De rezos y príncipes a mi primera vez

Cerré los ojos y levanté un poco las manos. Tenía que pedirle a Dios por el príncipe azul que creó para mí, por el vientre que algún día ese hombre fecundaría. Y no estoy bromeando, esa era una petición común –una obligación– en el colegio evangélico al que asistí.

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Serie Wonderlust.

Foto: Sarah Anne Johnson

Así, en los inicios de mi adolescencia, dudaba sobre algunos aspectos de mi religión, pero no sobre el príncipe azul. Él me llevaría virgen al altar y luego, en la luna de miel, me penetraría por primera vez.

Pero la idea de la penetración regresó, de otra forma. Como aquella vez cuando, al igual que Flora y sus lecturas, leí cómo Florentino escribió a una amante “este coño es mío”, y sentí algo. La culpa fue enorme.

Y a los 13 años encontré una revista Cosmopolitan, al lado de la cama de mi mamá. Allí me topé con un artículo sobre la masturbación (de la que no sabía casi nada, aunque sí había visto un poco de pornografía). Me senté y leí acerca de formas creativas para masturbarse. Decidí, entonces, provocarme mi primer orgasmo.

La revista sugería enrollar una toalla, envolverla en plástico y montarla. No sentí nada. Así que corrí a bañarme y dejé que mi mano llegara más abajo y, sin ayuda de ningún consejo o utensilio, lo logré. Sentí un cosquilleo en el vientre, mis muslos temblaron y un pequeño gemido salió de algún lugar dentro de mí.

Esa maravillosa sensación me provocó ganas de saber más sobre masturbación, pero nunca lo hablé con nadie. La culpa, aunque me esforzaba por ignorarla, me perseguía.

Pasé años explorando mi cuerpo, conociendo sus reacciones y sensaciones; la virginidad y la pureza me comenzaron a asustar. Dejé de orar por mi vientre y la religión ya no era parte de mi vida. Sin embargo, aún le temía a la primera penetración (aunque ya había comprado un vibrador).

Mi primer novio, quien era sexualmente activo, respetaba mi miedo a la penetración; así que empezamos a experimentar otras maneras de darnos placer. Entendí, entonces, que el sexo involucra algo más que “meter y sacar”.

Pero a los 19 años ya no me resistí, mi cuerpo se había entregado al placer de otro cuerpo desnudo. Aunque, oficialmente, no había roto la ley que dicta: la virginidad se pierde cuando el pene rompe el himen. Era la noche de Año Nuevo y, entre los ruidos de la pirotecnia en un cuarto de una casa antigüeña, me dejé llevar.

Fue increíble, él se comportó gentil y comprensivo. Nunca podré entender por qué esperé tanto para ese momento.

Después de ese maravilloso orgasmo, me abrazó y sonreí. Algunas lágrimas cayeron por mi cara; ese día maté los miedos y las culpas que nunca quise, pero que me obligaron a sentir.

Daniela Castillo
/

Joven veinteañera aficionada a los elefantes, el chocolate, los libros y el cine. Estudió ciencias de la comunicación pero no es la carrera la que define su profesión. Es feminista, vegetariana y a veces pareja, pero sin ser extremista en ninguna de las tres.


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COMENTARIOS

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    Andrea /

    21/11/2014 6:07 AM

    Y esto... ¿por qué es periodismo? Es una anécdota personal. Pero, ¿periodismo? ¿Incluso #buenperiodismo? ¿Por qué?

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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