A donde no me alcance la miseria

La miseria de esta tierra cae como gruesas gotas sobre terrenos baldíos, arde en una enorme hoguera de chunches viejos. La realidad es un relato triste que es imposible dejar atrás.

Blogs escritor ficción literatura Opinión P369
Esta es una opinión

Foto: Julio Prado

Hacía, como era previsible, un calor insoportable. La humedad provocaba que la temperatura se sintiera aún más elevada, como si el mar soltara bocanadas de un aliento en llamas. Nos habían invitado a pasar el fin de semana en una maravillosa casa en el puerto y ahí estábamos todos, sometidos a la inmisericorde condición del trópico.

Para pasar el calor, estaba sentado en el bar bajo un enorme ventilador que oscilaba moviendo el aire caliente y húmedo bajo el techo de palma mientras bebía un ron con coca. El resto del grupo, tomaba el sol junto a la piscina que reflejaba los rayos de sol que lograron pasar entre las hojas de una palmera.

Apenas eran las diez de la mañana del domingo. Habíamos desayunado yogurt y frutas, que luchaban por mantener la forma ante el angustioso calor al que estaba sometidas. Nos habíamos hecho unas mimosas para encender el motor.

Yo de todas formas ya lo traía encendido. El viernes, antes de salir hacia el puerto, había ido a recuperar el terreno de un cliente que había sido tomado por unos invasores. Era un grupo de gente que vivía en un municipio cercano a la capital y que habían decidido tomar esta porción de tierra para ellos.

Invitaban a otros al terreno y les cobraban por estar ahí. Luego los sacaban a balazos. Eso fue lo que nos dijo un vecino que veía cómo llegaban familias con sus cosas y se iban en la mitad de la noche luego de haber sido amenazados por los tiros al aire. Entonces volvían a traer a más gente, a sacarle el dinero y repetir el ritual de los tiros.

Un año pasaron en esas. Estaban todos nerviosos, los vecinos aseguraban que se trataba de mareros. Hasta que ocurrió el milagro del desalojo.

Antes de abandonar por completo el terreno, un muchacho flaco tomó las cosas más viejas que quedaban sueltas y las apiló en medio del terreno. Estábamos al lado de la carretera, pero apenas se podía ver el techo de los camiones pasar a toda marcha, por la altura de los maizales que habían sembrado los invasores.

El muchacho pidió unas cerillas, pero nadie ahí tenía a mano. Así que fue a la tienda por ellas y regresó a prenderle fuego a la pila de cosas que ardieron sin remedio. Había un sillón en llamas en medio del pasto, colindando con un grupo de casas plagadas de banderitas ondeando en patrio ardimiento.

Claritas se veían las llamas consumir la madera hasta volverla carbón y luego nada. No dejaba de pensar en eso mientras estaba bajo el techo del bar mirando a mi esposa tomar el sol en la piscina. No pensaba en la situación en general o en dónde estarían los invasores ese domingo, sino en las llamas consumiendo las cosas en medio de un sitio al lado de la carretera, entre casas llenas de banderas azul y blanco ondeando con insistencia.

Tuve que poner en pausa esas ideas porque se nos terminó el hielo, así que dejé mi cómoda silla en el bar y le pedí a F. que me acompañara a comprar más hielo y ron porque las reservas estaban por acabarse. La noche anterior habíamos ido a conseguir provisiones, montados en un pickup. Decidí irme en la palangana, de pie, como adecuándome a las circunstancias salvajes del terreno, como si fuera a lanzar mi candidatura a presidir el pantano.

Estaba atardeciendo y vi parvadas de pájaros volar sobre los terrenos baldíos abrazados al salitre. La luz naranja iba cediendo por un violeta más intenso como signo inequívoco que la noche estaba por consumir la playa. Así habíamos ido la otra noche, a riesgo de que la copa de un árbol me decapitara por querer sentir el aire. 

Esta vez decidimos irnos dentro del auto y F y yo tuvimos una conversación sobre la angustiosa condición del clima. Pero el camino era relativamente largo y hablamos de otra cosa.

Los pueblos al lado del mar son todos tristes, dije, mirando las casas maltrechas entre el polvo y las piedras. La gente de los puertos mira la riqueza del país irse y venir, pero no pueden tomar nada, salvo su sueldo, añadí. F. se prendió con el tema, y me replicó: no solo ven ir y venir la riqueza, la cargan sobre sus espaldas.

Ambos nos quedamos en silencio un momento y solo hablamos hasta que encontramos el super y compramos el hielo. Volvimos a la casa con las provisiones y la tarde que nos encontró en la misma condición deplorable que nos había dejado la mañana y el ron con coca. Hasta que se dieron las cuatro y teníamos que devolver la propiedad, después de que la inspeccionara el guardián que era un anciano tostado por el sol con evidentes cataratas en los ojos. Parecía un faquir ciego de lo flaco que estaba.

Pasamos la inspección y al salir todos de vuelta a la ciudad, formamos una caravana. Nuestro auto iba a la cabeza y de pronto nos encontramos con una fila detenida. Un entierro venía rumbo al cementerio del pueblo. Lo encabezaba el auto de la funeraria y tras él, una fila de gente cargando un féretro. El auto de la funeraria tenía un parlante y a través de éste, llevaban aquella canción de Viejo, mi querido viejo, a todo volumen.

Parecían todos resignados. Una mujer iba cargando el féretro entre muchos hombres. El sol les pegaba de frente en el rostro y quizá por eso ahora que trato de hacer memoria no recuerdo otra cosa sino sus ojos, que más que tristes, eran de una dureza excepcional, como si se enfrentaran por igual al sol que los iluminaba o a la muerte de su padre. 

Terminó de pasar el entierro y finalmente pudimos salir a la carretera. Aceleré entre los cañaverales. Iba a 140kms por hora. Hasta que encontré una tormenta. No sé si ustedes han visto llover en la costa, pero cuando llueve lo hace con tal violencia que parece que el agua quisiera rajar la tierra.

Así llovía, con viento y gotas gordas que se estrellaban contra el vidrio como si fueran pequeñas piedras. Una caravana de motociclistas iba muy despacio porque también los agarró la lluvia. Todos llevaban banderas azules y blanco empapadas, algunas rotas. Las mujeres iban todas de compañeras en las motos y abrazaban al piloto buscando un poco de calor para pasar el agua. Parecía que no iban a ningún lado de tan despacio que andaban, con su fervor patrio.

Puse algo en la radio. Pensé en el fuego que consumía el sillón; en el muchacho flaco, que dejó el terreno diciéndole a su familia “ya no quiero pasar más vergüenzas”.  Y me nació el repentino deseo de regalarme a la tristeza. De quemar todo e irme de esta ciudad feroz a donde no me alcance la miseria. Pero comprendí que ya era tarde para eso.

Julio Prado
/

Escritor, abogado, tuitero del trópico, esposo abnegado, surfista de la web y padre del niño más genial de la comarca.


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COMENTARIOS

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    Carlos Ferdi /

    02/10/2018 7:59 AM

    Qué cuento tan malo y pretencioso. Tiempo, sí es cuento, ¿verdad?
    Acaso todavía no te has dado cuenta de que satanás no cabalga tu alma...

    ¡Ay no!

    3

    ¡Nítido!

    Chapin Abroad /

    02/10/2018 5:52 AM

    Las mismas imagines se pueden ver en USA. Camine por las calles de Detroit MI, Memphis Arkansas, Hempstead NY, Gary Indiana y cientos mas. El modelo economico de Guatemala se basa en los grandes capitalistas. Pero si eso lo entristece, visite China o la India y vera que Guatemala es aun afortunada. No Justifico el modelo; llevo en mi mente al cortador de caña y al trabajador de la bananera; Dios los bendiga y puedan salir de esa semi esclavitud que paga Q40-Q50 diarios en las peores condiciones que he conocido. En USA mientras, la libra de banana en el supermercado cuesta $0.50 y uno se pregunta como? si eso no cubre transporte, ni manejo no decir ganancias para Chiquita Dole o el Mismo supermercado..... Imaginese cuanto factoran ellos para el trabajador.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    El Coyote Cojo /

    01/10/2018 5:07 PM

    Sí, para algunos ya es demasiado tarde para echar raíces en otras tierras, en otras realidades menos sufridas. Es bueno purificar con fuego, sobre todo los pensamientos agríos del pasado y del presente, mas no la fe, a veces casi imposible, por un mejor futuro en el macondo chapín.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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