En el 2015 había que ir a la Plaza. ¿Y ahora, en el 2016?

Triste y arrepentida luce hoy la izquierda porque asumió sin más la idea de que haber salido a la Plaza varias veces durante 2015 fue inútil. Se siente utilizada e impotente vocifera contra el arrogante presidente Jimmy Morales porque les confirmó el peor de sus miedos: que resultó electo por dichos eventos y hasta se los agradeció. Y lo peor, es nuevamente convocada, pero esta vez alguien se arroga el derecho de imponer reglas sobre qué hacer y qué no...

Cotidianidad Opinión P369
Esta es una opinión

El 16 de enero se convocó nuevamente a una manifestación en las Plazas del país.

Foto: Rocío Conde

Sin embargo, hay algo de simplón y de falaz en el anterior análisis. En primer lugar, porque la interpretación de la realidad no funciona con posturas maniqueas: o sirvió totalmente o no sirvió para nada. Si lo que se buscaba era la caída del binomio presidencial y demostrar apoyo a la maquinaria capaz de enjuiciar a los funcionarios corruptos –aunque sea sólo a algunos–, a nivel de presión estos procesos sí sirvieron para algo; si lo que se esperaba era la caída del régimen capitalista, racista y patriarcal, pues claro, no.

En segundo lugar, porque Jimmy Morales fue electo no sólo por la “clase media citadina” que acudió a las marchas –que en su mejor momento rondó los 100,000 parroquianos–… Fueron, de hecho, 2.8 millones de guatemaltecos las y los que votaron por él –o en contra de las y los demás candidatos– y esta cifra dista mucho de representar a la clase media y alta del país. Y en lo anterior estuvo la clave del triunfo de Morales: en que hubo gente a su alrededor que supo leer los acontecimientos, entre los cuales las concentraciones eran apenas un elemento. Así, resultó electo en prácticamente todos los departamentos del país, siendo poco fiable el argumento de que por él votaron únicamente los clasemedieros, urbanos, mestizos o cualquier otra reducción que pretenda eludir el hecho de que la falta de conciencia política y de clase es un mal endémico en todos los sectores de la sociedad.

Es decir, pues, que la realidad es muy compleja. Las marchas periódicas, pacíficas y multisectoriales no podían sino posibilitarse en torno a fines muy concretos, donde hubiera puntos claramente definidos y fundamentalmente coyunturales. Y sólo podían funcionar como mecanismos de presión para otros tomadores de decisiones: la cantidad de asistentes sería el medidor de legitimidad para determinada causa. En este sentido, los manifestantes sabatinos no pusieron a temblar a Pérez Molina… éste tembló, en cambio, cuando vio que sus interlocutores en el poder les prestaban atención.

Ahora bien, si se pretendía articular de la nada –vale decir, en el lapso de algunas semanas– un movimiento capaz de remover los cimientos de una sociedad demente y decadente, lógico es pensar que ello sólo hubiera sido factible si se hubiera contado previamente con un planteamiento programático y un trabajo organizativo de muchos años. Pero, precisamente esto último es lo que la izquierda, en su conjunto, nunca ha sido capaz de hacer en el país. La Plaza estuvo allí, gente hubo allí, cobertura hubo allí, pero no hubo trabajo político profundo y a gran escala –y sobre todo, sostenido en el tiempo– ni antes ni después. No se podía, entonces, esperar resultados políticos favorables, ni antes ni después.

La Plaza era un territorio. En tanto público, había que luchar en él, por él. ¿Cómo? Pues estando, denunciando, pero sobre todo entendiéndolo. Era un espacio para catarsis –¿por qué no?–, pero sobre todo para contactarse, conocerse y reconocerse. Como si Guatemala contara con decenas de oportunidades así como para dejarla pasar. Y como siempre, el espacio sólo era el “a propósito”, porque claro está que los espacios donde se abordan los temas estructurales del país están en sitios donde no aparece sentado el CACIF, donde no se televisa y aplaude una acción política, donde no se canta el himno nacional… Pero, esperar a librar sólo las batallas más épicas y encarnizadas, las de choque frontal, las de resultados inmediatos, no sólo es una actitud milenarista sino a la vez muy miope.

No, la frustración porque las protestas ciudadanas –per se– no llevaron a un estado revolucionario no es válida. Lo procedente es reflexionar por qué una vez más no logró entenderse la situación, por qué la izquierda fue nuevamente incapaz de aprovecharla para construir organización en espacios generalmente hostiles e inaccesibles, por qué, pues, en resumidas cuentas revivió el desgano y se volvió a perder la oportunidad de generarse un movimiento en donde participaran estudiantes, personas de la diversidad sexual, defensores y defensoras de derechos humanos, etc., con miras a construir algo más duradero, que no termine en pugnas, muchas veces ni siquiera sustantivas.

En todo caso, también cabe preguntarse: ¿y es que acaso lo poco o mucho que surgió de este proceso social ha culminado ya? ¿En verdad cree la izquierda revolucionaria que no hubo aunque sea un incauto que abrió los ojos y que está esperando acompañamiento para abrir los brazos? ¿No se viene acaso un año muy importante para el país en el cual este tipo de tácticas pueden volver a emplearse (sabida cuenta que no son suficientes)? ¿Se va a descartar acudir a la Plaza con el deseo consciente de que cualquier movimiento que vaya o de allí surja languidezca por miedo a que la derecha lo coopte o por miedo a que sea manejado desde una oficina con agregados militares de inteligencia extranjera?

Juan Pablo Muñoz Elías
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Guatemalteco, citadino, de la generación de la década de 1980. Considero que más que la academia, es la reflexión política integral, permanente, profunda y honesta la que nos servirá para entendernos como sociedad.


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