Vivimos en un país desigual y aquí no pasa nada

El proceso electoral está que arde, aunque por las razones equivocadas. ¿El sistema político?, completamente roto.¿El diálogo?, de sordos. La ciudadanía reclama ¿y? la clase política se hace la desentendida. Más aún, su cinismo es abundante y la superficialidad con la cual se tratan los grandes retos de desarrollo del país es monumental.

Opinión Política
Esta es una opinión

Foto: Sandra Sebastián, Plaza Pública

Y no es que toda esta gente que aspira a cargos de elección popular tengan que ser una élite de iluminados (¡cosa que a todas luces no son!), pero si tan solo pusieran un poco de atención y dejaran de verse el ombligo, se darían cuenta que afuera hay todo un mundo en el que están sucediendo cosas y al que valdría la pena escuchar y prestarle más atención.

Para muestra este botón: el 25 de septiembre los líderes mundiales se darán cita en una sesión especial de la Asamblea General de la ONU para darle el banderazo de salida a la nueva agenda global de desarrollo que regirá de aquí al 2030: los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).  Probablemente será uno de los acuerdos internacionales más importantes de los últimos tiempos por las implicaciones que tendrá en materia de inversión pública y privada. Pero aquí a los candidatos no se les oye una opinión al respecto.

En esta nueva agenda hay algunas novedades interesantes.  Hay un nuevo invitado a la fiesta y otro que una vez más será el gran ausente.

El nuevo invitado es la desigualdad –ahora más conocido como el ODS 10: reducir la desigualdad en y entre los países–. Un reconocimiento a la importancia que tiene el tema en la gobernabilidad y crecimiento económico. Pero no nos confundamos. No llegó al baile por mérito propio, sino como respuesta al surgimiento de protestas y expresiones de descontento público.  Principalmente ciudadanos en países desarrollados que exigen cambios en la forma como el sistema actual premia y castiga a vencedores y perdedores del mercado, generando así profundas diferencias en los estándares de vida de ese pequeño y exclusivo grupo de los que más tienen y heredan versus el resto de todos nosotros.

Por su parte, el gran ausente volvió a ser el desarrollo rural. Tema central para regiones como África, Asia y, en menor medida, América Latina. La transformación y el desarrollo rural de nuevo quedó al margen, sin lograr la visibilidad política necesaria. Tendrá que conformarse con andar por ahí, subsumido dentro de algunas de las 169 metas de los ODS.  Disperso y mezclado entemas de agricultura sostenible, pobreza, acceso a energíay cambio climático.

Ambos, el invitado y el ausente, son temas que llevan muchos años influenciando nuestras formas de ver y entender el mundo. Ambos subyacen y operan de manera silenciosa en la mente y accionar de los tomadores de decisión.  Explican una parte importante de nuestros conflictos sociales más agudos y en muchos casos son la fuente principal de una débil cohesión social en muchos países del planeta.

Lo curioso es que si ambos, desigualdad y desarrollo rural, son de naturaleza estructural e históricamente han estado relegados a un segundo plano, ¿por qué es que hoy uno se cuela a la fiesta y el otro queda fuera?  La explicación está en la coyuntura, en este caso, la de los países desarrollados (Estados Unidos y Europa principalmente).

Al fin y al cabo para eso sirven las coyunturas, para poner sobre el tapete temas que luego la sociedad puede o no abrazar. Esta vez fue clarísimo que la prioridad de los países desarrollados logró colarse en la lista de objetivos mundiales. La desigualad hoy les aprieta el zapato, y en consecuencia se sienten forzados a hacer algo al respecto. El desarrollo rural no corrió con la misma suerte.

Es interesante comparar lo que se discute internacionalmente con lo que no se discute en Guatemala.  Ambos temas son importantísimos aquí también.  Son nuestro gran elefante en el cuarto.

No solamente somos uno de los países más desiguales del planeta, lo cual dificulta muchísimo ponernos de acuerdo como sociedad, reduciendo así nuestra capacidad de hacer crecer la economía y con ello reducir pobreza.  Además, también somos uno de los países con mayor porcentaje de población rural en Latinoamérica.

Lo natural entonces sería que equidad y promoción del desarrollo rural fuesen dos pilares de cualquier agenda o plan nacional de desarrollo. Pero no es así. La cadena de transmisión entre necesidades, prioridades, diálogo social y acciones efectivas del Estado está rota.  No conecta ambos extremos.Preferimos discutir pobreza que desigualdad, y el desarrollo rural se minimiza y confunde con una agenda agrícola o agraria.

Es muy probable que los ODS nos induzcan durante los próximos años a discutir reformas fiscales progresivas y nuevos esquemas de protección social, lo cual es muy necesario en Guatemala.  Sin embargo, será menos probable que podamos apuntalarnos en los ODS para promover el desarrollo rural.  Tendremos entonces que encontrar otros aliados o bien crear condiciones internas en el país para poder seguir avanzando sobre este último tema.

Como sea, la apuesta y el mensaje que dará en unos días la comunidad internacional está dado: menos pobreza, más prosperidad y cuidado del medio ambiente.  La forma específica que adopte en nuestro país depende de nosotros.

 

 

Tomás Rosada
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Nómada desde siempre, amante de la literatura latinoamericana y economista. Hijo y nieto del parque Colón. Sin querer se metió al callejón del desarrollo y nunca más volvió a salir de allí. Dice que algún día volverá a Guatemala para dedicarse a lo que más le apasiona: vivir en el centro, escribir versos, escuchar historias de parroquianos, buen café por las mañanas y buen vino por las tardes.


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