Psicología: La urgencia de gestionar nuestras emociones

El momento que vivimos como humanidad nos afana el día a día por robotizarnos, desapegarnos de las emociones, ser profesionales sin vocación. En el mundo de la razón y del trabajo pareciera que sentir es un signo de debilidad.

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Esta es una opinión

Foto: Monsterkoi / Pixabay

¿Cómo nos desarrollamos plenamente si estamos desligados de nuestra propia sensibilidad? ¿Cómo generamos vínculos sanos y profundos si estamos desvinculados de nuestro cerebro emocional? Es decir, a la incapacidad de comprender la conexión entre cerebro racional y cerebro emocional.

Entender qué sucede en nuestro interior en el momento en que la alegría o el miedo nos invade, o descubrir qué vivencia interna se desarrolla para que la ira se transforme en un golpe sobre la mesa o en un grito hiriente, ayudaría a conocer nuestras propias sombras.

Mucho se ha escrito sobre la necesidad de desarrollar inteligencia interpersonal e intrapersonal, esto desde la teoría de las “inteligencias múltiples” de Howard Gardner, o de la importancia de ser emocionalmente inteligente, esto desde la propuesta de Goleman.

Sin embargo, poco se ha explorado de la propuesta de Mercé Conangla y Jaume Soler sobre la ecología emocional.  Esta nos invita a ver nuestro mundo interno como reflejo del externo y viceversa –como es adentro es afuera–  en una relación condicionante del yo hacia los otros y determinante del contexto hacia mi yo.

Comprender las dinámicas emocionales desde el pensamiento racional se complica si no hacemos uso de la intuición y no hacemos consciente las consecuencias y responsabilidades que se derivan de ellas. Empalabrar y asumir mi responsabilidad sobre la gestión de mi emocionalidad, es signo de madurez y crecimiento personal.

La ecología emocional o psicoafectividad se define por la capacidad de transformar y gestionar las emociones en afectos que permitan conductas equilibradas, que favorezcan la adaptación y que permiten la plenitud de la persona.

Asimilar que somos parte de un todo y que nuestras emociones traducidas en acciones provocarán reacciones, desgastes y consumo de energía en quiénes nos rodean y en el entorno en general, es ver más allá de nuestra propia nariz.

Crear consciencia de uno mismo sobre la experiencia emocional que me acompaña en la vida diaria, me ayuda a discernir de qué forma digiero la emoción y por ende decido de qué manera la transformo.

Es de estimas sanas ser capaces de identificar qué acciones o situaciones dependen de mi emocionalidad y cuáles me son ajenas, esto con el fin de prevenir conductas que nos ayuden a crear o aporten bienestar a mi entorno.  La ecología emocional busca el respeto profundo hacia mi sentir y hacia el ecosistema que me acoge.

Una emoción no gestionada produce reacciones desproporcionadas al evento que la produjo, destrucción, agresión e incluso enfermedad propia y del entorno. No se trata de evitar sentir emociones incómodas, sino de abordarlas desde la justa dimensión, sin perder de vista que somos parte de un entorno y que tenemos responsabilidad sobre él. El abanico de emociones que somos capaces de sentir enriquece nuestra humanidad. Aprendet a reconocer y a nombrar qué estamos sintiendo, nos hace más conscientes de nuestra propia vulnerabilidad y fortaleza.

La responsabilidad que otorga la libertad de elegir cómo vivir mi vida emocional, debe tener tal nivel de congruencia que me hace capaz de limpiar mi entorno de relaciones deshonestas, malsanas o que dificultan mi desarrollo personal u obstaculizan la armonía del entorno.

Procurar una vida emocional ecológica consiste en elegir y aportar a un modelo de humanidad, más constructivo y respetuoso. Personas que viven conscientemente, en el aquí y el ahora sin olvidar que hay consecuencias del propio proceder a nivel personal y comunitario, es responsabilidad de todos y todas.

Dejar de escudarnos en nuestros comportamientos destructivos, en las pulsiones de muerte, en el falso raciocinio, en la represión de la emocionalidad, es quedarnos atrapados en el estadío inmaduro de la personalidad.

Guatemala es ese país que vemos convulsionar y del que nos quejamos con frecuencia, sin embargo, Guatemala es el fractal de cómo a niveles micro nos relacionamos unos con otros. Desde el universo de la emoción y pensamiento propio, la vinculación afectiva con otros, las relaciones de desencuentros y enemistades, hasta el clima laboral, el racismo estructural, el tránsito, la administración pública y la estabilidad política. Somos parte de un ecosistema, somos responsables de nuestro proceder.

Cambiar el ambiente en el que vivimos y vivir en la Guatemala que queremos, sin duda requiere posicionamientos claros acompañados de actitudes y acciones congruentes y coherentes con la lucha contra la corrupción y la impunidad, la recuperación del Estado y la participación política. Pero también requiere un compromiso profundo a nivel interno por ser coherentes y congruentes con nuestras emociones, pensamientos y acciones propias.

Nuestro entorno necesita de personas dispuestas a madurar, a vivir conscientes, a sentir con sostenibilidad. Toca hacernos responsables de nuestra capacidad de sentir, de qué hacemos con ello y de cómo lo expresamos. Es momento de crecer.

Mercedes Bautista
/

Psicóloga Clínica. Empezando la treintena. Agradecida con la vida, pidiéndole que mire con buenos ojos lo que decida hacer con ella. Mi inconsciente es el que escribe.


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    Juan Carlos /

    22/02/2018 2:52 PM

    Una duda, en este contexto entonces ¿Cómo se define la "gestión de las emociones"? y ¿Cuáles son sus diferencias con el concepto de inteligencia emocional de Goleman o con el justo medio de Aristóteles? Saludos, interesante tema.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    dora maria /

    21/02/2018 8:51 AM

    Que belleza gracias !!!

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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