La culpa es de nuestros papás (si no, pregúntele a Zury)

El primer lunes del primer mes del año parecía un día propicio para repetirlo todo. Los generales de vuelta al juicio, sus defensores a sus argucias, los acusadores a indignarse, mientras las cortes hacen lo propio: confundir, posponer, prevaricar. Este circo hace pensar que no hemos aprendido nada. Pero es una ilusión, pues no saldremos indemnes, ya no seremos los mismos, no importa cuál sea el resultado.

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Zury Ríos acaricia la cabeza de su padre, Ríos Montt, en los tribunales, la semana pasada.

Foto: Carlos Sebastián

Desde el inicio algunos han pedido «pasar la página». Como una declaración de bancarrota, quisieran simplemente tachar la cuenta, cancelar las deudas y seguir para adelante. Tomo de ejemplo las palabras de Felipe Bosch en el ENADE de 2013: «no podemos seguir dando vuelta y vuelta a lo mismo, menos heredar a nuestros jóvenes esa rabia y coraje.» Mezcla de arrogancia e ingenuidad, algunos que salieron indemnes piden a los que vieron la muerte violenta y prematura de su familia, su aldea y su gente, que callen y olviden. Yo no tuve un solo muerto en la guerra. Mi familia, clasemediera y conservadora, vivió ingenua al margen del enfrentamiento. Pero no logro imaginar siquiera el silencio como receta para quienes aún hoy despiertan sobresaltados con visiones de fuego, sangre, tierra y llanto, mezclados para siempre.

Alguien, algún día de alguna forma, sí tendrá que pasar esta página perversa. ¿Cómo hacerlo? Lo bueno es que no hace falta encontrar la salida nosotros solos. Si algo nos dejó el siglo XX, fue la experiencia de lidiar con el mal a gran escala. Con un un rosario de 23 campos de concentración, un compendio de malicia, nos quedaron también las instrucciones para enderezar el entuerto más grande jamás visto. Quizá del triunfo alemán sobre su propio mal podamos aprender algo.

La respuesta que encuentro me inquieta. Pasado el primer afán por emparejar las cuentas con los nazis en Núremberg, condenar y castigar a los más obvios caudillos del mal, lo que quedó fueron extremos. Por un lado persistieron los obstinados cazadores que peinaban las selvas de Paraguay y las pampas de Argentina para encontrar hasta la última alimaña. Pero por el otro, por el lado mayor, a lo ancho de esa sociedad, creció un silencio denso, sofocante. Un silencio que se fue colando en las familias, en las comunidades, hasta en la escuela y a pesar del currículo que mandaba tratar el tema: «la mayoría de niños alemanes aprendieron desde muy temprano a no preguntar qué hacía el abuelo durante el Tercer Reich», dice Ursula Duba. Se anegaron los hijos de los victimarios en el silencio, y en la resaca arrastraron al fondo también a los nietos. Suena conocido, ¿no?

Pero tras el silencio vino la ira. Primero fueron los hijos de los hijos, la generación al inicio de la década de 1960, quienes increparon a sus padres: ¿cómo es posible que nunca nos dijeron más?, ¿cómo es posible que nos dejaran caer en esta trampa? ¿Acaso no son ustedes nuestros padres y nuestras madres, que nos aman tanto? Luego, y desde entonces,las generaciones que hoy, mañana y siempre estarán: ¿qué tengo yo que ver con eso? ¿Por qué insisten en preguntarme si vengo de la tierra de Hitler? A la par del Vergangenheitsbewältigung (hacer las paces con el pasado), el esfuerzo institucional y burocrático por rescatar una sociedad del horror, la psiquis humana hizo lo que sabe hacer mejor: ignorar los datos cuando no le gustan. Es apenas naturaleza humana, agrega Duba, pues nadie quiere ser descendiente de una estirpe maligna.

Pero no juzguemos con precipitación. Desde Alemania hasta Sudáfrica, de Turquía a Camboya, en Estados Unidos, la gente niega el mal que hicieron sus antepasados. “En Guatemala no somos genocidas”. Es sobrevivencia para la identidad personal, poner distancia entre el mal y la familia. Para no caer en esta trampa debemos aprender la lección.

Así que con una dosis de comprensión (¿de compasión?), pensemos en los hijos, las hijas de los victimarios, de esos que mataron a civiles en la guerra. Esos que ya hoy a ciencia cierta saben que sus padres militares fueron asesinos y arrasadores de aldeas, que sus padres civiles fueron cómplices de las peores atrocidades, aunque no lo admitan en público (¿lo admitiría usted, lo admitiría yo?).

Aceptar, no ya superar su rabia (¿por qué nos heredaron esto?) ha de ser terriblemente difícil, pues exige asimilar la monstruosidad de los padres. Esto exige arrimarse a la experiencia de las víctimas, correrse el riesgo de la empatía, que duele tanto. Así comienza a entenderse la vehemente y trasnochada militancia de los «anticomunistas», el activismo de los hijos de los militares. Contra alguien debe dirigirse la furia, si no ha de colapsar en uno mismo, como en un hoyo negro que encuentra asiento en el propio corazón.

Ese trayecto, pasar de la furiosa negación a la admisión de la maldad heredada injustamente, difícilmente podrá recorrerse sin compañía. Aquí el problema se hace mayor, pues mientras la historia endilga cargas terribles, el presente niega el apoyo de los pares. Esos que como yo, ya los juzgamos y los encontramos en falta moral, apenas por su origen, por defender desesperadamente a sus padres. (Sí, a Zury, a Méndez-Ruiz hijo). Qué reto terrible se nos plantea, exigir el juicio minucioso y el castigo justo a los perpetradores, y a la vez albergar empatía por sus desafortunados hijos e hijas. Un reto que, las más de las veces, evitamos abordar. Es más difícil que decir que uno está del lado de los buenos.

Pero la cosa va más lejos, pues aún para los que nos vemos en el lado del bien, para los que se consideran espectadores sin compromiso, hay apenas un paso entre lo que somos, y mojar los pies en las aguas malas. Me explico. El Holocausto fue notable en su minuciosidad burocrática. Esto es lo que lo hace más aterrador. Cualquiera pudo ser malo, cualquiera pudo terminar trabajando en la industria del mal (de 8 a 5 con una hora de almuerzo y prestaciones).

Guatemala, con su burocracia en versión tropical, también fue minuciosa. Así, con tan poca diferencia, la gente que hoy censuramos, ¡pudiera ser nosotros mismos! Pienso en el Diario Militar, pero más aún en el «militar del diario». Pienso en el Archivo de la Policía Nacional, pero más aún en el «policía que archiva». Ese burócrata que se habrá sentado (de 8 a 5 con una hora de almuerzo y prestaciones) a pegar fotos, llenar fichas en una vieja máquina de escribir, y anotar con letra menuda su ominoso «300». ¿Cómo llegó allí? Bajo otras estrellas, el que hoy entrega licencias de conducir podría haber golpeado las teclas de esa máquina de escribir en clave de muerte. Viniendo de otra familia –que al fin, tampoco escogí la que me tuvo– podría hoy estar furioso, arañando la vida, desesperado escondiéndome de la propia vergüenza. Nuestra suerte es tan frágil.

Es por ello que pedir silencio es tan mal consejo, y pasar la página sin discusión, tan mala estrategia. Es invitarnos a cavar más profundas trincheras: la de la condena indignada, y la de la defensa oficiosa. Es cavar el agujero del proverbial avestruz, en que unos apuestan a que en la ceguera podrán ignorar su herencia maldita, mientras otros dejamos sin admitir la cuota inmerecida de nuestra buena suerte.

Las vidas de los generales, con sus «quebrantos de salud», sus anteojos oscuros y su dignidad ya irrescatable, son apenas pequeñas y deslucidas cúspides sobre témpanos enormes, arrastrados por corrientes que no han parado, aunque no las querramos ver. ¿Hubo genocidio? La pregunta ya tiene respuesta, cada uno hemos dado la propia (la mayoría ha dicho que sí). Lo que el juicio nos deja es una llave, una puerta que se ha abierto sobre el pasado y que ya no se cerrará jamás. Nuestra responsabilidad está en usar la oportunidad para hablar.

Así que ya no toleremos gobiernos o instituciones que silencien u opaquen los hechos del pasado. Esto es un crimen contra todos, es un crimen de lesa memoria. Rechacemos los irresponsables llamados a olvidar y pasar la página sin hablar, que es mala medicina. Sobre todo, asomémonos a la conciencia torturada del contrincante, así se trate de una víctima de la guerra injustísima, o de un heredero del mal hecho por sus padres. Admitamos que las estridentes amenazas, que hoy lanzan los herederos de la violencia sobre las víctimas de la guerra y sus aliados, no son sino defensas solapadas, intentos desesperados por conservar la dignidad. Procuremos sentarnos a hablar. Con valentía, desde nuestra común humanidad.

Félix Alvarado
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Félix Alvarado. Médico, consultor (sí, uno de esos). Apasionado por la educación. Creyente en la colaboración, a pesar de todo. Luego algo más. Ya veremos qué.


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    Linda Valencia /

    25/02/2015 12:10 PM

    Muy buen artículo, lo felicito, muy profundo desde sus convicciones, en lo personal soy de esas personas que perdió a un ser querido durante el conflicto armado, consideré que al final a las nuevas generaciones hay otras causas que nos pueden unir mas que separar y mantener un dolor histórico por ideales que fueron finalmente de nuestros padres, en su momento, cuando consideraron por un lado que las armas era la unica respuesta, y el otro lado pensaron que defenderian la patria contra los insurgentes, hoy puedo pensar que hay causas humanas en mi país que necesitan otras formas de resolverlas, en lo personal puedo asegurar que he visto muy de cerca el trabajo de la Licenciada Rios en la defensa de los derechos humanos de las mujeres, causa que compartimos y que me ha creado una admiración en su trabajo político, puedo entonces desde mi corazón pasar la página y ser de una nueva generación que la mueve el amor por Guatemala y que las sombras del pasado reciente son solo historia que debo conocer pero no deben inteferir por hacer de Guatemala un mejor país para las mujeres y los niños.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Elena Gaytán /

    19/01/2015 7:43 AM

    Excelente columna. Estoy 100% de acuerdo contigo. Un pueblo jamás debe avergonzarse de su pasado, su historia. Eso es lo que nos moldeó y nos ha formado. La mayoría de personas se avergüenza y se coloca una venda en los ojos a propósito para creer que todo está bien y negar lo negativo que ha pasado.

    Creo que la sociedad actual, y más los jóvenes, debemos interesarnos por nuestro pasado para crear una nueva sociedad de reconciliación y apreciación histórica para cambiar el futuro. Porque como decían por ahí "un pueblo que desconoce su historia, está condenado a repetirla".

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    marshall dias /

    14/01/2015 8:26 PM

    una columa como debe ser: objetiva, razonable, humana, y con profundo conocimiento de historico

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Bernardo Arévalo /

    13/01/2015 3:15 PM

    Excelente columna. Felicitaciones.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Jose Byron Gonzalez /

    12/01/2015 2:31 PM

    Muy bien dicho!

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Nancy Cardona /

    12/01/2015 11:13 AM

    Buen artículo! El perdón podría dejarnos dar pasos adelante como sociedad. Sin embargo como bien citado está en el artículo podría ser a través de la compasión, ya que el arrepentimiento no creo que llegue a luz pública. Quizá en su interior cada uno de estos perpetradores ya tenga alguna luz para arrepentirse, pero sabemos que no lo dirán. Compasión para las nuevas generaciones y para todos los que queremos seguir adelante!

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    La culpa es de nuestros papás (si no, pregúntele a Zury) | Sin Excusas /

    12/01/2015 8:41 AM

    […] Original en Nómada […]

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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