A Carranza no entran taxis (y no es el infierno)

Uno pregunta y el taxista responde. Después de muchos años de moverme en taxi, ya sé que aunque hay algunos más proclives a la cháchara que otros ningún taxista se resiste a hablar de su oficio. ¿Y en qué consiste tal oficio? ¿Consiste en trasladar seres humanos de un sitio a otro a cambio de lo que marca el taxímetro? En absoluto. El taxi como medio de transporte es apenas la cáscara.

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Esta es una opinión

Taxi. Ciudad de Guatemala. Nueve de la noche.

Foto: Carlos Sebastián

Todo el mundo lo sabe, sí, pero hay obviedades que conviene repetir: si se quiere conocer una ciudad en serio hay que hablar con los taxistas. El taxista, lo entendieron inmejorablemente Schrader y Scorsese, es el gusano que explora los túneles oscuros de la manzana podrida. Es la ameba inquieta en la tripa de la ciudad. Es el testigo que, como tal, observa y luego cuenta. Pero no cuenta las ñoñerías que más tarde le gusta cantar a Arjona. Sino cuenta, por ejemplo, el horror que le gustaba cantar a Kurtz.

Los taxistas son sujetos indiscretos. También los hay que, además de indiscretos, son en extremo imaginativos. A estos últimos lo que les fascina es hablar de muertos, pero no de muertos acostados en la orilla del camino, sino de muertos parados, muy elegantes, muy bien vestidos y, se presume, muy pálidos, que abordan las unidades hacia la medianoche y cuyo rostro no se refleja en los retrovisores.

Pero como yo soy inevitablemente un materialista no son esas las conversaciones que prefiero. Me interesan otros asuntos. Por ejemplo este: si no se equivocan las estadísticas y en efecto es Guatemala una de las ciudades más peligrosas del mundo: ¿cómo se concretan esos números delante de la gran pantalla transparente que es el «windshield»de un taxi? ¿Qué ocurre cuando la predecible trayectoria del taxi y la errática trayectoria de la violencia se cruzan sobre el asfalto?

Los taxis que utilizo no son aquellos que uno detiene arbitrariamente en la calle, sino los que llegan a la dirección convenida luego de una llamada telefónica. Pertenecen a una empresa que, además de la flotilla, posee un call center. ¿La razón? Garantizarme esa esquiva, gelatinosa noción que en un país como este está en boca de todo el mundo: la seguridad. Y eso, precisamente, es lo que tal empresa ofrece a sus clientes: «viaje seguro», reza su slogan y los clientes, nosotros, trémulos y paranoicos consumidores de la gran mercancía del siglo, lo creemos. Sin embargo los taxistas, que no son ingenuos, no lo creen tanto.

Una nota de siglo 21, publicada en mayo de 2012 y titulada: “asesinan a séptimo taxista en ocho días”, menciona que dos de los taxis cuyos pilotos fueron asesinados, pertenecían a la empresa de marras. A continuación se lee en la nota que, al ser consultados, los voceros de la empresa negaron que los asesinatos se debieran a extorsiones. Sin embargo, yo conocí otra versión. Me la han contado en el curso de estos dos años varios taxistas. Los detalles de esta versión varían muy poco de un taxista a otro: según ellos, la empresa sí que estaba siendo extorsionada; los extorsionistas le pedían una suma de dinero al contado y una renta mensual por cada una de las unidades. La empresa se negó a pagar y el primer taxista fue secuestrado en un extremo de la ciudad y su cadáver apareció en otro. Al día siguiente asesinaron al segundo pero, para entonces, habían sido ya contratados los servicios de una empresa extranjera de seguridad (adivinemos de qué país) que «desarticuló» (palabras de un taxista con quien hablé del tema hace pocas semanas) a la banda de extorsionistas y entregó a sus miembros a las autoridades públicas.

Hace casi siete años me entraron ganas, por primera vez, de escribir una novela. Sabía lo que quería decir, sabía que quería contar las orillas de la ciudad, pero me faltaba el argumento, esto es, la excusa narrativa. Comencé entonces a hacerles preguntas a los taxistas. Al cabo de un tiempo había desarrollado un cuestionario básico que, una novela y siete años después, continúo activando cada vez que me subo a un taxi.

—Mire usted, ¿y ustedes van a todos lados?— casi todos piensan en ese momento que me refiero a si van a cualquier sitio de la República y entonces responden que sí, que me pueden llevar de frontera a frontera.

—No, no—les digo—me refiero a que si van al Limón, al Búcaro…

—A dejar sí, a traer no.

Si alguien llama de uno de esos sitios, digamos, difíciles, en el call center se le hace saber que la empresa no cubre ese sector. ¿Pero si un cliente llama, digamos del Oakland Mall, y pide que lo lleven allí?

—Si la colonia es muy jodida lo dejamos en la entrada.

El cliente se enoja, argumenta que el taxista está obligado a llevarlo a dónde él indique. ¿Qué culpa tiene un hombre trabajador de vivir en un sitio poblado por bandas de asaltantes o gobernado por vecinos encapuchados y armados con escopetas hechizas que cobran por ingresar o en medio del campo de batalla de la guerra entre pandillas?

—Uno sabe que el cliente no tiene la culpa pero tampoco voy a arriesgar mi vida por una carrera de cincuenta pesos. La ventaja es que la empresa nos permite decidir si vamos a ciertos lugares o no. Eso es cosa de uno. Hay compañeros que se meten a todos lados.

Así van los taxistas construyendo un sistema de seguridad que, eficaz o no, por lo menos los tranquiliza. Los provee de la ilusión de que, si siguen ciertas reglas, no les pasará nada. Hasta antes de la presencia militar, por ejemplo, al Limón sólo entraban a la calle principal; al Gallito pueden entrar siempre que conduzcan despacio y lleven los vidrios abajo; a aquel sitio solo de día; a aquel otro solo en la entrada. Y así.

—¿Y hay algún lugar al que definitivamente no van?

—A Carranza. A Carranza ni de chiste.

La historia de Carranza ocurrió hace unos cinco años. Al menos fue por entonces que yo comencé a escucharla. Hagamos unos cálculos rápidos: supongamos que en cinco años he abordado, por lo menos, dos taxis al mes (el cálculo es modesto). Ello nos da un total de 120 taxis en cinco años. Seamos de nuevo modestos y supongamos que tan solo la mitad de esos pilotos me ha contado la historia de Carranza. La cifra es alarmante: he escuchado la historia de Carranza unas 60 veces.

¿Y qué ocurrió en Carranza? Nada extraordinario en un país con una tasa de homicidios de 39.9 por cada 100 mil habitantes (dato del informe global de Homicidios 2013, de la Oficina de la Organización de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito): un taxista llegó a dejar a un cliente, era de noche, atravesó las calles de terracería y, cuando iba saliendo, un grupo de hombres armados y con los rostros cubiertos por trapos y pasamontañas lo detuvieron mientras disparaban al aire. El taxista no se detuvo. En cambio, aceleró. La trompa del taxi Nissan hizo crujir las rodillas de uno de los asaltantes antes de que su cuerpo rebotara contra el vidrio frontal. Pero el taxista no se detuvo. ¿El resultado? Unos dicen que cincuenta, otros que cien impactos de bala en la carrocería del taxi.

—Fue un milagro que no lo mataran—me dijo una vez un taxista—nosotros vimos el carro, había agujeros en el respaldo del asiento del piloto, en el tablero, en el GPS. Y no hay dos milagros idénticos. La próxima vez que le toque a uno de nosotros no vamos a tener tanta suerte.

El taxista sobrevivió, cuentan sus compañeros. Le dio diabetes y perdió ochenta libras, pero sobrevivió. Mientras tanto, Carranza continúa siendo el escenario favorito de las secciones de sucesos de los medios locales.

Una nota mal escrita en Wikipedia nos permite saber, sin embargo, que la aldea Lo de Carranza, municipio de San Juan Sacatepéquez, fue comprada a la corona española por un grupo de mayas kakchiqueles organizados en plena época colonial. El título de propiedad data de 1752. Hacia 1955 en la aldea vivían poco más de trescientas personas y hasta 1980 la población era en su mayoría indígena. Nada de esa imagen sobrevive. Lo que vino después fue la sobrepoblación a causa de las migraciones internas generadas por la guerra y la consecuente agudización de la pobreza y los conflictos.

Quizá si le preguntáramos al taxista sobreviviente cómo imagina el infierno, mencionaría algo parecido a Carranza. ¿Y quién podría culparlo? Pero Carranza no es el infierno. El infierno no existe. Lo que existe es la pobreza extrema. La enfermedad y el hambre. El hacinamiento. La absoluta carencia de servicios elementales y de oportunidades y de esperanza. Lo que existe es una aldea así, completamente olvidada por el Estado, enfrente de la ciudad capital de un país que ostenta el mayor número de helicópteros privados per cápita de América Latina. Lo que existe es la violencia incubándose en tan generosas condiciones.

—A mí no me da miedo Carranza—me dijo otro taxista—Lo que me da es tristeza. Y no hay nada que odie más en la vida que tener que decirle a un cliente: «disculpe pero no lo puedo llevar a su casa porque ahí no entramos».

NOTA6taxi2070814

Arnoldo Gálvez Suárez
/

Escritor de ficción. Y periodista cuando algún asunto fascinante lo obliga a levantarse de su escritorio para salir a la calle. Ha publicado el libro de relatos La Palabra Cementerio (2013) y la novela Los Jueces (2009), XI Premio Centroamericano de Novela Mario Monteforte Toledo. @ArnoldoGalvez


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    Maria /

    23/08/2014 2:48 PM

    Así como esta historia hay muchas más de lugares a los que no vamos, siendo taxista y por ser mujer, los pasajeros siendo la mayoría de la costa a los que traslado me han preguntado y cuestionado el porque en un país como este me anime a hacerlo y aunque al igual que otros hay lugares a los que no voy, les respondo lo mismo " cuando a uno le toca le toca"

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Marvin Ramirez /

    12/08/2014 9:24 AM

    Cierto, pero el presente artículo es solamente la "punta del iceberg", las historias de taxistas son innumerables, entre tristes, ficticias, preocupantes alegres y hasta encolerizantes.
    Los trabajadores errantes en la selva de concreto donde se encontrarán con todo tipo de orquídeas preciosas pero también de alimañas peligrosas.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    ANONIMO /

    12/08/2014 1:28 AM

    Vivo en España y efectivamente los taxistas son un buen termómetro para tomar la temperatura a las ciudades. Me ha gustado el artículo.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    ANONIMO /

    11/08/2014 3:12 PM

    Excelente artículo Arnoldo, buen historia y bien narrada. Felicitaciones al fotógrafo también, complementa muy bien el artículo con su propuesta. Muchos éxitos a Nómada!

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    AM /

    11/08/2014 11:27 AM

    Excelente Arnoldo, como todo que lo que te he leído. Estamos esperando tu próxima novela...Abrazos, AM

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Héctor Manuel Centeno /
    10/08/2014 8:34 PM

    Muy buen artículo sobre un realidad triste, muy triste. La pobreza extrema debe parecerse mucho al infierno.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Marcia Mendoza /

    09/08/2014 3:58 PM

    Buenisimo el reportaje!!!! Felicidades. Me encanta leer lo que escribes, te admiro mucho.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Daniel /

    09/08/2014 12:38 AM

    Pues algo tendrá que ver con el infierno porque yo miro a Satanás en el respaldo del copiloto :s

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Julio R. Gámez /

    08/08/2014 4:57 PM

    Que buena lectura, gracias.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Logui /

    07/08/2014 7:25 PM

    El taxista es como la rata (en un sentido positivo, sin animadversiones) de la ciudad. Está en todo lado y a toda hora. Y sus "boca a boca" son tan poderosos que pueden transmitir cualquier mensaje a toda una ciudad y más allá. Por eso la guerrilla, las dictaduras, la inteligencia policial, los ha usado por años. Pero su manera de comunicar la experiencia humana es muy peculiar. A veces exageran, muchos de hecho, pero hablan de lo que escuchan a sus pasajeros y a sus compañeros. Su red es sólida y bien tejida. Son un mundo poderosos. Buen artículo el de Arnoldo Gálvez.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!







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