Santa Rosita, zona 16

El cadáver humilde junto al barrio exclusivo

Una colonia de clase baja, como Santa Rosita, en medio de una de las zonas más ricas de la capital, simboliza el efecto de la desigualdad en el aumento de los homicidios. Mientras Ciudad de Guatemala experimenta un descenso, los asesinatos aumentan en este barrio.

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Textos: Elsa Cabria y Ximena Villagrán
Fotos: Carlos Sebastián y Sandra Sebastián

La puerta de lámina está casi cerrada, pero el cuerpo envuelto es visible, iluminado por un foco de luz muy amarillo. Son las 5:45, llueve mucho mientras oscurece esa tarde del 27 de junio de 2017. Tres fiscales del Ministerio Público (MP) y cuatro policías recogen evidencias en la herrería. Otros dos policías vigilan la escena del crimen delante de la puerta del negocio donde ha ocurrido la muerte.

Casi dos horas antes, pasadas las 4:00, Erick Alfonso Vielmann Maldonado, de 20 años, llega a la herrería acompañado de un amigo para ver cómo va el arreglo de su moto. En el interior, sólo está el herrero. A las 4:40, dos jóvenes llegan al lugar y uno dispara a Erick Vielmann dos tiros. Lo mata. Aunque la Policía Nacional Civil (PNC) tarda pocos minutos, porque la subestación está a dos cuadras, los atacantes se dan a la fuga. El cadáver de Vielmann queda tendido junto a su moto de mensajero.

A las oscurísimas 6:20, vecinos de la colonia Santa Rosita, en la zona 16 de la Ciudad de Guatemala, observan empapados la escena en la sexta avenida, más conocida como La Graciosa, en dirección a la pujante colonia Acatán. El tío de Erick Vielmann entra y sale de la herrería, acompañado de su hermana, la mamá del asesinado, y de cinco jóvenes que dicen ser sus amigos. Es huérfano de padre. Dentro, hay mucha sangre en el piso. Familiares y cercanos quieren limpiar antes de que el cuerpo sea trasladado al Instituto Nacional de Ciencias Forenses (Inacif). Un fiscal le dice al tío pronto se irá y le preocupa dejarlo solo. “No va a pasar nada que Dios no quiera. Igual mañana o pasado voy a estar solo”, le responde junto a la puerta.

La lluvia arrecia a las 19 horas, cuando la policía retira la cinta de escena del crimen. Los agentes se quedan fuera y los familiares cierran la puerta de la herrería, acompañados del anciano papá del herrero. Adentro, bajo la luz amarillenta, cuatro hombres agarran trapos para quitar la sangre. El asesinado y la familia son de Santa Rosita. Ahora, mientras el MP se lleva el cuerpo a la morgue, la familia luce imperturbable. Ninguno llora, hablan sólo de cuestiones prácticas de la situación. Un joven advierte de que un cable está goteando de sangre junto a la mesa del barreno, a la izquierda del cuerpo.

Terminan de limpiar y meten los trapos en una bolsa negra de plástico que el tío agarra. Sale por la puerta y dice con su primera sonrisa de la tarde que vio crecer a Erick. Suena su teléfono, es su mujer: “Aquí… Sacando la basura… Ahorita vamos para la casa”. No suelta la bolsa negra.

LA COLONIA QUE AUMENTÓ LA VIOLENCIA EN MEDIO DEL DESCENSO CAPITALINO.

A diferencia de muchas otras áreas de la Ciudad de Guatemala en donde el crimen se ha reducido casi a la mitad desde 2008, en los últimos nueve años, la otrora tranquila colonia Santa Rosita experimentó un aumento en el número de homicidios al pasar de un asesinato en 2008, un pico de ocho en 2014 y cuatro en 2016.

En medio de una de las zonas más pudientes de la Ciudad de Guatemala, junto a algunas de las universidades más caras del país, a siete minutos en carro de Cayalá –uno de los centros comerciales y residenciales más caros de Centroamérica–, Santa Rosita tiene más muertos.

La violencia creciente en esta colonia de clase media baja define hoy sus límites geográficos con el resto de zona 16, que tiene una de las cantidades de homicidios más bajas de la capital. Entre 2008 y 2016, la zona 16 tuvo 129 asesinatos, frente a los 1,524 homicidios que tuvo Zona 18 en el mismo período. La zona 18 tiene más habitantes, pero a falta de un censo nacional desde 2002 en Guatemala, no pueden hacerse comparaciones precisas.

Ubicada en el bosque, Santa Rosita está en medio de curvas entre la colonia Lourdes, fundada por militares, que apenas tuvo un muerto en nueve años; y la muy residencial colonia Kanajuyú, que tuvo dos muertes violentas en el mismo periodo. Santa Rosita tiene alma de pueblo porque sus calles están abiertas, sin garitas, a diferencia del resto de colonias adineradas y cerradas de zona 16, la nueva zona rica de la Ciudad de Guatemala.

Santa Rosita mantiene nítida la dinámica de pueblo porque los domingos, los vecinos se juntan en el parque para platicar; en las tardes entre semana, los niños juegan en la cancha del parque central; en las noches la gente camina por las aceras; aunque los vecinos están conscientes de que la violencia crece.

No hay claridad absoluta sobre por qué. Desde que el Barrio 18 levantó el punto –la jerga que usan para entrar a controlar y extorsionar en un territorio- hace más de una década, Santa Rosita es territorio del Barrio 18. Específicamente de la clica Crazy Gangster, confirman fuentes policiales y del MP. “Es uno de los lugares donde ellos han crecido, son ya viejos del lugar”, dice una fuente de la fiscalía de Extorsiones.

Pero en 2014, aumentaron los homicidios hasta ocho casos en la colonia con alma de pueblo de la zona 16. Cuando una colonia se pone violenta y la vigilancia policial es más fuerte, las pandillas diversifican sus fuerzas y desde prisión los líderes envían la orden de que la clica se vaya a otro lugar cercano a trabajar. De hecho, en 2015 hubo un solo muerto. La violencia homicida late en movimiento.

En el parque, a un costado de la iglesia católica, hay una columna con una placa metálica que dice: Fundada en el siglo XIX, en 1963 pasa a formar parte de la capital como colonia de zona 16. Se da entonces la transformación de contar con calles asfaltadas, servicios públicos, una escuela y un parque que permiten que Santa Rosita sea un pueblo verde y bello.

A las 17:00 de la tarde del 6 de julio, a la hora del tráfico en casi toda la Ciudad de Guatemala, el sol pega fuerte a las dos mamás que están sentadas en el parquecito de la iglesia católica mientras sus niños juegan. Este templo de diseño puramente funcional es el corazón de Santa Rosita, que de hecho debe su nombre a su patrona: Santa Rosa de Lima. Queda enfrente de la oficina municipal, del instituto, del salón y del tanque municipal.

VIOLENCIA EN LAS CUATRO ESQUINAS

El padre Noé Lemus llega tarde porque viene de un entierro. “Los difuntos no piden permiso para morirse”, dice bromista este cura de ojos azules, barba blanca y de extraño acento, que asegura sonriente que es originario de la capitalina zona 18. Se sienta en su sofá del despacho y estira las piernas, mostrando sus sandalias con calcetines. “La violencia es bastante fuerte en las cuatro esquinas de esta cuadra”, dice recordando una bala que tocó el portón por donde cada día entra a su iglesia.

Noé Lemus conocía a Erick Alfonso Vielmann, el joven de veinte años que fue asesinado el 27 de junio. “Cuando pequeñito, me acompañaba como acólito”, dice templado sobre la muerte del joven feligrés ocurrida ocho días atrás. Hace tiempo que ya no le veía. “Posiblemente, estaba metido en algo”, zanja sin más pistas.

Hace cincuenta años, Santa Rosita era un barrio donde las mujeres hacían tortillas y bajaban con sus canastos a vender a la capital. Algunas trabajaban en casas de ricos. Con la transformación de la zona 16 en un sinfín de residenciales con seguridad extrema, Santa Rosita pasó a tener la función principal de servir a la zona 16.

La mayoría de mujeres, cuenta el cura, hacen el trabajo doméstico y la mayoría de hombres son jardineros, vigilantes y albañiles en las colonias adineradas de alrededor. Si los jóvenes de Santa Rosita quieren estudiar, no hay dinero y tampoco existen opciones laborales. Todo esto, según este párroco que lleva veintidós años en la zona 16, influye en el aumento de la violencia: “No hay oportunidades para el pobre; eso les hace ponerse en rebeldía y se preguntan por qué él tiene y yo no”, plantea el sacerdote Lemus.

“Es tan simple, acá estamos rodeados de institutos para estudiar, pero ninguno de los muchachos puede pagar esos precios”, sentencia el párroco.

Cada tarde la iglesia está llena de feligreses. A las siete de la noche del 10 de julio, una docena de adolescentes juega en la cancha mientras el padre Lemus da la bendición y la gente termina de orar para irse caminando a sus hogares.

En el interior de la iglesia, María José Herrera espera paciente afuera del despacho del cura Lemus. Ella nunca fue la pobre y rebelde que describe el párroco. Ella es dedicada y obediente. Con 36 años, esta mujer timidísima con lentes, lleva dieciséis como responsable del servicio doméstico de una familia de militares en la colonia Lourdes, donde cada día llega caminando. “Son personas buenas, pero no le pagan a una lo suficiente”, dice con prudencia. En veinte años de ver crecer a cuatro niños, nunca ha rozado el salario mínimo. Pero dice que no se queja, porque ella no pudo estudiar más que sexto básico y agradece el apoyo y el empleo.

El salario mínimo en Guatemala es menos de Q3,000 ($400).

Sentada en una silla de plástico en un salón vacío de la iglesia, María José Herrera cuenta que cuando quiso continuar sus estudios, su mamá trató de apoyarle, pero no tenía dinero. “Siempre me ha tocado trabajar”, dice cruzando sus manos sobre su regazo. Su mamá también tuvo que trabajar siempre, como responsable del servicio doméstico en colonias ricas o de clase media.

El centro comercial más exclusivo de Centroamérica está cerquísima de Santa Rosita, a siete minutos en carro, 3 kilómetros, pero María José Herrera no ha estado en Cayalá. Ni siquiera para pasear. “Por la economía”. Cuando tiene tiempo libre, al salir de trabajar, acude a la iglesia, donde forma parte del movimiento carismático. Como esta noche. “Mi papá de pequeña me decía: mire, mija, una mujer en la calle tiene mal aspecto”, cuenta esta trabajadora que nunca ha hecho amigas del servicio doméstico en la colonia donde lleva veinte años. “Para evitar problemas”, resume esta fiel creyente que siempre ha vivido con sus papás.

Cuando era niña, su mamá, antes de ir a trabajar, cerraba su cuarto y le dejaba la llave a su vecina para que pudiera ir al baño. Pero siempre que podía, recuerda cómplice, se escapaba por la ventana a El Sitio. Así le decían su hermana mayor y ella a una finca de naranjas y toronjas detrás de su casa. Allí, en su espacio de libertad, Juan Caballo, como le apodaban al dueño del terreno, le enseñó a peinar al caballo.

Ella, que vive entre las realidades del pueblito y de una colonia de clase media alta en donde trabaja, mide el cambio violento de Santa Rosita en el sonido de la ambulancia. De niña, una ambulancia era una novedad, ahora es a diario – desde 1992 funciona el Centro Médico Militar en esa zona–, pero ella recuerda la tranquilidad de vivir en su barrio aún después de su adolescencia, en los 2000.

“Muchos chavos que vi de chiquitos andan haciendo destrozos. Tal vez lo que no tuvieron de niños, lo quieren ahora de adultos”, dice María José Herrera sobre la desigual realidad de su colonia. Ella cree saber por qué su barrio mantiene sus calles abiertas y no se blinda como el resto del área metropolitana: “No hemos aprendido a tener miedo a las cosas”, dice la mujer que sólo ha visto graduarse a uno de los cuatro jóvenes a los que lleva media vida cuidando en la casa del militar retirado.

En la zona 16 hay once colegios privados, cuatro universidades y doce centros comerciales. Santa Rosita está en un marco desigual: es una colonia con más de 500 casas según la alcaldía auxiliar, que sólo tiene un instituto por cooperativa y muchas tiendecitas de barrio, que dista a 7 minutos en carro de Cayalá. El 70% de los habitantes de esta colonia, según la alcaldía auxiliar, son jóvenes.

El principal problema no es el robo en casas ni el secuestro, son las pandillas, confirma el jefe de la subestación policial, que sale a recibir a la puerta de la subestación con una playera. La teoría institucional es que Santa Rosita se ha convertido en un “refugio de las maras”. El pueblito de los trabajadores del resto de la zona, reducido así.

A finales de 2016, Grupo Cayalá construyó el segundo nivel del instituto de Santa Rosita. Héctor Leal, de familia azucarera y uno de los fundadores del grupo, fue el artífice de la construcción para la que sesenta vecinos de la colonia fueron empleados durante un mes.

“Ha existido unión con los empresarios”, dice enérgico Eduardo Flores, ayudante del alcalde auxiliar de la zona 16, sentado en una silla de un aula del pequeño instituto, al que asisten 260 estudiantes. “A los jóvenes les hemos dicho: ustedes quieren vivir acá [entre las áreas pudientes de la zona 16], pues tienen que estudiar”, agrega y dice que extraña más empatía social en Guatemala para entender por qué la gente llega a robar.

Segura, ecológica y en desarrollo. Ese es el eslogan de la alcaldía auxiliar de Santa Rosita. Y lo repite convencidísimo su asistente Eduardo Flores, en la mañana del día después asesinarían a Erick Vielmann. “Esa gente que viene a hacer acciones negativas es de fuera”, dice como lo dicen en muchas otras colonias, en muchos otros municipios. “Aquí se refugian pandilleros de Villanueva, Chinautla, San Miguel Petapa, Mixco…”.

Un hecho es cierto: en junio de 2017, la Policía Nacional Civil (PNC) incautó más de un millón de quetzales a la pandilla Barrio 18 en la vecina colonia Camposeco, parecida a Santa Rosita aunque con menos infraestructura, en la que también ha aumentado el índice de homicidios. Según la investigación, los pandilleros alquilaban la casa allanada para esconder el dinero de la extorsión. En el operativo llamado No más extorsión, la policía no detuvo a nadie porque no encontró a nadie en la vivienda.

Hace cincuenta años, Santa Rosita era un pueblito con un tanque de agua y seis pilas. No era una finca, como la colonia Lourdes, era un pueblo con cafetales, platanares, gravileas y jacarandas. Doña Milita, como se presenta, tiene 93 años y podría ser la cronista no oficial de la historia de Santa Rosita. “Todas las gentes tenían su pedacito [de tierra]”. Con más de noventa años, esta mujer canosa vestida con falda y delantal floreado pone cada día una silla y una mesa de plástico en la puerta de su casa, en la calle del cementerio, y vende fruta por la mañana y paches y chuchitos por la tarde. Conoce y la conocen sus vecinos.?

Los niños salen de la escuela una tarde de principios de julio y doña Mila está sentada con una manta sobre sus piernas, con sus paches y chuchitos cubiertos, mientras platica con Liliana, una de los catorce hijos que tiene. En su juventud, ella vendía tortillas en el centro, pero ya no camina. “Me duelen las canillas”, dice riéndose.

Santa Rosita es colonia de tradiciones. El tanque y el salón municipal, que están contiguos frente a la iglesia, son vistos como elementos históricos. Cuando la municipalidad evaluó la posibilidad de instalar en esos terrenos la sede de la policía municipal y una guardería, los vecinos se negaron. “Aquí se dice que el tanque y el salón son patrimonio de la humanidad”, dice sonriente Eduardo Flores, de la alcaldía auxiliar, cuyo plan es empedrar la cuarta avenida como el paseo principal de Cayalá.

“Les encanta cargar sus pecados en un anda”, dice el padre Lemus de una colonia en la que cada año, en la procesión de Santa Rosa, cada familia quema doce docenas de bombas. “Ya les he dicho que Dios no es sordo, ya se los he dicho, pero es algo cultural”, ríe.

María José Herrera, la empleada doméstica de la colonia de militares, recuerda a Erick Alfonso Vielmann. Lo llamaba Alfonso a secas. Y así lo describe: un chavo muy amable, estudiante, que trabajaba de repartidor con su moto. Conocía a su familia, como todos se conocen acá. Cuatro meses después del asesinato, el Ministerio Público mantiene la investigación abierta. Ni María José Herrera ni muchos de sus vecinos saben por qué mataron a Erick Alfonso, que vivía cerca de donde fue asesinado. “Se le miraba jugando con sus amigos. Muchas personas se preguntan qué pasó, qué andaba haciendo”.



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