De abejas, heavy metal y el pequeño dictador que llevamos dentro

Hace poco, una imagen de abejas con la palabra muerte acompañada de un término extraño llamó mi atención y quise escribir una reflexión al respecto.

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Esta es una opinión

Foto: Pixabay

Hasta hace unos días no tenía idea de la relación entre las abejas y los neonicotinoides. Las primeras son insectos polinizadores y los otros, insecticidas sistémicos que las plantas absorben y están presentes en su polen y su néctar. Hay estudios que vinculan a estos pesticidas con el declive de las colonias de abejas en el mundo.

Yo no conozco mucho del mundo agropecuario, aunque comprendo la importancia de las abejas no solo como productoras de miel, sino en el proceso de polinización de las plantas que da como resultado que crezcan las tres cuartas partes de nuestro alimento a nivel mundial. No me atrevería a ser tajante sobre el tema porque no tengo toda la información que me ayudaría a afirmar que la muerte de las abejas es por culpa de los neonicotinoides o si los culpables son otros factores que también les afectan como el ruido de las ciudades. 

Supongo que quienes trabajan en los ministerios de Agricultura, de Ambiente o de Salud y que tienen a su cargo ese tipo de decisiones deben tener conocimientos sólidos sobre este tema. Asumo que no solo son burócratas con un bonito sueldo que llegaron al puesto por conectes o favores políticos y esperaría que tomen decisiones informadas. Que cuando autorizan o prohíben el uso de ciertos productos, es porque tienen una visión amplia de las consecuencias de sus decisiones y que pueden sopesar los pro y contra en el panorama global de nuestro medio ambiente, ¿le suena a que de pronto, no es siempre de esta forma?

Admito que lo que más llamó mi atención de la imagen que vi, fue que su llamado a la acción era pedirle al Estado que prohíba el uso de dichos pesticidas. No pedían que la gente se informara sobre el tema. A mí me tomó Wikipedia  y un par de artículos y noticias tener una idea global de la polémica. Tampoco pedían que quien tenga una plantación se informe sobre los pesticidas que usa. La solución, como el remedio universal a todos los males, es que el Estado nos diga qué es mejor para nosotros, que sea alguien más quien tome la decisión y mucho mejor, si no nos enteramos de cómo o porqué. En realidad no nos importa si ese ese alguien es un burócrata al que pistearon, alguien con los suficientes prejuicios a favor o en contra de un grupo o si debe favores políticos. Quizás lo de las abejas y los pesticidas sea bastante ajeno para los que no trabajamos el campo, pero es solo uno de tantos temas sobre los que le damos control al Estado y descansamos contentos de no tener que preocuparnos por ello.

El Estado es ese conjunto de poderes y órganos de gobierno del país, una institución que trasciende a los gobernantes de turno. Entiendo que, por ejemplo, el Estado es mayor y más permanente que cualquier grupo de diputados que cada cierto tiempo monta un show para captar la atención hacia ciertos temas y desviarla de otros. Sin embargo, también entiendo que es la suma de las decisiones de muchas personas, con cuotas de poder, con intereses personales, prejuicios y sus propias definiciones de qué es importante o prioritario.

Todos tenemos temas con los que estamos en desacuerdo a nivel social, eso es perfectamente normal y razonable. Una sociedad sana debe tener temas que hay que discutir para llegar a acuerdos, problemas que solucionar e ir mejorando con el tiempo. El problema empieza cuando intentamos usar la fuerza para obligar a los demás a hacer lo que a nosotros nos parece correcto o lo que nos conviene. Al principio son cosas pequeñas y aparentemente inofensivas, cosas que parecen buenas para todos, como pedir que prohíban el uso de un pesticida, la presentación de un grupo de black metal o el uso de ciertos colores en el diseño de un documento que emite el gobierno. Nada impide que después de pequeñas victorias, los objetivos de los grupos ejerciendo presión sean más grandes. Después podrían organizarse para pedir que se penalice a quien no pertenezca a cierta religión, incluso a quien no practique ninguna religión o segregar a ciertos grupos sociales.

Todos y cada uno de los dictadores en el mundo, en cualquier momento de la historia, han llegado al poder con las mejores intenciones. Cada uno de esos hombres pensó que en sus manos estaba el poder para hacer que el Estado a su cargo fuera el más próspero, pacífico y feliz del mundo. Todos los dictadores empiezan con un ideal y terminan con un desastre en las manos porque para lograr sus metas deben reprimir la libertad, callar a cualquiera que esté en desacuerdo con ellos, eliminar a cualquiera que se oponga a su plan, sin importar cuánta fuerza deban usar para ello.

Una de las cosas que me preocupa en la vida es ese pequeño dictador que todos llevamos dentro y que nos dice que nosotros sabemos qué es mejor para los demás, aún cuando ignoramos todo el contexto que pueda afectarles. Yo trabajo cada día en recordarme que no tengo todas las respuestas y que no tengo por qué imponerle mis ideas a nadie, pero también para recordar que tengo derecho a ellas y a defenderlas si es necesario. Le tengo mucho miedo a los que sistemáticamente ignoran que «Entre los individuos, como entre las Naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz», como bien dijo Benito Juárez. A los que a la menor provocación claman porque se prohíba cualquier cosa que les parezca diferente y, por lo tanto, amenazadora.

Aquí cabría el argumento usual de que las religiones, en especial las monoteístas, son intolerantes, pero la religión es otro conjunto de poderes, una institución que puede coexistir con otras similares dentro de un territorio. La religión, la iglesia, es la suma de las decisiones de los individuos que son parte de ella. Entiendo que las personas busquen su salvación eterna, estar en comunión con Dios y compartir con otros que tienen esa misma búsqueda. Me preocupa cuando su pequeño dictador les dice, desde sus corazones o desde un púlpito, que tienen la obligación de hacer que más personas se conviertan a su fe, de hacer que todos piensen como ellos y que necesiten acudir al Estado para prohibirle algo a los demás. Porque la salvación es personal e intransferible y algunos la encuentran en la fe, en su comunión con la naturaleza o en la música pesada.

El Estado debería estar ahí para ayudarnos a organizar ciertos temas sociales, esos que nos afectan a todos, no para prohibir libertades porque lo piden grupos de presión o por los prejuicios de los gobernantes. La religión está para quien quiera vivirla, así como la música pesada. Quien trabaja en el campo debería conocer los riesgos detallados del uso de nenicotinoides, para saber si debe apoyar o rechazar la solicitud de intervención estatal para prohibirlo y si resultan prohibidos, conocer las razones por las que debe rechazar su comercialización en el mercado negro, por ejemplo. El derecho individual comienza por el acceso a toda la información.

Lo más importante es darnos cuenta de que no podemos depender ciegamente de las decisiones de Estado. No podemos vivir ajenos y felices en la ignorancia pensando que tenemos razón en todo porque estamos viendo el mundo desde la pelusa de nuestro ombligo. La educación es primordial, no esa en la que el Estado nos dice qué debemos aprender, sino de la que nosotros somos responsables. Quizás no nos toque decidir qué pesticidas deben usarse en el campo, pero sí nos toca expresar nuestra opinión cuando grupos quieren ejercer presión para limitar nuestra libertad.

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Conoció los cómics porque un día se empachó de literatura, aunque nunca dejó de creer que se puede cambiar al mundo un lector a la vez. Ama el cine y los dulces de anís.


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    Ana Carolina Alpírez /

    09/10/2018 5:04 PM

    Felicidades para Adelaida, la ganadora del Certamen Permanente 15 de septiembre en la rama de cuento. Disfruto sus blogs, aquí en Nómada.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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