No lo llamen terapia, es política

Atender a una persona, escucharle sin juicio, colaborar en su reconstrucción y ser testigo de la transformación de su vida es parte del trabajo político necesario en la sociedad.

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Esta es una opinión

Foto: Flickr / Peggy y Marco Lachmann-Anke

Los y las psicólogas, mi gremio profesional, en general cargamos con el prejuicio de ser despolitizados. De dedicarnos a observar a la gente y “analizarla” en nuestro interior para dar diagnósticos. De sentarnos tras el diván a hacer como que escuchamos al paciente. De pedirles que dibujen un árbol o una figura humana y a partir de ahí, trabajar autoestima, aceptación, depresión, etcétera. De hastiar con preguntas que a los otros les parecen sin sentido. De ser “careros” porque quién cobra Q300 por una hora donde “solo” voy a desahogarme.

Y aunque difiero en un 90 por ciento de esas críticas, me quedo con el ruido interno que me provoca “los psicólogos están despolitizados”. Hace poco escuché la frase: “no hay trabajo político más importante que el cuido de la persona” y entendí que lo que hago todos los días, desde hace siete años es parte de la construcción del país que quiero. Atender a una persona, escucharle sin juicio, colaborar en su reconstrucción y ser testigo de la transformación de su vida es parte del trabajo político necesario en la sociedad.

Nuestro trabajo está llamado a que las personas se encuentren con su esencia y desde ahí vivan en plenitud, jamás a que sean “funcionales” o “normales” en una sociedad evidentemente enferma. No deseo ser parte de un gremio que “robotiza” a la gente, para que se adapte al sistema y se quede ensimismada. La terapia es ese lugar de encuentro con el propio yo, de reconocer que hay creencias que han estado fastidiando la existencia, de identificar patrones de conducta destructivos, de entablar compromisos profundos con la vida.

La terapia es ese momento en que la persona reconoce que tiene múltiples capacidades, y que de nada le sirve quedárselas para sí. La terapia facilita ese reconocimiento personal de saberse en un espacio común. Es salir del estadio egoísta y victimista del niño y pasar al adulto maduro y comprometido. El proceso terapéutico es individual, sin embargo, sus repercusiones afectan la familia, la comunidad y por ende el país. No querer ver que lo que hacemos es trabajo político, es cegarnos a la incidencia que la clínica llega a tener y con esto evadir las responsabilidades que vienen con ello.

Como profesionales de la salud mental, desligarnos de la realidad del país es síntoma suficiente para ir con el propio terapeuta. Guatemala se encuentra en un momento histórico, la radiografía del sistema político corrupto e impune que se ha dado a conocer a partir de 2015 es imposible de negar, la ausencia de liderazgos, el descrédito, desinterés y apatía hacia los temas de Estado y la polarización con la que se abordan los conflictos, desde las redes sociales hasta las políticas de Gobierno, tienen repercusiones directas en la salud mental de la población.

¿Dónde estamos los psicólogos? Con el país tan conflictuada en el que vivimos, pareciera que no estamos. Sabemos con fundamentos teóricos que para que la herida no duela, hay que –por un momento- volverle a ver, limpiarla y nombrarla para por fin, poder ver al futuro y caminar sin miedo, sin resentimiento, sin dolor. A pesar de esto leo con incredulidad cuando personas de nuestro gremio son negacionistas del pasado, y se rehúsan a comprender la importancia de la recuperación psicológica en la sociedad de la posguerra, sociedad en la que aún vivimos. Cuando me enfrento a profesionales que se cegan ante esta realidad, comprendo la crítica dura al gremio sobre nuestra falta de politización.

Nuestro trabajo está llamado a transformar vidas. Nuestro trabajo no es la hora de terapia, las cuatro horas de un taller o las 12 sesiones de un proceso. Nuestro trabajo no se limita a las cuatro paredes de la clínica o a la persona exclusiva que puede pagar para acudir a ella. Nuestro trabajo no es aislado a una vida concreta.

Los frutos del proceso terapéutico dependerán en gran medida de la voluntad del paciente, pero ese margen pequeño que no nos toca a nosotros. A nuestra preparación, a nuestros fundamentos teóricos, a nuestra capacidad de compromiso con la persona y con el país. A reconocer que lo que hacemos en la clínica y fuera de ella más que trabajo psicológico es trabajo político.

Mi invitación a los y las colegas esta vez, es a reconocer que nuestro compromiso profesional es a reconstruir vidas en lo micro, y para mí más importante, a contribuir en la reparación del tejido social a nivel macro.

Mercedes Bautista
/

Psicóloga Clínica. Empezando la treintena. Agradecida con la vida, pidiéndole que mire con buenos ojos lo que decida hacer con ella. Mi inconsciente es el que escribe.


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    Bruce Osorio /

    26/05/2018 12:04 PM

    ¡Qué esperanzador leer este artículo! No es común, especialmente desde la psicología clínica, reconocer el fuerte elemento político de nuestro trabajo. En tanto trabajamos con la realidad de las personas, a su vez inmersa en un entorno social, económico, histórico, interrelacional, es innegable la conexión con lo político. Aun desde la neutralidad de ciertas formas de hacer la profesión, tomar partido por la vida, por el bienestar, por el fortalecimiento, ya se constituye en un trabajo que trasciende el cara a cara y trae al escenario -clínico, social, organizacional, educativo u otro- el aspecto político. ¡Felicitaciones por tan atinado artículo!

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Maria Gabriela López Arango /

    25/05/2018 9:50 AM

    Totalmente de acuerdo contigo. Llevo 15 años en la práctica clínica, y esos sutiles cambios que hacemos en nuestro trabajo con la gente son profundos e impactan social y culturalmente.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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