¿Somos en realidad una república soberana?

“¿Estado? ¿Qué es eso? ¡Bien! Abrídme ahora los oídos, pues voy a deciros mi palabra sobre la muerte de los pueblos. Estado se llama el más frío de todos los monstruos fríos. Es frío incluso cuando miente, y ésta es la mentira que desliza de su boca: Yo, el Estado, soy el pueblo.” Así habló Zaratustra

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Esta es una opinión

Protestas pidiendo la renuncia del Presidente Jimmy Morales, acusado de financiamiento electoral ilícito durante la campaña de 2015 donde ganó la jefatura máxima del país.

Foto: Telesur

Guatemala, palabra que se origina del náhuatl Quauhtlemallan, ‘lugar donde abundan los árboles’, aunque cada vez sean menos y en cambio, abundan el hambre, la violencia, el miedo, la corrupción. Esta última, lo hace de manera sistémica, habita en los mismos cimientos de su fundación. Tienen razón aquellos que recuerdan que La independencia no es como la cuentan y que la historia, grotescamente aceptada como ‘nacional’, al estar narrada desde un ángulo incompleto se parece más a la frágil y fragmentada memoria humana que a una disciplina rigurosa. Entre sus carencias está, como señaló Carlos Guzmán-Böckler, la falta de un verdadero esfuerzo por considerar “a todos los actores sociales que han venido participando en el vivir colectivo”.

Recomiendo el sugerente texto de Ricardo Marroquín, ¿Se puede amar una patria que no existe?, publicado en Nómada hace unos días, en donde narra el sin sentido patriótico guatemalteco muy vinculado a un envejecido paradigma militar. Concuerdo con Ricardo en que la construcción social de patria que tenemos aprendida es contraria a lo que anhelamos como ciudadanos y que, por esa misma contradicción, es extremadamente peligrosa.

Guatemala se fundó sin tener en consideración a algunos sectores de la población. A través de sus instituciones se han perpetuado lógicas excluyentes que perpetúan injusticias ya muy ‘normalizadas’ y consideradas como ‘naturales’. Por ejemplo, dentro de este panorama ‘natural’ existe gente que no tiene nada para comer, que sufre actos violentos y vive con miedo. Esto no nos escandaliza, es normal. Hay quienes que incluso creen que la culpa es de ellos mismos.

De la misma manera se puede entender el fenómeno del racismo tan ampliamente extendido en nuestro pequeño territorio. Es frecuente encontrar personas que no se consideran tales, pero que se desmienten cuando abren la boca. Por ejemplo, es muy común que cuando se pretende corregir a otra persona de manera coloquial se diga ‘no seas indio’. No recuerdo ni una sola vez haber escuchado una voz que protestara por el uso peyorativo del término. Todo continúa de manera natural, como si entendiésemos lo mismo y ‘ser indio’ se convierte en sinónimo de hacer las cosas mal. Da miedo lo que se dice sin llegar a escandalizar, pero da más miedo pensar en lo que se calla.

A lo largo de estos días he visto muchos mensajes y discursos que me han hecho pensar en la soberanía guatemalteca. Soberanía, la piedra angular del Estado-nación. La soberanía descansa en el pueblo y cuando el Estado lo ejecuta lo hace en su representación. Pero, ¿qué pasa cuando el pueblo deja de sentirse representado y ciertas decisiones trascendentales se hacen sin consenso? ¿Son estas decisiones legítimas o incluso soberanas?

Parece que la legitimidad es la última preocupación de quienes han defendido estos últimos días la soberanía nacional. La de ellos es una soberanía con pretensiones de asemejarse a la del monarca Luis XIV, que nace de una voluntad individual y nada más.

Por otro lado, y muy importante, la soberanía no debe limitarse al ‘derecho a la autodeterminación’ de los pueblos o a una instrumentalización para protegerse de posibles ‘injerencias extranjeras’. El concepto es muchísimo más amplio y profundo porque implica ante todo, responsabilidad. Responsabilidad de proteger al pueblo que representa. En el momento en que un gobernante es incapaz de garantizar que su representación es en beneficio de la mayoría, pierde la idoneidad para gobernar.   

En realidad, ¿somos soberanos? Yo creo que no. A pesar de que nos encontramos en un contexto global que pone en jaque la figura del Estado, me temo que los culpables no son extranjeros. La corrupción sistémica es signo de ello. Me temo que los culpables son los guatemaltecos, los que a través de actos fuera de ley entregan nuestra soberanía. Claro que, si un extranjero se atreve a estar encima de la ley también debe pagar, pero no por el simple hecho de ser extranjero.

Me imagino que a las personas que investigan la corrupción en Guatemala les pasa algo similar que a cualquiera que se detenga frente a un bosque para contemplarlo: ve los árboles que están de frente pero es incapaz de alcanzar con la vista la totalidad del bosque, solo puede intuirlo. Con la corrupción nacional sucede lo mismo: ves los casos aislados – financiamiento ilícito, sobornos, contrabando, fraude – lo demás solamente se intuye, se imagina. Además, no olvidemos que la corrupción al ser tan ‘nacional’ como la marimba la practican unos pocos, aunque, digamos que, ávidamente.

Remontándonos casi 200 años atrás, el historiador Jorge Luján Muñoz explica que en la década de 1820 no existía un verdadero ‘nacionalismo centroamericano’. En cambio, sí que había dentro de “las pequeñas élites urbanas” una especie de nacionalismo estatal, una “postura autonomista”. La patria fue entonces, construida (o arrastrada) por unos pocos. Para hablar de una patria que no falsee realidades, tendríamos que empezar a hacer referencia a una que sea plurinacional, más inclusiva con el otro, más respetuosa, donde nuestra igualdad provenga de nuestra diferencia.

Como bien lo dijo Arendt, “la pluralidad es la condición básica de la vida política.”

Mateo Echeverría
/

Graduado en Humanidades por la Universidad de Navarra. Enamorado de la filosofía. Hace años que dejé Guatemala, aunque todo lo que me importa aún sigue ahí.


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    Julio Menchú /

    17/09/2018 10:05 PM

    Gracias por el iluminador texto para analizar los conceptos en Guatemala.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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