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La Revolución y los arqueólogos del futuro

En "El tercer chimpancé. Origen y futuro del animal humano", el profesor Jared Diamond, generoso y simple, nos narra una de las apuestas más arriesgadas que hizo la evolución para asegurar nuestro tambaleante futuro: no solo había que invertir la limitada energía de cada uno en la reproducción, esto es, en la supervivencia de la especie, sino también en prolongar la vida de los individuos que la conforman.

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Esta es una opinión

Luis Méndez y Carmen Lucía Alvarado, editores de Catafixia, expusieron en la feria de Frankfurt.

Foto: Arnoldo Gálvez

Antes de la aparición de la escritura (como el libro citado), la única manera de garantizar la transmisión de conocimientos era a través de los más viejos, hombres y mujeres que, cuando ya la artritis o el glaucoma les impedía cazar o recolectar, se sentaban sobre una piedra a contarles a los jóvenes lo que habían visto y vivido. ¿Y para qué? ¿Para entretenerlos? ¿Para que les hiciera mejor la digestión después de un asado de mamut y pudieran dormir sin sobresaltos?

Puede ser. Pero principalmente porque, prestándole atención a la voz de los viejos, los jóvenes podían ahorrarse la extinción en medio de un remolino de ignorancia. Desde entonces nos quedó la costumbre de acercarnos a nuestros mayores, sobre todo en momentos de crisis, de desastre o de desmadre (como este), para lanzarles a quemarropa la más importante de las preguntas: ¿y ahora qué?

Arqueólogos del futuro

Por eso hay sobradas razones para profesarles admiración a Carmen Lucía Alvarado y a Luis Méndez Salinas. En principio porque los libros de poesía Códex e Imagen y Semejanza son ya imprescindibles. Luego, porque un día Carmen y Luis decidieron que no era suficiente dedicarle toda su energía vital —que es mucha— a la escritura de la propia obra poética y se pusieron a clasificar y a registrar, como arqueólogos venidos del futuro (Luis es arqueólogo), lo mejor de la poesía contemporánea escrita en Guatemala y América Latina. Para hacerlo fundaron Catafixia, una editorial que nació a partir de un préstamo y con ello lograron lo que nadie: conseguir doblegar la voluntad de un banquero (en este caso el tipo que les autorizó el préstamo) en favor de la poesía.

Más tarde supieron que no bastaba con entablar conversaciones con el propio ombligo generacional y voltearon a ver a sus mayores. De esa torcedura de cuello nacieron, con el sello de Catafixia, libros de poetas guatemaltecos que hay que leer con urgencia, como Francisco Morales Santos, Isabel de los Ángeles Ruano o Francisco Nájera, y de poetas canonizados en vida, como el chileno Raúl Zurita y el español Antonio Gamoneda.

Con lo anterior bastaría para que cualquiera de nosotros, satisfechos, nos fuésemos a dormir sonriendo todas las noches. Pero otra preocupación, tan vital y tan honda como la propia poesía, los obligó a voltear de nuevo, ahora hacia la Historia, para ver si debajo de la fosa común podían rescatar (otra vez arqueólogos) asideros éticos con los cuales enfrentarse al desastre nacional actual (desastre que no hace falta describir y convertir con ello el final de este párrafo en una perorata lastimera).

Setenta años después del triunfo de la revolución, que comenzó en la madrugada del 20 de octubre de 1944 y terminó, diez años después, con la humillante imagen de un presidente exhibido en calzoncillos (imagen que le habrá producido espasmos de gozo a los señores miembros de la alianza entre las élites locales y los Estados Unidos, tan encabronados como estaban con la revolución y sus conquistas y cuyo objetivo, al poner en circulación semejante imagen, en muy poco se diferencia de la costumbre medieval de exhibir las cabezas de los vencidos clavadas en una picota), Catafixia nos obsequia dos libros cuya lectura, una vez más, es ineludible: Árbenz: tres discursos desde una Guatemala inconclusa y Arévalo: discursos desde una Guatemala inconclusa.

El obsequio no es gratuito, es acaso un llamado a que, leyendo los discursos que hace siete décadas pronunciaron dos de los protagonistas de la revolución guatemalteca, nosotros, ahora, recuperemos no ya el programa político que quedó truncado entonces y para siempre, como nos lo explica Bernardo Arévalo de León en el prólogo al segundo de los libros, sino quizá el espíritu, el arrojo ético —solidario, entusiasta, vacunado contra la cobardía— que animó a los revolucionarios de entonces. Todos jóvenes, todos valientes. Como Carmen y Luis.

Para mi generación, el ejercicio de leer los discursos de Arévalo y Arbenz hoy, sesenta años después del fin de la revolución, se parece a ese diálogo entre nietos y abuelos que comenzó mucho antes de que comenzara la Historia.

Arnoldo Gálvez Suárez
/

Escritor de ficción. Y periodista cuando algún asunto fascinante lo obliga a levantarse de su escritorio para salir a la calle. Ha publicado el libro de relatos La Palabra Cementerio (2013) y la novela Los Jueces (2009), XI Premio Centroamericano de Novela Mario Monteforte Toledo. @ArnoldoGalvez


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    ANONIMO /

    30/10/2014 9:06 AM

    […] Se reparte mucho material en esos espacios, algunos que insisten en las viejas categorías que parecen darle la razón a los que dicen que estos asuntos “dinosáuricos” se resisten a morir y a evolucionar. Pero no solo viejas consignas y a los Guaraguao se escucha ¡esa música! Ahí estaban Luis y Carmen, por ejemplo, regalando ejemplares con los discursos de Arévalo y Árbenz que ellos mismos editan y que financian con dinero prestado de banqueros a los que sorprendentemente han embaucado, como cuenta Arnoldo Gálvez. […]

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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