Mis extorsionadores tomaron cervezas en mi casa

Carla tiene 50 años y cocina delicioso. Tanto que su comida la estaba ayudando a prosperar en uno de los barrios del Norte de la Ciudad de Guatemala. Tener familiares policías podría hacer pensar que la inseguridad de los barrios pobres no iba a ser un obstáculo. Hasta que la empezaron a extorsionar unos adolescentes a los que tuvo que atender en su propia sala y pagar Q6,000 la semana pasada. Ésta es su historia.

Cotidianidad

Una esquina en un barrio de la periferia capitalina.

Foto: Carlos Sebastián

Son casi las dos de la tarde de un miércoles y Carla, de 50 años, está terminando de preparar el almuerzo para su esposo y su hijo de 22 años. Arroz con pollo en salsa de chile pasa y pepitoria. Le gusta cocinar y a la gente le encanta su comida. Por eso se le ocurrió el año pasado poner una venta de comida para así contribuir con el pago de la universidad de su hijo.

A cuatro cuadras de su casa hay un campo donde los jóvenes de varias colonias juegan futbol. Los fines de semana, las chamuscas se convierten en campeonatos y se vuelve un punto de reunión para la comunidad. Fue en una esquina del campo en donde Carla empezó a vender ceviches y micheladas.

– Se me llenaba de gente, era un gentío, dice con ojos grandes y una sonrisa brillante que rápidamente desaparece. Encoge los hombros.

– La venta iba bien realmente… pero hay muchos problemas allí.

La felicidad se acabó un sábado cuando tres jóvenes se acercaron al puesto de ceviches. Habían llegado un par de veces antes a comprar comida. No eran amigos ni vecinos. Tampoco eran desconocidos. Como muchas personas que viven en colonias donde los impuestos se pagan a extorsionistas, los cobradores son conocidos.

– No se dónde están sus casas. Pero conozco sus caras, incluso se sus apodos. Son algunos de los…– con un resoplido, sacudiendo su cabeza en incredulidad, termina la frase– algunos de estos muchachos que vienen de ahí del otro lado.

El eufemismo se refiere a otra colonia de donde –según dicen los vecinos– viene la banda de extorsionistas. Es tan peligroso hablar del tema que Carla pide hablar pero sólo a cambio de que no se use su verdadero nombre ni el nombre de su colonia.

– Ellos también venían a los partidos y ya habían comprado comida antes. Entonces de plano vieron el movimiento, y se dieron cuenta de todo lo que vendía y… ya. Me dijeron que tenía 15 días para reunir los Q6,000. Y como ya sabían que solo tengo un hijo. Entonces me dijeron que qué valía más, si la vida de mi hijo o los Q6,000. Entonces les dije que el dinero, ¿va?

Pedir apoyo a familiares y a la policía

Aunque las ventas iban bien, Carla no tenía Q6,000. Vendía los ceviches a Q25 o Q35, y las micheladas a Q25. Cada fin de semana las ventas le dejaban unos Q600 ó Q700. Entonces pidió tiempo para conseguirlo y le dijo a los adolescentes extorsionistas que iba a quitar la venta. Este día Carla les invitó a sus ceviches y micheladas en el campo.

– Mire pues, hagamos algo, junte el dinero y le vamos a dar tiempo, le ofrecieron los extorsionistas.
– Sí, porque yo ya voy a quitar esto.

– ¿Ya lo va a quitar? ¿Para qué lo va a quitar si tan rico que está todo?

No se lo puede creer cuando lo recuerda en la conversación con esta periodista:

– Aguantá. Todavía le dicen a uno que debería seguir. Entonces mejor no. Pero yo se los voy a dar, así les dije. Se los voy a dar.

Hacerse “amiga” de los extorsionistas

Carla dejó su puesto en las canchas de fut. En realidad ya ni va al campo a ver los partidos. Siente que no existe otra opción que pagar. Antes de hacerlo, le preguntó a dos familiares que son policías qué podía hacer. Ésta fue su respuesta:

– Tampoco vas a ir a la policía a poner una denuncia, porque si ya conocen donde vivís y conocen a toda la familia, mejor dalo y nosotros vamos a ver cómo te ayudamos a reunir el dinero. Vale más la vida de ustedes que el dinero.

Pasaron dos semanas hasta que Carla volvió a ver a los extorsionistas. Fue un martes por la tarde y Carla estaba con su esposo. Esta vez eran cinco.

– Vinieron a la casa a preguntar cómo iba yo con el dinero. Entonces los atendí. ‘Pasen adelante’, les dije, porque de plano… es mejor hacerse uno amigo y no enemigo de ellos.

– Los entré, pero solo hasta la sala nomás. ‘Qué tenés’, me preguntaron. ‘Micheladas’, les dije

Carla se fue para la cocina con una sonrisa en la cara, pero muerta de miedo.

– Era una sensación tan fea. Yo solo le escribí a mi hermana en el celular, ‘mira, por cualquier cosa, aquí hay unos tipos adentro.’ Pero ella también tenía miedo de venir a la casa.

Al ratito regresó a la sala donde le esperaban su visitas. Allí en los sillones verdes y suaves donde Carla estaba viendo una película con su esposo, los cinco extorsionistas que amenazaban con asesinar a su hijo si no les daba Q6,000 disfrutaron de las micheladas que Carla les había preparado. Se quedaron una hora.

– Me preguntaron si podían quedarse a ver la película. ¿Qué les iba a decir pues? Incluso me tocó ir al comedor a traer dos sillas más.

No estaban armados. O por lo menos Carla no vio ninguna arma. Nerviosa, Carla aprovechó para explicar que todavía no había juntado todo el dinero.

– Me dijeron que iban a hablar con su jefe. Eran puros patojos, pero puros patojitos de unos tal vez 18,19 años. Solo al más pequeño, que tal vez tenía unos 15, no le di michelada. Tenía gripe así que le traje un papel para su nariz. Antes de que se fueran, fue él que me dio el mensaje: ‘Mire seño, por su seguridad mejor cumpla con lo que le están pidiendo’.

“Ahora está libre.”

Es martes en la mañana. Carla está barriando frente a su casa cuando llegan los extorsionistas.

– Me dijeron que tengo que entregar el dinero hoy a las 10.30 de la noche. Me faltan solo Q1,100, pero como no logré juntar todo el dinero mis tíos me ayudaron. Porque yo nunca he sacado un préstamo, no sabía nada de como se hace eso. Fui a preguntar en el banco, y hay que pagar 35% de intereses. Eso es demasiado caro.

Su esposo e hijo fueron a juntar los Q6,000. Carla está ansiosa. Aprieta el celular en su mano. Se escucha un estallido en la calle y gente que grita. Corre hacía la puerta, sospecha que algo ha pasado a su familia. Qué pasó, grita. Qué pasó, grita otra vez. Alguien atropelló un perro.

Cae la noche y se acerca la hora de entregar el dinero. Carla está todavía más ansiosa. Está temblando. De repente alguien toca la puerta. Eran tres de los jóvenes, los extorsionistas, que habían venido antes a su casa. Vinieron a avisarle dónde tenía que entregar el dinero y cómo tenía que ir vestido.

Carla y su esposo van para el lugar indicado en moto. Es frente una iglesia. En una bolsa plástica cargan los Q6,000. Allí los esperan dos hombres vestidos de negro de pies a cabeza. Están frente a una camioneta grande, y Carla no sabe si adentro hay más personas. Tampoco sabe si traen armas. Solo se les miran los labios porque tienen pasamontañas. Ni se les miran los ojos por la sombra de las gorras que traen encima de las capuchas. Pero Carla sabe que no son los jóvenes que han llegado a su casa. Físicamente son más grandes y las voces son de hombres adultos, no adolescentes. Carla no sabe ni si hace frío o calor, pero no deja de temblar.

– Yo soy Carla. Aquí les entrego el mandado.
– ¿Vienen cabales?

– Sí, vienen cabales. Espero que sea la única vez. Así me habían dicho.
– Sí seño, no tenga pena. Esa es la única vez. Es por su libertad y la de sus compañeros. Si alguien más le viene molestar, nosotros nos encargamos. Ahora está libre. Dios la bendiga.

Pia Flores
/

Buscadora de las historias invisibles y experiencias con sentido. Antropóloga irreverente y amante de la diversidad, la noche, las auroras cansadas y los cuentos que tardan.


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COMENTARIOS

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    Claudia /

    25/02/2017 8:59 PM

    Lástima que comienzan eliminando ratas y después se vuelven iguales q estas lacras.

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    ¡Nítido!

    Claudia /

    25/02/2017 8:52 PM

    Falta un par de grupos de limpieza social.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Marco Miguel /

    14/02/2017 1:27 PM

    Lo interesante es que no eran los mismos jóvenes, y llegan en una camioneta... entonces es fácil es gente muy gruesa que usa a los chicos para hacer el trabajo sucio... La verdad que cobarde, si al menos fueran los patojos, sería fácil acabar, pero si la historia es cierta, entonces es una buena estructura que extorciona en todo el país.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Dixie Dixie Araña /

    14/02/2017 10:45 AM

    Esta es una desgracia, la señora estaba haciendo un gran esfuerzo en trabajar arduamente para sacar adelante a su hijo, mientras que una bola de araganes, infelices, sin estudio que deberían estar 3 metros bajo tierra porque no tienen nada que agregar a la sociedad le quitan 6 mil.
    Donde putas está la policía, el gobierno, el pinche presidente payaso estupido que tenemos en el poder...
    Señores PDH después no se quejen de que la justicia la tomemos en nuestras manos

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Mario Paredes /

    13/02/2017 7:34 AM

    Mejor hacer como en Filipinas:extorsionista visto- extorsionista muerto, asesino visto-asesino muerto. Cuando tengamos 50 ejecutados diarios paramos para aguantar el repudio internacional de "los derechos de los delincuentes", esperamos unos dias y seguimos. En 1 año ya habremos limpiado las calles. Ahora en las carceles separar a los de delitos menores, juntar a violadores con mareros y asesinos, rociar con gasolina y quemarlo todo sino no van a alcanzar los cementerios y enterrarlos uno a uno sale muy caro.

    ¡Ay no!

    1

    ¡Nítido!

    Hector Xionado /

    10/02/2017 2:11 PM

    Si el relato es cierto, eso no para con la entrega de dinero, regresaran por más y más hasta que la obliguen a irse de allí.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Cynthia Fernández /

    10/02/2017 7:55 AM

    Qué triste que el final no fue otro y ella hubiera podido contar con el apoyo de la policía que incluso era parte de su familia.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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