Reflexiones sobre soledad y likes

¿Vale la pena entrar sin reflexionar en la dinámica de un mundo hiperconectado que, en realidad, está viviendo detrás del muro de una pantalla de cristal líquido y construyendo soledades?

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Esta es una opinión

Foto: Pavel Nekoranec - Unsplash

Facebook tiene apenas 14 años de vida. 14 años. Yo a esa edad soñaba de manera ininterrumpida con mi primer beso. De mis amigos, iba a ser el último. ¡Qué desdicha empezar la secundaria de esa manera! Ya la primaria había sido difícil y ahora todo, completamente todo, dependía de ese beso.

Con Facebook es un poco distinto. A sus 13 años de vida su padre y fundador, Mark Zuckerberg, redefinió la misión del gigante tecnológico en “dar a la gente el poder de construir comunidad y acercar al mundo”. Mientras yo a esa edad pensaba los mejores punch lines para lograr ese primer beso, Facebook se proponía acercar al mundo entero -dos ambiciones muy distintas que confluyeron en un momento en concreto en una manera muy particular. Yo, gracias a Facebook conseguí algunos besos y él, gracias a otros como yo, conectó a más personas en la vida real.

Dicen que las nuevas tecnologías hacen del mundo un lugar más pequeño. Mientras imagino el mundo reducirse en mi cabeza, pienso que la idea no termina de convencerme. Claro, no se refieren a que eso suceda literalmente, aunque lo dicen porque queda mejor, más impactante. De todas maneras, sí que hablan de “construir comunidad” y de “acercar al mundo”. Tampoco lo veo. Al contrario, veo cómo el mundo se agranda, y todo se aleja, esta vez casi literalmente. Tal vez porque ellos se refieren a ese nuevo mundo digital y me confunden porque no lo mencionan. O simplemente no tienen mala intención y no son capaces de distinguirlo.

Antes, yo tenía amigos de verdad en muchos países del mundo. Nos conocíamos, hablábamos, compartíamos, todo hasta que el tiempo lo permitía. Siempre había una fecha de caducidad y eso hacía que lo viviésemos intensamente. Si teníamos que darnos un beso, no me lo ahorraba para más tarde, porque no había más tarde. Justo antes de irnos, nos despedíamos, pero de verdad, conscientes que no sabríamos nada del otro hasta nuevo encuentro. Prometíamos escribirnos y, al principio, lo hacíamos hasta que lo dicho quedaba en buenas intenciones. Ahora, nos conocemos, hablamos, compartimos, pero luego, al despedirnos, nada termina ahí, todo debe continuar. Seguimos conectados a través de Facebook o Instagram, y esperamos saber del otro por el resto de sus días. Ya no nos desconectamos, no nos despedimos, no es un adiós ni un hasta luego. Lo suplantamos por un contacto, estéril, pobre, sin besos y pocas lágrimas, pero perdiendo el valor de lo finito, de lo que acaba, como la vida misma.

Yo no me conecto y por eso he perdido amigos que están lejos de mí. Facebook, al contrario de lo que pretende, no me ha acercado a nadie, sino que me ha condenado a ver sus infinitas fotografías para constatar la enorme distancia que nos separa. Y aún peor, también ha condenado las relaciones que tengo vis a vis.

Antes nos reuníamos, cervezas en mesa y cigarro en mano mientras alternábamos las bocanadas de humo con las risotadas de la noche. Ahora puedes ver las cervezas de siempre acompañadas con algo para picar en la mesa, conjuntamente los encendedores encima de su cajetilla de cigarros, y la nueva presencia de una pantalla rectangular que no deja de brillar como una estrella cada vez que algo ocurre. Parece que en ese aparato siempre está ocurriendo algo. Y es entonces cuando se genera la  cadena de hechos: dedos gordos que van de derecha a izquierda, cabezas que asienten sin afirmar, dientes que brillan ante el reflejo de la pantalla. Todo ocurre con el móvil como intermediario.

Estas nuevas reuniones van acompañadas por nuevos temas: “¿Ya viste este meme?” o “¿Ya viste este video?”, todo girando entorno a la pantalla brillante. No todo lo que brilla es oro pienso mientras vemos las nuevas fotos de la que dicen es la más guapa de nuestras amigas. “Hace tiempo que no las veo”, digo mientras bebo un trago amargo de cerveza. 

Entonces comentamos ese video viral sobre esa ocurrencia de esa persona que no conocemos y ni conoceremos. “Tampoco importa”, pienso. Lo comentamos, nos reímos, luego nos vuelve a abstraer lo que sucede en las pantallas. Total, todo sale de ahí. Aparece otra foto. “Esta vez se pasó con la pose”, concluimos. Seguimos comentándola, nos reímos, comparamos, hasta que llega la tarde y es hora de irnos.

En este nuevo contexto yo he cambiado. Me he vuelto taciturno, más calmado. En las conversaciones grupales pienso dos veces antes de contar una historia, de hacer una broma. Normal, competir contra el ingenio detrás de los memes tan creativos no es tan sencillo. Se complica más cuando una persona normal dedica en promedio más de cuatro horas al día a revisar insistentemente la pantalla del móvil. Si esa es la cantidad promedio, no quiero imaginar los que lo sobrepasan. 

En realidad, Facebook a sus 14 años no ha creado comunidades, las ha aniquilado. Zuckerberg ha hecho bien en llamarle “muro” a ese espacio donde escribimos y nos escriben. Los muros dividen, alejan, marginan, nos separan de los demás. En la masacre digital “el otro” y toda su incomodidad han muerto. Por ejemplo, desapareció la incomodidad de tener que seducir a alguien de frente. Ahora con Tinder se ha simplificado el proceso. Haces amigos en redes con menos vergüenza que cuando te acercas y dices “Hola, me llamo Mateo y ¿tú?” En las redes sociales existe el silencio, solo existe silencio, porque nunca hay ruido, pero ya nunca viene acompañado del silencio incómodo, típico de los elevadores. Para más colmo, pedir perdón se ha trivializado, mandas un mensaje bonito disculpándote con emoticones de vergüenza sin realmente sentirla. En general, el otro y su incomodidad han sido aniquilados.

De la misma manera, el compromiso que generan otros en tu vida se hace más sencillo, menos cargante. Por ejemplo, nos conformamos con que las redes nos recuerden las fechas de cumpleaños y escribimos el mismo mensaje estándar a todos: “¡Felicidades, un abrazo vos!”. Vaya detalle. Encima agradecemos cuando les deberíamos de contestar con un puño en la cara. O por WhatsApp para que no haya sangre. También, cuando alguien nos produce aversión o le tenemos manía, simplemente lo eliminamos. Si te caen mal los chinos, pues los eliminas. Un mundo sin chinos. Existen pero “afuera” allá, a lo lejos, donde ocurren las obligaciones, donde existen responsabilidades, donde hay diferencias, donde pedir perdón cuesta y perdonar aún más. Espero que más de alguno me de unfriend después de leer esto. Significará que se verá retratado por esta reflexión y peor aún, no reconoce que hay algo que está mal en esta nueva dinámica.

Los expertos en marca personal repiten con insistencia que, si no existes en la red, simplemente no existes. Esto parece ser cada vez más cierto para los  jóvenes y no sorprende entonces, que la hiperconectividad genere nuevas fobias. La que más me llama la atención es FOMO, fear of missing out, la cual les obliga a estar siempre pendientes, siempre conectados. Asimismo, detrás de todos los tácitos acuerdos que se generan de manera espontánea en los espacios digitales se observan importantes cambios en los comportamientos en la vida real. Por ejemplo, dice el mismo reportaje, la nueva generación tiene “más falta de sueño, menor número de quedadas con los amigos, menos citas, menos sexo, ausencia de diálogo con la familia, mayor sensación de soledad” y no sigamos, porque me deprimo. Se observa también que beben y se drogan menos y todo por quedarse en sus casas detrás de un computador. ¡Qué terrible ser joven en estos duros tiempos que corren!

Pasar de ser niño a adolescente fue después de mi primer beso. Los niños de ahora, dan ese paso a la libertad y madurez cuando sostienen su propio celular con sus diminutas manos.

Dicen que tenemos dos oídos y una boca porque la clave de una buena comunicación está en escuchar el doble de lo que se habla. Bajo esta lógica, hoy tenemos diez dedos y solamente dos ojos, lo que se traduce en escribir muchos mensajes para cada vez más escasa atención de los otros con los que intentamos conectar. Creo que en un futuro y me reservo el derecho de exagerar, podríamos evolucionar para prescindir de ellos y convertirnos en seres de veinte dedos y un ojo súper evolucionado.

Y ser también, autómatas solitarios rodeados de otros autómatas solitarios conectados por un móvil.

Mateo Echeverría
/

Graduado en Humanidades por la Universidad de Navarra. Enamorado de la filosofía. Hace años que dejé Guatemala, aunque todo lo que me importa aún sigue ahí.


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COMENTARIOS

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    Mario Monterroso /

    02/10/2018 4:03 PM

    Demasiado drama para decir extensa y aburridamente lo que Marshall Macluhan ya dijo hace muchos años: toda innovación trae una mutilación. Rasgarnos las vestiduras de si hay o no hay comunicación y que la paradoja es que el exceso de comunicación incomunica es descubrir el hilo negro. Está pasando y va a seguir pasando ¿o es que esa aparente incomunicación es una nueva forma de comunicación?

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

      Mateo Echeverría /

      03/10/2018 7:58 AM

      Gracias Mario por tu comentario. Tomo nota en tu sugerencia y reviso a Marshall Macluhan al que todavía no conozco.
      Es cierto que es un tema ya muy tratado aunque pretendía solamente personalizarlo con algo de originalidad.

      Un saludo!

      ¡Ay no!

      ¡Nítido!

    Juan Carlos /

    02/10/2018 12:56 PM

    Vaya hombre....al fin...

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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