La casa de las flores, o cómo hacer telenovelas para villanas

La serie es una forma de abrir camino, nos dio permiso oficial en boca de doña Verónica Castro para cuestionar la heteronorma, desestigmatizar a los consumidores, burlarnos del racismo y del clasismo y nos dio su bendición a todas para ser unas perras del mal.

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Cuando era niña no me dejaban ver telenovelas. Podía ver la que pasaban sagradamente a las 8 pm por uno de los dos canales nacionales que había en Colombia en esa época, con mis abuelas y mi mamá, y con frecuencia me quedaba dormida. Empecé a ver novelas tarde en la primaria, después del colegio mientras almorzaba frente al televisor con la empleada doméstica viendo Univisión y toda su franja de la tarde. Recuerdo mucho que el día que pasaban el final de Pasionaria se fue la luz en Barranquilla y se sintió como una tragedia local.

Sin embargo, yo, de forma manifiesta, odiaba las telenovelas. Pero me las veía todas. Decía que “no era como las otras chicas” pero obviamente lo era. La fantasía del príncipe azul no me gustaba no porque no soñara con ese amor monógamo heteronormado y jartísimo que nos proponían las telenovelas, sino porque era muy alta, muy angulosa, o en pocas palabras “fea”, así que mi papel en el script de la vida no iba a ser nunca el de la protagonista. Ah, pero con mi pelo negro y mi nariz grande, sí que sería una gran villana.

Y por eso me encantaban las villanas. Pero era muy frustrante ver cómo a pesar de ser decididas, ambiciosas, asertivas y persistentes, todo les salía mal. En cambio las ingenuas protagonistas sin hacer nada se iban dando de bruces con el amor de su vida. Sistemáticamente les cedían sus oportunidades a otros, y a pesar de su casi nula ambición todo les terminaba saliendo bien y sus triunfos los recibían con una dulce y solapada sonrisita.

Claro, había personajes como La Gaviota (obviamente la colombiana), una talentosa campesina que cae víctima de una red de trata que se la lleva a Europa, pero ella se escapa y logra que la extraditen de vuelta a Colombia no sin antes aprender tres idiomas. Luego comienza de recepcionista en una empresa y termina casi que de presidenta, y luego se casa con el dueño, un hombre con impotencia sexual selectiva que le había guardado fidelidad involuntaria pues solo podía coger con ella. Luego de casada se dedica a la maternidad y dirige la compañía desde su finca cafetera. Teresa Suárez, Carolina Olivares o La Gaviota, no era una ingenuota con ojos de vaca; en cambio maldecía, se emborrachaba, mentía y conseguía todo lo que quería siempre con un vestido de muerte que le había hecho su mamá. Pero era una excepción.

Cuando Betty la Fea se convirtió en un éxito internacional los gringos hicieron un remake. Pero en esta versión gringa Betty no tenía que pasar por un makeover para ser amada, sus pretendientes la querían y se peleaban por ella sin importarles su supuesta fealdad. Tampoco tenía un incómodo romance con su jefe y su sobrinito era expresivamente gay. Sin duda los gringos tomaron una buena idea y la hicieron mucho mejor. Se dieron cuenta del poder adictivo de las telenovelas.

Y luego vino Desperate Housewives que lanzó al estrellato a la actriz latina Eva Longoria. Luego Longoria fue la productora de la serie Devious Maids que aprovechaba los tropos de las telenovelas para contar la historia de cuatro mujeres latinas en L.A. Esos guiños a la telenovela se convirtieron en una clave para representar y atraer a la audiencia latina en Estados Unidos.

Así muchas series sobre latinas y para latinas empezaron a producirse. Entre mis favoritas está la impecable comedia One Day At The Time en Netflix, también un remake de una serie de los ochentas pero con una nueva protagonista cubanoamericana y con la maravillosa Rita Moreno en el papel de abuela. De las mejores comedias de los dos últimos años. También está el remake de Dynasty, en el que la cazafortunas que se casa con el magnate petrolero es una venezolana que llega con su sobrino gay. En el capítulo de Navidad bailan salsa deliciosamente ante su nueva familia Wasp que los mira anonadada. Dynasty es una gran serie no porque sea muy innovadora o cerebral sino porque cumple exactamente lo que promete. Finalmente está la maravilla de Jane the Virgin, también un remake de la novela venezolana Juana la Virgen, pero hecha con una maestría, humor y delicadeza que la ha convertido de manera consistente en una de las mejores series de la televisión estadounidense. Así como quien no quiere la cosa le tira puyas a Trump, habla de la migración, del aborto de forma liberadora y maravillosa, del cáncer, de los profundos miedos humanos, de ese valor tan latino de “la familia” centrada alrededor de la figura de la abuela (quien siempre habla español frente a la cámara), desde un punto de vista progresista que es una evidente apuesta política, pero que se disfraza en el  incomprendido ridículo de la telenovela.

Mientras los gringos usaban el género con ironía y para cuestionar los valores tradicionales, las novelas latinoamericanas se seguían sintiendo moralistas y maniqueas. Hasta Luis Miguel, que es reciente y podía ser más arriesgada al no hacer parte de la máquina de manipulación política y social que es Televisa, se quedó en presentarnos ese gusto fácil en el que los buenos son muy buenos y los malos muy malos. Latinoamérica perdía y jugando de local.

Pero todo eso cambia con La casa de las flores. La casa de las flores es la reapropiación del género narrativo latinoamericano por excelencia que yo y quizás todas las amantes de las telenovelas estábamos esperando. Es una Telenovela con todos los ingredientes de la telenovela pero que se vuelve posmoderna al mirarse a sí misma con humor y con ironía y además de todo hace una crítica social muy fina. Sus valores son progresistas, el amor heteronormado de ‘se casaron y fueron felices’ no tiene un lugar protagónico y ya nadie se escandaliza con el obligado descubrimiento de que “él no es tu papá”.

Pero lo más bello que tiene es que las protagonistas son sus villanas.

“Ya sabes que el karma es lento y hay que ayudarle” dice Verónica Castro, quien, más vigente que nunca se echa el papelón de una matriarca marihuanera, controladora y vengativa y yo nunca me había sentido tan identificada con un personaje de la televisión. Y luego está Paulina, la hija mayor, que mueve todos los hilos de la historia con una voz monótona pero extrañamente agradable y adictiva como la del doctor Spock. Paulina se parece a mi mamá, siempre racional, siempre tranquila, como si tuviera talento para caminar por la cuerda floja. Nos enteramos de que Paulina está enganchada en el tafil y todo cobra sentido. Y yo, que también soy una bruja controladora la entiendo, si no ¿cómo lidiar con los secretos que cargas y los constantes errores de todos a tu alrededor? Me hace pensar en uno de los slogans con los que se comenzó a vender el Valium en los años 50 a las mujeres que se sentían desalentadas al tener que volver a su rol de ama de casa luego de que durante la guerra les hubiera permitido un trabajo asalariado: “How to do the dishes and like it” (cómo hacer para que te guste lavar los platos). Saber que Paulina está enganchada con el Tafil y Virginia con el porro es saber que no son perfectas ni todopoderosas, que a pesar de ser eficientes y decididas también está haciendo lo que pueden con lo que tienen, como todas nosotras.

Me dirán que soy una exagerada al gritar que con una serie de 13 capítulos llegó el revival de la telenovela latinoamericana y tendrán razón. Pero me parece que la serie es una forma de abrir camino, nos dio permiso oficial en boca de doña Verónica Castro para cuestionar la heteronorma, desestigmatizar a los consumidores, burlarnos del racismo y del clasismo y nos dio su bendición a todas para ser unas perras del mal. Y no sé si las espectadoras podamos volver tan fácil a las viejas historias ahora que nos sentimos tan cómodas con nuestra maldad.

Esa absoluta bondad de las protagonistas de telenovela siempre fue un mensaje político con el que nos decían que debíamos ser pasivas, sumisas y resignadas. También nos daba la idea de que para merecer amor incondicional debíamos ser perfectas como la Virgen María, lo cual es aburrido e imposible. Por eso uno cae tan fácil en comedias románticas en donde intentan vendernos a la protagonista como cercana a fuerza de sus torpezas o errores, pero esos personajes no están muy lejos de la protagonista de telenovela y con frecuencia son blandengues e insípidos como Bella Swan o un permanente desastre impresentable como Bridget Jones. Y sentirse identificada con las torpes no está mal, vaya y venga. Pero yo más que identificación, quiero aspiración.

Yo estoy feliz de ver mujeres que odian intensamente, que se equivocan porque la vida es dura e injusta y no porque ellas son unas taradas: las espinas de la Rosa de Guadalupe. Esos sí son personajes de mujeres con los que me quiero identificar. Y para ser malvada hay que tener astucia y conciencia. Las acciones de las villanas no son un azar que luego el destino borrará, sino el motor de las historias.

Catalina Ruiz-Navarro
/

Feminista caribe-colombiana. Editora de Volcánica. Exdirectora fundadora del proyecto (e)stereotipas. Columnista de El Espectador, El Heraldo, Revista Cromos, Vice-México y Univisión. Estudió Artes Visuales y Filosofía y tiene una maestría en Literatura; ejerce estas disciplinas como periodista.


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    El cacas /

    29/08/2018 11:05 AM

    Saludenme

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Pamela Arreaga /

    29/08/2018 4:31 AM

    Honor y Gloria a nosotras las brujas marihuanas, controladoras, vengativas y de buen corazón.
    "El karma es lento y hay que ayudarle" ... ser servidoras del Karma a domicilio es nuestra vocación!

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Mercedes Escoto /

    28/08/2018 4:27 PM

    lo amé!! Todo!!! Gracias!

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Juan Carlos /

    28/08/2018 2:37 PM

    Interesante. Solo un punto ¿Quienes o cómo se definen "los consumidores"? y según lo anterior ¿Por qué razón hay que "desestigmatizrlos"? Saludos.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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