El arte desde el Tercer Mundo (o el viaje en un huevo a Los Ángeles)

En el interior de un bodegón situado en una esquina del Centro Histórico, cubierto de graffitis por fuera y lo que va quedando del viejo Aserradero Italiano por dentro, se encuentra Proyectos Ultravioleta, el espacio de arte contemporáneo que inició su propia leyenda en el altillo del teatro Lux en 2009. Esta entrevista es a Stefan Benchoam, uno de los muchos implicados en la presentación de la Sinfonía del Tercer Mundo del maestro Joaquín Orellana en Kassel y Atenas. Junto a su socia, la artista Jessica Kairé, ahora quiere llevar el único museo de arte contemporáneo de Guatemala, el NuMu, el huevo, hasta el Museo LACMA e Los Ángeles.

Guatemala urbana P147

El artista Stefan Benchoam.

Foto: Rosina Cazali

¿Cómo interpretás esa ambivalencia, donde pareciera que afuera hay mucho aprecio por lo que se está haciendo en Guatemala y, aquí pareciera que todo sucumbe, que todo se reduce a fricciones, descalificaciones, estereotipos y prejuicios sobre la producción del arte contemporáneo?

Sí, tenés razón. Al público local generalmente le cuesta comprender el valor de lo que pasa aquí y los aportes de esas nuevas corrientes. La hostilidad y los prejuicios hacia la producción del arte actual abundan. Por otro lado, esas fricciones locales se me hacen muy interesantes. Significa que hay incidencia y engranajes que se están moviendo. A pesar de que afuera se está hablando mucho sobre el fenómeno “Guatemala”, para mí lo más interesante es cómo y por qué se gesta toda esta dificultad, desde aquí.

Pues, en medio de tanta dificultad, estamos observando una inusual expansión de espacios y proyectos que trabajan en la vía del arte y el pensamiento. Para ti, ¿cuáles son los referentes imprescindibles, en la capital o fuera de la capital, que funcionan o dejaron de funcionar?

Yo diría que, en lo primero que hay que fijarse es que, por primera vez en nuestra historia, nos encontramos con una escena descentralizada. En ese sentido hay que ponerle atención a un proyecto como Kamin en Comalapa, lo que fue Ciudad Imaginación en Xela y LEA en Totonicapán, que se reactiva de vez en cuando. En la capital me encanta el posicionamiento de Diego Sagastume y Gabriel Rodríguez para gestionar, sin pretensiones, un espacio como Sótano 1. También apuntaría hacia C41 en Antigua y por arriba de todos la labor del CAP. Lo que ahí están produciendo no tiene precedentes.

¿Te refieres al Creatorio Artístico Pedagógico, el proyecto dirigido por Esperanza de León y Flor Yoque? ¿De qué manera trasciende el CAP los modelos de formación clásica y académica de las artes en Guatemala?

Primero hay que recordar que, a lo largo de la historia, la ENAP (Escuela Nacional de Artes Plásticas) ha tenido sus momentos. Pero eso ha dependido, principalmente, de los buenos maestros que han pasado por ahí.

 

¿Momentos excepcionales elaborados por personas excepcionales como Roberto Cabrera o Danny Shaffer?

Sí. La diferencia con los procesos del CAP es que ya no es un asunto de excepcionalidad. Su manera de transmitir el arte tiene un nivel de sofisticación sorprendente. Su filosofía es introducir el arte a la experiencia cotidiana, sin condiciones. Además lo hacen con una dedicación y constancia admirable, a chicos que van desde los 5 años hasta los 18.

La primera vez que estuve en el CAP, junto con Jessica Kairé, fuimos invitados para hablar sobre el NuMu y otros temas. Durante la conversación, una niña de no más de trece años, observó con gran propiedad: “ah, eso es como la poesía dadaísta”. Es decir, es una referencia sofisticada que ya es parte de su día a día. Es alucinante y muy emocionante. Estoy convencido de que, a nivel de formación artística, el CAP va a tener repercusiones a corto y largo plazo.

Pasando a otro punto, muchos estamos enamorados de la repercusión que tuvo la Sinfonía del Tercer Mundo de Joaquín Orellana en Atenas. ¿Cómo sucedió, cómo se hiló el proyecto?

En realidad es algo que comenzó con la presencia del artista Carlos Amorales en Guatemala en 2011. Confieso que para entonces yo conocía poco a Orellana, sabía lo esencial (músico, electroacústica, marimbas) pero nada sobre la profunda complejidad de su trabajo. Carlos fue quien nos advirtió, a Alejandro Torún y a mi: “¡Cabezas como las de él ya no existen!”.

Aquí, una pieza sobre su trabajo.

Pues es que la cabeza de Joaquín debería de ser nombrada patrimonio intangible…

Con la convicción de que el maestro se lo merece, comenzamos a trabajar el proyecto con Alejandro Torún. Al principio, Joaquín estaba bastante escéptico. Fueron muchísimas horas de conversaciones para comprender que lo más importante para él, en ese momento, era grabar o regrabar una serie de obras que nunca habían sido registradas debidamente. Sin pretender demasiado comenzamos la intensa búsqueda de fondos con la esperanza de reunir suficiente para, al menos, registrar una obra.

Pero según entiendo lograron reunir suficiente para cuatro y ¡un gran concierto en la sala grande del Teatro Nacional! Contame, ¿cómo fue ese proceso, qué tropiezos tuvieron? Imagino que no fue fácil.

Una o-di-se-a. El nivel de temores (o “tumores”) que existen en el laberinto del Teatro Nacional, e incluso en el Ministerio de Cultura, no te lo puedo explicar. A pesar de que es la casa de Joaquín, tuvimos problemas muy serios.

¿Serios, serios? ¿Para conseguir el espacio o en el proceso de producción?

El director del teatro, Álvaro Veliz, siempre tuvo toda la disposición para apoyarnos. También contamos con trabajadores que sí ayudaron desinteresadamente. Pero no tardaron en aparecer los personajes (un grupo de trabajadores del teatro) que están acostumbradas a sabotear todo lo que les exija “trabajo demás”. Con decirte que el día de la grabación teníamos a 100 músicos listos para interpretar la música y los coros y a Juan Switalski. Es decir, el mejor sonidista en Latinoamérica, con una trayectoria impresionante, que se vino por tierra con todo su equipo y nos advierte que no puede comenzar porque hay ruido. Tu sabés cómo es esto. El detalle importa. Cualquier ruido, por muy imperceptible que parezca, interfiere. Tuvimos que bajar a pedir silencio.

¿Y hubo lío?

Grueso.

¿Cómo se resolvió?

Lo que por fin logró el consenso fue la idea de que todo esto era “por Orellana”, además de la intermediación paciente de varios, especialmente la de Patricia Rosenberg. Es impresionante cómo el nombre de Joaquín se convirtió en un tema unificador. Eso no quiere decir que no se dejaran de abrir puertas, que se somataran llaves o alguien llegara a aspirar o arreglar butacas en los momentos más inoportunos. En fin.

Actualmente se considera que la dOCUMENTA de Kassell es el foro del arte más importante que se celebra en Alemania y a nivel mundial. Quien exhibe en la dOCUMENTA tienen un lugar asegurado en el panorama del arte actual. Tres artistas guatemaltecos han expuesto ahí: Aníbal López, en 2014, Regina Galindo y Joaquín Orellana en la reciente edición 2017. ¿Y cómo entra la dOCUMENTA de Kassell en todo esto?

Adam Szymczyk, el director artístico de la documenta 14, se comunicó con Proyectos Ultravioleta para decir que venía a Guatemala para visitar a las artistas Vivian Suter y Elisabeth Wild en Atitlán. Él ya tenía una relación previa con ellas. Y que también estuvieron en la documenta 14, junto con Orellana y Regina José Galindo. Junto con Bonaventure Soh Bejeng Ndikung y Monika Szewczyk, se interesaron en conocer el espacio de Proyectos Ultravioleta y logré llevarlos al Teatro Nacional para que conocieran a Joaquín y después a Antigua para que conocieran a Regina. Quedaron maravillados con él y con la idea de la Sinfonía desde el Tercer Mundo. Aproximadamente 10 meses después tanto Joaquín como Regina estaban recibiendo invitaciones para participar en la Documenta en Kassel y Atenas.

 

Después de todo lo vivido y experimentado al lado de Orellana, si alguien se refiriera a su obra con el típico: “sólo es ruido, eso no es música”, ¿qué le dirías?

Que el vínculo entre Orellana y más de 50 años de trabajo es indisoluble. Lo sostienen fundamentos teóricos que no se improvisan. Su paso por el Torcuato di Tela lo conectó con las vanguardias, tuvo oportunidades para irse a otro lugar pero se quedó acá. Ese es un mérito que también hay que reconocer.

Las tensiones, como decías al principio de la plática, han tenido grandes incidencias en el trabajo de Joaquín.

Exacto. La resistencia de Orellana frente a los grandes vacíos del país no sólo provocó la creación de todos sus útiles sonoros. No es así no más. Las “esculturas accidentales”, como les han llamado, también le han permitido explorar, pensar y crear desde este lugar tan complicado al que pertenecemos.

Hablemos un poco sobre ese proyecto descabellado de llevar al NuMu (el huevo) para que haga su debut en el LACMA. ¿El proyecto es parte de una exposición más grande?

Bueno, es como una travesía a lo Fitzcarraldo en la búsqueda del Dorado. (Risas) No, en serio, una réplica del huevo va hacer la travesía de 3,000 millas por tierra. Vamos a cruzar dos fronteras, con paradas previas en Comalapa y Oaxaca, las ciudades de México y Guadalajara, así como varias playas sobre el camino y algunos barrios de Los Ángeles. El proyecto es parte de una gran exposición curada por José Luis Blondet, Rita González y Pilar Tompkins Rivas para el LACMA, con el título La historia universal de la infamia.

¿Y qué va a llevar el NuMu en su maleta?

Artistas de Guatemala con los que hemos trabajado, seguro. A lo largo del viaje estará montada la exposición ‘Paisaje sonoro’, de Joaquín Orellana. En cada lugar que paremos, realizaremos nuestras famosas visitas guiadas ‘de dos minutos’, así como otras actividades paralelas con la idea de llegar a todo tipo de públicos a lo largo del viaje. Tres meses después, y ya en Los Ángeles, volveremos a presentar la ‘Retrospectiva’, de Regina José Galindo, para familiarizar al público de esa sciudad con su trabajo.

De alguna manera, con este protagonismo, el huevo vuelve a poner el dedo en la llaga: no hay un espacio específico para la importante producción de arte contemporáneo que se está generando en Guatemala. ¿Quién debería de responsabilizarse por ese vacío?

El Estado, pero no lo va a hacer. Hay muchas cosas que faltan, pero como sociedad no logramos articular esufuerzos, no logramos valorar la importancia del arte contemporáneo, ni mucho menos consensuar una postura centralizada, para exigirle a esos espacios y apoyos al mismo Estado. Sin embargo, el caso ideal es que existiera una serie de esapacios y apoyos para la cultura contemporánea, para gozar de un discurso plural con todo tipo de puntos de vista y manifestaciones.

Tu relación con el gran mercado del arte y las ferias internacionales es algo que no puede pasar desapercibido. ¿Cómo rescatas el valor de la obra de arte en medio de ese escenario tan asediado y muchas veces confuso?

Proyectos Ultravioleta transitó hacia un modelo híbrido hace tiempo. Afuera, las ferias y su intenso ruido, son espacios de encuentro donde llegan curadores, críticos, profesionales del arte… y artistas. Pero es una plataforma que necesitamos para mostrar lo que hacemos en UV y adquirir fondos para los proyectos. Somos parte de esos circuitos para generar economías para los artistas pero también para poder generar en Guatemala las exposiciones que pensamos que “tienen que suceder”, o sí o sí. Por ejemplo, esta exposición de Fernando Iturbide no sería posible sin esos recursos. Nada está a la venta pero estamos convencidos que las nuevas generaciones necesitan conocer esta obra. Para aprovechar la industria del arte hay que estar preparados, para no dejarse llevar por sus frivolidades.

Si tuvieras que escoger una exposición que mejor te explique Guatemala, ¿cuál sería?

Quizá el proyecto curado por Cecilia Fajardo-Hill para la Bienal Paiz. Ésta fue un esfuerzo honesto e inteligente para abrir el debate sobre algunos de los temas más complejos de nuestra sociedad, a través del trabajo de un gran número de artistas nacionales e internacionales.

Una película.

Marimbas del infierno, de Julio Hernández.

Un libro.

Trucha panza arriba, de Rodrigo Fuentes.

Rosina Cazali
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Rosina Cazali (1960) es curadora independiente e investigadora del arte contemporáneo. Realizó estudios de Arte en la Universidad de San Carlos de Guatemala. Fundadora del proyecto La Curandería. Directora del Centro Cultural de España en Guatemala de 2003 a 2007. En 2010 recibió la beca John Simon Guggenheim para investigación. En 2014 fue honrada con el Premio Prince Claus por su trayectoria como curadora y escritora. Fue columnista de diario El Periódico y ensayista para el suplemento cultural El Acordeón. En 2016 inicia la conformación del Proyecto Laica. Vive y trabaja en Guatemala.


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    Manuel Giron /

    03/09/2017 12:00 PM

    La producción creadora y artística del maestro Joaquín Orellana comenzó hace muchos años atrás, cuando el término Arte contemporáneo ni siquiera existía. Yo fui uno de sus alumnos en el Conservatorio Nacional de Música y participé también en algunos proyectos de los hermanos Gandarias. Me alegró mucho que su obra haya sido presentada en Grecia y en la Documenta, porque se merece el reconocimiento mundial como creador, sin etiquetas ni confusos adejtivos.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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