Los retos de ser morena, estudiando una Maestría en Europa

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Esta es una opinión

Imagen: Pexels

Camino adentro del bar y desde que entré, siento que cada uno de mis movimientos es examinado con detalle. Esa clara sensación que tenemos cuando nos sentimos fuera de lugar. Mientras avanzaba entre las mesas intentando evitar a toda costa a las personas borrachas, la sensación de no pertenecer fue en aumento.

El nombre del bar era “Proletaryat”, lo que al principio me pareció confuso tomando en cuenta la historia de Polonia con la ocupación soviética. No era mi primera vez ahí. Me gustaba el lugar, aunque en mi visita anterior, una mesa llena de hombres blancos de más de 50 años, se rieron de mi amiga Silvia y de mí, por ser yo la única persona morena en el bar.

Para mí, ese lugarcito tenía algo de curioso y seguía pensando lo mismo, a pesar de que en aquella ocasión uno de esos hombres volteó la silla solamente para verme directamente a los ojos por varios minutos, haciéndome sentir increíblemente incómoda, mientras le sostenía la mirada, desafiándolo.

Viví en Polonia por cinco meses y honestamente, puedo decir que nunca había reflexionado tanto acerca de mi identidad étnica. Soy de Guatemala, este país de 16 millones de habitantes, que fue invadido, colonizado y saqueado por europeos a lo largo de tres siglos.

La pobre discusión racial que hemos tenido ha sido a fuerza del reconocimiento de algunos pedazos de nuestra historia en todas sus variantes.  Sin embargo, no es una reflexión nacional constante ni profunda, mucho menos honesta.  De hecho, para invisibilizar la necesidad de la discusión abierta sobre el racismo en el país, se utilizan argumentos como el conveniente “racismo al revés” o la “ceguera” ante las diferencias de piel y sus significados histórico-sociales. 

Las poblaciones indígenas, afroguatemaltecas, xincas y mestizas, co-habitamos dentro de las fronteras de esa ficción llamada Guatemala. Y las oportunidades que hemos tenido son, en gran medida, el resultado de las atribuciones  que otorgamos a esas identidades.

Me identifico a mí misma como mestiza, una mezcla de sangres e historias de mis ancestralidad. La piel morena tiene una enorme cantidad de variaciones, desde tonos café profundos hasta pieles que tiran un poco más al blanco. La “morenitud” es un espectro amplio. En Guatemala, la mayoría compartimos esas tonalidades.

Pensaba, entonces, que en Guatemala, el color no debería representar la razón principal de discriminación, aunque estoy consciente de que la experiencia de las poblaciones afro es diferente. Mi tono de piel, pienso, puede ser compartido por personas de orígenes xincas e indígenas. No hago una clasificación de lo no indígena, porque me parece una adscripción racista que niega la historia del violento mestizaje y se decanta por lo “blanco”.

El tono de mi piel no representaba mis privilegios, porque asumí que ellos provienen de  haber nacido en el seno de una familia de clase media, con el castellano como lengua materna y formada en  costumbres occidentales que implicaron el borramiento de algunas de las ramas y herencias de mi genealogía. Había sido “lavada”, “blanqueada” por mi estilo de vida.

Nunca estuve completamente consciente que el no tener las facciones marcadas con rasgos indígenas y no tener una piel más oscura, pudo haber influido en la manera en que las oportunidades se me fueron presentando. Sin embargo, los matices en el color de las pieles, representando diferencias sutiles que -hasta ahora- yo ignoraba que tuvieran peso en algunos de los privilegios de mis dinámicas cotidianas, se vaciaron de significado al estar viviendo en un lugar en el que mi identidad racial conllevaba una serie de prejuicios implicados en mi no-blanquitud.

Mis primeros días en Polonia fueron muy movidos, por los procedimientos administrativos que tenía que realizar. Poco me dediqué a considerar cómo estaba siendo percibida y cómo me estaba auto-percibiendo en un contexto socio-cultural tan diferente. Con el paso del tiempo caminaba más las calles, sola o acompañada. Algunos días mientras bajaba por las escaleras eléctricas, notaba que personas blancas y bastante mayores que subían por el lado contrario, me observaban fijamente mientras iban en su trayecto a la salida de la estación de autobuses. ¡Hasta  volteaban sus cabezas para poder “examinarme” mejor!

Mi impresión, es que a estas personas les estaba costando trabajo encasillarme. En una noche de esas largas, decidí acercarme a un puesto que vendía comida en la acera, cerca de la parada del tram. Mientras esperaba a que mis papas fritas estuvieran listas, dos hombres blancos se acercaron y comenzaron a hablarme en polaco. Alcancé a decirles   przepraszam” (lo siento) y procuré alejarme de ellos, pero siguieron hablándome, cada vez con más volumen, hasta que finalmente me gritaron “Habibi, habibi. Esta es la pronunciación de “mi amor” en árabe.

Las primeras veces que situaciones como estas me ocurrieron, intentaba no prestar atención, pero cuando salía con mis colegas, me hacían la misma observación: “¿por qué esa gente te ve así?”. No estaba segura de la respuesta. La sociedad polaca es considerada como una de las más homogéneas étnicamente en Europa.

De hecho, intensificaron sus restricciones migratorias en el año 2015, una de las primeras políticas del gobierno de derecha “Ley y Justicia” (actualmente al poder). Puedo asumir, entonces, que la interacción con la otredad les provoca un cierto tipo de incomodidad, porque les llevaa a toparse con su propia identidad. ¿Acaso tenemos la inminente necesidad de poder señalar los orígenes “raciales” de todas las personas con quienes interactuamos?

Como si con ello, se estableciera un patrón jerárquico y diferenciador necesario, que se basa en remarcar lo que nos hace diferentes, como algo negativo.

¿Quién soy? Me pregunté en repetidas ocasiones durante mi estancia en Polonia. Guatemala, como país, es desconocido en estas latitudes. Algunos me preguntaron si estaba ubicada en África o quizá América del Sur. Entonces, como respuesta, no reforzaba únicamente mi nacionalidad, sino más bien mis raíces latinoamericanas. Sé que la herida colonial la compartimos con Nicaragua, El Salvador, México, Bolivia, Perú. Esa parte del Sur del mundo en que nos hemos dado a la tarea de resignificar nuestra identidad y procedencia.

Sí, soy de Guatemala y la mejor forma de explicarles en dónde está mi país era decirles que soy de América Latina. No voy a adentrarme en las implicaciones históricas de la invención del “subcontinente” latinoamericano y el largo camino decolonial que aún se está recorriendo; pero cuando les mencionaba de dónde soy, parecía que solamente pensaban en el magnífico clima, el sol, el reaggetón, el baile y la deliciosa música.

Poco sabían de los peligros que representa ser mujer en Latinoamérica, no conocen de las luchas por la defensa del territorio , de las dificultades que enfrentan las poblaciones para proteger la naturaleza de los proyectos extractivos, de la incesante búsqueda por una vida más vivible y digna.

Es cierto, también somos el trópico y compartimos algo “nuestro”, pero es de miopes e ignorantes homogeneizar las diferentes historias de la región y atribuirles una única representación latina. La identidad pan-latina ha sido una manera de enmarcar el fenómeno de tropicalización del mundo, en el cual una serie de características, imágenes y valores afectan e influencian un espacio geográfico o poblacional.

Sin embargo, la diseminación de esos elementos parece tener un tinte superficial, cuando  remarca únicamente las representaciones del baile, el sol y la sexualidad. Latinoamérica ya no es lo que el norte del mundo ha hecho de esta región: un producto reificado de consumo. La tropicalización no significa una disminución de la asimetría en la jerarquización de las  identidades mundiales, sino más bien una “representación deformada de las proyecciones que el anglo tiene sobre lo latino.

La contradicción: ellos nos perciben como inferiores. No reconocen nuestros orígenes ni nuestras ideas, pero consumen nuestra comida, bailan nuestra música y visitan nuestras playas. Ellos no quieren que aspiremos a sus vidas. Y no lo hacemos. Al menos, pienso que no lo hago. Pero tengo esta convicción de que merezco educación superior de calidad, acceso a salud y una vida cotidiana libre de violencia.

Nos quedaríamos en nuestros países si tuviéramos la oportunidad de alcanzar todo eso ahí, pero bien saben que hace siglos nos impusieron la herida colonial que sigue sangrando.  Yo estoy estudiando una maestría, soy privilegiada y lo sé, pero los procedimientos migratorios que hay que llevar para poder adquirir una visa tienen tintes profundamente racistas. ¿Acaso tengo que sonreír sin rascarme esta costra histórica y agradecer sin cuestionar la oportunidad de estar aquí? Mi cabeza da vueltas.

He llegado a reconocer que mi piel en Europa tiene un significado completamente diferente a la piel que tenía en Guatemala.

Es como si mi color hubiese cambiado y poco pudiera hacer al respecto. Ahora lo sé.

Regina Solís Miranda
/

Antropóloga. Feminista. Comprendiendo las latinidades y mis orígenes a la distancia. Integrante de la Colectiva Guatemala Menstruante y la agrupación SOMOS GT.


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    Marvin Clifford Harris-LeviStrauss /

    18/03/2019 6:37 PM

    Me ha gustado mucho saber de tu historia, muy bien contada, con ese tinte y las categorías antropológicas pertinentes. Ya ves, si estás en Polonia, estudiando tu maestría ya tienes uno o varios temas de investigación basada en estas anécdotas. Por allí decía un sociólogo o antropólogo, no recuerdo bien, que el color de la piel de la humanidad dentro de mil años será la tonalidad morena, como la nuestra, tenga o no razón, celebremos hoy y defendamos siempre lo que nos diferencia de la otredad, incluyendo claro, el ser moreno, que es un color que no destiñe decían antes. Felicitaciones por tu escrito.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Chicho Corazón /

    18/03/2019 6:28 PM

    Tienes razón, pero a veces no es que se les mire a los garífunas y afrodescendientes con desprecio, más bien en ocasiones es un poco de envidia, por lo general ustedes son mucho más altos, atléticos y corpulentos, pero mucho, en comparación con el chapín promedio; por no decir otras virtudes. Así que si la próxima vez te ven con ojos raros, no lo tomés tan mal, mejor pensá que sos admirado. En lo demás, todos debemos trabajar en eso de que sean tratados con los mismos derechos, privilegios y obligaciones de cada ciudadano guatemalteco, incluyendo eso del pasaporte.

    ¡Ay no!

    1

    ¡Nítido!

    Miriam /

    18/03/2019 6:26 PM

    Muy interesante reflexión, muestra como "todo es relativo" y como salir de la burbuja (en este caso de Guate) a otro país puede hacernos más conscientes de que nos perciban diferente por tener otro "tono de piel" diferente de la mayoría. Espero que tu experiencia académica y la gente buena con la que puedas convivir superen por mucho los sinsabores que produzca la gente ignorante y racista (que lamentablemente tiene representantes en todo el mundo).

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Lucas /

    18/03/2019 2:11 PM

    El racismo es una manifestacion de la ignorancia y de la necesidad de sobresalir y una forma facil es adherirte a un grupo dominante y asi sus logros seran tambien los tuyos, lo malo es la abundancia de la ignorancia que multiplica el racismo. Yo tuve un par de episodio no muy bonitos en Europa pero tambien conoci gente a todo dar. Y mi conclusion es que gente lucida y gente pendej a hay en todas partes.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Nodigsa /

    18/03/2019 1:09 PM

    Por artículos como este es que nómada no termina de despegar. Tienen cosas buenas, informaciones buenas...pero tienen tanto de relleno...

    ¡Ay no!

    1

    ¡Nítido!

    LC /

    18/03/2019 11:46 AM

    Pobrecita mujer, debe ser súper traumático susitituir los privilegios ladinos clasemedieros, que incluyen muchacha, guardaespaldas, chofer y jardineros indígenas; por el duro invierno en Europa, y más: darse cuenta que esa blancura que en Guatemalita le garantiza privilegios es una ficción!
    Menos mal que que existen estos medios fifís para enterarnos de sus sufrimientos!

    ¡Ay no!

    1

    ¡Nítido!

    Benjamin Labriel /

    17/03/2019 9:16 PM

    Creo que puedo hablar por muchos afrodescendientes guatemaltecos al decir que siempre nos hemos sentido como extranjeros en nuestra propia patria. La alienación se intensifica al llegar a otro país en donde no esperan que uno provenga de un país como Guatemala. La mayor de las ironías de ser afrodescendiente guatemalteco es que nuestro pasaporte chapín (que a nosotros nos lo dan luego de pedirnos requisitos adicionales a los que piden a los guatemaltecos de menor pigmentación), no nos permite el ingreso a ningún país africano.
    Siento mucho lo ocurrido en su viaje, pero lamentablemente tuvo que ir hasta Polonia para experimentar la realidad cotidiana de algunos de nosotros aquí en Guatemala; y cuando hacemos el más leve comentario al respecto, se nos llama desde exagerados hasta resentidos.
    Ya que tocó el tema, debo decir que Guatemala es un país igual de racista que Polonia, al menos desde mi narrativa.
    Gracias por el artículo.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

      Chicho Corazón /

      18/03/2019 6:53 PM

      Tienes razón, pero a veces no es que se les mire a los garífunas y afrodescendientes con desprecio, más bien en ocasiones es un poco de envidia, por lo general ustedes son mucho más altos, atléticos y corpulentos, pero mucho, en comparación con el chapín promedio; por no decir otras virtudes. Así que si la próxima vez te ven con ojos raros, no lo tomés tan mal, mejor pensá que sos admirado. En lo demás, todos debemos trabajar en eso de que sean tratados con los mismos derechos, privilegios y obligaciones de cada ciudadano guatemalteco, incluyendo eso del pasaporte.

      ¡Ay no!

      1

      ¡Nítido!

    Me volvi mas morena junto a un gringo /

    17/03/2019 6:58 AM

    Yo hice conciencia de mi piel y el racismo en carne propia (despues de haber crecido como una morena mestiza de clase media sin ser discriminada en mi pais) cuando me casé con un gringo canche alto y de ojos azules. La gente EN GUATEMALA me empezó a tratar distinto...algunos mejor, lo cual me dolió! Ahora me trataban mejor, porque el elevó mi estatus ante los ojos de mi propia gente?! Algunos peor...otros mas parecidos a el, gente propietaria de restaurantes, gente en nuestro condominio lo saludaban, le hablaban y a mi ni me miraban...el tenia, tiene que repetir a veces "esta es mi esposa" como si la mujer chaparrita y morena a la que le toma la mano fuera completamente invisible. Alguna vez lo invitaron a pasar a un lugar y a mi me preguntaron si yo trabajaba para el. En Pana cuando su familia nos visitó, un lanchero me pregunto cuantos eran mis patrones. Junto a su blancura me hice consciente del racismo y fui discriminada o igual de mal, mejor tratada...y ni siquiera tuve que salir de Guate para experimentarlo.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Ex-Compañero de la clase /

    16/03/2019 1:32 PM

    La verdad es que Polonia es un país muy cerrado, especialmente cuanto a la diferencia nacional. Tenemos (nosotros polacos) esa falta de confianza a las otras nacionalidades, eso se relaciona con nuestro antepasado, pues las guerras y todo esto. A uno de mis profesores (de español, nativo) intentaron a echar de un tren que estaba yendo. Lo que me gustaría decir es que en la mentalidad polaca se siente ese sombra de la historia, pero lo que se puede ver en las generaciones bieneducadas de estos años que la tolerancia tiene como un mínimo aceptar a la segunda persona (no al otro, porque los polacos nisiquiera son capaces de aguantarse recíprocamente), pero hay mucho trabajo para que entendamos que la aceptación es lo que necesitamos para convivir en la relaciones neutrales (por lo menos) con los otros países. Cordial saludo.

    ¡Ay no!

    1

    ¡Nítido!

    CarenDiaz /

    16/03/2019 4:25 AM

    Me identifico 100 % con el texto, y a esto agrego que irónicamente en Holanda, país donde vivo, los “polacos” (así les llaman acá) son vistos por la mayoría únicamente como mano de obra barata, confirmando así, otra cara más del racismo y de cómo en todos existe esa parte oscura que rechaza lo diferente y que necesita sentirse superior a ese diferente. Diferente en raza, cultura, pensamiento, clase etc. no importa qué solo que es diferente.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

      lc /

      18/03/2019 11:56 AM

      Carendiaz: Lo que ud describe es discriminación, no racismo

      ¡Ay no!

      ¡Nítido!







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