrado en el matrimonio entre personas del mismo sexo, la religión y la importancia del estado laico (Costa Rica es aún un estado confesional, según reza la Constitución Política de 1949 vigente), los dos meses de campaña para la segunda ronda provocaron una fractura palpable entre los ciudadanos, incluso entre miembros de una misma familia. Insultos, memes, enojos, chistes, temor, encuestas que no dieron la talla, etcétera, saturaron las redes sociales.

Pero hubo grandes ganancias: el renacer del interés de los jóvenes en la participación política, la labor incansable de los grupos de mujeres que se organizaron para aportar su costal de arena y, finalmente, el respeto que se vivió una vez conocidos los resultados.

También hay que destacar el cambio generacional en el futuro poder ejecutivo. Tanto el presidente electo (periodista y escritor de 38 años) como sus dos vicepresidentes (Epsy Campbell, economista de 53 años y Marvin Rodríguez, educador y líder sindical de 56 años), desean desarrollar lo que han llamado un gobierno nacional, basado en alianzas con los partidos perdedores, el sector de los trabajadores y la empresa privada.

Otro de los hitos de esta campaña fue la elección, por primera vez, de una mujer afrodescendiente como primera vicepresidente de la República. Digo que es un hito porque en el imaginario nacional, Costa Rica se concibe como fundamentalmente “blanca” y “valle-centralina”, herencia dejada por los liberales de la segunda mitad del siglo XIX y asumida como verdad por una gran mayoría del pueblo costarricense: un 83 por ciento se considera “blanca” o mestiza, según el último Censo Nacional de Población realizado en 2011, frente a un 3 por cieneto de indígenas, un 8 por cienteo de afrodescendientes y un pequeño número de sinodescendientes y de personas de descendencia árabe. Además, el país cuenta con cerca de un 12 por ciento de migrantes, la mayoría de ellos provenientes de Nicaragua y Colombia.

“Pura vida”, ¿a dónde se fue?

En el campo económico, Costa Rica cuenta en este momento con una deuda pública de más de US$ 28,000 millones s y con un déficit fiscal que alcanzó el 6.2 por ciento del PIB a fines de 2017, y que podría llegar al 7  por ciento en 2018, según datos del Banco Central y del Ministerio de Hacienda. Los analistas económicos consideran que esta es la peor situación económica que ha vivido Costa Rica desde el año 1982.

En lo que se refiere al sector social, los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC) señalan que el “20 por ciento de la población costarricense (alrededor de 305,000 hogares) vive en la pobreza” y que “aunque la pobreza extrema bajó de 6.3 por ciento a 5.7 por ciento, el índice de desempleo se encuentra estancado en cerca del 10 por ciento y los ingresos en zonas urbanas son 1.7 veces más altos que en hogares rurales”.

Por otra parte, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE)  indica en su informe, publicado a finales de 2017, que “la desigualdad de los ingresos aumentó drásticamente en Costa Rica durante la última década, lo cual hizo que el país pasara de ser uno de los países con la menor desigualdad en América Latina —posición que tuvo durante casi toda la segunda mitad del siglo XX— al promedio de la región en años más recientes”. Las cifras no pueden ser más alarmantes en un país que, en estos momentos, ocupa el puesto 66 en el IDH a nivel mundial y el segundo a nivel centroamericano.

Otro aspecto que preocupa a la ciudadanía es la inseguridad. Con una cifra  de 603 homicidios en 2017, es decir doce por cada 100,000 habitantes (70 por ciento fueron personas menores de 30 años), así como la inseguridad en los espacios públicos y los barrios, los costarricenses hemos perdido nuestro sentimiento de poder caminar por las calles tranquilos y seguros. Durante el primer trimestre de este año (2018), se contabilizaron más de 150 asesinatos, el 52 por ciento de los cuales es atribuido al narcotráfico y al lavado de dinero, “mega-negocios” para los que Costa Rica se ha convertido en camino de trasiego entre Sur y Centroamérica, y algunas islas del Caribe y México. Así las cosas, en la calle la gente se pregunta ¿a dónde se fue el Pura vida?

Trece candidatos y dos vueltas electorales

En este contexto de desconfianza y desencanto generalizado, se llevó a cabo la campaña para elegir a las nuevas autoridades, tutelada por el Tribunal Supremo de Elecciones (TSE), institución que cuenta con gran prestigio en el ámbito nacional e internacional. Trece partidos, entre ellos varios no tradicionales, presentaron sus nombres para ocupar los puestos a la Presidencia y a las dos Vicepresidencias, además de los correspondientes candidatos para elegir 57 diputados para la Asamblea Legislativa.

Fue una campaña atípica, desarrollada entre amores y desamores, llena de desconfianza e inseguridad por parte de la gran mayoría del pueblo, y que arrojó los resultados esperados: ninguno de los 13 candidatos logró obtener la mayoría requerida de un 40 por ciento de votos válidos y se debió realizar una segunda vuelta. Y esto no ocurrió porque el 13 sea número de mala suerte en la cultura costarricense, sino porque el contexto antes descrito tuvo un gran peso en la decisión final de los electores. Esto se refleja claramente en el casi 35 por ciento de abstencionismo durante la primera ronda.

Sin embargo, la sorpresa fue que dos de los candidatos menos tradicionales y más jóvenes se hicieran con los dos primeros lugares y, por tanto, fueran los que se disputaran el balotaje: los dos Alvarados, como dio en llamarlos el pueblo. Carlos, proveniente de un partido que algunos consideran tradicional, a pesar de que su primera participación en una campaña presidencial fue apenas en el año 2002, y Fabricio, diputado a la Asamblea Legislativa en el período 2014-2018, pastor evangélico escogido entre las filas del neo-pentecostalismo que, desde hace algún tiempo, se pasea por toda América.

Presencia afro en una cultura “blanca”

A pesar de la autopercepción “blanco-céntrica” de la mayoría de ciudadanos, esta diversidad étnica provocó que la Asamblea Legislativa, mediante la Ley No. 9305 del 24 de agosto de 2015, modificara el Artículo 1 de la Constitución Política que ahora se lee de la siguiente manera: “Costa Rica es una República democrática, libre, independiente, multiétnica y pluricultural”. De esta manera, un país que tradicionalmente se ha pensado a sí mismo como esencialmente “blanco”, reconoce la presencia de diferentes etnias en su población y da paso al reconocimiento de la multiculturalidad y, aunque falta mucho camino que recorrer, se rompe un imaginario hegemónico y se abre un espacio dialógico que incluye a los “otros” costarricenses.

La participación política de los afro-costarricenses dio inicio con la elección de Alex Curling Delisser como diputado a la Asamblea Legislativa por la provincia de Limón para el periodo 1953-1958. Desde entonces, han sido electas 18 personas de origen afro, tanto hombres como mujeres. Una de ellas es Epsy Campbell Barr, electa diputada para los períodos 2002-2006 y 2014-2018. Además, ha habido representación afrodescendiente constante en las alcaldías y municipalidades.

Es importante señalar que fue la Constitución de 1949 la que otorgó la ciudadanía costarricense a los descendientes de los inmigrantes venidos al país desde varias islas del Caribe, especialmente de Jamaica, a partir de 1872 para construir el ferrocarril que uniría la capital, San José, con Puerto Limón y a trabajar en las plantaciones bananeras de la United Fruit Company (UFCO). No debe obviarse que la presencia afrodescendiente en Costa Rica se remonta a la época de la conquista y la colonia, aunque, como bien señalan los historiadores, esa población se asimiló casi totalmente a la cultura hispana.

Hubo, además, presencia afrodescendiente en la costa Caribe de Costa Rica durante todo el siglo XIX, gracias a las incursiones de pescadores procedentes de la Costa (costa en el caribe nicaragüense) y de Bocas del Toro, quienes venían anualmente en busca de tortugas y que finalmente se establecieron en Cahuita y lugares aledaños. De manera que los migrantes que arribaron al Caribe de Costa Rica a finales del siglo XIX no fueron los primeros afrodescendientes en llegar, pero sí constituyeron el contingente más grande. Sin intención de residir en este país, poco a poco fueron descubriendo que habían llegado para quedarse. El establecimiento de lazos familiares, el nacimiento de sus hijos en suelo nacional, la falta de oportunidades en sus lugares de origen, fueron factores que los obligaron a permanecer en Costa Rica pese a las duras condiciones de vida y a las excluyentes leyes y decretos dictados en contra de las “razas indeseables”.

Es de este grupo de costarricenses de donde proviene, por tercera generación, Epsy Campbell Barr, la actual vicepresidenta del país.

La primera afrocostarricense vicepresidenta

Epsy Campbell Barr se ha convertido en la primera mujer negra en alcanzar la posición de vicepresidente en todo el continente americano: enorme honor y enorme responsabilidad, tanto para ella personalmente como para todos nosotros, sus conciudadanos. Para ella porque, por ser mujer, tendrá que representar a todas sus congéneres y, por ser afro-costarricense, tendrá que probar que ha valido la pena el viaje desde la Jamaica de fines del siglo XIX hasta la Costa Rica de hoy en día; de todos nosotros, porque tenemos la obligación de colaborar con ella y con todo el equipo de gobierno desde cualquiera que sea nuestro sitio dentro del pueblo costarricense.

Epsy es licenciada en Economía y Administración de Negocios por la Universidad de Costa Rica y ha realizado, además, estudios de posgrado en Ciencias Políticas. Ha tenido una amplia participación dentro de las filas del Partido Acción Ciudadana. Fue presidenta del PAC de 2005 a 2009, diputada en la Asamblea Legislativa por el mismo partido durante el periodo 2002-2006, jefa de su fracción legislativa entre 2003 y 2006, de nuevo diputada durante el periodo 2014-2018, y ahora primera vicepresidenta electa.

Nuestra futura primera vicepresidenta ha sido una luchadora en el campo del activismo étnico y de los derechos de los afrodescendientes. Fue coordinadora de la Red de Mujeres Afro-Latinoamericanas y Afrocaribeñas, coordinadora del Foro de Mujeres para la Integración Centroamericana, ha participado en la Alianza de Pueblos Afrodescendientes de América Latina y el Caribe, y es cofundadora del Centro de Mujeres Afrocostarricenses.

En la elección de Epsy Campbell confluyen el reconocimiento de la igualdad de género y de la igualdad étnica en Costa Rica. Celebremos que la campaña política de 2018, tan llena de temores y enojos, haya tenido un final feliz, por cuanto representó no solo el relevo generacional en el poder ejecutivo, sino también la oportunidad de celebrar el Bicentenario con la inclusión de los afrodescendientes en todos los poderes de la República.

*Este texto fue producido/seleccionado por el equipo de la red-plataforma centroamericanista O Istmo (www.oistmo.com ), donde ha sido publicado originalmente, y editado conjuntamente con el equipo de Nómada para reproducción en su página web como parte del proyecto de intercambio colaborativo entre O istmo y Nómada.

Lea también: En Costa Rica arrasó el candidato pro-derechos de los gays (y perdió el predicador ultraconservador)

Mayra Herrera
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Investigadora doctorante en el Programa de Estudios de la Sociedad y la Cultura en la Universidad de Costa Rica (UCR).


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