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Padre revolucionario,
hijo capo

El padre, heredero de terrateniente, simpatizaba con la democracia, con Árbenz y con la reforma agraria. Y para rubricar sus simpatías políticas, en 1978 apoyó a los campesinos que pedían que se respetaran sus derechos, y que tuvieron como respuesta del Estado la masacre de Panzós. El hijo, heredero del revolucionario, simpatizaba, en apariencia, con otra redistribución. Por eso se dedicó al narcotráfico, invitó a los Zetas a venir al país y finalmente fue extraditado a Estados Unidos. ¿Es una continuidad o una ruptura?

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Esta es una opinión

Hamlet es uno de los modelos de hijo en la historia de la literatura.

Foto: cdncambridge.tab.co.uk/

El hijo quiere cumplir su destino y no encuentra más que dos alternativas para conseguirlo: la continuidad o la ruptura con su padre. Así, por continuidad o por ruptura, nos relacionamos con todo cuánto nos antecede. El hijo pone su vida al servicio de la obra del padre (sea cual sea la naturaleza de tal obra) o se dedica a destruirla. La historia de la literatura, es decir, la historia de lo posible verosímil, como la llamó Aristóteles, nos ofrece montones de ejemplos. El parricida Edipo Rey o la Carta al padre de Kafka, son curiosos casos de ruptura; Hamlet y el fantasma de su padre, nos enseñan que la venganza es una forma de continuidad; y de continuidad también nos habla el relato de Abraham e Isaac, aunque no nos quede claro por qué Isaac decide continuar la obra de un padre que estuvo dispuesto a asesinarlo.

Pero los casos más fascinantes son aquellos en los cuales no queda claro si el destino de un hijo se ha cumplido por continuidad o por ruptura. Tomemos, por ejemplo, un caso de la vida real, del mundo de los hechos y no del mundo de lo posible verosímil: he allí un padre y un hijo que, cada quien en su momento, han jugado papeles protagónicos en la Historia reciente de Guatemala. Sin embargo nadie, al menos públicamente, ha considerado relevante el hecho de que semejantes personajes sean padre e hijo. El único sitio que encontré en dónde superficialmente se les relaciona es una nota brevísima de Prensa Libre.

«El padre», lo sabemos por el libro de Greg Grandin, Panzós: la última masacre colonial, era a su vez hijo de un terrateniente alemán de Alta Verapaz. El heredero hijo de terrateniente simpatizaba, sin embargo, con la democracia, con Árbenz y con la reforma agraria (¿ruptura?). Y para rubricar con sangre sus simpatías políticas, junto con un grupo de campesinos y estudiantes arriesgó su vida en 1954 por defender a Árbenz y a la revolución. Fue capturado por militares contrarrevolucionarios y durante los siguientes años su vida se hundió en el silencio de la clandestinidad. En los sesenta se unió a las Fuerzas Armadas Rebeldes, la primera experiencia guerrillera guatemalteca, la primera en dejarse embelesar por la barba de Fidel Castro, sus interminables discursos y la posibilidad de la victoria. Durante un enfrentamiento, él y su hermano fueron alcanzados por una ráfaga enemiga. El hermano murió y él, herido, fue trasladado a Cuba en donde le prodigaron toda clase de cuidados. Volvió unos años después para recuperar la plantación de su padre en Panzós, explica Grandin, y convencido de la inutilidad de la lucha armada, se unió al Partido Revolucionario.

En alianza con el Frente Unido de la Revolución (el partido de Colom Argueta, asesinado durante el gobierno del General Lucas García), el PR lo llevó a ganar la alcaldía de Panzós, Alta Verapaz. Era él el alcalde cuando ocurrió la masacre de al menos cincuenta campesinos mayas qeqchís perpetrada por el ejército en complicidad con terratenientes locales: la última masacre colonial y la primera de una seguidilla que condujo al genocidio por el que fue condenado el general Efrían Ríos Montt el año pasado. Desde la alcaldía, su papel en el contexto de la masacre fue, cuando menos, ambiguo. Hay indicios, sin embargo, de su simpatía por la causa de los campesinos. Simpatía que de todos modos no sirvió para satisfacer las demandas de estos. Ni siquiera para prevenir las decenas de muertos que arrastró la corriente furiosa del Polochic. La última vez que se le vio públicamente fue cuando prestó declaración durante el juicio por la masacre de Panzós en 2011.

En 2012, uno año después de que el padre recordara ante los jueces cómo fueron asesinados a tiros decenas de campesinos en la plaza del municipio que él presidía, la Corte del Distrito Sur de Nueva York pidió la extradición de su hijo, acusado de trasegar cocaína a Estados Unidos y de ser uno de los principales socios de los zetas en Guatemala. En junio de ese año, el Tribunal Tercero de Sentencia resolvió extraditarlo y en diciembre, escoltado por agentes de la DEA, «el hijo» se convertía en el otro narcotraficante guatemalteco en cumplir ese destino.

 

Walter Overdick, hijo, en su llegada a tribunales.

Walter Overdick, hijo, en su llegada a tribunales. Foto: Siglo21.com.gt

 

Treinta años después de la masacre de Panzós, ocurrida en mayo de 1978, fue la cabeza de «el hijo» la que comenzó a asomarse sobre el tumulto de la Historia y por razones muy diferentes. En marzo de 2008, en un balneario en Zacapa, fue asesinado Juancho León, un importante tumbador y archienemigo de las narco familias tradicionales. Entre otras hazañas, Juancho León le había administrado importantes robos de mercancía a “el hijo” y había, incluso, atentado contra su vida. En alianza con los patriarcas de las narco familias tradicionales, hartos ya de los tumbes y de la sangrienta beligerancia de Juancho León, se supone que fue «el hijo» quien le solicitó a los Zetas que tumbaran de una vez por todas al tumbador. La ostentación de la narco masacre, como le gusta llamarla a la prensa, ocurrida en Zacapa en 2008, no habría cabido en la imaginación de Sam Peckinpah y a partir de ella supimos de la presencia de los zetas en Guatemala a quienes «el hijo», por gratitud, les abrió las puertas del territorio. Con el tiempo nos fuimos habituando a leer acerca de sus matanzas, siendo acaso la más espeluznante aquella en la que un comando de los Zetas decapitó a veintisiete jornaleros de una finca en el Petén y que nos recordó, inevitablemente, los años más salvajes de la contrainsurgencia, los mismos que comenzaron, en 1978, con la masacre de Panzós, cuando era alcalde «el padre».

El nombre del padre es Wálter Overdick García y el del hijo, Horst Walther Overdick Mejía alias “El Tigre”. A los recuerdos de ambos los atraviesa un río de sangre. Lo que ignoramos es si la obra del hijo, de alguna forma, es continuidad de la obra del padre (sea esta cual sea: herencia del poder acumulado desde la alcaldía, por ejemplo, o de los títulos de propiedad de tierras dedicadas al cardamomo o el café o cualquier otra herencia, tangible o no, que puede incluso superar las capacidades de nuestra imaginación) o si, en cambio, el hijo se distanció del padre para cumplir un destino muy distinto. La respuesta se encuentra en los 30 años de oscuridad (1978-2008) que separan los momentos en que el padre y el hijo fueron gotas de aceite negro en los engranajes de la Historia.

¿Qué ocurrió durante esos años? ¿Qué aprendió el hijo del padre? ¿Qué partes de sí mismo le mostró el padre al hijo? ¿Qué supo el hijo del horror que ocurrió al otro lado de la puerta del despacho de su padre cuando él tenía apenas 10 años? Allí se encuentra la respuesta y también el trozo más importante de esta narración que solo puede recuperarse de dos maneras: a través de una investigación que nos devuelva los hechos o a través de la imaginación, de lo posible verosímil, de la ficción, que a veces se acerca más a la verdad que los propios hechos y una de cuyas principales funciones es, como lo entendió Balzac, contarnos la historia privada de las naciones.

Arnoldo Gálvez Suárez
/

Escritor de ficción. Y periodista cuando algún asunto fascinante lo obliga a levantarse de su escritorio para salir a la calle. Ha publicado el libro de relatos La Palabra Cementerio (2013) y la novela Los Jueces (2009), XI Premio Centroamericano de Novela Mario Monteforte Toledo. @ArnoldoGalvez


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    Carnal /

    13/05/2019 12:02 AM

    Regreso de vacaciones ( 7 años )...

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    timberland 10061 rose /

    23/12/2014 3:19 AM

    Inspiring story there. What happened after? Thanks!

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    ¡Nítido!

    HijoRebelde /

    10/10/2014 9:05 PM

    Me parece que. . . deberias ahora hacer un reportaje pero de la ruptura de las hijas sobre el padre (hay varios ejemplitos) jejej. Slds compa!

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Nancy Cardona /

    09/10/2014 2:23 PM

    Excelente escrito, el análisis de qué pudo haber sucedido en la intimidad de la relación padre e hijo que marcara una posible continuidad de ideales con diferente forma para alcanzarlos.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Arnoldo Gálvez /

    08/10/2014 4:47 PM

    Muchas gracias por su aclaración, Jorge.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Jorge Dardón. /

    08/10/2014 3:25 PM

    Corrección. El FUR eracel partido de Manuel Colom. El de Fuentes Mohr era el PSD. Precisamente una de las grandes debilidades de la izquierda reformista en el período fue ka incapacidad de ambos de unirse en un solo grupo...

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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