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Día 4: Un homicida y un secuestrador hacen fila

Este es el relato del cuarto día del juicio contra el empresario y exministro Carlos Vielmann en Madrid, acusado de ejecuciones extrajudiciales por el MP y la CICIG. Nelson Rodríguez y Carlos Bendfeldt, condenados por secuestro y asesinato, estuvieron cerca de ser asesinados en la toma de Pavón. Sus testimonios son las únicas voces de reos que se escucharon en el proceso contra el exministro Carlos Vielmann que se celebra en Madrid.

Juicio Vielmann P258

Sperisen, el día de la toma de Pavón, el 25 de septiembre de 2006.

Foto: DeGuate.com

Diario del juicio a Carlos Vielmann (día 1)
(Día 2) Los muchachos de la CICIG
(Día 3) La elección de un policía común

Cuando Nelson Rodríguez, alias El Morado, se vio junto a Carlos Bendfeldt aquella mañana de septiembre de 2006 en el penal de Pavón, y Bendfeldt le preguntó: “¿Morado, por qué nos tienen aquí a los dos separados de la fila?, El Morado prefirió no contarle lo acababa de ver. De haberlo hecho, le habría contado, tal y como relató ante el tribunal de la Audiencia Nacional de Madrid, que aquella mañana en la que la policía había decidido retomar el control de Pavón, él se había dirigido tranquilamente hacia la cancha deportiva, donde había sido esposado por unos agentes, y puesto hacer una fila para ser transferido a la prisión vecina de Pavoncito, como todos los otros reos.

Mientras esperaba en la cola, dos policías se le habían acercado. El que iba delante, era un policía normal que le preguntó por su nombre, sus delitos, su pena. El que le seguía llevaba el rostro encapuchado y una hojas impresas en la mano. Cuando escuchó el nombre de El Morado, el agente enmascarado le dijo que tenía que apartarse de la fila, que tenían que hacer unas comprobaciones. Nelson Rodríguez se hizo un lado. Otro policía llegó, hizo una llamada, y habló por teléfono sin dejar de mirar al reo. Unos minutos después se acercaron por su espalda dos hombres también enmascarados y armados hasta los dientes y le ordenaron que se moviera. Caminaron bordeando la cancha de fútbol hacia la casa de Jorge Batres, alias “El Colombiano”, un conocido narcotraficante al que El Morado conocía bien porque Batres le daba empleo en la carpintería que poseía en el penal. Cuando se acercaban a la vivienda, Nelson Rodríguez vio precisamente a “El Colombiano”, esposado, bajando de la palangana de un picop y entrando a su casa acompañado de hombres encapuchados. Los hombres que custodiaban a El Morado le ordenaron que se quedara quieto donde estaba. Ellos se fueron, y él aprovechó para acercarse a la casa de Batres.

Miró por la ventana y vio a Víctor Rivera, a Víctor Hugo Soto Diéguez y Erwin Sperisen subiendo por las gradas que conducían al dormitorio de El Colombiano, donde aparecería muerto. Escuchó ruidos de fuertes golpes, gritos e insultos. Cuando supo lo que estaba ocurriendo, El Morado se apartó de la casa, y se encontró con otro hombre enmascarado, con chaleco de policía, que le dijo que allí no podía estar. El agente le preguntó su nombre. Para entonces, Nelson Rodríguez ya había aprendido que aquella mañana no era conveniente revelar su verdadera identidad. “Carlos Ernesto Pérez Rodas”, dijo. El policía entonces le condujo de nuevo a una de las filas en las que los reos esperaban ser transferidos a Pavoncito, pero le colocó a un lado, junto a otro reo llamado Carlos Bendfeldt que también había sido apartado del resto.

El Morado, sin embargo, no le contó a Bendfeldt nada de esto. Cuando le preguntó, prefirió responder: “Si crees en algo, solo rezá”.

El reo Bendfeldt, como relató ante el tribunal, había pasado por algo similar. Esa mañana se había entregado en la cancha sin resistirse. Había sido esposado con las manos a la espalda y conducido a una cola para ser evacuado a la cárcel vecina, según el plan establecido para la toma del penal. Haciendo fila, dos policías se les acercaron. Uno llegaba un folder con hojas y fotos. El reo Bendfeldt vio pasar los rostros de “El Colombiano” y de Luis Alfonso Zepeda, quien también sería asesinado ese día. Después apareció la suya. Fue apartado de la cola, y mientras esperaba un policía trajo a “El Morado”.

Cuando lo vio, el reo Bendfeldt ató cabos. Le preguntó a Nelson Rodríguez por qué estarían allí ambos separados de los demás, pero comenzó a intuir la respuesta.

El Morado era un conocido delincuente que había formado parte de las bandas de secuestradores que sembraron el pánico entre la clase alta entre finales de los 90 y a comienzos del siglo (él aseguró ante el tribunal en Madrid que nunca fue condenado por ese delito). En 2000 se fugó del preventivo de la zona 18 junto con otros integrantes de su banda, algunos de ellos condenados a muerte, y se refugió en El Salvador, donde fue recapturado un año después y encarcelado en Pavón donde tenía que cumplir una pena de 24 años. La Policía lo vinculaba con los secuestros de Isabel Botrán de Molina y Andrés Torrebiarte Novella, según reportó la prensa en aquella época.

Carlos Bendfeldt cumplía 20 años por haber matado, según él en defensa propia, a dos agentes de policía y herido a otros dos, en un confuso incidente que él interpretó como un intento de secuestro orquestado por los hombres del comisario Soto Diéguez, precisamente uno de los hombres encapuchados que aquella mañana recorrían Pavón.

Carlos Bendfeldt pensó que no había que ser muy inteligente para entender lo que ocurría. Un secuestrador –el delito en el que estaba especializado Víctor Rivera, también presente esa mañana– y un asesino de policías compañeros de un jefe policial, habían sido apartados de la fila.

Lo que sucedió a continuación no fue lo esperaban. En medio de aquel caos, en el ir y venir de policías, hombres de negro que pretendían serlo y cientos de reos que tenían que ser trasladados a otra prisión cuanto antes porque la mañana ya estaba avanzada, de nuevo alguien se interesó por los dos presos que estaban esperando apartados del resto.

Bendfeldt lo recuerda como un militar alto que les preguntó qué hacían allí y dio la orden de incorporarlos a la fila normal. El Morado dio una versión diferente: fue un policía quien los vio, hizo un llamada, recibió una reprimenda telefónica y les permitió volver a la cola para ser trasladados.

Cuando ambos llegaron a Pavoncito supieron lo que había ocurrido con El Colombiano. Él también había logrado esquivar la selección y había logrado ingresar en Pavoncito. Allí habían sido recibidos por el oficial del ejército de que gobernaba esa cárcel: Byron Lima Oliva, quien según Bendfeldt conservó la chumpa de Batres como recuerdo. Sin embargo, El Colombiano, había caído en una trampa. En los corredores de la prisión comenzaron a vocear a su nombre. Decían que se acercase a la entrada de Pavoncito porque “su licenciada” había venido a verificar que estaba bien, que había sobrevivido a la toma de Pavón. Batres acudió al llamado, pero no le esperaba su abogada, si no dos hombres encapuchados, que algunos testigos identificaron como los hermanos Danilo y José Luis Benítez Barrios.

Bendfeldt y El Morado comprendieron entonces que aún no estaban a salvo, que tenían que pasar desapercibidos en Pavoncito.

Lograron sobrevivir y más de una década después contaron lo sucedido aquel día en el juicio que se celebra en España contra el exministro de Gobernación Carlos Vielmann, al que, además, ambos situaron dentro del penal mucho antes de que él asegura haber estado, un tema clave en el proceso.

Sus testimonios son los únicos de presos que la fiscalía española ha convocado. Ambos cumplieron la mayor parte de su condena (Bendfelt 11 años y Nelson Rodríguez, 15 años) y, según manifestaron en el proceso, no recibieron privilegios por su colaboración, por lo que su parcialidad no pudo ser seriamente cuestionada por los abogados de la defensa.

El Morado se mostró hermético sobre sus motivos para declarar. Bendeldft respondió que lo desea es saber por qué aquella mañana de 2006 funcionarios del Estado habían decidido asesinarlo.

Asier Andrés
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Asier Andrés es un periodista español que trabajó en Guatemala por muchos años, en elPeriódico y ContraPoder. Es co-autor junto a Pilar Crespo del libro de Plaza Pública titulado ‘El coronel, el rector y el último decano comunista’, una investigación de tres años sobre el Archivo Histórico de la Policía Nacional.


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