Guatemala, la madre que expulsa a sus hijos

Conocí a Gonzalo en enero del 2015 en los corredores del albergue Belén. Un sitio desangelado donde los migrantes prefieren pasar el día resguardándose del calor acostados sobre la acera del frente del edificio. No se les permite estar demasiado tiempo, a veces esperan uno o dos para tomar el aire que los aleje de Tapachula y, por supuesto, su país de origen.

Cotidianidad Opinión P258
Esta es una opinión

Gonzalo en Ixtepec

–¿Vas para el norte?
–Me juré nunca regresar.
–¿Entonces a dónde?
–A Oaxaca, con el padre Solalinde.

De pómulos pronunciados y un metro y 60 centímetros de estatura, Gonzalo llegó aquí porque regresar a su hogar derrotado no es una opción, y también, porque un par de asaltantes le han sorprendido al nomás vadear el Suchiate, lo que le ha amenazado sus aspiraciones de avanzar.

Avanzar es una consigna que en conversaciones con migrantes da sentido a todos los obstáculos y riesgos. Sin embargo, Gonzalo no logra explicar por qué dejó su país. Elucubra el porqué. Y de cuando en cuando, después de un rato, algunas certezas empiezan a relucir.

Le preocupa su familia, a la que ha dejado una vez más atrás  Cada vez que se refiere a Guatemala en realidad lo hace a sus seres queridos, y en algunas ocasiones, a Villa Canales. Caigo en la cuenta de que no ha dejado un país, sino un entorno personal de vínculos sociales y una localidad; donde no hay trabajo, ni dinero.

Sin embargo, a diferencia de sus anteriores viajes, no persigue el bienestar material. Su destino es otro y su historia me empieza a intrigar. Si no migra por dinero, ¿por qué migra?

Está determinado a llegar a Ixtepec, Oaxaca, con el Padre Alejandro Solalinde. Un hombre que ha salvado más guatemaltecos que ningún otro en el extranjero, a pesar de ser un completo desconocido en ese país.

Solalinde ha puesto un albergue ha logrado fundar un albergue en medio de una jungla, donde el narcotráfico es el león, y muchos sus súbditos, incluyendo las autoridades locales. Los caminos que llevan a Estados Unidos están controlados por el crimen.

Lo sabrá Gonzalo, quien ya murió y volvió a nacer, o al menos eso siente luego de sobrevivir a más de una veintena de machetazos cuando intentó volver a pisar la tierra del “gabacho” en el 2014.

En esa ocasión, su única culpa fue no contar con familiares que le enviarán 5 mil dólares una vez que asaltantes que lo interceptasen encima del tren que tritura a quien trastabilla,“ La Bestia”. A partir de ahí su relación con el padre Solalinde, que le ayudó para que sanara.

Su vida no cambió mucho desde entonces. Senadores mexicanos en aquel año se limitaron a escucharlo durante un encuentro con migrantes en el que Gonzalo expuso que el Consulado de Guatemala lo único que hizo  fue decirle: “Espero te recuperes pronto”.

Y ahora, casualmente, en mi afán de entrevistar migrantes, he seguido su pasos hasta Ixtepec. Un trayecto que tarda en recorrerse al menos 7 horas en bus, pero días para quien tienen que bordear las casetas de revisión del Instituto Nacional de Migración.

Un acecho de peligro constante para quienes caminan hacia el norte por las veredas de una zona conocida como la Arrocera, compuesta por al menos veinte rancheríos, que se ensaña contra los migrantes con asaltos, violaciones y asesinatos.

“No juzgues a los demás sólo por sus pecados son distintos a los tuyos”,  se lee en una de las paredes más coloridas, detrás de la que según dicen los migrantes en este albergue, duerme el Padre Solalinde.

El sitio es grande y tiene capacidad para centenares de personas. Gonzalo me muestra el México, donde quiere vivir, su nuevo entorno. Ayuda al Padre a las tareas de mantenimiento de este albergue llamado “Hermanos en el camino”, que no son pocas.

Se respira cierta calma en este lugar, aunque quienes por aquí descansan cargan aflicciones y la incertidumbre de lo que les depara el resto del camino. Los rezos están a la orden del día y una capilla, apuesto, ha desaguado por momentos el peso de estas penas.

En tanto Gonzalo encala paredes, cocina, hace arreglos, da de comer a unos cerdos enormes dentro de una porqueriza que le pertenece al albergue; y de vez en cuando atisba montañas. “Al final somos migrantes. Siempre nos las arreglamos”, me dijo. No migraba por dinero, sino a su casa.

En los primeros seis meses de este año 33 mil 129 guatemaltecos fueron deportados por la autoridad mexicana. El mayor registro de un país centroamericano en ese plazo.

Juan Luis García
/

Dejó una vida tranquila para irse al otro lado del Suchiate. Cuando llegó a la CDMX aún pensaba que el picante le quita el sabor a la comida. Hasta ahora las salas de redacción han sido su trinchera. Escribe para entender.


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    Oscar Castaneda /

    28/09/2016 6:33 AM

    Guatemala expulsaba sus hijos de muchas maneras. Estudié doctorado en USA y sonaba con regresar a Guate y triunfar como profesional. Estudie dos años con un permiso de ausencia de una plaza que tenía en el INDE. En una visita al país uno de los gerentes más altos de la institución me dijo clarito "mejor renuncié y vayase a otra parte porque aquí no hace falta gente con doctorado". Traté de hablar con el entonces presidente del INDE. Lo espere dos días en la puerta de su oficina y nunca me recibió.
    Ese día me sentí expulsado de Guate. Y nunca regrese.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    José Esteban Reyna /

    25/09/2016 1:01 PM

    NO ES NUESTRA PATRIA GUATEMALA QUIEN EXPULSA A SUS HIJOS, es nuestro sistema de gobierno colonial, republicano, neoliberal y corrupto de turno, ahora encabezado por el fantoche neoliberal aspirante a chafa jimmy moralejas.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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