La delgada línea entre lo normal y la violación

El sexo es una necesidad básica, la forma de experimentarlo puede hacer más plena o más desgraciada la vida de la persona. Esa línea entre lo que creemos práctica común y sexo no consensuado, a veces es más delgada de lo que creemos.    

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Esta es una opinión

Foto: Pexels

La expresión sexo no consensuado, inmediatamente enciende las alertas. Me hace pensar en que es una frase matizada para evitar decir lo evidente: “violación”. Y es que nombrar la “violación sexual”, lleva consigo una carga social para la víctima. Una que pesa en el cuerpo, en la mente y en el inconsciente colectivo de la sociedad.

La legalidad y la forma en la que las conductas reprochables, delictivas y punibles se redactan en papel, suavizando la pena y la palabra según la conducta, no representa lo que a nivel psicológico una persona puede vivir.

Diferencias legales entre abuso, acoso, penetración obligada, delitos contra el honor, no se viven de forma distinta en la psiquis humana. Por eso hablar del delito de la violación sexual o del “sexo no consensuado”, no puede hacerse únicamente desde las sanciones al agresor y reparaciones a la víctima.

Sobre todo cuando creemos que la dicotomía agresor-víctima se encuentra lejos de nosotros. Se sabe que en gran medida el agresor es una persona que conoce a la víctima, que mantiene una relación con ella. Puede ser su familia, su pareja, etc.

Lo que no se explica es que el hecho de que sea una persona conocida que rompe con la red de apoyo -usualmente la red de apoyo primaria-, genera en la víctima sentimientos de soledad, indefensión, pérdida absoluta de control. Sentimientos de degradación y desvalorización. La violación rompe con el tejido de la red. A mayor grado de conocimiento y relación entre la víctima y agresor, más grande la ruptura y más compleja la reparación de la misma.

Aunque la violencia sexual ha acompañado a la humanidad desde tiempos inmemoriales, es hasta hace unas décadas en dónde la escala de valores nos ha permitido observar y denunciar la gravedad de esta. El delito de violencia sexual, a mi parecer, debería ser un delito continuado. Las consecuencias físicas y psicológicas que experimenta la víctima, la familia y la pareja permanecen meses e incluso años después al evento. La violencia sexual, rompe con la estructura psíquica de la persona. Irrumpe la forma de trauma en la psiquis, y en un gran porcentaje desarrolla trastorno de estrés postraumático en la víctima.

La sexualidad humana, un tema complejo, un universo inmenso y subjetivo para cada persona. Está entretejida y atravesada por toda la experiencia de vida, desde la dimensión física y emocional, hasta las creencias religiosas, trascendentes y espirituales. Bien sabido está que el placer y el dolor comparten circuitos neuronales cerebrales, que son capaces de anularse entre sí.

Esto complica aún más las prácticas sexuales en las que cada persona encuentra placer máximo y disfruta de él.   El sexo entonces, no puede entenderse desde el mero acto de la penetración. Requiere comprender la importancia de otros momentos cruciales como los preliminares, el lugar, el intercambio de palabras y las prácticas sexuales que gustan en lo personal y que deben ser consentidas por el otro, entre otros.

Toda relación sexual sana debe tener como base fundamental la comunicación con el otro, así sea sexo casual o una pareja sexual habitual. El que una persona haya aceptado tener sexo en un inicio, no significa necesariamente que esté dispuesta a todas las prácticas sexuales que en el pensamiento personal nos parezcan “normales, comunes” o “necesarias” a vivir en un encuentro.

Parece de más decirlo, pero es importante aclarar que el consentimiento inicial, puede cambiar en cualquier momento. Para esto necesitamos comunicarnos verbalmente y estar atentos al lenguaje corporal de la otra persona.

El sexo consensuado debe ser entendido como un contrato en el que las personas involucradas aceptan tener un encuentro sexual bajo ciertos criterios. En donde todos están de acuerdo. Estos criterios pueden estar relacionados al sexo genital, sexo anal, sexo oral, palabras soeces, uso de juguetes, nalgadas, asfixia erótica. Sobre todo métodos anticonceptivos, entre otros.

En el momento que una pareja o las personas involucradas aceptan el uso de métodos anticonceptivos, deben estar conscientes que al no cumplir con ese acuerdo, el sexo deja de ser consensuado. Y esta práctica aplica para todos, tanto para hombres que acuerdan el uso de preservativos y se quitan el condón sin que la pareja se de cuenta, como mujeres que acuerdan el uso de píldoras o métodos hormonales, que sin informar a la pareja deciden abandonar su uso.

El sexo no consensuado no se trata únicamente de un encuentro sexual obligado bajo amenaza, agresión o violencia. El sexo no consensuado se trata también de irrespetar los acuerdos o criterios en los que se acepta el encuentro. Desde compartir fotografías íntimas o conversaciones eróticas enviadas a una persona con terceras personas.  O grabar el encuentro sexual sin que los involucrados tengan conocimiento. Evitar bajo manipulación o con desconocimiento del otro, el uso de anticonceptivos.

Obligar a una felación (presionar y direccionar la cabeza de la pareja a los genitales), hasta el uso de palabras ofensivas. O provocar un encuentro sexual con una persona bajo efectos de alcohol, drogas u otros, cuenta como sexo no consensuado.

Como mencionaba al inicio de esta entrada, la psiquis humana no clasifica términos legales. La psiquis interpreta el no consenso bajo términos de irrespeto, degradación, sometimiento y amenaza contra la vida. Las consecuencias psicológicas que provocan eventos que intentamos minimizar, pueden ir desde la aparición de síntomas de ansiedad, miedo, desolación, afecciones a la estima personal. Hasta trastorno de estrés postraumático, anorgasmia, pérdida del deseo sexual y desvalorización personal.

El sexo es una necesidad básica, la forma de experimentarlo puede hacer más plena o más desgraciada la vida de la persona. El llamado de atención es para que cuestionemos, nuestras formas de proceder y experimentar el sexo. Esa línea entre lo que creemos práctica común y sexo no consensuado, a veces es más delgada de lo que creemos.

Mercedes Bautista
/

Psicóloga Clínica. Empezando la treintena. Agradecida con la vida, pidiéndole que mire con buenos ojos lo que decida hacer con ella. Mi inconsciente es el que escribe.


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