Qué aprendí hablando de amor, sexo y feminismo con adolescentes

El agosto pasado enseñé fotografía a un grupo de niñas adolescentes diagnósticadas con enfermedades mentales en un pueblo de Ohio en Estados Unidos. Hicimos muchas fotos. Intercambiamos historias. Lloramos en clase. Deconstruimos el patriarcado. También nos abrazamos mucho. El proceso fue transformador. Cada vez tengo más claro que a las jóvenes y los jóvenes les falta aprender a quererse. Y también que no es su culpa no saber hacerlo.

Somos todas Opinión P369
Esta es una opinión

En un momento del curso.

Fotos: Belén Marcos

Yo siempre quiero trabajar con jóvenes. Me siento muy cómoda entre sus canciones de hip hop y reguetón. Deconstruyendo las letras con ellas mientras voy “un poquito más abajo, más abajo.” Sacándolas a bailar. Preguntarles qué opinan del amor, y del amor romántico. Me gusta conversar de identidad y de sexualidad con ellas. De sus sueños. De sus miedos. Algunas me cuentan que son bisexuales. Otros que han besado a un hombre por primera vez. De las veces que han llorado porque no se sienten bien en su propio cuerpo. Del búlin en las redes. De la soledad. Dicen que nadie las entiende.

A mí me gusta dejarlas ser y sentir. Y me gusta dejarme ser y sentirme con ellas.

Como les decía, el curso de foto fue en Ohio. Para poneros en contexto, muy por encimita, la vida en los pueblos de Ohio no es fácil. La crisis de adicción a los opioides y la heroína, la falta de conexión social, la pobreza, el desempleo, entre otras cosas, hacen que sea difícil para muchas de estas jóvenes tener opciones para salir adelante. Muchas vienen de hogares desestructurados o viven en casas de acogida. Yo tengo claro que son el síntoma de causas mayores: la desigualdad, el patriarcado, la violencia estructural, el capitalismo.

El primer día de clase llegué con las uñas casi todas mordidas. Una mezcla entre euforia, emoción y nervios, síntomas inequívocos de las cosas que me mueven por dentro. Sabía de antemano que todas traían historias de vida muy pesadas. Algunas con problemas con la Corte Juvenil. Otras convictas. Había ex drogadictas. Algunas habían enfrentado un embarazo adolescente. Con abusos en el cuerpo. La gran mayoría venían obligadas por la Corte a recibir un curso de fotografía para cumplir alguna condena menor.

Y no. No querían estar conmigo en ese aula aprendiendo fotografía.

Todas las adolescentes padecían trastornos de ansiedad y depresión.

En Estados Unidos (y en Guatemala, a decir de mi colega psicóloga que escribe en Nómada, Claudia Castro, las enfermedades mentales son muy comunes y afectan a millones de personas. Éstas son altamente estigmatizadas y están llenas de mitos. La sociedad se niega a verlas como lo que son: enfermedades. No reciben prioridad en los presupuestos del estado, y muchos de los que las padecen se avergüenzan de ello (a causa del estigma) y prefieren ocultarlas.

Durante todo el curso que compartimos, no hablamos nunca de depresión. Ni de estrés. Ni de bipolaridad. Más bien, nos dedicamos a la fotografía, a garabatear, y a escribir. A crear. Poco a poco, estas herramientas ayudaron a hilvanar nuestras historias, permitiéndonos reconocernos en la otra, en nuestros miedos, nuestras vulnerabilidades, nuestros sueños y deseos. La fotografía, en particular, nos mostró su poder. A ellas —y a mí— nos dio la posibilidad de decir mucho sin necesidad de hablar. Nos habló de formas. De nuestras inseguridades y vulnerabilidades. Cada una retrataba lo que quería.

 

Las que no hablaban al principio, empezaron a compartir sus historias. A leer en público. Teníamos conversaciones de cuerpo. De qué nos gustaba. De qué no nos gustaba. La mayor parte de ellas proyectaban sus sueños y esperanzas de vida en el amor (o su idea del amor). Ese que nunca llegaba, que las iba a querer como nadie las ha querido en el mundo, y que les fallaba una y otra vez. Sufrían bullying en las redes sociales por su cuerpo, su forma de vestir, su…. Y todas se comparaban con otras personas que no conocían. Veían la falta. Lo que no tenían.

También me contaban de sus mascotas. De la naturaleza alrededor. De lo feliz que les hacía el helado de chocolate. De lo bonito de dar paseos. De las pequeñas y las bonitas cosas.

Entendí muy pronto que ellas lo que querían era amor. No el amor de película. Ni el amor romántico del que me hablaban. Sino el amor en su sentido más pleno. El que te dá alas para volar. El que te deja ser. Ellas buscaban un espacio donde sentirse valoradas, donde quererse bien. Un espacio también para maldecir y putear (porque la vida les viene dura y se merece cada puteada), pero también para ser escuchadas, no juzgadas. Para ser lejos del estereotipo.

A ellas, la fotografía les dio una razón para salir de su habitación. Para ver el mundo con otros ojos y reflexionar sobre ellas mismas. Una oportunidad de salir al encuentro de su persona y sentirse validadas a través de sus imágenes. De su yo-artista. Empujarlas a deconstruir algunos de los pilares del sistema patriarcal (como el amor romántico), fue un añadido, que espero les plante una semilla, una forma de empezar a entenderse distinto.

A mí estas niñas me enseñaron más de las desigualdades que existen en este país que ninguna maestría me ha podido enseñar. Por otro lado, me quedó un sentimiento amargo. El saber que estas jóvenes de Ohio están en todas partes. Son el retrato de una carencia. De muchas carencias. De un sistema roto.

De una educación que premia el poder por encima del amor. De un sistema patriarcal que opaca y normaliza injusticias, desigualdades, abusos y formas de construirse como hombre y mujer. En este curso aprendimos que la mejor educación, la que transforma desde el cuestionamiento, va de la mano de la libertad. Libertad para liberar la mente. Para usar la imaginación. Una educación alejada de la disciplina y la cátedra, y cercana al pensamiento crítico, al amor, y al cariño del aprender juntos. Una educación alineada a conceptos de espiralidad, reciprocidad, correspondencia, integralidad, complementariedad. Desde el quererse y el querernos.

Puedo decir, quizá, que nos hicimos un poquito más fuertes.

Al menos yo lo soy.

A mí ellas me enseñaron quienes son aquí las valientes.

Belén Marco
/

Me llamo Belén. Estudié género y ahora diseño. Nací en Valencia, pero viví en Guate, Ecuador y Estados Unidos. Me considero una mujer liberada e intento hacer caso omiso de las presiones sociales que como mujer coartan mi libertad, mi espíritu nomádico y curiosón. Nado a contracorriente y encuentro cómplices en el camino.


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COMENTARIOS

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    César A. /

    17/02/2018 6:42 PM

    Iba semi interesado leyendo su opinión, hasta que llegue a la falacia 'Yo tengo claro que son el síntoma de causas mayores: la desigualdad, el patriarcado, la violencia estructural, el capitalismo.'.
    No gracias.

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    ¡Nítido!

    Elchamo /

    17/02/2018 9:44 AM

    Simplemente hermoso.

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    ¡Nítido!

    Majo /

    16/02/2018 1:28 PM

    Un ser de luz como tu no puede hacer otra cosa que transmitirla a los demás. 💙

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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