La equis no me representa

El idioma español tiene entre 115,000 y 150,000 palabras, según quién haga la cuenta. Una persona con un vocabulario amplio llegará a usar unas 30,000 y a otra le bastarán 1,000 para tener una conversación fluida y darse a entender. Esa es la herramienta con la que nos comunicamos, cómo la usemos es otra historia.

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Esta es una opinión

Foto: Pixabay / Free-Photos

Muchos científicos coinciden en que la adquisición del lenguaje fue una de las ventajas evolutivas que nos llevaron a ser la especie dominante del planeta. Mark Pagel lo explica en su conferencia de TED “Cómo el lenguaje transformó la humanidad”.

Según Pagel, el lenguaje es “la característica más poderosa, peligrosa y subversiva que la selección natural ha creado. Es una tecnología auditiva neural para renovar la mente de otras personas”. De acuerdo a este biólogo, el lenguaje nos permite implantar un pensamiento de nuestra mente directamente en la mente de otra persona y los otros pueden hacer lo mismo con nosotros. Así es como la humanidad coopera, crece, avanza o, por lo menos, se hace preguntas.

La evolución del lenguaje humano tiene unos 40,000 años y el idioma español tiene unos 1,500. Surgió aproximadamente en el siglo V del latín vulgar que se hablaba en el Imperio Romano. Llegó a América junto a los españoles y le tomó unos dos siglos desplazar a las lenguas nativas y convertirse en el idioma que más se habla en la región. En ese proceso también tomó y adaptó términos de esas otras lenguas, como tomó términos del árabe cuando los árabes conquistaron una parte de España. Porque la evolución del lenguaje implica que este es dinámico y refleja los cambios sociales y culturales de su época. Los tiempos y las personas cambian y con ellos cambia la forma como se expresan, en cuanto más conocen nuevas culturas o diferentes formas de vivir, su lenguaje también se enriquece. En cuanto más cuestionan su entorno, más cambios hay en su forma de expresarse, un claro ejemplo de ello es la cantidad de neologismos que surgen gracias a los avances tecnológicos.

Cada término que conforma un idioma es continuamente puesto a prueba por el uso que le damos, algunos cambian de significado o adquieren significados nuevos mientras que otros desaparecen. Es importante reconocer que el lenguaje no es una idea, es una de varias herramientas con las que comunicamos nuestras ideas. (Steven Pinker lo explica en este video). Así el idioma es lo que sus hablantes hacen de él. En este sentido decir que el español es machista es como decir que es el tenedor el que te engorda. Las personas son machistas, tienen ideas sexistas y su forma de usar el lenguaje lo refleja. Buscar que el idioma sea incluyente sin que lo sean las personas que lo usan es una batalla perdida. No lo digo por demeritar ninguna lucha o para que nos conformemos con dejar el mundo como está. Solo quiero establecer el contexto que acompaña estas ideas.

El año pasado en la feria del libro de Guadalajara la escritora cubana Wendy García dijo que “no es lo mismo construir frases en una sociedad machista leninista donde todo está en función de una marcialidad, de un hermetismo creado y amparado por hombres, que estructurar un lenguaje equilibrado desde la plena igualdad”. Y añade: “¡Ojo! Puedes decir: compañeros y compañeras, niñas y niños, pioneras y pioneros, para ser políticamente correctos y luego no referirte nunca más a las mujeres y ensamblar ejemplos, nombres, conceptos destinados o referidos únicamente al universo masculino. Esa ha sido la banda sonora de mi vida. El discurso aparentemente igualitario pero blindado de machismo”.

Uno de los argumentos de que nuestro idioma es machista, sexista y discriminador viene del hecho de que en español se usa el masculino gramatical para referirse a los individuos de sexo masculino y también para designar la clase, es decir, a todos los individuos de la especie, sin distinción de sexos, así que cuando decimos los niños, los gatos, nos estamos refiriendo a niños y niñas, gatos y gatas, a menos que el texto especifique que no.

Esta es una de las reglas que enseñan en el colegio y uno de los usos del español que los movimientos feministas y ahora los movimientos LGBTQ cuestionan y quieren cambiar desde la lucha política sin detenerse a preguntarle a los lingüistas la forma gramaticalmente correcta (cosa que ofende un poco a los lingüistas porque su trabajo es encargarse de esos temas).

Los que usan la corrección política en el lenguaje, algo que no necesariamente es inclusión, especifican constantemente que están hablando de los niños y las niñas, de los gatos y las gatas, de todos y todas. Otra de las alternativas para no tener que hacer esa lista explícita es el recurso de usar el símbolo de la arroba (@) o una equis (x) para sustituir esa “o” final en los plurales. Hay quienes la sustituyen por una “e”, que convertiría al sustantivo en neutro.

De esas opciones la que más me llama la atención es la equis. Me he preguntado hace tiempo por qué elegir una letra que tiene tantas connotaciones negativas. Porque la equis es anónima, cuando no figurás “sos bien equis”, porque duplicada se usa para designar a los muertos no identificados y triplicada es para los materiales que no son aptos para todo público. La equis es el símbolo que te indica que tus respuestas fueron incorrectas. Como signo matemático es aquello que se desconoce, la incógnita que hay que despejar. Además, cuenta con una desventaja innegable, hace que los textos sean ilegibles, impronunciables. Esa dificultad en lugar de generar simpatía o incluso curiosidad en la gente que no estaba pensando en el tema de la inclusión, genera cierta animadversión por el tema. Hace que los ajenos al código se sientan excluidos de la conversación, por lo menos es lo que pienso cuando me la topo en algún texto, que no es para mí. Si el argumento es “está bien que se sientan incómodos y excluidos porque eso es lo que sentimos nosotrxs” no vamos a entendernos jamás porque así el diálogo es imposible. En lugar de tender un puente para comprender a esa persona que no conocemos cerramos la puerta.

He tenido la discusión de la equis con algunas personas y aunque comprendo la intención detrás de su uso no considero que esa solución en particular nos lleve a ser una sociedad más incluyente o a que al usarla las personas comprendan que todos debemos tener los mismos derechos civiles sin importar nuestro género, orientación sexual, religión o color de piel. No se trata de un acto de rebeldía contra la Academia de la Lengua o de mantener la pureza del idioma. Se trata de expandir nuestras ideas.

Reconozco que no tengo una respuesta, una alternativa a esa equis, más allá de reconocer que es un tema que me importa porque tengo amigos muy queridos a los que se les niegan derechos en este país, amigos que no son “equis”. Quizás mi recomendación es esa, si usted no tiene amigos, no digamos algún familiar, que pertenece a la comunidad LGBTQ, salga de su cápsula para conocer sus luchas, sus afanes, sus ideales. No use el lenguaje incluyente solo para quedar bien. Es tiempo de dejar de usar discursos vacíos y vivir de una forma más incluyente.

Estos dos artículos me parecieron muy interesantes, por si alguien tiene tiempo para leer más sobre el tema: “¿Es machista el idioma español?: el debate sobre arrobas, equis y términos sexistas”, “Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer” y “Todas, tod@s, todxs, todes: historia de la disidencia gramatical”.

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Conoció los cómics porque un día se empachó de literatura, aunque nunca dejó de creer que se puede cambiar al mundo un lector a la vez. Ama el cine y los dulces de anís.


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COMENTARIOS

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    Elisa Merlo /

    20/03/2018 2:05 PM

    Que asco estos políticos cuando pararan de de devorarse unos a otros por obtener el hueso.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Patty Valenzuela /

    20/03/2018 12:23 PM

    Excelente artículo Adelaida! Comparto sus ideas acerca de este tema. Para mí la inclusión es parte de ser humano, no sólo una forma de expresión.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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