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El Canche, las camionetas parqueadas, el hambre y su limbo laboral

Después de 4 meses de una larga suspensión a costa de la pandemia, los trabajadores del transporte público tienen sentimientos encontrados. Les alegra volver a trabajar, pero les preocupa la enfermedad, las nuevas disposiciones y la decisión que tomen las pandillas por todo el tiempo que no pudieron cobrar la extorsión. Sin ninguna garantía ni derechos laborales, los pilotos se ven más expuestos.

COVID-19 P147 Transporte público

Piloto durante una de las manifestaciones. Foto: Pía Flores

El lunes 16 de marzo el presidente Alejandro Giammattei suspendió el transporte público en todo el país como parte de las medidas del estado de Calamidad por el COVID-19. De un día para otro cientos de pilotos, ayudantes y inspectores perdieron sus fuentes de ingresos sin ninguna indicación sobre cuándo volverían a las calles.

Desde entonces el bus rojo de detalles coloridos y apodo de mujer, en el que el Canche transportaba a cientos de pasajeros de un extremo a otro de la capital, se mantiene parqueado en un predio en las afueras de la ciudad.

“Allí está, abandonado el pobrecito”, comenta con añoranza y nostalgia paternal el piloto de 42 años cuyo nombre real resguardaremos. Sus compañeros y amigos le dicen Canche, su tez clara contrasta con su pelo negro y los tatuajes que decoran sus brazos.

Han sido 4 meses largos y de mucha preocupación, dice el Canche. El miedo de contagiarse de COVID-19, no supera la ansiedad de él y su esposa por no poder alimentar a sus cuatro hijos. La más pequeña de 5 años. Su esposa se quedó sin trabajo como mesera desde antes de la pandemia.

Quedarse en casa nunca fue una opción. El Canche sustituyó las llantas por tenis, y camina de colonia en colonia en las diferentes zonas de la capital buscando una oportunidad de trabajo. Entre limpiar terrenos, cargar madera o pintar casas, el pago no supera los Q50 diarios. En una ocasión caminó dos horas porque le ofrecieron un trabajo de 5 días para instalar láminas. Durmió 4 noches en el suelo del sitio, porque no le daba tiempo de ir y venir por el toque de queda.

Fue menos difícil al principio de la pandemia pero poco a poco los trabajos disminuyeron igual que el pago. Pasó de Q40 a conseguir Q30 diarios.

Rompe en una risa ruda cuando se le pregunta si los más o menos 8 días que ha logrado trabajar cada mes es suficiente para mantener la familia.

“¡Nombre! Yo he andado prestando con los conocidos, pero desde hace un par meses ya nadie presta. Como me dijo un cuate, -ya no te puedo prestar, porque no estás trabajando, a mi quién me garantiza cuando vas a trabajar?- Yo lo entiendo, a él le sirve su dinero también. Realmente comida no nos ha hecho falta por vecinos que nos han apoyado, y nos han regalado frijol y arroz y cosas así”, comenta.

Cada día se le han cerrado más puertas pero aún así el Canche tiene suerte. La dueña de la casa donde arrienda con su familia es consciente, dice él, y no les ha desalojado a pesar de que no han pagado la renta. Aunque tampoco se trata de una exoneración. Simplemente su familia va acumulando deudas que luego tendrán que pagar.

“A varios compañeros les pidieron sus casas porque no pudieron pagar. Aunque creo que esto es prohibido. A uno de ellos, la dueña de la casa no le creía que no tenía y le decía "si el gobierno dijo que iba a dar bonos a las personas necesitadas". Muchas personas se agarran de eso”, explica.

 

El Canche y un compañero salen de su casa para participar en una pequeña protesta. Foto: Pía Flores

Sin bono ni seguridad laboral

“¿Cuántos somos en este país, 16 millones no? Como yo lo veo, mejor nos hubieran dado un millón a cada uno del préstamo que hicieron, y nadie tendría que salir a arriesgarse”, dice C.A. al salir de una reunión con sus colegas pilotos un día en mayo. Frustrado arranca el motor, no del bus rojo que normalmente maneja, sino de un carro que arrenda como parte del servicio de Uber. Aún así apenas le alcanza para sostener a su familia.

Ya habían hecho varias reuniones para plantear estrategias de cómo exigir que el Gobierno les apoyara con el Bono para la Economía Informal. Incluso después de dos meses de pandemia, más de 60 días sin ingresos, organizaron dos manifestaciones. A pequeña escala, eso sí, porque vaya si no es trágica la ironía, sin transporte público muchos choferes y ayudantes no tenían cómo llegar.

 

Los pilotos en una manifestación exigiendo ser incluidos en algún programa de apoyo estatal. Foto: Carlos Sebastián

Pero fue por demás. El Canche nunca recibió ningún bono y asegura que de los 50 pilotos y 50 ayudantes de su ruta, nadie recibió el apoyo del gobierno. Fuentes de otras dos rutas indican lo mismo. Pese a que en más que una ocasión los dueños de los buses les pidieron llenar listados, nunca recibieron nada. Un piloto enseñó a Nómada un listado donde aparecen los nombres de 20 colegas de más de 100 de su ruta, que sí recibieron un apoyo económico en el mes de mayo.

El domingo pasado por primera vez en 4 meses, la cadena presidencial planteó un nuevo optimismo en los pilotos del transporte público. Con la decisión del presidente Giammattei de iniciar la reapertura económica del país, el comisionado Edwin Asturias anunció que los buses urbanos y extraurbanos comenzarán a operar con restricciones del 50 por ciento de su capacidad de pasajeros y siguiendo estrictos protocolos de prevención.

Desde las manifestaciones de los pilotos en mayo, eso fue justamente lo que pidieron los transportistas. Que el gobierno cumpliera con el apoyo económico o que los dejara trabajar de forma modificada. En un mensaje de texto el lunes, el Canche compartió su emoció por las noticias.

“Estoy contento por un lado. Porque ya vamos a trabajar. Por otro lado mal porque la enfermedad está allí y vamos a estar más expuestos”, tecleó.

El optimismo se acabó rápido cuando quedó claro que solamente el sistema del Transmetro comenzaría a circular de inmediato.

Con los buses rojos, aparte del debate por las restricciones en su capacidad, hay resistencia a un eventual aumento de tarifas que podría llegar a los Q6, según solicitaron las asociaciones de dueños buses. En medio del debate nadie habló de quién garantizará que los pilotos y ayudantes estén protegidos contra el COVID-19, ni cómo generarán suficientes ingresos trabajando con el 50% de su capacidad.

El transporte público en Guatemala funciona con una modalidad en la que las municipalidades extienden una licencia para circular a los dueños de los buses quienes luego arriendan cada bus a un piloto, en vez de contratarlo directamente. Por esa modalidad, ni siquiera se sabe exactamente cuántas personas, entre pilotos, ayudantes e inspectores, hacen funcionar este monstruoso sistema que antes de la pandemia movilizaba a diario, solo en el área metropolitana, a más de 2 millones de personas.

Daniel Reyes, defensor de las personas trabajadoras de la Procuraduría de los Derechos Humanos explica que: “La relación entre pilotos y dueños de los buses, la tratan de maquillar para ocultar que se está laborando. En esa modalidad no tienen acceso a ninguna prestación legal, ni a un seguro social o ningún otro elemento como lo tendría un trabajador ordinario”.

 

Piloto moviliza su unidad para guardarla durante la pandemia. Foto: Carlos Sebastián.

Odiados y reemplazables

El debate sobre el aumento de las tarifas revive también un discurso de resentimiento hacia los buses rojos, que en general se dirige más hacia los pilotos que hacia los dueños de los buses. Así como existen pilotos irresponsables, hay también pilotos responsables, pero socialmente se les juzga a todos por igual. Mientras las conductas irresponsables deben ser sancionados debidamente por su lado, no deben influir una discusión real sobre sus condiciones de trabajo.

El Canche paga Q450 diarios al dueño del bus que él lleva años manejando. Además paga mínimo Q200 en diésel, Q75 para el ayudante y Q100 en total para los cuatro inspectores de su ruta. Además paga Q500 semanales en extorsión. El total de gastos suma más de Q900 diarios, sin contar lo que consume de bebidas o alimentos. Su ingreso depende de cuántos pasajeros transporta cada día. El pasaje que sobra es su ingreso y puede llegar hasta Q200 en un buen día, que no son muchos. En promedio su ingreso diario se queda en Q125.

Además de estos gastos los buses del transporte público pagan extorsión a grupos criminales y pertenecen a uno de los grupos más expuestos a la violencia homicida en Guatemala. Si un piloto es asesinado en su trabajo no tiene ninguna garantía de que la asociación de buses pague algún tipo de indemnización a su familia.

Entre 2010 y 2020, 578 pilotos y 298 ayudantes han sido asesinados en el transporte público en Guatemala.

“Los pilotos no tuvieron acceso al Fondo de Protección de Empleo, no tuvieron acceso al Fondo de la Economía Informal, no tuvieron acceso a ningún programa del gobierno a excepción del Bono Familia, si es que calificaron. Durante 4 meses los pilotos y los ayudantes de estos buses, han tenido una crisis severa, en lo económico y familiar, y el Estado ha callado”, recalca Daniel Reyes.

 

Un perro recorre uno de los buses almacenados en el predio.

Morir de hambre, de balazos o COVID-19

En uno de los predios en la Ciudad de Guatemala un perro hambriento vaga entre las filas de docenas de buses rojos y amarillos. Él y otros canes que espantan intrusos que llegan a robar en los buses, sobrevivían de las sobras de los pilotos y ayudantes que llegaban todos los días al predio.

“Hasta ellos se quedaron sin nada de comer igual que nosotros”, dice el guardián del predio, mientras el perro lo persigue desesperado. “Ahora es toda una cadena de hambre”, agrega el Canche mientras observa los perros y los vehículos vacíos.

Alrededor del sistema del transporte público en Guatemala surgen varios microsistemas paralelos que facilitan el sustento económico no solo de los pilotos, sino de ayudantes, inspectores y ‘gritones’, vendedores de dulces y guardianes en los predios.

La necesidad y la falta de oportunidades de empleo que comparten son las mismas condiciones que los inmoviliza socialmente y los obliga a competir entre sí.

“Si uno trabaja en algo que le gusta, aunque gane poco, lo siente bonito”, dice el Canche mientras su mente viaja por los más de 20 años que ha dedicado al transporte urbano en la Ciudad de Guatemala.

Igual que muchos de sus colegas, él comenzó de ayudante. Luego aprendió a manejar su propia camioneta. Admite que en un par de ocasiones intentó cambiar el timón por un empleo formal que le podía brindar más estabilidad económica y menos inseguridad a su integridad física. Sin embargo le persigue Infonet por una deuda que en algún momento de sus 42 años sacó y que, hasta la fecha, no ha podido pagar.

“A personas como yo, muy difícilmente nos dan trabajo. Adonde quiera que llegaba, no me daban nada. ¿Qué me quedaba? O taxi, o servicio urbano. Los dos son igual de arriesgados. Mejor decidí volver a las camionetas. Y de ahí para acá he estado. Es peligroso, pero allí hemos estamos subsistiendo hasta ahorita que nos pasó esto. Qué problema nos surgió con el COVID-19.”

Por la crisis económica el Canche está ansioso por regresar a trabajar. Pero reconoce que hay muchas cosas que le preocupan sobre el día que pueda arrancar el motor otra vez.

El dueño del bus no bajará los Q450 de la cuota diaria que él pagaba cuando podía llenar su bus al doble de su capacidad real. Ahora que sólo podrá sentar a una persona por sillón, no sabe cuánto tardará en juntar la cuota para luego, pensar en su ganancia.

 

Los choferes saben que regresar a las calles también será regresar a las amenazas de las pandillas. Foto: Pía Flores.

El Canche y sus colegas recibieron información de que tendrán que usar un traje completo, como el equipo de protección de los médicos, y que este se tiene que cambiar cada día. Además que al comenzar y terminar el turno, el bus tiene que ser desinfectado, para cumplir los protocolos de salud y prevenir la propagación del COVID-19 en los buses. Por ahora no saben quién pagará por estos insumos.

Lo que el Canche sí sabe es que si él se contagia en su trabajo, no cuenta con apoyo de nadie:

“A mi me preocupa. El virus ahí está, y va a circular con más libertad. A nosotros no nos dan nada. Aquí te enfermas, te accidentas o algo, y tal vez te echan la mano algunos compañeros, pero nada más. Como dijo Giammattei, ‘sálvese quien pueda’”.

Por otra parte todos los pilotos están pendientes de la reacción de las pandillas y otros grupos criminales que los extorsionan. Cada semana todos los pilotos en la ruta que maneja el Canche pagaban Q500 a una clica del Barrio 18.

“Desde el lunes que dejamos de trabajar ya no se pudo. Lo último que supimos fue que llamaron al encargado, y le dijeron que “había que ponernos firmes cuando esto terminara”. Pero ¿a qué se refieren ellos con firmes? No sé si a pagar todas las semanas que no hemos trabajado. Esto es lo que estamos pensando, como que las aguas están demasiado calmadas”, dice el Canche preocupado.

Pia Flores
/

Buscadora de las historias invisibles y experiencias con sentido. Antropóloga irreverente y amante de la diversidad, la noche, las auroras coloridas y los cuentos que tardan.


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    ELIAS Rivera Cano /

    03/08/2020 9:25 PM

    y el chenco comprandose una villa en su bella italia acsus costillas inv,

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Oskar Aguilar /

    03/08/2020 12:33 PM

    Es muy interesante presentar esa eterna realidad del servicio de transporte de los buses rojos. Es una lástima sin embargo, que no presente soluciones solo críticas. Como cuesta ver algún lado positivo en las cosas del día a día. Es mas rentable mostrar la llaga.

    ¡Ay no!

    2

    ¡Nítido!



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