«Te prometo anarquía»: otro espejo incómodo de Julio Hernández Cordón

Los skaters no quieren cambiar el mundo. No pueden. Son como los ángeles de Wim Wenders: se deslizan sobre el concreto afilado de la ciudad para ser testigos de todo su horror, pero también de toda su ternura. Sus alas son una tabla con rueditas de goma. Si han de repetir algún credo, acaso sea uno parecido a este: somos patinetos, estamos obligados a transitar este mundo –su tedio, su tristeza– pero al menos lo hacemos sobre ruedas, alardeando con piruetas imposibles y ofreciéndole breves momentos de belleza al aire enrarecido de la ciudad. La pirueta nos permite volver, por un segundo, al cielo del que un día nos echaron a patadas.

Cotidianidad Opinión P258
Esta es una opinión

Erwin Jonathan Mora Alvarado, Julio Hernández Cordón, Eduardo Martínez Peña (Pelukaz) y Diego Calva Hernández.

Foto: www.moreliafilmfest.com

Son skaters los protagonistas de Te prometo anarquía, la última película de Julio Hernández Cordón, el cineasta mexicano/guatemalteco que desde hace siete años nos viene contando historias tan desasosegantes como hermosas, que han acabado convertidas, inevitablemente, en espejos incómodos –como deben serlo los auténticos espejos.

Localizadas sus primeras cuatro películas en Guatemala, en Julio Hernández son recurrentes temas como el aburrimiento y el fracaso, la violencia y las distintas formas en que un destino cualquiera puede verse, de pronto y radicalmente, trastocado por la repentina aparición del horror. Sin embargo no es allí, en aquello tan doloroso, en donde Julio Hernández se empeña en darnos muestras de sus sobradas facultades narrativas y artísticas. Lo que parece interesarle por sobre todas las cosas son las maneras, disparatadas unas, hermosas todas, a través de las cuales sus personajes (habitantes de periferias tanto físicas como existenciales) proveen de sentido, y ya de paso también de belleza, a sus propias vidas: unos adolescentes roban gasolina para perderse, dentro de un automóvil, por las calles oscuras de una ciudad en donde el amanecer, más que un suceso cotidiano, parece un milagro; dos músicos veteranos, un metalero (que además es médico) y un marimbista (extorsionado por pandilleros), se unen con un joven hiphopero (poeta adicto al pegamento) para formar una banda cuyo propósito es, además de producir una música delirante, reunir un poco de dinero que les permita seguir viviendo; un hombre, testigo en su infancia del salvaje asesinato de su padre y que ha intentado quitarse la vida por todos los medios imaginables, a cual más horrible (comiendo fertilizante, por ejemplo), renuncia de súbito a la autodestrucción para levantar una casa en medio de un yermo desolado.

Para rodar Te prometo anarquía, Julio Hernández se ha trasladado esta vez a la ciudad de México, al monstruo de veinte millones de habitantes, a la capital de Mesoamérica, corazón abierto de esta región colmada de pulsiones mortíferas y rutilantes. Se ha trasladado allí con una mochila cargada con todas sus obsesiones y son esas mismas obsesiones, y la manera tan particular de retratarlas, con una mirada y unos registros a estas alturas ya reconocibles, lo que hacen que Julio Hernández sea cineasta destinado a no pasar desapercibido y lo que nos ha obligado a nosotros, su audiencia, a seguir de cerca sus pasos y a no querer perdernos ninguna de sus películas.

Hay que ser muy talentoso, pero también muy valiente, para salir bien librado cuando lo que se quiere es contar una historia como Te prometo anarquía, una suma de intenciones cumplidas que ha logrado reunir, en una misma pieza narrativa, temas como el amor entre dos skaters (amor gay cargado, en idénticas dosis, de testosterona, violencia y ternura), el coreográfico mundo de las patinetas, los accidentados y casi siempre dolorosos encuentros entre las clases sociales, el tráfico de sangre y de órganos para las clínicas clandestinas (otro de tantos florecientes negocios del crimen organizado) y la célebre por horrorosa práctica de los levantones, esas desapariciones masivas perpetradas por narcos.

Julio Hernández ha dicho que para la puesta en marcha de los mecanismos que sostienen y hacen que avance semejante argumento, volteó a ver al cine de género, en particular al film noir. Es cierto que, desde un principio, Julio Hernández abandona los lindes del género para concentrarse en hacer lo propio, aquello que lo hace tan reconocible, pero finalizada la película sí pueden rastrearse en ella ciertos elementos típicamente noir (un género, por otra parte, que no es un género sino más bien, como apuntó Paul Schrader, un tono, un modo). Por ejemplo estos cuatro: primero, el crimen está en el aire, es una fuerza omnipresente ante la cual es muy difícil resistir y los que lo hacen (resistirla o jugar con ella o pasarse de listos y pretender que la pueden usar a su favor) acaban mal: muertos, en el mejor de los casos, o locos, en el peor (para constatarlo basta revisar películas como Chinatown, de Roman Polanski o Scarlet Street, de Fritz Lang, entre tantísimas otras); segundo, de la ciudad, y en el caso de Te prometo anarquía, de la masa de hormigón que es la Ciudad de México, se desprende una ética, tal ética no siempre es comprendida con suficiencia por los protagonistas, si lo hicieran, a lo mejor sus destinos serían menos negros (hay una secuencia sobrecogedora en Te prometo anarquía, que ilustra inmejorablemente este punto: un auto se desliza sobre un puente gris, a un lado ondea la bandera mexicana, y nosotros sabemos que esa bandera ya no representa solamente un puñado de héroes patrios, una revolución, una virgen de Guadalupe, sino también un territorio disputado por criminales y la sangre que por tal disputa se ha derramado); tercero, a veces el protagonista de un film noir,ocurre así en Te prometo anarquía, se enamora de la posibilidad de reunir, en poco tiempo, una enorme cantidad de dinero y tal visión le impide medir con sensatez los riesgos; y, por último, la fatal aparición del amor, que florece con crueldad sobre una paradoja: para ese personaje perdido en las sombras de un film noir, el amor constituye su única posibilidad de redención y, al mismo tiempo, será la causa de su condena.

Los gestos noir son quizá también los que le permiten a la película, con tanta honradez y valentía, ser el amargo retrato de una sociedad y de un momento negrísimo en la Historia. Las preocupaciones sociales presentes en todas las películas de Julio Hernández adquieren, en Te prometo anarquía, las características típicas de un descenso al infierno, ya como elementos fundamentales para el argumento, ya como detalles puestos aquí y allá con sutileza y que quieren, además, comunicarse con otras filmografías, con otros autores que tuvieron preocupaciones semejantes: por ejemplo, un niño vendedor callejero se desmaya en el metro (está mal alimentado y además, para sobrevivir, vende su sangre), alguien comenta entonces, ante el cuerpo del niño desmayado: ¿y a este de dónde lo sacaron?, ¿de Los olvidados? La mención de la película de Buñuel nos recuerda cuán poco ha cambiado, seis, siete décadas después, la miseria en una ciudad como México.

En Te prometo anarquía, Julio Hernández no renuncia a su vocación naturalista, a ese aire casi documental de sus anteriores propuestas, y con el cual nos persuade de que aquello que estamos viendo y escuchando está ocurriendo ahora mismo, en vivo, y nos ha sido dada la rara oportunidad de atestiguarlo. Y he allí una de las grandes virtudes de la película: su capacidad para reconciliar ese realismo documental con sus permanentes estallidos poéticos. Para lograrlo, Julio Hernández se ha valido de la virtuosa fotografía de María Secco y de una inolvidable banda sonora que reúne al Tri, a Galaxie 500, a Baxter Dury y a los Iracundos. En ninguna otra película de Julio Hernández recuerdo que las canciones jugaran un papel tan primordial y cuyas letras arrojaran tantísima luz sobre el argumento con versos como: a nadie le importa mi porvenir, está escrito que tengo que sufrir, tengo que vagar y vagar y vagar y vagar, no tengo conciencia ni tengo edad (El Tri) o este otro: Johnny doesn’t like the sun, sits at home playing with his gun (…) no one ever told us that we’re going to be left alone (Baxter Dury) o, finalmente: I don’t wanna stay at your party, I don’t wanna talk with your friends, I don’t wanna vote for your President, I just wanna be your tugboat captain.

Decir que es esta la mejor película de Julio Hernández sería injusto con las anteriores. No se podría resaltar particularmente su madurez porque no había asomo de inmadurez en sus propuestas previas. De manera que Te prometo anarquía es un paso más (a lo mejor este mejor presupuestado) en la trayectoria profesional y vital de un artista que ha sido interesante desde el principio, y una de cuyas principales características ha sido el amor evidente que le profesa a sus personajes. Y para darles vida ha renunciado a la búsqueda de actores y, en cambio, los ha buscado fuera de la ficción, en la calle, en la realidad. En Te prometo anarquía tal recurso constituye un acierto mayúsculo. Después de esta experiencia, Diego Calva y Eduardo Eliseo Martínez seguro se verán obligados a dejar la patineta por un rato para buscarse un futuro en la actuación. Su trabajo en la película es impecable. El primero como el adolescente acomodado a quien la patineta le ha permitido conocer la calle y sus miserias; el segundo, como el mejor amigo y amante del primero, el inocente y salvaje adicto al pegamento que vive en el interior de una pipa de gasolina abandonada. Juntos, unidos por el amor que se profesan, se dirigirán, sobre rueditas de goma, a la fatalidad que ellos mismos, como ángeles indolentes y corruptores, han propiciado. No atenderán la advertencia que les ha procurado el poeta Ashauri López, cuya aparición en mitad de la película nos recuerda los oráculos de las tragedias griegas: Vamos a reinar en los cielos y en una ventana rota. Vamos a besarnos antes de que se nos destruya la era. Un edificio en tu cabeza. Un avión en mis labios. Fuego. Gritos. Tantas muertes y cada viernes en la noche volvemos a marcarnos. Para decirnos mentiras vivas. Que piden leche. Piden pan. Piden que las arrulles hasta caer dormidas. Somos nuestra propia generación. Somos nuestro propio monstruo. Somos nuestro propio ahora. Y aún así, nos estamos queriendo.

Arnoldo Gálvez Suárez
/

Escritor de ficción. Y periodista cuando algún asunto fascinante lo obliga a levantarse de su escritorio para salir a la calle. Ha publicado el libro de relatos La Palabra Cementerio (2013) y la novela Los Jueces (2009), XI Premio Centroamericano de Novela Mario Monteforte Toledo. @ArnoldoGalvez


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    Emmet /

    14/01/2017 8:47 AM

    Esa película es una porquería: malas actuaciones, pésimo sonido, planos innecesarios que no cuentan absolutamente nada ni le aportan a la historia. Quizá sea una obra maestra para fetichistas, pero realmente es un asco.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Julio /

    26/11/2015 5:11 PM

    Hay que moverla más, no en los circuitos de cine comerciales, pero sí en espacios alternativos, en galerías, en espacios culturales independientes (como lo hizo la Erre), pero más allá de la ciudad capital o la Antigua. En Xela, en Huehue, en Cobán, en Toto... estoy seguro de que habemos muchos que nos hemos quedado con las ganas de verla.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    lll /

    26/11/2015 12:37 PM

    lastima que no se puede ver en ningun lado...

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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