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De fiscalizador a fiscalizado, ¿quién se atreve?

En los últimos dos años, los medios de comunicación y la sociedad civil han experimentado un salto cuántico y han ganado más poder que nunca en la historia del país. Lógicamente, para algunos esto representa una amenaza en lugar de un avance, porque han salido verdades a la luz sobre cómo opera nuestro sistema político. Sin embargo, la fiscalización asegura que los funcionarios públicos respondan por su comportamiento, los obliga a justificar e informar a la ciudadanía sobre sus decisiones –pudiendo ser sancionados– y en general, afianza un sistema de responsabilidad y compromiso en toda la sociedad. Sí, es importante; pero, ¿es suficiente?

Opinión P258
Esta es una opinión

Tomado de www.clipartkid.com

Power to the people

Existen dos tipos de fiscalización: la vertical y la horizontal. La fiscalización horizontal consiste básicamente en el sistema de pesos y contrapesos, y la vertical se refiere a las elecciones populares y la fiscalización social. Esta última se lleva a cabo por la sociedad civil y los medios de comunicación, que complementan el papel de los partidos políticos de organizar a los ciudadanos y agregar sus intereses. Las elecciones son la institución fiscalizadora tradicional por excelencia, puesto que con tu voto castigás o premiás la gestión de funcionarios y representantes electos. Pero para ello se necesita una sociedad civil activa y medios de comunicación independientes que acompañen los mecanismos tradicionales de fiscalización.

Los medios y la sociedad civil pueden poner en evidencia los vacíos que dejan los erosionados y co-optados partidos políticos, llegando incluso a compensar muchas de sus deficiencias. No obstante, no deben sustituirlos, porque sin partidos políticos no lograremos eliminar las viejas dinámicas ni a los enclaves autoritarios de poder que se han enquistado dentro del sistema alterado. Falta seguir generando cuadros de representantes y funcionarios que se involucren en la reconstrucción del Estado sin hacer de ello el negocio de su vida. Queramos o no, los partidos políticos son el vehículo para el relevo de la clase política tradicional, de lo contrario, seguirán los mismos y el cambio no vendrá.

Hoy en día, los medios –incluyendo las redes sociales– y la sociedad civil organizada son más que referentes de opinión: estimulan el debate, agregan intereses, organizan movimientos y contribuyen a desmantelar sistemas clientelares, corruptos y de privilegios. Si nadie cuestiona ni controla la forma de hacer política o de prestar servicios públicos, nos estamos conformando con un país de baja calidad. No se trata de que estemos de acuerdo en todo; al contrario, entre más estemos en desacuerdo y surjan más ideas divergentes, más nutrido será el debate y surtido el abanico de propuestas. ¿Pero quién materializa esas ideas y propuestas?

La trampa se ha consolidado como manera aceptada de hacer las cosas y, aunque parezca que es cosa de ahora, no lo es. Lo que pasa es que antes no nos enterábamos y ahora sí. Los medios se han encargado de destapar los escándalos y la sociedad civil organizada ha presionado –desde movimientos populares (fuerzas internas) y con actores y normas internacionales (fuerzas externas)– para construir un país diferente y reformar el sistema alterado en que vivimos. Pero esta tarea no puede quedar solamente en manos de estos actores. Las peticiones no deben quedarse a un nivel informal y externo a las instituciones políticas tradicionales.

Se corre el peligro de que el ansiado cambio de un sistema de privilegios y conflictos de interés a uno de igualdad y estado de derecho quede en mera indignación. No podemos ser todos periodistas, trabajar en ONGs, o pasarnos tuiteando la vida entera. Los movimientos populares necesitan madurar hacia organizaciones formales, constituirse como partidos políticos y fiscalizar al gobierno con la misma energía que la de aspirar a ser parte del mismo. Porque al final de cuentas el gobierno y el ciudadano no son entes separados, es un solo Estado.

Por eso, la fiscalización no puede detenerse jamás y bajo ninguna circunstancia. Ni siquiera cuando los problemas no me tocan a mí personalmente ni cuando nos dejamos apaciguar por paliativos populistas que temporalmente mitigan dolencias estructurales. Exigir la rendición de cuentas es señal de salud, no una situación indeseable. Sólo así, los que quieran participar en política o ser servidores públicos tendrán claro que es una tarea seria y que implica responsabilidad y capacidad de rendir cuentas. Al mismo tiempo, los sectores que hacen contrapeso al gobierno se verán obligados a cumplir las reglas y actuar con independencia y responsabilidad.

Sin una ciudadanía capaz de hacer que los funcionarios públicos rindan cuentas y de organizarse para tener acceso al poder, la democracia es sólo una fachada. Los diferentes estadios de participación y fiscalización cumplen un rol vital en la política y en el cambio de rumbo, pero hay que apuntar alto para cambiar las cosas. Se requiere de sacrificios, valor, y apostarle a algo en lo que ya muchos no creen: participar en política. Nadie nos va a entregar un país nuevo envuelto en papel de regalo; este se construye desde abajo. Y si no lo hacemos nosotros, los mismos de siempre van a seguir recogiendo el poder que derramamos en el piso.

Mariana Castellanos
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Guatemalteca por decisión y gitana por destino, recorre el mundo buscando desaprender para aprender. Estudia la corrupción y la fiscalización social - promueve su conocimiento y concientización. Cuestiona, investiga, escribe y baila mientras cocina.


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