Descubrirnos en El señor de las moscas

Leer la novela de William Goldin, publicada en 1954, nos ayudaría a cuestionar nuestras respuestas a desastres como el ocurrido en el volcán de Fuego. Jimmy Morales y su equipo están decididos a incendiar la isla aunque al día siguiente no tengan qué comer.

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Esta es una opinión

Foto: Pixabay / Etienne Marais

Los libros clásicos son aquellos que responden a preguntas que trascienden a su época. No se trata solo de si abordan ciertos temas universales como el amor, el odio, la muerte o la razón de nuestra existencia, sino que parecen adaptarse al contexto de quien los lee. Cuando alguien se adentra en su trama, llega a pensar que son tan actuales que parecen haber sido escritos el mes pasado por alguien que vive en su cuadra.

Confieso que mi relación con los clásicos no es muy estrecha, no juzgo la biblioteca de nadie por la cantidad de “imprescindibles” en ella, aunque sé que quienes leen mucho terminan llegando a esos libros en algún momento y apreciándolos. Siempre he pensado que hay tantos libros en el mundo que no puedo perder el sueño por no haber leído a tal o cual clásico. No me molesta ser la única licenciada en Letras que admite que nunca terminó de leer el Quijote y que probablemente no lo voy a lograr después de varios intentos. Sin embargo, me alegra que algún clásico me sorprenda y me haga reconocer que merece ese título. Eso me pasó hace poco con El señor de las moscas, novela de William Golding publicada por primera vez en 1954.

Para quien no la conozca, se trata de una distopía en la que un grupo de niños cuyas edades van de los 6 a los 12 años queda atrapado en una isla. Sin adultos que los controlen, los niños tienen que cuidar de ellos mismos y van de un estado civilizado al salvajismo. La novela no fue muy popular al principio, pero luego se convirtió en uno de esos libros tan populares que los hacen lectura obligatoria en los colegios, los adaptan al cine y aparecen en los Simpson. Sé que ninguna de esas circunstancias constituye un argumento válido para leerlos, aunque quizás si leyéramos todos los libros que aparecen como referencias en los Simpson seríamos mejores personas. El caso es que leí el libro teniendo una noción de la trama y con una curiosidad mínima. Al principio me pareció que no era gran cosa. Estaban los niños y su intento por organizar una sociedad en una isla desierta, una especie de democracia en que votan para ver quién será el líder y luego el iniciar proyectos para el bien de todos que van descuidando porque es más divertido nadar en la laguna.

La violencia llega de manera sutil, al principio por el ansia de cazar un cerdo para comer, luego con el juego de que alguno de los niños sea el cerdo y al final con uno de los niños siendo cazado, pero no cualquier niño al azar, es el líder que representa la justicia y el orden. En el libro hay varios símbolos, uno de los niños es la razón, otro la justicia, uno más el poder e incluso hay uno que representa la violencia ciega. Los niños grandes son la clase política y los más pequeños, que no tienen voz ni voto, representan al pueblo. Además, hay una bestia que no es un animal, sino el salvajismo que habita dentro de cada persona y es alimentado por el miedo. La transición entre ingleses civilizados y salvajes con la cara pintada y sed de sangre es gradual y va creciendo por el miedo a la bestia y por la sed de sangre que va apoderándose de los niños conforme van dándose cuenta de que son capaces de matar y no hay nada que se los impida.

Hubo dos momentos en el libro que me impresionaron particularmente. Al principio los niños deciden hacer una fogata para tener una señal de humo que alerte a cualquier barco sobre su presencia en la isla, saben que es la única ser rescatados. Antes de organizarse entran en una especie de frenesí, llevan mucha leña a la montaña y encienden un fuego que muy pronto se descontrola y se convierte en un incendio que arrasa una parte del bosque. Ahí había madera seca que pudo servirles para mantener la fogata sin demasiado esfuerzo y también estaba, por lo menos, uno de los niños pequeños que desaparece y posiblemente muere porque nadie lo vuelve a ver. El niño que representa la razón es consciente del desastre, pero nadie lo escucha cuando trata de evitarlo. Eventualmente el fuego se apaga y a los niños les cuesta encontrar leña para la fogata, que también se apaga aunque sea muy importante.

Me hace sentir incómoda ver el cuadro donde los guatemaltecos somos así. Hace unas semanas hubo una tragedia. El volcán de Fuego dio una muestra de su poder y arrasó con aldeas enteras. Todo el país en un frenesí solidario se organizó para mandarle ayuda a los damnificados. Los centros de acopio surgieron como hongos después de la lluvia. Había noticias de bodegas desbordadas de alimentos y muchas manos voluntarias trabajando en los albergues. Fuimos como esos niños echando leña a un fuego importante que después dejó de serlo. Lo que me asusta no es nuestra solidaridad, sino lo fácil que nos distraemos. Es como si todos nos apuráramos a colaborar para después decir que ya cumplimos y no ha pasado nada señores, puedo irme a ver el mundial en paz o a nadar en la laguna. No digo que deberíamos vivir en función de esa o cualquier otra tragedia o que sea sostenible mantenernos en ese estado de alerta durante muchas semanas, hablo del cuadro grande que perdemos de vista gracias a nuestra prisa.

En 2011 Carlos Miranda Levy dio una charla en un evento de TEDx Tokio donde habla de desastres naturales y cómo afrontar esas emergencias. Entre los puntos que destacan de su charla está que nunca se puede estar preparado para un desastre natural, pero sí podemos estarlo para recuperarnos después y usa de ejemplo el terremoto de Haití y el tsunami de Japón. Además, habla de cómo los sobrevivientes de un desastre adquieren la mentalidad del refugiado cuando lo que necesitan es sentirse útiles. Cada uno de los sobrevivientes tenía una vida en la que tenía que trabajar, cocinar para su familia, cuidar de los suyos y después del desastre, después de perderlo todo, lo que necesitan es ocupar sus manos y empezar a recuperarse. Carlos habla de cómo podemos usar la tecnología para coordinar esfuerzos y que la ayuda llegue a donde se necesita, incluso tiene modelos de respuesta y recuperación que cualquiera puede usar en caso de desastre. Se me ocurre que de vez en cuando podríamos hablar de estos temas y estar más preparados para recuperarnos después del próximo desastre.

El otro momento que me movió profundamente en El señor de las moscas está en el capítulo final. El niño que es la razón está muerto, el que quería el poder y el que representa la violencia ciega tienen el control de la tribu y están cazando, literalmente, al que era el orden y la justicia. Ese niño está escondido entre unos arbustos y percibe humo, se da cuenta de que están quemando la selva con tal de hacerlo salir de su escondite. En medio del miedo, de la incertidumbre y de buscar alternativas para sobrevivir, entre esa certeza de saber que debe matar o morir, entre huir y saber que no tiene dónde esconderse, reflexiona por un segundo “El fuego se aproximaba; aquellas descargas procedían de grandes ramas, incluso troncos, que estallaban. ¡Esos estúpidos! ¡Esos estúpidos! El fuego debía estar ya cerca de los frutales. ¿Qué comerían mañana?”.

Ahí está nuestro retrato, a veces le tenemos un miedo irracional a una bestia que no conocemos, nos agobia todo lo que vemos en internet y en las noticias y no sabemos a quién creerle, no podemos confiar en los medios de comunicación y a veces las noticias que son verdad nos parecen ridículas y nos decidimos a perseguir al monstruo de mil cabezas sin tener un minuto de paz. Ahí está nuestro gobierno, decidido a incendiar la isla aunque al día siguiente no tenga qué comer, si de todas formas los que van a sufrir son esos niños pequeños, ese pueblo que no tiene poder alguno para cambiar su situación. Al final, si el gobierno de Jimmy va a ser recordado como el gobierno de fuego o el que redujo Guatemala a cenizas, nosotros deberíamos ser la generación que cambió sus instituciones y su sistema para renacer de esas cenizas.

/

Conoció los cómics porque un día se empachó de literatura, aunque nunca dejó de creer que se puede cambiar al mundo un lector a la vez. Ama el cine y los dulces de anís.


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COMENTARIOS

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    Oscar Castaneda /

    12/07/2018 8:17 AM

    Papazopapaz, estas haciendo exactamente lo que Adeliada describe en su articulo: " a veces le tenemos un miedo irracional a una bestia que no conocemos, nos agobia todo lo que vemos en internet y en las noticias".
    Cual socialismo? lo has vivido alguna vez de cerca?
    Si me vas a mencionar a Venezuela, mal ejemplo. Venezuela no es un simbolo de socialismo, es simbolo de idiotas manejando un pais. Esa gente fracasaria con cualquier bandera que decidiera usar.

    Para mi "decididos a incendiar la isla aunque al día siguiente no tengan qué comer." me sono mas a todos nosotros destruyendo el pais colaborando con el sistema corrupto

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    PAPAZOPAPAZ /

    26/06/2018 11:25 PM

    "decididos a incendiar la isla aunque al día siguiente no tengan qué comer."

    Buena analogía para el socialismo

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Tori /

    26/06/2018 11:09 AM

    Quede sumamente propenso a leer ese libro, lo describe de una manera muy interesante. En cuanto a la comparación, creo que el problema radica en la falta de educación de nuestra población, la razón se alimenta precisamente de obtener conocimiento y experiencias que nos construyan como mejores personas.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Ramon /

    26/06/2018 1:03 AM

    Muy buena la comparación con lo que está viviendo Guatemala...ojalá sirva para despertar la conciencia social que tanto necesitamos

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Alaide González /

    25/06/2018 6:30 PM

    Adelaida, la felicito. Genial la comparación.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Víctor López /

    25/06/2018 5:57 PM

    Completamente de acuerdo con este artículo la felicito, espero más entregas de este tipo, sirven para reflexionar así si...

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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