El aguante

¿Hasta dónde somos capaces de ser tolerantes sin pasarnos a tener que “aguantar”? ¿Cómo me voy, cómo digo “no más” sin atender a mis deseos o miedos primarios sino atendiendo a mis convicciones profundas? 

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Esta es una opinión

La presión. Foto de Flickr.com

El conocernos como personas es fundamental para vivir en relativa armonía y serenidad.  Identificar nuestras sombras y luces, teóricamente, es sencillo. Todos y todas nos hemos enfrentado a actividades de colegio o de oficina donde nos piden que describamos nuestros defectos y cualidades. Con incomodidad o facilidad, depende del caso, sacamos la tarea. Lo realmente difícil es reconocer cuándo nuestras decisiones están impregnadas por nuestras luces o cuándo están llenas de nuestras sombras.

Traigo esto a colación porque en situaciones de “aguante” la circunstancia rara vez es entendible desde fuera.  ¿Por qué tal persona aguanta al jefe opresor?, ¿Por qué sigue en esa relación desigual de amor?, ¿Por qué aguanta el mesero que el cliente le hable pesado?,  ¿Por qué la persona aguanta a su pareja violenta? Desde fuera nos preguntamos mil cosas e incluso nos atrevemos a juzgar las decisiones de los otros.

Pero, ¿qué pasa cuando la tolerancia se me acaba y lo que me toca es aguantar a mí?  ¿Cómo y por qué decido hacerlo?

Mal entendemos “aguantar”, con ser tolerantes. La tolerancia es aquel valor que me invita a respetar opiniones, ideas o actitudes de otros que no coinciden con las propias.    Ser una persona tolerante no significa aguantar golpes, gritos, mentiras, dolor, maltratos o cualquier tipo de violencia. Y es que acá nuestras sombras entran mucho en conciencia, o en control de nuestras decisiones. Es mi miedo a quedarme sola, a no ser amada, a no ser reconocida, a dejar de pertenecer, el que me hace aguantar circunstancias que atentan contra mi dignidad en mis círculos cercanos.

Aguantamos el dolor de la indiferencia, del desaire, del irrespeto, del silencio que violenta, de compartir cama y no recibir un “feliz noche” de nuestra pareja.   Aguantamos los malos tratos, las sobre exigencias, la explotación, la pérdida de derechos laborales por tener salarios aceptables, en nuestros trabajos. Aguantamos los insultos, el acoso, los chismes, la desacreditación por ser mujeres en nuestra sociedad.    Aguantamos la calumnia, el andamiaje de mentiras, la traición y la desinformación en las diferentes causas a las que pertenecemos. Aguantamos (y fomentamos) el bullying cibernético, la difamación y el dolor ajeno en nuestras redes sociales.

Aguantamos eso y más por miedo, entre tantos factores más que le pueden acompañar al mismo. Aguanto con miedo porque sé que en el momento en que el hartazgo llegue no habrá vuelta atrás. Y las pseudoganancias que obtenía de mi relación de pareja disfuncional ya no llegarán o, en condiciones más complejas, dejaré de recibir el salario que me permitía la subsistencia.

Los miedos que se gestan en nuestro aparato psíquico, o esas creencias irracionales que nos hacen interpretar la realidad desde un punto de vista distorsionado, y nos mueven a manifestar actitudes que no responden a nuestra esencia como personas, nos mantienen en círculos viciosos donde pareciera ser que no hay ninguna salida, más que aguantar hasta el final.

Conocerme a tal grado de profundidad que pueda reconocer en qué situaciones estoy actuando desde el miedo o la irracionalidad, es el punto de quiebre para llegar al hartazgo y de ahí al cambio de creencias. Sólo a través de reconocer en dónde estamos distorsionando la realidad a partir de nuestra mente, podremos encontrarle salidas a esas situaciones o relaciones cotidianas que pareciera ser fueran nuestra cruz en vida. Preguntarnos una y otra vez ¿con qué necesidad estoy en esta situación? Contribuye a aclarar nuestra visión y a quitarnos los lentes de los miedos inconscientes.

Una vez llevemos al plano de la conciencia aquello que me mantiene en el círculo de nunca acabar y de tener que aguantar, poco probable será volver a ello.  Resistencias habrán, el inconsciente busca lo que conoce, y sabe que no es fácil vivir siendo conscientes de nuestra propia realidad. De lo que estoy segura es que por difícil que sea, la vida es mejor cuando vemos el mundo desde nuestra luz y cuando somos capaces de iluminar nuestras sombras.

Nota al pie: Escribí estas palabras mientras escuchaba “El aguante” de Calle 13 y aunque aún me falta claridad para decir para qué nacimos como humanidad, estoy segura que no nacimos para aguantar.

Mercedes Bautista
/

Psicóloga Clínica. Empezando la treintena. Agradecida con la vida, pidiéndole que mire con buenos ojos lo que decida hacer con ella. Mi inconsciente es el que escribe.


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