Cómprame un revólver, entrevista con el cineasta guatemalteco que llegó a Cannes

Una conversación sobre la violencia, la ternura y la nueva película de Julio Hernández Cordón.

Guatemala urbana P369

Julio Hernández y su elenco presentaron la película Cómprame un revólver, el 14 de mayo, en Cannes.

Foto: Cine Premier

“Todo lo que se encuentra en esta película es real. La suerte es real. Esta cadena es para que no me roben. Aquí se llevan a todos… Tengo miedo”.

 

 

Cómprame un revólver es la nueva entrega del cineasta Julio Hernández Cordón que acaba de estrenarse durante la Quincena de realizadores, en el marco de la 71 edición del Festival de Cannes, Francia. Esta no sólo reconfirma la trayectoria del autor sino consolida su particular mirada sobre la realidad, producto del desarraigo, la fragilidad humana y la nostalgia por una infancia y adolescencia repartidas entre México, Guatemala y Costa Rica.

En su apartamento, situado en la colonia Narvarte, en la ciudad de México, conversamos con Julio Hernández Cordón días antes del estreno de la película en Cannes. Charlamos sobre un presente afectado por la necropolítica y la violencia extrema que se vive en México. También sobre personajes y narrativas propias del autor, donde se mezclan cosas como el cinismo y el terror con otras aparentemente contrarias como la ternura y la amistad.

Cómprame un revólver será estrenada en Guatemala en junio, con motivo de la celebración de los 20 años de la Editorial X.

–¿Cómo y cuándo inició el proyecto de Cómprame un revólver? ¿Es un guión que venías trabajando desde hace tiempo?
–En 2015, justo después de estrenar Te prometo anarquía, me contactaron de la productora Canana Films para saber si tenía algún proyecto en mente o si estaba escribiendo algo. En ese momento no tenía nada así que les mentí y les dije que sí. Al preguntarme “de qué se trata” mencioné que era un entrecruce entre Huckelberry Finn de Mark Twain y Madmax, en el México del presente. Estuvimos hablando durante ocho meses sobre el proyecto, pero al final decidí no trabajar con la productora.

–¿Cómo lograste reunir los recursos para desarrollar la película?
–Apliqué a una convocatoria de un fondo en México y lo conseguimos. Luego, otro en Colombia. En un año y medio ya teníamos el financiamiento total para desarrollar la película. Normalmente uno se tarda entre dos o tres años para eso, con suerte. Pero esto, para mi, fue como muy rápido.

–También significa que ya estás en un lugar visible, de aprecio.
Sí, creo que sí. Aquí hay un fondo para cine de autores que se llama Foprocine. Entrar es de los más complicado. Generalmente aplican más de 200 proyectos y lo dan sólo a cinco. Por las películas que hice en Guatemala yo ya entro en la categoría donde entran nombres como el de Arturo Ripstein. Pero me lo han dado dos veces consecutivas lo cual es poco común. Eso quiere decir algo. Tal vez que ya se me ubica en México.

–Es obvio que las diferencias entre hacer cine en Guatemala y en México son abismales. ¿Qué has aprendido de esa doble experiencia?
Estamos hablando de México, un lugar donde hay una industria de por lo menos setenta años, con realizadores de gran prestigio y mejor soporte de producción. Así que me siento sorprendido y emocionado por lo logrado. Desde que me mudé a México me dije a mi mismo que vendría a aportar a la cinematografía y poco a poco voy cumpliendo esa promesa. Como ves, ahora la película va a Cannes en representación de México. Por supuesto, todo esto lo digo con los pies en la tierra.

–En las temáticas de tus películas siempre hay un aparento desafecto o frialdad, como si no importara la dureza del tema. ¿Desde dónde surge ese desapego?
–Desde mi sentido de desarraigo personal. Emocionalmente puede ser una debilidad pero creativamente me ha dado una mirada distante con el espacio, limpia, sin filtros emocionales.

–¿Cuál ha sido la reacción ante esa “mirada sin filtros” que has desarrollado en tus propuestas?
En Guatemala, con Gasolina, surgieron molestias por el racismo de los personajes y la manera en que hablaban. Te prometo anarquía provocó incomodidad en México por el desgano que muestran los personajes cuando sus amigos son secuestrados. Sin embargo, en ambos lugares, esa apatía hacia el otro sólo está mostrando la fragilidad en que viven los jóvenes.

Pero te cuento algo que tiene algo de siniestro. Te prometo anarquía se rodó dos semanas antes de la desaparición de los 43 estudiantes de Guerrero. Aunque el guión ya estaba concluido desde hacía tiempo éste estaba hablando desde un presente. No me estaba aprovechando del evento. Más bien fue una casualidad muy siniestra y a la vez relevante porque la película le dio notoriedad al hecho. Cuando grabamos la escena de las desapariciones el crew estaba muy conmovido. Lo que realmente dio origen a la idea fueron los levantones de Tamaulipas[1]. También la historia de un grupo de jóvenes de Tepito que, en 2013, fueron levantados en la Zona Rosa y sus cadáveres aparecieron en Veracruz dos años después. Pero la referencia de los estudiantes de Ayotzinapa estaba demasiado fresca como para pasarla por alto.

–Hasta hace poco estábamos intentando comprender lo que motiva la violencia enmarcada en la política. Pero ahora nos enfrentamos a una violencia asociada al narcotráfico, a los efectos de eso llamado “capitalismo gore”, donde el tráfico de personas, la explotación y secuestro de los cuerpos es la base de una economía particular y fuera de todo orden, respeto a la ley o forma de derecho. ¿Qué te ha aportado Guatemala para digerir y comprender la diferencia entre esas dos formas de violencia?
Guatemala me aportó la sensibilidad para comprender la violencia que moldeó a su sociedad por más de cinco décadas, a través de un largo conflicto ideológico. Pero ahora ya no se trata de un asunto de ideologías partidistas. Guatemala es ese lugar donde el crimen organizado se mezcla con la ciudadanía y ya no existen las fronteras. Hay tanta impunidad que resulta más barato resolver las cosas con una bala que cuesta diez quetzales. También estoy consciente que estamos viviendo un momento muy extraño. Me moví a México pensando que las cosas iban a ser más serenas. Supuestamente la ciudad era un oasis y aun puedo caminar a altas horas de la noche. Pero comienza a percibirse un sentido de desprotección. No sabes de dónde pueden venir los golpes. Aquí, en México, la violencia siempre se pensó como algo que venía de la provincia y que afectaba sólo a una clase media baja. Pero ahora la violencia parece estar alcanzando a todos. En marzo secuestraron y asesinaron a tres estudiantes de cine en Jalisco. El mensaje es claro, la violencia ya no es un asunto de estratos sociales.

–¿Crees que es hora de ponerle atención a estas dinámicas desde una perspectiva regional?
–Sí. En esta locura las fronteras no existen. Ya es hora de que México y Centroamérica dejen de poner los muertos en la guerra del consumo y el tráfico de las drogas. Cada vez que visito países del primer mundo se refieren a México como un país violento. Pero si realmente quieren ayudar deberían de hablar con los representantes del poder para convencerles de que ya es hora de que se legalicen las drogas.

–Hay figuras que son recurrentes en tu trabajo. Me refiero a personajes jóvenes, niños o adolescentes, ¿por qué?
Tal vez porque me marcó mi propia niñez y adolescencia. Crecí en una ciudad pequeña llamada Texcoco, en México, al lado del campo y cerca de la universidad donde mi papá estudiaba. Ahí, con mucha libertad, podía andar en la calle en bicicleta y robar frutas en los huertos del campus. Me costó mucho cuando mis padres se mudaron a Costa Rica y luego a Guatemala. Me da mucha nostalgia pensar en esa época. No sé si es un síndrome de Peter Pan, pero ésta me permite volver a una época donde las personas evidenciamos una falta de conciencia y nos cuestionamos menos las cosas. Me siento mucho más cómodo pensar y analizar las acciones de los jóvenes, como si se tratara de actos primitivos.

–La gran sorpresa de Cómprame un revólver es que en ella trabajan tus dos hijas. La protagonista es tu hija Matilde.
Sí. Así como ellas, todos los actores de Cómprame un revóver vuelven a ser no actores, lo cual se ha transformado en una característica de mis películas.

–¿Qué has aprendido de esa experiencia de incluir a actores no actores?
Que la belleza no sólo es física sino interna. En el cine se remarca mucho la belleza exterior, como un valor en sí misma. Pero yo he encontrado gente sumamente bella en el anonimato. El gran ejemplo es Chiquilín, el personaje central de Marimbas del infierno. En la vida real era un chico que tenía una mezcla de fragilidad física y emocional sorprendente. Cuando era pequeño lo atropelló un camión de basura pero siempre estaba sonriendo y agradecido por todo lo que le llegaba. Lo importante de trabajar con personas que no tienen experiencia es que aportan su sencillez, confían en lo que les digo como director y terminan por apropiarse de la historia. Es una transacción de confianzas mutuas.

–¿Cuándo se estrena la película?
El 14 de mayo, en la sección independiente conocida como La quincena de realizadores. Esta se desarrolla en paralelo a Cannes e inició a finales de los 60, a partir de la iniciativa de realizadores franceses como Truffaut. La formación de esta quincena fue producto de una rebelión frente la sección oficial de Cannes al no pronunciarse ésta frente a los acontecimientos sucedidos en mayo del 68 en Francia.

–Julio, ¿cuál es el lugar que ocupa la ternura en un paisaje tan violento como el que evoca Cómprame un revólver?
–La ternura está ahí porque la película explora la relación de dos personas que se cuidan entre sí y se alían para sobrevivir. Cómprame un revólver es acerca de la fragilidad humana. No es una mirada romántica del narco, es una mirada romántica –si eso es posible- desde la resistencia.

 

Colonia Narvarte
México, 4 de mayo de 2018

[1] Se refiere a desaparecidos, secuestrados y víctimas del narcotráfico.

Rosina Cazali
/

Rosina Cazali (1960) es curadora independiente e investigadora del arte contemporáneo. Realizó estudios de Arte en la Universidad de San Carlos de Guatemala. Fundadora del proyecto La Curandería. Directora del Centro Cultural de España en Guatemala de 2003 a 2007. En 2010 recibió la beca John Simon Guggenheim para investigación. En 2014 fue honrada con el Premio Prince Claus por su trayectoria como curadora y escritora. Fue columnista de diario El Periódico y ensayista para el suplemento cultural El Acordeón. En 2016 inicia la conformación del Proyecto Laica. Vive y trabaja en Guatemala.


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    Alex /

    28/06/2018 2:15 PM

    Julio dice ser de la nacionalidad que a él le convenga de acuerdo a lo que quiera obtener en cada momento. Dice que es guatemalteco para dar lástima y habla como mexicano cuando le conviene. Esta pelicula, así como la anterior son mexicanas. De guatemalteco no tiene mucho.

    ¡Ay no!

    1

    ¡Nítido!

    Enrique /

    12/06/2018 3:41 AM

    Lo más gracioso de todo esto es que los medios mexicanos dicen que Julio Hernández Cordón es mexicano. Según el cineasta, en una entrevista de ya algunos años, él no es ni de aquí ni de allá, ni de ninguna parte.

    ¡Ay no!

    1

    ¡Nítido!



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