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Así funciona el negocio de los centros de rehabilitación evangélicos en Ciudad de Guatemala

En el año 2019, en la moderna metrópoli de la Ciudad de Guatemala, todavía se tortura a los adictos al alcohol, a las drogas, a los gays o a quien caiga en alguno de los centros de rehabilitación religiosos a los que Nómada ingresó y de los que pudo recabar testimonios.

Guatemala urbana adicciones Centros de Rehabilitación Ministerio de Salud P258

Centros de rehabilitación.

Ilustración Diego Orellana

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1. Con la Palabra de Dios

A lo lejos Joseph escuchaba las voces de dos niñas. Se reían con inocencia. Un piso más abajo, Joseph, un joven de 19 años, estaba sentado en un piso sucio, con la cara hacia la pared. En el salón había decenas de hombres, todos en silencio, hambrientos y golpeados, mientras un pastor evangélico predicaba incesantemente. Nadie se movía por miedo a los castigos.

—¡Yo les doy fe de que yo pude cambiar, ustedes también pueden!—, gritaba el pastor.

Horas y horas de prédicas obligatorias cada día, amenazas constantes, humillación y violencia era la terapia principal que proveía el centro de rehabilitación Jehová Jireh en la zona 1 del Centro Histórico. En este centro, como en muchos otros, se pretende ‘curar’ a los pacientes de su adicción al alcohol o las drogas, o a la homosexualidad, a fuerza de violencia y de la ‘palabra de Dios’.

Las niñas en el techo eran las hijas del director del centro, Erick Waldemar Paniagua Duarte, conocido como el Cholo. A veces las llevaba para que jugaran en la terraza mientras él, en los cuartos abajo, manejaba un régimen de terror lucrativo a costo de las más de 150 personas internadas.

Joseph cerraba los ojos. Se esforzaba para escuchar a las niñas y no dejar que las palabras del pastor llenaran su cabeza. Llevaba cuatro semanas encerrado contra su voluntad en el centro, incomunicado y sin manera de pedir auxilio.

2. ¿Qué son los centros de rehabilitación?

En Guatemala los ‘centros de rehabilitación’ funcionan como establecimientos de salud privados autorizados por el Ministerio de Salud. Ofrecen internamiento y tratamiento a personas que sufren de una adicción a las drogas o al alcohol. El precio por un mes de oscila entre los Q500 y Q700 (US$65-US$90), y los más caros llegan hasta Q5 mil (US$650) por 8 días.

Existen 65 centros de rehabilitación autorizados. De ellos 48 se ubican en el departamento de Guatemala. La entidad responsable de autorizar los centros y de asegurar que cumplen con el reglamento de normas mínimas es el Departamento de Regulación, Acreditación y Control de Establecimientos de Salud (DRACES), que cuenta únicamente con un equipo de 11 supervisores para un total de 65 centros de rehabilitación y otros 18 mil establecimientos de salud en todo el país.

Durante los últimos 10 años, la Procuraduría de Derechos Humanos ha recibido por lo menos 26 denuncias relacionadas a los centros de rehabilitación en Guatemala. Documentan casos de retenciones de personas en contra de su voluntad, de condiciones de higiene miserables en los centros y de los castigos físicos a las personas que están en proceso de rehabilitación. Y lo más probable es que existan aún más casos, pero ni en la PDH o el Ministerio Público existe un registro de los casos especializado en los centros.

 

Centro Jehová Jireh.

Centro Jehová Jireh. Foto: Carlos Sebastián

La PDH tardó meses en recopilar para Nómada la lista de denuncias porque no tenía cómo buscar en su base datos. Y aún así no incluye todas las denuncias. Buscando solo con el nombre del centro Jehová Jireh se encontraron otras 16 denuncias, también presentadas entre 2008 y 2018.

El mismo problema ocurre en el Ministerio Público. Sin conocer el delito, la fecha y el nombre del denunciante, es imposible tener certeza de cuántas víctimas han presentado una denuncia penal en contra de los centros de rehabilitación.

A pesar de que la adicción a una sustancia es una enfermedad crónica documentada y que las personas que la sufren son un grupo estigmatizado en la sociedad guatemalteca, el fenómeno de los abusos y la explotación de este grupo vulnerable en los centros de rehabilitación no existe para el Estado ni para la sociedad.

3. El secuestro de Joseph

El 4 de enero 2014, Joseph fue secuestrado por dos hombres desconocidos que lo llevaron al centro Jehová Jireh. Fue organizado por su mamá, que un mes antes se había enterado de que Joseph tenía una relación con otro hombre. Joseph tenía 15 años la primera vez que le contó a su mamá que era bisexual. Ella, una señora conservadora y religiosa, nunca aceptó que a su hijo le atraían los hombres y las mujeres, y pidió consejo sobre qué hacer con él en la iglesia mormona que su esposo dirigía.

Le recomendaron enviar a Joseph al centro de rehabilitación Jehová Jireh.

—Allí le van a ayudar a quitar lo gay y también su problema con las drogas.

Desde su adolescencia Joseph fumaba marihuana de vez en cuando. Le ofrecía un alivio cuando se deprimía por los reproches que había escuchado toda su vida por ser un niño ‘delicado’ y ‘afeminado’. Nunca fue una adicción, asegura.

Después de un almuerzo familiar en su casa en la clasemediera zona 6, la abuela de Joseph le pidió que la acompañara a buscar un taxi. Cuando salieron de la colonia, les esperaba un taxi con dos hombres grandes. Con fuerza y engaños de la abuela, lo subieron.

—¿Quiénes son ellos?—, preguntó Joseph a su abuela.
—No te preocupés mijo, es por tu bien. Todo lo que vaya a pasar es porque tu mamá te quiere.
—¿Adónde me llevan?—, preguntó con miedo.
—Entre más preguntés, peor te va a ir—, le respondieron mientras le vendaban los ojos.

Cuando le quitaron la venda estaba en un pasillo largo. Lo estaban revisando dos hombres jóvenes de cuerpos tatuados. Eran ‘servidores’, pacientes que cumplen con las funciones de personal en los centros donde no contratan.

—Vos nuevo, ¿con quién caminas?—, le preguntaron para ver si era parte de alguna pandilla.

 

Joseph relata su experiencia.

Joseph relata su experiencia. Foto: Carlos Sebastián

Joseph no respondió. Lo desnudaron. Estaba en pánico. Querían ver si tenía tatuajes. Lo raparon y le dieron una pijama. Preguntaba dónde estaba y pedía que lo sacaran de allí.

Al día siguiente conoció al director del centro, Erick Waldemar Paniagua Duarte. Todos lo conocían como el Cholo. Era un hombre grande y fornido. Los servidores le dijeron que Joseph se estaba quejando y que decía que su mamá lo sacaría del lugar.

—¿Lo callás vos? ¿O querés que lo callemos nosotros?—, preguntó uno de los servidores.

El Cholo se le quedó viendo a Joseph unos segundos. Fue puñetazo a la cara. Joseph se desplomó, marcado de la cara por los anillos de oro que adornaba la mano de el Cholo.

—¡Aquí estás para cambiar! ¡De aquí nadie te va a sacar! ¡Te vas a volver hombre!

Fue solo el primer golpe de muchos que recibiría Joseph durante un mes de tortura psicológico y físico en un centro autorizado por el DRACES y el Ministerio de Salud.

Por ser homosexual, Joseph estaba asignado a dormir en el piso del pasillo. Así no iba a contagiar a nadie más con su orientación sexual, decían el Cholo y los servidores. El olor en el pasillo era insoportable. Por la falta de ventilación que aliviara el hacinamiento, por los vómitos de los recién llegados que tenían abstinencias y por los baños que estaban al final del pasillo.

—Casi siempre lloraba por las noches. Me quedaba dormido por agotado, llorando y pensando que la libertad iba a ser tan solo un sueño. Casi siempre pensaba en mi mamá. Oraba. Así me quedaba dormido.

Como no había personal contratado en el centro, los pacientes hacían la limpieza, bajo amenazas de los servidores.

Durante la segunda semana en el centro, Joseph comenzó a tener dolor en los genitales. Dolor y una secreción en el pene.

—En la noche no nos daban permiso para entrar al baño, porque los dos gorilas (los servidores) dormían. Entonces nos daban unas botellas de plástico para orinar y las usaban todas las personas allí. Así creo que me infecté de gonorrea.

Los síntomas empeoraron y Joseph le suplicó que los servidores le ayudaran. Llamaron a la mamá de Joseph para pedirle dinero porque necesitaba asistencia médica. Ya estaba pagando Q700 mensuales al centro de rehabilitación, pero aceptó enviar más dinero. El médico que trató a Joseph nunca dijo su nombre. Tampoco le hizo exámenes de laboratorio para verificar qué infección tenía, ni dejó una receta. Le inyectó penicilina, y encargó a otro paciente administrar las inyecciones durante varios días.

El centro se mantenía hacinado. Pero cuando el Cholo sentía que los ingresos bajaban mandaba a sus asistentes a buscar personas en las calles del Centro Histórico. Lo llamaba ‘cacería’, cuenta Joseph.

—Encontraban bolos tirados en la calle y los llevaban a la fuerza para después llamar a sus familias. Más que todo jóvenes porque es más fácil manipular a los papás. Los obligaban a dar el contacto de sus papás para llamarlos: “Aquí está su hijo, nosotros lo podemos ayudar, aquí adentro va a mejorar, pero cuesta tanto por mes”.

Joseph escuchó rumores de pacientes no salieron con vida de Jehová Jireh. Esto también fue reportado en 2013 por Plaza Pública, que habló con jóvenes en condición de calle que estuvieron en el centro Jehová Jireh.

4. Torturas, y tráfico de alcohol y drogas

Además de Jehová Jireh, Nómada documentó las condiciones en otros dos centros, y a través de testimonios de personas que estuvieron en varios centros más.

Uno de ellos es Selvin, quien ahora tiene 45 años. Es ladino, vive en la capital y lleva 8 años sin tomar una gota de alcohol. Pero antes, durante más de 15 años, su familia lo ingresó en cuatro centros diferentes por su adicción. Tres en el departamento de Guatemala y uno en Chimaltenango. En cada uno vio castigos, adolescentes ingresados junto a mayores, personas con discapacidad mental abandonados, tráfico de alcohol y drogas y un sistema de ‘tratamiento’ a base de castigos físicos.

—En un centro los colgaban de las vigas, amarrados de las manos. A mí una vez me amarraron de los pies y con las manos atrás, pero no me colgaron.

 

Un paciente casi pierde por completo la sensación en sus manos después de ser amarrado durante horas.

Un paciente casi pierde por completo la sensación en sus manos después de ser amarrado durante horas. Foto: Cortesía

Así, colgados de las manos en una altura para sostenerse justo en el punto de los dedos de los pies, los dejaban horas.

—Ante mí también mataron a una persona a golpes. A otro lo asfixiaron. Se sentía mal, y estaba pidiendo trago. Lo castigaron y no aguantó. A la familia siempre le dicen lo mismo, que murió por intoxicación.

En un centro en Mixco, en las afueras de la Ciudad de Guatemala, los encargados y los servidores violaban a varios pacientes, tanto mujeres como hombres. Selvin recuerda que otro patrón común es que los encargados ofrecen alcohol a cambio de sexo cuando las pacientes mujeres entran en síndrome de abstinencia.

—Esos son los abusos que ocurren en los centros donde vamos los bolos pobres. Son como cárceles; el bolo pierde todos sus derechos. Pero por caro o barato que sean, es una farsa que sean de recuperación. Son solo para pararle la furia al bolo. Es una tortura, de verdad. El encierro, la comida, el trato. Es una tortura.

5. La respuesta del Ministerio de Salud

—Los centros CAIPAS realmente son un tema bien conflictivo, dice el médico Luis Armando Rosales, facilitador de carrera en el Departamento de Regulación, Acreditación y Control de Establecimientos de Salud.

No le sorprende escuchar las condiciones que Nómada encontró en los centros y los testimonios. Las conoce bien y específicamente el centro Jehová Jireh. En 2013 en su función de supervisor el mismo documentó las condiciones. Esto fue lo que reportó:

“1) Se contabilizaban 170 personas, lo cual excede la capacidad del establecimiento y número de encamamiento. Se encontraron menores de edad en el establecimiento, no tiene duchas, falta ventilación en dormitorios 2) Los expedientes o personas deben de tener ficha clínica completa, con anamnesis diario y evolución de la presente enfermedad o infección. 3) Organizar enseres y alimentos en bodega 4) Deben reducir la cantidad de personas 5) Definir el área de comedor, señalización de las áreas y salidas de emergencia, colocar los extinguidores en lugar visible”.

El mismo año, el grado de incumplimiento general en los centros de rehabilitación fue documentado en un estudio de 2013 realizado por un representante del DRACES y un consultor. Muchos de los cuales siguen funcionando hoy.

 

Ilustración: Diego Orellana

Ilustración: Diego Orellana

El DRACES tiene la opción de cerrar de forma temporal o permanente a un centro que no cumpla con las normas mínimas. Pero el médico Rosales explica que escoge no aplicarla porque no pueden trasladar los pacientes a otro centro. La última vez que el DRACES ordenó un cierre temporal fue en 2017, y aún así el centro siguió funcionando.

 

Médico Luis Rosales.

Médico Luis Rosales. Foto: Carlos Sebastián

—Fue risible. Si es un cierre temporal y el centro sigue funcionando, no es un cierre. Pero no tenemos un mecanismo legal para poder hacer algo [con los pacientes]. Yo puedo hacer el cierre, ¿pero a dónde ingreso a las personas? Incluso estábamos buscando el apoyo con la PGN para poder hacer traslado de personas, pero no tenemos hacia dónde. El hospital Federico Mora es el único hospital que puede tener residentes pero no es para esa finalidad. Por eso evitamos los cierres. En vez de eso escogen multar a los centros.

En el hospital psiquiátrico nacional las condiciones son similares. En el último reportaje de Nómada sobre el Federico Mora, el director le ofreció al periodista que podía llevarse (raptarse) a cualquier paciente que quisiera.

Leé“A cualquiera que te quieras llevar ahorita, yo te la entrego”, dice el subdirector del Federico Mora

6. “Peor que la cárcel”

En las afueras de la Ciudad de Guatemala se ubica un centro que hace pocos meses fue sancionado por el Ministerio de Salud. No porque se encontraban menores y personas con discapacidad mental en el centro, o por las condiciones de higiene miserables, sino porque la licencia sanitaria había expirado.

Nómada visitó este centro después de que fuera sancionado.

El paciente más joven tiene 15 años. El más grande, más de 70, aunque nadie a ciencia cierta conoce la edad exacta ni cuántos años lleva encerrado en esta casa de dos pisos en las afueras de la Ciudad de Guatemala.

Las ventanas que dan para la calle están tapadas. En la luz artificial de una televisión pequeña, el anciano vaga descalzo e incansable con una sonrisa estática, entre los decenas de hombres en las bancas y sillas de plástico. En otro rincón se ven cuatro bultos. Cuatro cuerpos en abstinencia acostados en posición fetal, completamente envueltos en suéteres tapando sus caras.

—Sus hijos básicamente lo abandonaron aquí, solo depositan el mensual, le dice a esta periodista un paciente joven sentado en el piso en un rincón.

Se llama Alex, y tiene 23 años. Cayó en una adicción a los 14 años, cuando su mamá lo echó de la casa porque peleaba mucho con su padrastro, quien lo golpeaba a puño y cincho cada vez que tenía la oportunidad. En las calles de la capital comenzó a fumar marihuana y terminó consumiendo piedra y pegamento. A veces hacía trabajos pequeños en los mercados para comprar drogas o agua. Otra veces robaba. En tres ocasiones estuvo recluido en el Centro de Detención Preventiva para Hombres en la zona 18.

Solía irse a la colonia en la zona 7, donde creció, solo para observar desde lejos la casa de su familia. Cuando lograba juntar suficiente valor se acercaba a tocar la puerta para hablar con su mamá mientras el padrastro trabajaba. Nunca lo dejó regresar a la casa, pero le dejaba un poco de dinero. Fue allí afuera de la casa que su tía lo encontró un día. Logró convencerlo a que se dejara inscribir en un centro de rehabilitación.

Alex dice que fue lo peor que pudo hacer.

—Aquí es peor que en la cárcel. No hay nada, los domingos viene un pastor a predicar un rato, eso lo único. Solo estar encerrado me da ansiedad, me desespera. Me da más ganas de consumir, dice el joven delgado de pelo colocho, con un tic en el ojo.

La inercia del ambiente se interrumpe por una noticia en la tele que llama la atención de los pacientes. Escuchan al vocero de la Policía Nacional Civil que dice que fue incautado una cantidad enorme de cocaína en una carretera del país. Detona una ola de soplidos y anécdotas entre los pacientes.

—Eso es puro veneno, miranos a nosotros—, dice Alex entre risas.

 

Uno de los entrevistados hace un mapa del centro y dónde estaba recluido.

Uno de los entrevistados hace un mapa del centro y dónde estaba recluido. Foto: Carlos Sebastián

Detesta el centro, sabe que no va a ayudarle en nada, pero no se puede ir. Solo el encargado o el familiar que firmó el contrato de ingreso los puede liberar, dice. Hace poco un paciente logró escaparse pero fue alcanzado por los servidores. Terminó con varias costillas fracturadas y una lesión en el brazo después del castigo colectivo que organizó el encargado.

—¡Al que no quiera participar, peor le va a ir!—, gritaba el encargado al grupo de pacientes mientras los obligaba a pasar en fila a patear al paciente.

Nunca llegó un médico. Les tocó a los otros pacientes cuidarlo mientras vomitaba sangre. A su familia, el encargado mintió y dijo surgió una riña entre los pacientes porque él intentó robar comida.

En este centro el tratamiento no incluye alcohol, como en otros centros de rehabilitación. Lo único que reciben los pacientes es pan, agua y caldo. Pero los pacientes que consiguen efectivo de sus visitas, pueden comprar drogas. Es el mismo encargado del centro quien, por una comisión, las consigue.

Acaba de llegar otra persona al centro. Una adolescente de 16 años. Con cara fuerte pero ojos asustados mira a su alrededor. Sus papás la metieron allí por rebelde, dice. Va a dormir con las otras tres pacientes mujeres en un salón apartado que durante la noche se cierra bajo llave.

Solo el encargado tiene la llave.

7. Psiquiatra: “La adicción es una enfermedad”

—El problema es que en Guatemala se perciben a las adicciones como un problema social, no un problema de salud—, explica Ximena Soto, psiquiatra y especialista en el manejo de adicciones.

Según la experta, Guatemala aún se queda atrás en el tema de las adicciones y la regulación de los centros de rehabilitación porque ni las autoridades tienen el conocimiento necesario para tratar esta enfermedad. Existen centros especializados que cuentan con el personal profesional para dar el tratamiento médico adecuado, pero no son accesibles para la gran mayoría de la población y el estado no ofrece alternativas públicas.

—Creo que en América Latina en general, estos centros se han creado porque hay una necesidad real de lugares de atención. Corresponde al gobierno crear lugares adecuados, pero ante la carencia surgieron estos lugares que no son los adecuados pero son lo que hay para personas con un nivel socioeconómico bajo—, dice Soto.

En Guatemala la única opción de tratamiento sin costo es en un centro ambulatorio la Secretaría Contra las Adicciones de la Vicepresidencia que ofrece rehabilitación a pacientes y su entorno familiar. Atiende alrededor de 800 usuarios por año, unos tres pacientes nuevos diarios entre semana, y no ofrece internamiento.

Se estima que las adicciones afectan un 10% de la población a nivel mundial que tienen como causa una serie de factores de riesgo.

—En el ambiente puede ser familias disfuncionales, caóticas, violencia intrafamiliar, bullying, bajo rendimiento académico, la pérdida de alguien importante. Cualquier cosa que genere disfunción en tu ambiente aumenta el riesgo. Aparte puede influir la genética y los antecedentes de enfermedades mentales.

Es común que la adicción viene acompañado de un trastorno mental como la depresión, la ansiedad o trastornos del sueño.

—Tú no ves en el hospital a los pastores curando a los pacientes. Va de la mano con esa idea de que cuando alguien consume es por debilidad. Es una enfermedad crónica, una enfermedad que se puede prevenir, que se puede tratar, y que si no se trata, puede matar como cualquier otra. Quitar la sustancia es lo más fácil. Pero hay que comenzar un proceso terapéutico para entender qué te llevó a consumir.

La doctora Soto resalta que el modelo de Alcohólicos Anónimos es el más exitoso a nivel mundial por la red de apoyo que genera para los usuarios. El tratamiento recomendado consiste en 90 días de internamiento voluntario en centros que ofrecen tratamiento de parte de un equipo médico multidisciplinario y grupos de Alcohólicos Anónimos en conjunto.

8. Hablar con un encargado de un centro

“¿No te molesta si fumo? Sustituí una adicción por otra, me dice Pepe, y se ríe mientras el humo hace borrosa la vista al letrero de no fumar a la par de la licencia sanitaria en la pared.

Llamaremos Pepe al encargado de otro centro de rehabilitación en el área metropolitana de la Ciudad de Guatemala. Bajo la promesa de no publicar su nombre real ni la ubicación del centro, aceptó explicar cómo funcionan los centros de rehabilitación.

Son negocios.

Está por empezar a explicarlo pero nos interrumpen con un toque suave desde la puerta metálica. Un paciente, treintañero, en un sudadero manchado que le llega hasta las rodillas y con heridas secas en la cara, le suplica un trago. Pepe accede porque el paciente estaba dormido cuando repartieron la ración.

Caminan por un pasillo que los lleva hasta una bodega en la parte más profunda de la casa. El olor a alcohol es fuerte. Aquí se guardan los ‘medicamentos’. Cientos de octavos de aguardiente. Pepe le entrega un vaso plástico. Con ambos manos temblando el paciente lo vacía en pocos segundos. Inmediatamente pide más.

 

Octavos de aguardiente.

Octavos de aguardiente.

—Échale otro poquito porfa—, le suplica el paciente.
—No vos, esto era medio octavo—, dice Pepe.
—¡Solo un poco!
—¡No! Espérate, que en menos de una hora toca otra vez—, le responde Pepe, levemente molesto.

Con un par de palmadas suaves en la espalda del paciente, el ‘servidor’ lo lleva de regreso y Pepe regresa a su escritorio.

—Aquí trabajamos con alcohol. Es para evitar la muerte por goma. Cuando entran aquí a veces llevan meses en la calle. Imaginate, siete meses de furia, sin comida, sin una oxigenación apropiada al cerebro.

Las causas más comunes de lo que Pepe llama “muerte por goma” son infartos y fiebre con delirio, dice. Por eso, gran parte de su trabajo es administrar medio octavo de aguardiente ocho veces al día para controlar las abstinencias de los pacientes durante los primeros cuatro días de su estadía. A veces cinco, dependiendo de la gravedad del paciente.

Él, igual que los encargados en muchos otros centros, es un paciente rehabilitado. Durante años sufría de una adicción severa a las drogas y fue paciente en esta misma casa donde ahora trabaja 6 días por semana en turnos de 24 horas. En las noches, duerme en la bodega rodeado del fuerte hedor de alcohol.

Pepe tiene 34 pacientes bajo su cargo. 4 mujeres y 30 hombres –dos de ellos, menores de edad– con problemas con el consumo de alcohol. Pepe asegura que el centro nunca se queda vacío, pero en Semana Santa, Navidad, Año Nuevo, el 15 de septiembre y el 31 de octubre, se llena.

—Para esas fechas no hay ni una colchoneta disponible. Como no los aguantan en la casa, los vienen a dejar aquí. Pero aquí siempre hay gente. Vacío para nosotros es cuando son unos 20.

El movimiento de pacientes es cíclico. La mayoría de ellos son reingresos. Pacientes que salen, se mantienen un tiempo, vuelven a caer en el consumo y sus familias deciden ingresarlos de nuevo. Como pasó con Pepe durante un período de casi dos años.

—Hay que recordar que esto es un negocio. La mayoría aquí vienen por 8 días, o 15 días. Y en realidad así es mejor para el centro, nos conviene más porque en 8 días no se van recuperar. Siempre vuelven a caer y los meten otros 8 días. Imagínate, 8 días es la mitad de lo cuesta el mes. Igual para desintoxicar el cuerpo se necesitan mínimo seis meses, pero no se pueden quedar más que un mes. Esto sería ilegal.

Pero hacen excepciones. Él se quedó durante seis meses, pero solamente porque él quería, asegura. Y así tienen otros pacientes, aunque Pepe explica que estos acuerdos son verbales, y no se respaldan por ningún documento firmado por el paciente.

Pepe también conoce el centro Jehová Jireh. El centro tiene mala fama entre ex pacientes y encargados por sus métodos.

—A veces, si entra alguien que causa problemas, que molesta mucho, le digo que lo vamos a mandar a donde el Cholo. Los que no lo conocen ya, rápidamente se enteran de los otros que estuvieron allí de qué se trata. Ahí sí se comporta.

Jehová Jireh es cosa seria, dice Pepe. Eso a pesar de que el Cholo fue asesinado el 5 de agosto 2017 en la zona 1 de la capital.

—No fue por nada que lo mataron, dice Pepe. Explica que parte de los ingresos del centro Jehová Jireh fue la distribución y venta de drogas en diferentes puntos del Centro Histórico, un negocio que el Cholo había comenzado incluso antes de ser el encargado del centro.

9. El rescate de Joseph

Cuando Joseph llevaba tres semanas en Jehová Jireh se enteró que su mamá había firmado un contrato por tres años con el Cholo. La noticia lo dejó devastado.

—Me estaba volviendo loco. Llegué a un punto donde empecé a sentir odio hacia mi mismo, y me cuestionaba, “¿por qué soy gay?” “Si por ser gay estoy acá”. Tener que soportar esto, que te lavan el coco, fue bien feo.

 

Joseph relata su testimonio.

Joseph relata su testimonio. Foto: Carlos Sebastián

Joseph estaba deprimido. Bajaba de peso y comía cada vez menos. Uno de los otros pacientes del centro vio como Joseph cada día se miraba más desesperado y una noche el señor le dijo que estaba por salir del centro y preguntó si podía llamar a alguien para ayudar a Joseph.

No recuerda bien si fue un martes o miércoles. Tampoco la hora, porque los pacientes solo tenían el movimiento del sol para adivinar la hora. Pero recuerda que estaba sentado en el piso durante la primera prédica del día, esperando el receso, cuando de repente uno de los servidores lo vino a buscar.

—Ponete tu suéter, te necesitan allí afuera. Pero arreglate bien, dijo el servidor asustado.

Joseph no entendía qué estaba pasando. El servidor le traía un par de tenis bonitos, pero era prohibido usar zapatos en el centro. Pensaba que su mamá vino a visitarlo.

Pero en la reja de la entrada le esperaba una vista que jamás se hubiera imaginado. El otro paciente cumplió su promesa. La sala de la entrada estaba llena de agentes de la Policía Nacional Civil, una jueza y Jorge López, defensor de derechos humanos y amigo de Joseph. También estaba el Cholo, con cara de animal arrinconado.

 

Jorge López, abogado y amigo de Joseph.

Jorge López, defensor de derechos humanos y amigo de Joseph. Foto: Carlos Sebastián

—Salí corriendo y abracé a Jorge. No pude hablar, tenía miedo porque el Cholo estaba allí. Pensaba que me iba a golpear o a matar.

Joseph estaba libre. Recuerda que lo primero que hizo fue bañarse, durante mucho tiempo. Y dormir. Pasó días descansando.

Después de recuperarse físicamente Joseph presentó una denuncia en el Ministerio Público en contra del centro Jehová Jireh y en contra de Erick Waldemar Paniagua Duarte, el Cholo, por secuestro, detención ilegal, tortura y extorsión.

El abogado Jorge López logró una exhibición colectiva para liberar a todos los pacientes en Jehová Jireh y el centro fue cerrado. Un mes después volvió a abrir.

Hoy han pasado cinco años. En el Ministerio Público, el caso de Joseph no ha avanzado. A lo contrario, ha desestimado el caso. La primera vez con el argumento que los delitos por los que se había denunciado no eran de acción pública. López se opuso y un juez le dio la razón y ordenó al MP investigar el caso.

En diciembre 2018, la Fiscalía de Derechos Humanos del Ministerio Público volvió a desestimar el caso por el fallecimiento del denunciado. A pesar de que la denuncia fue en contra de la representación legal del centro.

El centro Jehová Jireh sigue funcionando. Ahora lo dirige Elizet Maribel Ramírez. Según fuentes,  es la viuda de el Cholo. Al ser cuestionada, Ramírez no quiso responder sobre las denuncias en contra del centro. Afirma que lleva años en el centro, pero escogió no comentar su relación con el director anterior. Según Ramírez, las denuncias en contra del centro nunca avanzaron porque el MP no encontró nada para sostenerlas, aunque en realidad el caso de Joseph nunca fue investigado, fue desestimado.

***

Nota del editor: Los nombres de Joseph, Pepe y Selvin han sido alterados para resguardar su identidad.

Pia Flores
/

Buscadora de las historias invisibles y experiencias con sentido. Antropóloga irreverente y amante de la diversidad, la noche, las auroras coloridas y los cuentos que tardan.


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    Martha Hall /

    12/12/2019 1:46 PM

    Los temas son de los mas interesantes y escabrosos pero reflejan la realidad de Guatemala.... muchos nunca nos dimos cuenta que existia tanto mal y tanta injusticia... en mi medio decian que los gringos si tenian problemas pues se denuncia pero que en Guatemala las familias eran muy unidas y muy cristianas y no pasaba nada de eso....hasta que a mi me paso de todo literalmente DE TODO....y no me explicaba por que .Nunca he sido cristiana pero mi ex si del diente al labio .. he tenido toda clase de situaciones de salud..de situaciones familiares... ..uno no quiere contar la verdadera historia y he sabido de cientos de familias que tampoco pero que hay situaciones serias en Guatemala y que no se afrontan y se tapan....cada vez se deberia de denuncair mas...la sociedad esta muy enferma...a todo nivel... y nadie dice NADA entonces no se puede aprender de las historias de los demas...

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Véronique Simar /

    11/12/2019 11:55 AM

    abominable! (no el artículo, pero su contenido). Puchis todos estos centros estatales parecen bien jodidos. Pia, te admiro por testigar sobre toda esta crueldad.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Dj barrecon /

    02/07/2019 3:58 PM

    También hay que recordar que los adictos viven de la mentira y manipulación y que todo lo que dicen ahí es mentira, y obviamente es un espiritu maligno que habita en esa gente, que hace que no quieran escuchar la palabra de Dios, esos relatos son contados por personas mentirosas y que se vuelven hasta a la prostitucion con tal de mantener su vicio

    ¡Ay no!

    3

    ¡Nítido!

    Luis Aguirre /

    19/06/2019 9:53 AM

    El estado a través del ministerio de Salud debe de crear centros para desintoxicación de personas, recordemos que el alcoholismo es declarado una enfermedad.

    Los centros que estos deben de ser regulados en caso no cumplen con los requisitos mínimos de funcionamiento cerrarlos y punto.
    no entiendo porque catalogar a los centros como centros de rehabilitación Evangélicos.

    Si es así también sería bueno que publicaran los negocios de la Planned Parenhood Foundation, que es la que promueve el Aborto a nivel munidial. donde se negocian con las partes de los fetos abortados.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Daniel Tomas /

    06/05/2019 3:17 PM

    Es una situacion que lleva mucho sin solucionarse. Ya habian reportes del Arzobispado sobre estos centros abusivos que no proveen verddaero tratamiento, e inclusive hay fotos de lo que se encontro alli. Desafortunadamente al gobierno le conviene tener estos centros en funcion para lavarse las manos del asunto, y no proveer ninguna ayuda ni a los que les hace falta tratamiento, ni a las familias o victimas.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Carla /

    22/04/2019 5:56 PM

    Felicitaciones, muy buena investigación periodística. El alcoholismo es una situación muy difícil para el enfermo y la familia.

    ¡Ay no!

    1

    ¡Nítido!

    Alejandro Del Aguila /

    21/04/2019 10:45 AM

    El Estado debería actuar para cerrar esos centros que se escudan enla religión, claro el problema es la falta de recursos para atender a esa población que como bien dicen el artículo se debería tratar las adicciones como problema de salud y que en la mentalidad conservadora se incluye los preferencias sexuales, que los religiosos consideran una enfermedad. Por lo tanto como el Estado necesita recursos es necesario que las empresas de bebidas alcohólicas destinen una parte de sus ganancias para dotar de recursos al Estado

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Marvin Schult /

    05/04/2019 9:04 AM

    Eso es adentro un infierno , algo indigno que sucede no solo en Guatemala sino en otras muchas aldeas latinoamericanas, ni hablar en Mexico. Pero bueno tambièn hay que preguntarse cuantos de esos centros de rehabilitación y fundaciones para rehabilitación de adicciones no trabajan para el crimen organizado y se financian con el lavado de dolares y legitimación de capitales. Centros donde el narco y el crimen organizado rehabilita a los suyos porque no son eficientes y eficaces en la bussines religion usando droga. El narco y el crimen organizado los quiere limpios sin drogas, discretos, sin caer en excesos y sin hacerse notar. Todo esto para preguntarse ¿es de interes social que algunas de estos centros de rehabilitacion como las carceles funcionan como escuelas del crimen , donde el adicto se libera del consumo pero no de sus ligamen con el crimen organizado , a pesar de que lleve una biblia bajo el brazo. ? No hay que olvidarse que el narco y otras mafias les dan libertad a los suyos con un balazo en la nuca., una vez que se enlistan quedan por lo general trabajando para el narco y el crimen organizado por siempre , no solo ellos sino que luego les reclutan a los hijos y otros familiares .

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Olga /

    02/04/2019 1:47 PM

    Sería bueno que las tabacalera y las empresas distribuidoras de licores tengan como obligación tener centros de rehabilitación, gratuitos y profesionales.

    ¡Ay no!

    1

    ¡Nítido!

    Olga /

    02/04/2019 1:35 PM

    Es un terrorifico artículo, pero dejenme decirles que hay personas que realmente merecen tratos así, para ver si cambian, lamento lo que lo pasó a Josep y a cualquier otra persona que sin hacer daño a la sociedad van a parar a este lugar. Conozco una persona muy cercana a mi, que golpea a su esposa, la tiene intimidada y con baja autoestima, no la dejaba trabajar, ella le tiene miedo, tenia dos niños desnutridos en casa, porque solo dejaba Q10.00 para que comieran todo el día, cuando lograba dejar algo, si no comían a la caridad de otras personas. A esta personas se trató de ayudarle por todos los medios, pero no se pudo, así que se tuvo que rescatar a la señora y los niños, que ahora tienen comida, medico y medicina para recuperarse, y ademas la mamá está recibiendo un sueldo por trabajar en una casa. ¿y el? a saber que se hizo, ni me importa. Cuento esto, porque es un articulo que no cuenta toda la realidad, la mayoría de personas que están internas en esos lugares, es porque la misma familia en su desesperación por rescatarlos les lleva allí. ¿acaso NOMADA entrevistó a las familias, para saber que han ello echos para merecer estar en ese lugar. Como dije antes, lamento el caso de Josep, pero les puedo asegurar que la mayoría de los que están allí, son casos totalmente diferentes.

    ¡Ay no!

    3

    ¡Nítido!

      Víctor López /

      03/04/2019 6:11 PM

      Tiene razón señorita Olga... Me agrada su comentario.

      ¡Ay no!

      1

      ¡Nítido!

      Lisbeth Castellanos /

      03/04/2019 12:40 PM

      Eso iba a decir yo, creo además que el título está manipulado hacia "Centros evangelicos" en general. No todos son evangelicos, no todos son así. Está bien que se denuncie, claro que si, pero hay familias, generalmente mujeres indefensas que sufren AÑOS abusos de estos abusados... lamentablemente y nadie está haciendo nada. Mi tío fue a un centro cristiano en San Lucas, y no era un paraiso o un hotel 5 estrellas. Pero.... él ahora está bien, su vida tanto física como espiritual estan rescatadas, gracias a un momento duro de dejarlo ahi "abandonado".... hoy agradece y se le ve una sonrisa en su rostro. Hay de todo... pero sean más objetivos en sus investigaciones.

      ¡Ay no!

      2

      ¡Nítido!







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