Los migrantes no son los otros. Los migrantes somos nosotros

La caravana migrante hondureña se está convirtiendo con rapidez en éxodo centroamericano. ¿Podemos -los que nos quedamos- hacer algo para incidir en detener la huída de nuestros conciudadanos?

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Esta es una opinión

Foto: Sandra Sebastián

Guatemala es un país que subsiste en buena parte por las remesas que envían sus migrantes. Sin embargo, pareciera que el fenómeno de la migración es el elefante blanco en la habitación de nuestras mentes. Hemos escuchado que migrar es un “derecho humano”, sin ahondar en que le llamamos derecho. Movilizarse responde a una necesidad humana que nos acompaña desde el inicio de nuestra historia. Somos nómadas por naturaleza. Necesitamos cambiar.

La vida está llamada a buscar mecanismos de sobrevivencia. Si un lugar no reúne las condiciones que le permitan el desarrollo, la vida busca la ruta que le permita crecer. Ser testigos de la crisis migratoria centroamericana que nos atraviesa, es ponernos frente a la realidad social, económica y política de esta región.

Es ver con los ojos bien abiertos las consecuencias de la cooptación del Estado y de la corrupción sistémica y estructural. De cómo se nos han cerrado las oportunidades laborales y debilitado las condiciones de salud, educación, nutrición y vivienda que permiten la subsitencia en este territorio.

¿Qué nos queda?    

Migrar. Migrar ha sido la respuesta que encontraron miles de centroamericanos.

Para quienes decidimos “quedarnos” –al menos por ahora-, las imágenes en medios de comunicación de la Caravana Migrante son reveladoras. Encontrarse con ellos cara a cara, portando su bandera sobre el pecho en una desgarradora imagen de amor-incomprensión por el país en que no pueden permanecer. Tenemos que hablar del elefante blanco en medio del salón, que hemos ignorado por mucho tiempo.

Los guatemaltecos, somos por excelencia un pueblo solidario ante las crisis y las tragedias. En los últimos años hemos visto dos momentos claros en donde la ayuda inmediata ha sido desbordada: el Cambray y la tragedia del Volcán de Fuego. Estas semanas vimos la misma respuesta de solidaridad, cuidado y empatía hacia los migrantes hondureños.

La migración nos mueve, porque de alguna forma todos tenemos familia migrante. Seres amados que han migrado forzosamente, con o sin documentos. Por el hambre, por la guerra, por estudios, por trabajo o por amor.    

Las historias de las personas migrantes nos afectan porque nos ponen de frente a las fibras internas que remueven momentos propios de separación, angustia, dolor, ilusión y abandono. Porque de alguna forma el inconsciente colectivo sabe lo que emocionalmente cuesta la travesía de la migración.

Todos hemos vivido la desesperanza de no encontrar puertas de salida. Y porque algunos hemos vivido la fuerza interna que nos hace tomar la última dosis de valentía, para dejar todo atrás y empezar una nueva vida. 

Han pasado ya un par de días desde que vimos caminar a miles de personas por la ciudad de Guatemala y las carreteras del país. Pareciera que ahora el tema llega a su momento “aburrido y político”. Los migrantes ya están en México y ahora, en apariencia, el tema principal son los tweets de Trump y las amenazas de cortar la ayuda económica a nuestros países. Sin embargo ahora es cuando toda la humanidad que tenemos a flor de piel, debe fortalecerse.  Detrás de las remesas, hay personas, familiares y amigos. 

La migración forzada no puede entenderse bajo una lógica unicausal. 

La geopolítica no depende de nosotros. La política nacional, no depende exclusivamente de nosotros, pero una buena parte sí. Es tiempo de dejar de ver la migración como un fenómeno exclusivamente económico o la lucha contra la corrupción como un tema de “moda política”. La realidad centroamericana sobrepasa las burbujas de capitales.  Debemos dejar de repetir que lo político no nos afecta en la vida cotidiana.  Eso sí depende de nosotros.

Comprender que nuestra salud mental, es afectada por determinantes sociales que en su gran mayoría pasan por decisiones políticas –ausencia de políticas públicas-, es vital para que abandonemos la idea que lo político no me afecta.   La falta de parques, el tránsito apocalíptico, el estrés del salario insuficiente, la inseguridad, el ruido excesivo, la violencia, la falta de trabajo, la falta de salud pública de calidad, la inestabilidad política, el machismo (que nos afecta a todos y todas), son determinantes sociales que afectan nuestra salud mental.  Nadie quiere (ni debería) quedarse en un lugar donde no puede vivir con dignidad. 

La caravana migrante hondureña, rápidamente se puede convertir en un éxodo centroamericano. Emprender la huida, es un mecanismo de defensa válido ante las condiciones inviables. 

¿Cuántos de nosotros hemos pensado en migrar, a veces más de una vez? “Migrar” es una idea recurrente en la mente de muchos. ¿No somos muchos los que repetimos que en “Guate no se puede vivir”?

Debemos ser más que el guatemalteco solidario que ante lo urgente se desborda en ayuda. El ciudadano emocional y empático ante las crisis humanitarias. Y trascender a ser el guatemalteco que también atiende lo político, lo estructural, lo importante. Ese que no descuida lo urgente, pero conoce toda la dimensión del reto que enfrenta.

Toda crisis es síntoma de un problema estructural.  Trabajar en lo estructural ahora, es de carácter urgente. El próximo proceso electoral, podría permitir que bajemos las manos del todo y perdamos el país y la región. O es la oportunidad para ser resilientes ante el sistema que nos quiere fuera (literalmente fuera del país) y nos animemos a participar en política o construyendo ciudadanía. 

Mercedes Bautista
/

Psicóloga Clínica. Empezando la treintena. Agradecida con la vida, pidiéndole que mire con buenos ojos lo que decida hacer con ella. Mi inconsciente es el que escribe.


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